Una cuestión de espacio

by Natalia Donate En el placard de la habitación de invitados, hoy convertida en una suerte de museo de sus años felices, encontró lo que buscaba. Había recordado aquella caja en sueños, y sumido en la semiinconsciencia temió haberla perdido para siempre. Pero allí estaba. Al principio, algo distinta a cómo la recordaba; segundos después, […]

Una cuestión de espacio

Feliz de colaborar en Masticadores.

Fidelidad

Me despertaron unos redobles de tambor en la sien. Era mi corazón, que pujaba por vivir. De a poco se fueron arrimando otros sonidos extraños. Bip. Bipip. Túúúú. Alguien tomaba mi mano amorosamente.

-¿Mamá?-

-Shh… no hables por un rato, hija-.

Una enfermera daba golpecitos suaves a la bolsa del suero. Seguí la línea del cable hasta un moretón en el dorso de mi mano. Mejor mirar para otro lado.

Deslicé con cuidado mi mano derecha -la que no había sido amasijada- hasta mi pecho. Vendas. Dolor. Luces brillantes. -¡El accidente!- pensé. La mano de mi madre se veía manchada y azulada. Pura vena. La apreté suavemente y me miró con emoción. Su rostro, vacío y enjuto, pero con ojos que irradiaban un amor incondicional. Los años no la habían despojado de su hermosura.

En un sillón apartado se encontraba mi padre hablando por celular. Apenas me miró. No sabrá qué decir, pobre. Le voy a dar más tiempo. Encorvado, canoso, pequeño.

Cómo han envejecido. Quién sabe cuántas cosas me perdí, pero ya no importa queridos padres, ya estoy acá. Yo los voy a cuidar a partir de ahora.

Quería hacer la pregunta,  pero aún no estaba lista para escuchar la respuesta. Opté por hablar de nimiedades.

-¿Qué tal la comida de acá?-

-No lo sé, querida, almorzamos acá en la esquina-.

-¿Habrá algo bueno en la televisión?-

-Probablemente nada interesante amor. Igual ya nos estamos por ir en un ratito-.

No querían darme demasiada información de repente. Entendible. Pero el choque con la realidad era inminente. Había que preguntar. Pronto.

-¿Y Lucho? ¿Qué fue de su vida?-

Lucho, con sus ojos amables, sus manos enormes deformadas por años de básquet. Lucho, que en otras circunstancias probablemente habría sido mi esposo. ¿Habrá tenido hijos? ¿Un varoncito, como él quería?

-Está abajo tramitando el alta, ¿necesitás que lo llame?

Mi corazón estalló en júbilo y gratitud. No lo podía creer. Amor verdadero. Me largué a llorar descontrolada. ¡Me esperó! Quién sabe por cuántos años. Pronto nos reencontraremos, amor mío. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no está aquí a mi lado? Años postrada, cabello sin teñir, ni una manicure. Debo ser un monstruo.

-¿Cómo me veo?- Pasé los dedos desesperada por mi rostro. -¡Un espejo! ¡Necesito un espejo ya!-

-Tranquila, querida, estás vendada, no te vas a poder ver por unos días- me quiso tranquilizar mi madre.

-Pero…  ¡mi cara! ¿Cómo está mi cara?

-Bien, querida, todo lo bien que se puede esperar en esta situación.

Suficiente. La pregunta.

-¿Cuánto tiempo estuve en coma?- 

-¿Qué coma? Te viniste a hacer las lolas, apenas te sedaron. ¿Estás bien, Florencia?-

Por el rabillo del ojo vi como mi padre escupía el café.

NATALIA DOÑATE

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece.

Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones -qué va; especialmente en vacaciones- y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio rebosantes y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso un tema de Bon Jovi.

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba:

Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: 

“Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

— ¡NO! —Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo -que al final resultó ser beige- y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior -de hecho ya estaba bastante aburrido-, sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita.

El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

— BASTA.

Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado.

Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE

ESA VIEJA

En ese lugar desaparecieron muchos niños. Incluso adultos. Por eso nadie iba por allí. Dijo uno que una vieja era la culpable.  La vieja vivía en la casa más grande de allí. Estaba en frente de la calle donde desaparecen todos. Nadie los recordaba haber visto por última vez. O sea, todos lo recordaban, pero […]

ESA VIEJA

Otro cuento de mi hijo Rafa. Que lo disfruten 🙂

Reverberaciones de amistad

A la temprana edad de los cinco años conocí a quien, hoy con cuarenta y dos, continúa siendo mi mejor amigo. En esos días muchos compañeros de Salita Celeste tenían la costumbre de hablar solos. Especialmente Mariana, la nena de trencitas castañas y pecas en la nariz que olía a cerezas. Cada vez que me acercaba a hablarle, ella estaba ocupada secreteando con Carlitos. Si había un asiento vacío a su lado, Carlitos ya estaba sentado ahí. Como Carlitos era invisible, yo arrojaba patadas al aire, con la esperanza de cruzarlo. Más de una vez le debo haber embocado. Hubo un tiempo feliz (que justo coincidió con la época en la que trabé amistad con Romina) en el que Carlitos sufrió una fuerte gripe y faltó a clase, pero se recuperó abruptamente el día que retomé mi relación con Mariana. Como verán, no era muy afortunado en el amor y esta situación no ha mejorado al día de hoy.

