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Estimados amigos. Entre todas las alegrías que me da este blog y la gente de WordPress y Twitter, recibí una sorpresa muy conmovedora por parte de dos personas maravillosas, una de las cuales tuve el gusto de conocer ayer vía pantalla.

Estas personas en cuestión me regalaron un sitio web precioso. Sí, así como suena. Me lo regalaron. Me encontraré en estos días subiendo entradas, sumando fotos, etc., para personalizarlo, pero próximamente me estaré mudando allí y dejando este espacio. Si todo sale bien, subiré unas últimas 4 o 5 entradas por acá, y luego los esperaré aquí :https://lacasadelasarenas.com/. Desde ya, a los contactos que pueda recuperar los iré siguiendo.

Perdón que estoy entrando poco a leer en estos días, me gusta ser recíproca pero estoy a full con los cambios y además uniendo el contenido de la casa de las arenas para hacer un ebook.

Espero que tengan un excelente día como lo tuve yo. Gracias por su tiempo, como siempre, pero hoy más que nunca.

Nati

Día del padre

—Estamos acá, papá.

La voz arrasó como un viento seco, devorando pastos y montañas y dejando un surco negro que se perdía en el horizonte. Los pájaros volaron aterrorizados de las copas de los árboles turquesa en dirección al sol. Varios cayeron envueltos en llamas. Pero no olía a quemado, sino a perfume infantil. Esta vez era cierto.

Un leve calor en su palma izquierda le advirtió de la presencia del sapito. Era rosado y parpadeaba con ternura, pero lo mismo daba. Lo arrojó con desdén al mendigo del parche en el ojo, quien lo tragó sin masticar y lanzó un sonoro eructo. De sus labios amoratados surgieron burbujas con pequeños ojos que se explotaban al cerrarse.

Él volaba siguiendo el rastro. Cuando éste desapareció, siguió el eco. Atravesó bosques frondosos y pateó serpientes que se enroscaban en sus piernas para hacerlo caer. No les temía; había pasado horas envuelto en ellas sin que nada ocurriese, salvo un leve mareo. Finalmente llegó al peñasco. Era tan alto que apenas se divisaba el fondo, pero enfocó la mirada y se encontró con la escena familiar.

Al lado del mar había una gran cama celeste, en la que él yacía dormido. Las olas golpeaban con suavidad las patas de madera y empapaban una parte de la sábana que se hallaba caída a un lado. La enfermera con cola de dinosaurio ajustaba el suero mientras que un niño y una niña, perfectos, reales, carnosos, pero más que nada, suyos, le hablaban con cariño.

—Estamos acá, papá.

Quiso gritarles que lo sabía, pero ya había fallado esa técnica. Sabía que se quedaría sin voz. “Voy a saltar“, pensó. Tomó carrera y, como en un sueño, cayó: volando, girando como un trompo, en picada, rebotando, y finalmente, en cámara lenta. Abrió los ojos mareado. Olía a hospital.

—¡Papi! Sus brazos se llenaron de suaves mejillas y cabellos con aroma a miel. Tomó sus rostros entre sus manos y se alegró al ver que no había pasado tanto tiempo. La pequeña aún tenía el huequito del último diente que había perdido. El niño, algo mayor que la hermana, contenía con esfuerzo las lágrimas. La enfermera salió corriendo, como ocurría en las películas, probablemente en busca del doctor.

Horas después se hallaba incorporado en la cama, recuperándose de una pequeña siesta. Los niños dormían a su lado, a pesar de haber pasado el horario de visita. Se preguntó dónde estaría su mujer. Una señora de mediana edad con delantal y cofia le acercó una bandeja con la cena. No sentía hambre, pero debía empezar a utilizar su estómago de a poco.

—Intente comer de a pequeñas porciones, señor. A ver cómo le cae.

Levantó la tapa de metal deseando encontrarse con algo sabroso, pero sólo vio al sapito. Se había tornado plateado y se veía furioso sin sus ojos. Arrojó la bandeja al suelo y gritó y lloró sin lágrimas y abrazó a los muñecos de felpa que dormían a su lado. Ni siquiera se parecían a sus hijos; tenían pelo de lana y botones en lugar de ojos. Por debajo de la puerta de la habitación, se empezó a filtrar el agua del mar.

Jamás saldría de ese maldito mundo. Algún día, su vida se apagaría sin aviso, en ese paisaje de sinsentidos, donde nadie lo escucharía gritar. Sólo le quedaba desear que fuese pronto.

