Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza más fea que había visto en mis diez años de vida. A su alrededor, numerosas piedras hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un par de planetas. Había una de mayor tamaño que tenía otra detrás a modo de respaldo: “el trono”. Quien se sentaba en él podía elegir el cuento del día. Hoy era mi turno.

Del interior de la choza surgió la voz de un anciano.

“¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?”

Exigí con la autoridad propia de un rey:

-¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y un perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre con perros! ¡Queremos guerreros!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al cabo de poco tiempo mis amigos perdieron interés y dejaron de ir. Yo seguí acudiendo por mi cuenta, pidiendo una y otra vez otro cuento de Juanito. De tanto en tanto me cruzaba a Carla, una amiga del barrio, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos objetos extraños; restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Sabía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio. Una viuda de largos cabellos enrulados. La esperaba a una distancia prudente hasta que se retiraba, enjugándose lágrimas entre sonrisas. Siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con un balero.

Los años pasaron y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aún acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardé el secreto, incluso ante Carla. Ahora juntaba información del mundo, sobre otros paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde me encontré con silencio. Silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca, ausentándose por largos períodos de tiempo. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte del mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito.

Esa tarde, de regreso en mi trono (derecho de cumpleañero) brindé en su memoria y compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla, quien había pasado a ser más que una amiga.

Y atrás quedó el pueblo. Nuestro primer destino, Europa, fue tan sólo el primero de muchos, y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Me instalé provisoriamente en mi antigua habitación, impresionado de lo poco que habían cambiado las cosas. El cambiado era yo, o al menos, eso creí hasta que me incorporé de la cama y tomé el camino hacia la nostalgia.

Mismos sonidos, mismos olores. Canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época. La choza seguía en pie, igual de fea. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases que ya no daban olor y un gran banco rústico de madera atestiguaban que había sido habitada por una persona de carne y hueso. Sobre el banco, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, la brújula. Aún funcionaba. Me senté a llorar entre sonrisas, entendiendo finalmente a la viuda de los largos cabellos. Me deshice de la idea de parecerme a ella con una sonora carcajada.

De pronto, escuché ruidos afuera. Golpes, gritos de niños. Se habían hecho de un manojo de cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Irrespetuosos. Maleducados. Alcé la voz para reprenderlos, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE

Un lugar para todos

ANUNCIO A LA POBLACIÓN: Estimados habitantes de la Comuna 835, sector B. Luego de una búsqueda exhaustiva le damos la bienvenida a nuestro nuevo especialista en lenguaje, Mr. “R”, quien se encargará de los comunicados del Ministerio de la Paz. Sin más preámbulos, los dejo con él.

Mr.”R”: Buenos días. Estoy muy complacido de estar aquí con ustedes. Procedo al informe del día:

  • Hemos erradicado finalmente el vocablo “human…”. Ustedes saben cuál.
  • Aquellos términos que resultan ofensivos por su connotación negativa han sigo correctamente reemplazados por eufemismos.
  • Por otro lado (y no menos importante) hemos añadido con éxito la connotación negativa a la palabra “mérito”.
  • Además de “vocales” y “consonantes” ahora contamos con “bilabiales”, “labiales”, “abiertas”, “cerradas” y otros términos que saldrán impresos en el diccionario de las 14:48. Para ser justos ya existían, pero daremos mayor difusión a su uso.
  • Por último, hemos recibido sus reclamos sobre la altura de las letras “L” y “T” y procederemos a suprimirlas definitivamente del alfabeto, para así terminar con el concepto de superioridad.

Les rogamos que sean pacientes. Desde que descubrimos que el lenguaje no es arbitrario estamos colapsados de trabajo. Con tiempo y tolerancia haremos un mundo en el que todos estemos cómodos.

De momento me despido. Habrá nuevos anuncios en veinte minutos. Gracias por su atención.