En la entrada de un sanatorio especializado en cuidados paliativos, un hombre y una mujer se despedían. Había sido una visita estándar sin expectativas. No lo desconectaron porque aún tenía ese leve temblor en la muñeca cuando escuchaba sus voces, aunque los médicos insistían en que era pura casualidad. Por otro lado, hubiese sido de mal gusto hacerlo justo el día del padre.

—¿Ya no nos vemos hasta Navidad, no? —preguntó él.

—Sí, pero no cuentes conmigo para Año Nuevo. Lo pasamos con la familia de Javier.

—Ajá. ¿Te pasa algo?

—Estoy un poco preocupada, nomás. En una semana me voy de viaje a Europa y aún no consigo quién me venga a regar las plantas.

NATALIA DOÑATE

En el limbo

Una cortina invisible y hedionda frenaba en seco a los progenitores -en su mayoría, madres- que se acercaban apresurados con los pequeños. Un problema con las cloacas, aparentemente. Ante la noticia, los menos pegaron la media vuelta a casa, o se fueron a matar la mañana a la plaza, que lucía su primera mano de ocres hojas, pero muchos debían ir a trabajar y el capricho de la materia fecal de salir por las cañerías equivocadas no encajaba en sus apretados horarios. Caminaban furiosos de un extremo al otro de la cuadra.

En la esquina opuesta, también conocida como “la casona del olvido”, el tiempo transcurría más pausadamente. Pocos dominaban el arte de inventar razones para despertar a la mañana, pero el olor a medialunas calentitas era un incentivo aceptable.

El problema venía después; las horas muertas entre el desayuno y la novela de la tarde. A las diecisiete en punto las coquetas señoras fantasearían con ser mucamas de uniforme en la mansión donde un hombre rico y buen mozo se enamoraría perdidamente de ellas, y a las diecinueve el segmento deportivo suscitaría animadas charlas y discusiones. La hora anterior a la cena sería, como siempre, un suplicio: tenía una capacidad extraordinaria de estirarse y los viejos se pondrían malhumorados. Finalmente, recibirían con impaciencia la comida y la medicina que les daría largas horas de descanso sin sueños.

Pero en ese momento; ocho y media de la mañana, con estómagos llenos y todo un día vacío de expectativas por delante, los ancianos permanecían en silencio en pequeños grupos. Los que se encontraban de espaldas a la puerta giraron los torsos con dificultad ante el extraño anuncio de Betty, la cuidadora de voz chillona, pero ésta se retiró tan rápido que no dio lugar a preguntas.

Los pocos que llegaron a entender el mensaje creyeron haber oído mal, pero una bulliciosa columna de ángeles de enormes ojos se abrió camino por los pasillos del asilo hasta el salón. Las criaturas se detuvieron un pequeño instante para medir con timidez a esos seres decrépitos que no emitían señales de vida, pero pronto optaron por treparse a sus doloridas rodillas. Al poco rato repartían besos como bendiciones y a cambio, demandaban explicaciones sobre los temas más simples.

— ¿Dónde están tus dientes?

— ¿Por qué tu silla tiene ruedas?

— ¿Sos Papá Noel?

Los ancianos reían y hacían cosquillas. Compartían historias, recibían rodillazos, caricias pegajosas, tirones de pelo. Una niña se hizo pis sobre el regazo de una señora, y por un momento dudaron a quién pertenecía. Las dos debieron cambiarse.

Después del mediodía los pequeños querubines regresaron a su mundo, dejando manchas de marcadores en los muebles, juegos de mesa -otrora polvorientos- desparramados por el suelo, útiles escolares olvidados, decenas de alegres dibujos y anécdotas flotando en el aire, que serían capturadas, compartidas, amplificadas y coloreadas durante semanas.

NATALIA DOÑATE

La llave

Ante un ramillete de sentenciosos globos perlados fingió tocar el timbre. Luego saludó con un breve gesto a su madre, que partía ruidosamente en el despintado Dodge. Tras ver el baúl abollado perderse en la distancia corrió unos metros y se ocultó tras el árbol de la esquina. Tenía que pensar rápido. La casa de Laura quedaba a la vuelta de la plaza, a pocas cuadras… pero, ¿en qué dirección? Empezaba a oscurecer, sería más prudente esperarla allí.

Sintió voces infantiles. Las gemelas venían cruzando la cuadra vestidas como para salir en una revista. Ana -lunar en la mejilla- llevaba un vestido blanco, zapatos y moño rojo. Mariana, con idéntica vestimenta pero con los colores invertidos, protestaba porque no le habían dejado maquillarse. La madre les acomodó el cabello de prolijas ondas y les extendió un paquete brillante con un moño. Las vio desaparecer tras la puerta.

Al poco rato apareció Tomás con el abuelo.

—¿No vas a entrar, Felipe?

—Estoy esperando a alguien —respondió mientras se frotaba las manos, incómodo por no saber dónde ubicarlas.

—Ah, tu novia, claro.

—Mi amiga. Ni siquiera me gusta.

—Lo que digas, lo que digas —rio.

Uno a uno cayeron Lucas, Juan Carlos, Victoria y Alicia. Detrás del árbol los vio cruzar con facilidad la puerta. Por segundos la música y la algarabía inundaban sus oídos, pero un golpe seco lo devolvía a los pájaros y el tránsito.

Un globo fugitivo rodó a sus pies. Empezaba a tener frío y lo peor, se iba a perder el cumpleaños. Pensó en la mesa llena de sándwiches, panchos y papitas consumiéndose sin él. Y gaseosa. Si lograba entrar, tomaría litros de gaseosa. ¿Será que ella no vendría? Imposible. En el recreo, como si tal cosa, le había preguntado. Seguro estaba retrasada.

Como escuchando sus súplicas un Volvo color ladrillo se detuvo en la vereda de enfrente. Allí estaba ella, pero por alguna razón se puso aún más nervioso. ¿Y si esta vez le decía que no? El padre los observaba por la ventanilla. Por suerte se quedó en la camioneta.

Dio tres zancadas y la interceptó frente a los globos. Las mejillas le ardían.

—Laura, hola. No sabés lo que me pasó. Otra vez mi mamá se dejó el regalo en casa.

Ella ni siquiera lo miró con pena. Rápidamente tomó la tarjeta que decía “Para Macarena, de Laurita”, la hizo un bollo y se la metió en el bolsillo.

—Pero mirá que casualidad. Yo me olvidé la tarjeta. —Y en un susurro agregó: —le compramos una Barbie.

La cumpleañera, la chica más hermosa del colegio creería que ellos eran novios. Pero qué mas daba, él sólo tenía diez años y un mundo de confeti, golosinas y payasos lo esperaban al otro lado de la puerta.

NATALIA DOÑATE

El pan de ayer

Cargó sus pulmones de fresco aire nocturno. Cuando regresara a abrir la puerta, el sol ya habría ingresado hasta la primera fila de mesas, que permanecían con sus sillas patas para arriba. El pronóstico vaticinaba un calor sofocante. En su pequeño espacio el clima no era muy diferente, a excepción del olor dulzón, que parecía tener más peso que el oxígeno y pedía ser inhalado de a pequeños sorbos. Hoy le producía un efecto extraño, similar al de la cebolla, pero decidió no llorar. Había mucho por hacer.

Trabajó toda la madrugada. Los utensilios de cocina que hasta el momento habían sido una extensión de sus propios brazos, hoy parecían ajenos. Horas más, horas menos, sabía que ya no le pertenecían. Como tampoco las manchas de los azulejos o el óxido en la canilla.

Las siete y media. Cambió con celeridad el delantal sucio por uno impecable y se dirigió hacia la puerta de entrada. Dolly se veía impaciente. Maldición, había llegado a adorar a esa vieja pesada. Detrás de ella estaban José y Felipe, Doña Clara, Manuel… incluso los dos hombres de traje, que desentonaban en la cola y en el pueblo. A pesar del aire liviano, su garganta se cerró y sus mandíbulas se apretaron como cuando comía pomelo. Pero tragó una bola de vacío y parpadeó. Nada de lágrimas.

Uno a uno atendió a todos los clientes. Algunos se quedaban más de la cuenta, pero a nadie parecía molestarle. Dolly, paquete de figacitas en mano -el doble de cantidad del que solía llevar- miraba en derredor en perfecto silencio. Eso sí que era novedoso. Notó cómo José acariciaba fugazmente el mostrador al retirarse. Horacio, que solía ser algo parco, pidió llevarse algunas servilletas de recuerdo.

“El logo, ¡claro!” Tomó un pequeño pilón y lo reservó en la caja registradora. El resto lo repartió generosamente. De saber que vendrían todos habría hecho un pequeño souvenir, pero ya era tarde. Ambos señores con quienes había firmado innumerables papeles le dieron la mano y le desearon un feliz día, a pesar de las circunstancias. Ella les agradeció el gesto de haber pasado con una porción de torta de frutas, el clásico del lugar.

Cerraría al mediodía. No quedaba mucho por hacer; el objetivo de la mañana había sido más bien simbólico. Limpió con rigurosidad, y, cual enfermera, dejó instrucciones de cuidado pegadas en los electrodomésticos: “sin abrasivos”, “encender con media hora de anticipación”, “service al 0800-222-3136”.