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ANUNCIO A LA POBLACIÓN Y A LA NO-POBLACIÓN: Habitantes a quienes no les importa si les estimo o no y que pueden o no pertenecer a la Comuna 835, sector B. Luego de una búsqueda exhaustiva le doy la bienvenida al nuevo especialista en lenguaje, Mr. “R”, quien se encargará de los comunicados de Ministerio de la Paz. Sin más preámbulos los dejo con él. Pido disculpas si alguno se sintió ofendido…

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ANANCAA A LA PABLACAAN: Astamadas habatantas da la Camana 835, sactor BA. Laaga da ana básqaada axhaastava damas la baanvanada al nasatra naava aspacaalasta an langaaja, Mr. “R”, qaaan sa ancargará da las anancas dal Manastaraa da la Paz. San más praámbalas las daja ál…

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Apanupunciopo apa lapa popoblapaciopon: Epestipimadopos hapabipitapantepes depa lapa Copunupumapa 8po3po5po, sepectopor Bpe. Luepegopo depe upunapa bupusquepedapa epexhapaustipivapa dapamopos lapa biepenvipidapa apal nuepestropo nuepevopo epesciapalipistapa epen lepengupuajepe, Mr. “Rpe”, quiepen sepe epencapargaparápa depe lopos apanupunciopos depel Mipinipisteperiopo depe lapa Papaz. Sipin mápas prepeápambupulopos lopos depejopo copon épel…

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ANUNCIO A LA POBLACIÓN: Estimados Habitantes De La Comuna 835, Sector B. Luego De Una Búsqueda Exhaustiva Damos La Bienvenida A Nuestro Nuevo Especialista En Lenguaje, Mr. “R”, Quien Se Encargará De Los Anuncios Del Ministerio De La Paz. Sin Más Preámbulos Los Dejo Con Él…

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URGENTE: Interrumpimos los anuncios del día para informarles que Mr. “R” ha sufrido una crisis vocacional y no podrá continuar con sus funciones. Lamentamos su baja. Recibirá un premio a la trayectoria por su extensa duración en el puesto.

Mientras buscamos un reemplazo, los dejamos a la escucha de sus palabras de despedida:

“Que se vayan a cagar”

“Pueden irse a cagar si así lo desean, perdón si los ofendí”

“Qaa sa vayan a cagar”

“Quepe sepe vapayan apa capagapar”

“Que Se Vayan A Cagar”

“111 0011001 101 2″…

Fidelidad

Me despertaron unos redobles de tambor en la sien. Era mi corazón, que pujaba por vivir. De a poco se fueron arrimando otros sonidos extraños. Bip. Bipip. Túúúú. Alguien tomaba mi mano amorosamente.

-¿Mamá?-

-Shh… no hables por un rato, hija-.

Una enfermera daba golpecitos suaves a la bolsa del suero. Seguí la línea del cable hasta un moretón en el dorso de mi mano. Mejor mirar para otro lado.

Deslicé con cuidado mi mano derecha -la que no había sido amasijada- hasta mi pecho. Vendas. Dolor. Luces brillantes. -¡El accidente!- pensé. La mano de mi madre se veía manchada y azulada. Pura vena. La apreté suavemente y me miró con emoción. Su rostro, vacío y enjuto, pero con ojos que irradiaban un amor incondicional. Los años no la habían despojado de su hermosura.

En un sillón apartado se encontraba mi padre hablando por celular. Apenas me miró. No sabrá qué decir, pobre. Le voy a dar más tiempo. Encorvado, canoso, pequeño. Cómo han envejecido. Quién sabe cuántas cosas me perdí, pero ya no importa queridos padres, ya estoy acá. Yo los voy a cuidar a partir de ahora.

Quería hacer la pregunta,  pero aún no estaba lista para escuchar la respuesta. Opté por hablar de nimiedades.

-¿Qué tal la comida de acá?-

-No lo sé, querida, almorzamos acá en la esquina-.

-¿Habrá algo bueno en la tele?-

-Probablemente nada interesante amor. Igual ya nos estamos por ir en un ratito-.

No querían darme demasiada información de repente. Entendible. Pero el choque con la realidad era inminente. Había que preguntar. Pronto.