Finalmente tomó su cartera y la pequeña vianda que extendería el sabor a despedida. Pensó unos minutos en la foto enmarcada en la pared. Quitarla arruinaría el efecto al cerrar por última vez y, a decir verdad, tampoco tenía el corazón para descolgarla. “Que se ocupen ellos”.

Giró la llave. La versión joven y sepia de su abuelo la miraba con compasión. “Lo hiciste bien, Juanita”.

Y Juanita lloró.

NATALIA DOÑATE

Los inmorales

“Hoy. 10.30 am. Plaza Sarmiento, frente a la iglesia. Bufanda amarilla”.

No era mi cita, ni mi aviso. Ni siquiera lo leí en mi diario, sino en uno que se olvidó un hombre en la cafetería. Pero acudí igual. El aburrimiento es mal consejero.

A dos bancos de distancia vi a la pareja encontrarse. Se sentaron uno al lado del otro aparentando no haberse cruzado en la vida, pero yo estaba atenta y bien ubicada y noté que se rozaban los codos. Ella tenía un niño de unos cuatro años que jugaba en las hamacas a pocos metros de distancia. Deseé haber hecho un curso de lectura de labios acelerado, pero ya era tarde. A los pocos minutos, partieron, cada cual por su lado.

Busqué anuncios similares por semanas. Un primero de abril el esfuerzo dio sus frutos.

“Hoy. 10.30 am. Plaza Alsina, esquina kiosco. Boina verde”

Cancelé mi turno con el dentista y me apresuré a la cita. Esta vez quise complicarles la situación y me senté exactamente en el punto de encuentro. Mismo hombre, misma mujer, mismo niño. Él se sentó a mi lado, ellos siguieron de largo. Él lloró.

Al día siguiente un aviso leía:

“Guardaré tu último perfil como mi más valioso tesoro. Buena vida allá en la madre tierra”.

Arranqué el papel con bronca y lo arrojé hecho un bollo al cesto de basura.

¿Con qué me iba a entretener ahora?

NATALIA DOÑATE

Al final del sendero

Descendió sin prisa del micro. La terminal era en sí un sitio desagradable, pero entre el olor a gasolina y cigarrillos percibió un dejo a barro putrefacto que le quitó sesenta años de encima. Bolso al hombro y agua mineral en mano emprendió la caminata.

Todo lo importante seguía allí. Los sauces con sus verdes cabellos apenas rozando el río, los muelles de húmedos postes donde se refugiaban los coipos y alguna que otra pequeña embarcación despintada y vuelta del revés. La silueta del gran barco abandonado se recortaba contra el cielo, que, en un intento de empatía, había barrido sus nubes emulando el mar. Su tripulación se integraba únicamente por perros abandonados, que lo miraron con desinterés. Se habían desencantado del engañoso hechizo de los humanos desde hacía varias generaciones.

Alegres flores amarillas que pronto se convertirían en volátiles pompones se entremezclaban en armoniosa amistad con los cardos y a lo lejos, una humilde casa deshabitada daba señales de reconocimiento. Se enjugó una lágrima. Ambos estaban viejos y rotos. Como antiguos amantes, tenían sus buenos recuerdos juntos, pero ya no se pertenecían.

A unos pocos metros de la misma, bajo la sombra del árbol de palta al que había trepado tantas veces de niño, se hallaba un montículo de piedras que no necesitaba identificación.

—Pronto, Bobby —susurró con picardía.

El impulso de la adrenalina fue mermando y sus huesos comenzaron a protestar, pero aún tenía cuatro horas antes de emprender el regreso a la terminal. No podía pagar una noche en un hotel, así que tomó una pequeña siesta junto a su mascota. Despertó duro y dolorido.

En el camino de regreso compró fiambres y dulces regionales. Dormitó la mayor parte del tiempo y llegó a casa algo atontado, minutos antes de los primeros cantos de pájaro. No encontró lo que había ido a buscar, pero tampoco sabía qué era eso. Vació el contenido de su mochila sobre la mesa ratona del living y saboreó un pastel de membrillo mientras observaba la llegada del nuevo día desde su pequeño balcón de ciudad.

Tachó un renglón de la lista. El sábado iría a bailar zumba.

NATALIA DOÑATE

Wander-last

La pintura, arquitectura y escultura se podían quedar con el barroco. Reconocía que les sentaba bastante bien. Pero el arte de viajar debía ser minimalista.

Las montañas la reconocían por su buzo negro forrado de corderito y el jogging gris desgastado en la rodilla. Jamás imaginarían que se trataba de la misma mujer que miraba el mar todos los eneros con su amplio vestido traslúcido, como si fuese su única posesión en el mundo. Los zapatos y el maquillaje no conocían la vida fuera del departamento. Sentían envidia de los anteojos de sol, que se colaban a último momento en cada viaje y se daban aires al regreso. La ropa formal se peleaba por el protagonismo en la percha para ir a París, pues sólo viajaba una muda; la dueña no repetía restaurante.

Lo mejor de viajar liviano era que parte de su carácter se quedaba en casa y podía adoptar nuevos rasgos en el lugar de destino. Del fresco y boscoso camping trajo un renovado placer por lavar los platos a mano. En el departamento de Miami descubrió unas mandarinas que se pelaban con facilidad y que no traían semillas. Europa era sinónimo de caminar días enteros sin planes y de disfrutar de almuerzos frugales y golosas meriendas. Volvió con algo de sobrecarga.

En Buenos Aires no comía dulces, ni salía a caminar y odiaba las mandarinas. Al regresar de los primeros viajes sentía que el placard lleno la agobiaba. Entonces tomaba grandes bolsas y regalaba ropa a montones.

Un verano la encontró perdida en Roma -celular en mano, cual detector de metales- buscando un lugar donde comprar yerba para el mate. Un empleado de una tienda de ropa, que hablaba español porque su novia era argentina, le recomendó un pintoresco almacén a un par de cuadras y terminaron charlaron sobre usos y costumbres. Esa noche la invitaron a cenar y los hizo reír a carcajadas. Luego, se despidieron para siempre, lo que era parte del encanto.

Revisaba las fotos en el hotel cuando se topó con dos de la camarera que había atendido su mesa. En la primera hacía caras, en la otra, sacaba la lengua. Había sido víctima de un photobombing. Su corazón viajero se aceleró. Luchaba por su vida.

Pensó en todas las personalidades posibles, tan infinitas como el mundo mismo, que jamás llegaría a conocer, pero ya no había nada por hacer. Estaba perdidamente enamorada de Italia.

—Aquí me quedo, —decidió con sorpresa.

NATALIA DOÑATE

La princesa voladora

Con ojos inquietos analizaba cada tramo del recorrido en busca de hombres sospechosos, mientras le apretaba con fuerza el brazo para hacerle caminar más rápido. En vano intentaba ella distraerla con alguna anécdota del colegio; toda su atención estaba en la calle.

Vivían en una modesta casa de techo verde a pocas cuadras del centro comercial, entre una mercería y un terreno baldío que los niños de la cuadra usaban para jugar. Ella no. Cuando llegaban a la puerta su madre se aseguraba de que nadie las seguía y la metía adentro con prisa. Luego ponía traba, cerrojo y candado y espiaba por la mirilla. Una vez a salvo, le preparaba una rica merienda y, ya alegre como la primavera, le preguntaba por su día.

Ella no entendía cuál era el problema.

—Si viene un ladrón yo le voy a quemar las manos en la hornalla, má —le había dicho una vez, pero ella seguía preocupada.

—También puedo atarlo rápidamente con una soga y llamar a la policía, si no querés que lo lastime.

Sus iniciativas eran agradecidas con sonrisas y besos en la frente, pero el ceño de su progenitora permanecía fruncido.

Después de merendar miraban los dibujitos animados de la tarde y luego se iba sola al cuarto a hacer la tarea. Le gustaba perderse en el cielo azul rayado por los barrotes de la ventana e imaginar que volaba. Algún día lo haría. Saldría con los brazos desplegados envuelta en una sábana y aterrorizaría a los malos para que dejasen de perseguir a su mamá. Si alguno se pusiera impertinente, lo elevaría por los aires y lo abandonaría en la rama más alta de un pino, donde gritaría por ayuda hasta ser rescatado con una larga escalera. Los bomberos, confundidos, oirían risas a sus espaldas, pero al voltear no verían más que el aire.

Ella ya estaría lejos; sobrevolando el río, apenas rozando el agua con la panza y atrapando peces de colores para la cena. En casa la aplaudirían, porque el kilo de merluza estaba cada día más caro y con el tiempo, el rumor de “la niña voladora” llegaría a los vecinos y todos le encargarían pescado, que ella repartiría gustosa a cambio de gaseosa y queso rallado, que siempre faltaba en casa.

Como cabría esperar, la niña creció para convertirse en un adulto perfectamente normal. Sólo conservó un superpoder.

Jamás necesitó cerrar con llave.

NATALIA DOÑATE