-¿Y Lucho? ¿Qué fue de su vida?- Lucho, con sus ojos de bueno, sus manos enormes deformadas por años de básquet. Lucho, que en otras circunstancias probablemente habría sido mi esposo. ¿Habrá tenido hijos? ¿Un varoncito, como él quería?

-Está abajo tramitando el alta, ¿necesitás que lo llame?

Mi corazón estalló en júbilo y gratitud. No lo podía creer. Amor verdadero. Me largué a llorar descontrolada. ¡Me esperó! Quién sabe por cuántos años. Pronto nos reencontraremos, amor mío. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no está aquí a mi lado? Años postrada, cabello sin teñir, ni una manicure. Debo ser un monstruo.

-¿Cómo me veo?- Pasé los dedos desesperada por mi rostro.

-¡Un espejo! ¡Necesito un espejo ya!-

-Tranquila, querida, estás vendada, no te vas a poder ver por unos días- me quiso tranquilizar mi madre.

-Pero…  ¡mi cara! ¿Cómo está mi cara?

-Bien, querida, todo lo bien que se puede esperar en esta situación.

Suficiente. La pregunta.

-¿Cuánto tiempo estuve en coma?- 

-¿Qué coma? Te viniste a hacer las lolas, apenas te sedaron. ¿Estás bien, Florencia?-

Por el rabillo del ojo vi como mi padre escupía el café.

Una cuestión de espacio

by Natalia Donate En el placard de la habitación de invitados, hoy convertida en una suerte de museo de sus años felices, encontró lo que buscaba. Había recordado aquella caja en sueños, y sumido en la semiinconsciencia temió haberla perdido para siempre. Pero allí estaba. Al principio, algo distinta a cómo la recordaba; segundos después, […]

Una cuestión de espacio

Feliz de colaborar en Masticadores.

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece. Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones (qué va; especialmente en vacaciones) y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso.

I’d hold you, I’d need you,

I’d get down on my knees for you

and make everything alright

if you were in these arms…”

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba. “Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: “Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

¡NO! Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo (que al final resultó ser beige) y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior (de hecho ya estaba bastante aburrido), sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita. El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

BASTA. Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado. Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE

ESA VIEJA

En ese lugar desaparecieron muchos niños. Incluso adultos. Por eso nadie iba por allí. Dijo uno que una vieja era la culpable.  La vieja vivía en la casa más grande de allí. Estaba en frente de la calle donde desaparecen todos. Nadie los recordaba haber visto por última vez. O sea, todos lo recordaban, pero […]

ESA VIEJA

Otro cuento de mi hijo Rafa. Que lo disfruten 🙂

Reverberaciones de amistad

A la temprana edad de los cinco años conocí a quien, hoy con cuarenta y dos, continúa siendo mi mejor amigo. En esos días muchos compañeros de Salita Celeste tenían la costumbre de hablar solos. Especialmente Mariana, la nena de trencitas castañas y pecas en la nariz que olía a cerezas. Cada vez que me acercaba a hablarle, ella estaba ocupada secreteando con Carlitos. Si había un asiento vacío a su lado, Carlitos ya estaba sentado ahí. Como Carlitos era invisible, yo arrojaba patadas al aire, con la esperanza de cruzarlo. Más de una vez le debo haber embocado. Hubo un tiempo feliz (que justo coincidió con la época en la que trabé amistad con Romina) en el que Carlitos sufrió una fuerte gripe y faltó a clase, pero se recuperó abruptamente el día que retomé mi relación con Mariana. Como verán, no era muy afortunado en el amor y esta situación no ha mejorado al día de hoy.

Pero con la amistad fue diferente. Ese verano conocí a Tomás. Me encontraba con mis padres de vacaciones en Pirámides, Chubut. Se trata de un golfo ubicado en la península Valdés. Una zona turística de aguas frías cristalinas y avistaje de ballenas y lobos marinos. Rodeando la playa se encuentran unas cavernas rocosas características de la zona, capaces de hacer sentir pequeño al más engreído de los sujetos. A Carlitos, por ejemplo. Y se hacen respetar. De día ofrecen protección, pero cuando la marea sube se transforman en una trampa mortal. Algo así como una planta carnívora de piedra.

Ese año no vimos ballenas, sí algún que otro lobo marino, pero la gruta, oscura y fría en medio de esa playa llena de vida, era un agujero negro que chupaba toda mi atención. Una tarde en la que mi padre dormía la siesta, me asomé a su boca abierta.

Algo resonaba en su interior. Llamé.

“Hola ¿hay alguien ahí?”

Se escuchaba una voz alejada, pero no comprendí lo que decía, así que insistí:

“Soy Esteban. ¿Cómo te llamás?

(Muy a lo lejos, entendí) “¡Tomás!”

“¿Tomás?”

“¡Tomás!”

Tomás era de pocas palabras. La mayoría de las veces yo hablaba y él escuchaba. Le gustaban mis historias: le contaba de mi perro Bobby -que había quedado al cuidado de una tía- y de mis amigos del colegio. Pero sobre todo de Mariana. Cada tanto, me entusiasmaba y e inventaba anécdotas, como la vez que me enfrenté a dos chicos de sexto por el honor de Mariana. Era inocente, Tomás. O tal vez un buen amigo, y el inocente era yo.

Una tarde mi padre me encontró en la entrada de la cueva hablando solo y me explicó lo que era el eco, cómo las ondas se reflejan en la superficie y regresan al emisor. En conclusión, mi mejor amigo, era yo mismo.

Al principio estaba desolado. Nunca me había sentido tan escuchado y admirado. Ya de regreso en casa, hice una prueba y lo llamé con la mente.

“Tomi, ¿estás ahí?” Esta vez lo escuché fuerte y claro.

“¡Acá estoy, amigo! ¡Sí que lo engañamos a tu padre!”

Desde ese día, fue Mariana la celosa. Tomás era más inteligente y divertido que Carlitos. Me soplaba en los exámenes, me contaba chistes. Pero eso fue hace muchos años. La gente cambia.

Hoy en día es un adulto muy intuitivo que me dice en quién confiar y en quién no. A veces me da órdenes y, si bien no estoy siempre de acuerdo, yo le hago caso. Tiene un carácter podrido cuando se enoja.

Testigo

Es desolador, querida mía, que te estés perdiendo este prodigio. Desde mi ángulo tu mejilla parece un duraznito pasado. Te hago cosquillas con la nariz y con el corazón empachado de fruta duermo una siesta en tu cuellito transpirado de tortuga. Nunca dejes de oler así.

Abro los ojos algo atontada. ¿Ya pasaron nueve meses? Con tu hermano te vemos romper todas las reglas de la física y la biología al cruzar el living caminando, sin haber dado nunca un primer paso en falso. Al final te caíste, pero el triunfo no te lo quita nadie. Ay, ¡si hubieras visto tu carita! ¡Conquistaste la luna! Te oigo llamarme “mamá” y trato de recordarlo para siempre. Pero otros “mamás” se superponen, tu voz cambia y apenas me quedo con un eco.

No sé cómo pasó esto, pero de pronto hablás a la perfección. Y sos tan ingeniosa. No existe un día aburrido a tu lado. Pero hoy por primera vez dijiste “pequeño”, en lugar de “quepeño”. Sé que no tuviste mala intención, pero el mundo pasó a ser un lugar más frío. Me aferro a vos en un abrazo que busca ser eterno y cuando te suelto… ¿te pusiste más alta, tramposa?

Juntas armamos tu casita de muñecas y quedó preciosa. Luego te ocupaste de llenarla de vida, de muñequitos, muebles, comida y mascotas. Puedo ver tu alma en cada rincón de esta casita. Te observo jugar desde la puerta del dormitorio, arrodillada en el piso, tan cuidadosa que no se te pierde ni una cucharita. Pero una sombra de preocupación oscurece el cuarto. Estás haciendo demasiadas preguntas, últimamente: “¿cómo hace Papá Noel para recorrer todo el mundo en una noche? ¿no se cansan los renos? ¿hace los regalos o los compra en la esquina?”. Abro los ojos de par en par, decidida a no parpadear, a no perderme nada. No me cortes la ilusión, te lo pido por favor. Yo también necesito darte magia a veces.

Me ves ahí parada, mejillas empapadas y te preocupás.

“¿Estás triste, mamá?”

“Claro que no, hermosa. Sólo estoy tratando de detener el tiempo”.

¿Me vas a creer cuando te diga que tuviste la infancia más maravillosa? Temo que, distraída con el mundo, te la estés perdiendo. Igual no te ofusques, hijita. Mami está atenta. Yo te voy a recordar todo.

Conflicto resuelto

La vi.

Una tras otra habían desfilado las mañanas de enero en las que, deslumbrada por un sol narcisista que eclipsaba mi atención, me llevaba por delante la telaraña, y, ya una vez apartada esa suerte de tul con un asco indiferente (si es que asco e indiferencia son compatibles) continuaba con mi día. No recordaba el episodio hasta la mañana siguiente, cuando volvía a posarse en mi frente el mismo velo de novia. 

Pero esa noche de febrero abrí la puerta bajo el modesto foco del farol. Y la vi a contraluz. Hipnotizante, fascinante. Delicada y sutil. Un poco sobrenatural. Quién sabe cuántas tardes tuvo esa araña que trabajar en vano, cuántas moscas u hormigas fueron sacrificadas para que yo estuviera abierta a apreciar su arte en seda. La obra tenía un mensaje claro: “NO TE RINDAS”.

Con ojos acuosos y alma agradecida ante tal revelación, comprendí que había llegado el momento de enderezar mi vida. Libre al fin de excusas y culpas mal encauzadas, saldría de las redes de la mediocridad. Esfuerzo y perseverancia contra apatía y flojedad. El premio: la autorrealización de la araña.

Sólo restaba decidir el aspecto de mi vida a mejorar. Había mucho por hacer. Lo primordial sería dejar el alcohol y otras sustancias y conseguir un empleo. Luego, con algunos ahorros, mudarme del hogar de mis padres y retomar la carrera. Un poco de amor tampoco estaría mal. Tal vez un novio.

Esta mañana me levanté al alba, con la frente en alto y el corazón listo para la aventura. Dos horas después destrocé la telaraña con un plumero y le vacié un tarro de veneno a la engreída esa.

Ya me siento mucho mejor.

NATALIA DOÑATE

El que sabe, sabe

Verano.

Adentro, dos hermanos de once y ocho años juegan ajedrez bajo el cobijo del aire acondicionado.

El público: dos perritos de peluche (uno es tan realista que impresiona), una vaca-escocesa-made-in-China (aquí responde al simple nombre de “Vacaponi”) y una oveja de plástico que, en un esfuerzo por distinguirse del rebaño, se ha puesto una gomita de pelo anaranjada a modo de collar.

Las reglas están claras y se respetan a rajatabla. Cada pieza ocupa su posición inicial y hay que moverse por turnos. El caballo avanza en “L”, el rey de a un lugar por vez. La reina es libre pero conviene cuidarla, o la partida se extenderá indefinidamente.

Tanto la estrategia como el pensamiento a largo plazo duermen la siesta.

Un alfil heroico mata a un peón, para luego morir en manos de otro -¿quién le baja los humos ahora? La torre negra, indecisa, avanza y retrocede posiciones sin ton ni son y el caballo blanco sufre de un trastorno de personalidad en el que se cree cabra. El único que parece disfrutar del juego es el rey, quien anda a los saltitos entre cuadros (uno negro, uno blanco) como si de charquitos de lluvia se tratase. La reina lo observa con resignación. Demencia, probablemente. De pronto, la torre tiene una epifanía y cruza el tablero de punta a punta cual jugador de fútbol en posición adelantada.

Jaque mate.

El público se retira satisfecho, a excepción de Vacaponi, que hace un berrinche revoleando piezas por toda la mesa. Los niños ríen.

Cualquiera diría que no saben jugar. Yo digo que saben vivir.