Pero con la amistad fue diferente. Ese verano conocí a Tomás. Me encontraba con mis padres de vacaciones en Pirámides, Chubut. Se trata de un golfo ubicado en la península Valdés. Una zona turística de aguas frías cristalinas y avistaje de ballenas y lobos marinos. Rodeando la playa se encuentran unas cavernas rocosas características de la zona, capaces de hacer sentir pequeño al más engreído de los sujetos. A Carlitos, por ejemplo. Y se hacen respetar. De día ofrecen protección, pero cuando la marea sube se transforman en una trampa mortal. Algo así como una planta carnívora de piedra.

Ese año no vimos ballenas, sí algún que otro lobo marino, pero la gruta, oscura y fría en medio de esa playa llena de vida, era un agujero negro que chupaba toda mi atención. Una tarde en la que mi padre dormía la siesta, me asomé a su boca abierta.

Algo resonaba en su interior. Llamé.

“Hola ¿hay alguien ahí?”

Se escuchaba una voz alejada, pero no comprendí lo que decía, así que insistí:

“Soy Esteban. ¿Cómo te llamás?

(Muy a lo lejos, entendí) “¡Tomás!”

“¿Tomás?”

“¡Tomás!”

Tomás era de pocas palabras. La mayoría de las veces yo hablaba y él escuchaba. Le gustaban mis historias: le contaba de mi perro Bobby -que había quedado al cuidado de una tía- y de mis amigos del colegio. Pero sobre todo de Mariana. Cada tanto, me entusiasmaba y e inventaba anécdotas, como la vez que me enfrenté a dos chicos de sexto por el honor de Mariana. Era inocente, Tomás. O tal vez un buen amigo, y el inocente era yo.

Una tarde mi padre me encontró en la entrada de la cueva hablando solo y me explicó lo que era el eco, cómo las ondas se reflejan en la superficie y regresan al emisor. En conclusión, mi mejor amigo, era yo mismo.

Al principio estaba desolado. Nunca me había sentido tan escuchado y admirado. Ya de regreso en casa, hice una prueba y lo llamé con la mente.

“Tomi, ¿estás ahí?” Esta vez lo escuché fuerte y claro.

“¡Acá estoy, amigo! ¡Sí que lo engañamos a tu padre!”

Desde ese día, fue Mariana la celosa. Tomás era más inteligente y divertido que Carlitos. Me soplaba en los exámenes, me contaba chistes. Pero eso fue hace muchos años. La gente cambia.

Hoy en día es un adulto muy intuitivo que me dice en quién confiar y en quién no. A veces me da órdenes y, si bien no estoy siempre de acuerdo, yo le hago caso. Tiene un carácter podrido cuando se enoja.

Testigo

Es desolador, querida mía, que te estés perdiendo este prodigio. Desde mi ángulo tu mejilla parece un duraznito pasado. Te hago cosquillas con la nariz y con el corazón empachado de fruta duermo una siesta en tu cuellito transpirado de tortuga. Nunca dejes de oler así.

Abro los ojos algo atontada. ¿Ya pasaron diez meses? Con tu hermano te vemos romper todas las reglas de la física y la biología al cruzar el living caminando, sin haber dado nunca un primer paso en falso. Al final te caíste, pero el triunfo no te lo quita nadie. Ay, ¡si hubieras visto tu carita! ¡Conquistaste la luna! Te oigo llamarme “mamá” y trato de recordarlo para siempre. Pero otros “mamás” se superponen, tu voz cambia y apenas me quedo con un eco.

No sé cómo pasó esto, pero de pronto hablás a la perfección. Y sos tan ingeniosa. No existe un día aburrido a tu lado. Pero hoy por primera vez dijiste “pequeño”, en lugar de “quepeño”. Sé que no tuviste mala intención, pero el mundo pasó a ser un lugar más frío. Me aferro a vos en un abrazo que busca ser eterno y cuando te suelto… ¿te pusiste más alta, tramposa?

Juntas armamos tu casita de muñecas y quedó preciosa. Luego te ocupaste de llenarla de vida, de muñequitos, muebles, comida y mascotas. Puedo ver tu alma en cada rincón de esta casita. Te observo jugar desde la puerta del dormitorio, arrodillada en el piso, tan cuidadosa que no se te pierde ni una cucharita. Pero una sombra de preocupación oscurece el cuarto. Estás haciendo demasiadas preguntas, últimamente: “¿cómo hace Papá Noel para recorrer todo el mundo en una noche? ¿no se cansan los renos? ¿hace los regalos o los compra en la esquina?”. Abro los ojos de par en par, decidida a no parpadear, a no perderme nada. No me cortes la ilusión, te lo pido por favor. Yo también necesito darte magia a veces.

Me ves ahí parada, mejillas empapadas y te preocupás.

“¿Estás triste, mamá?”

“Claro que no, hermosa. Sólo estoy tratando de detener el tiempo”.

¿Me vas a creer cuando te diga que tuviste la infancia más maravillosa? Temo que, distraída con el mundo, te la estés perdiendo. Igual no te ofusques, hijita. Mami está atenta. Yo te voy a recordar todo.

Control freak

            ¡Pero claro que soy feliz acá, faltaba más! Me atienden como a un rey. La pesadilla la sigo teniendo, eso sí, pero todo no se puede. ¿Cómo que cuál pesadilla? ¡La que inició todo esto! ¿No la tiene anotada ahí en su libretita? Ah, es nueva usted, claro. Deben tener unos sueldos espantosos, pobrecita, nadie dura más de tres meses en este lugar. Bueno, es su día de suerte, me agarró con paciencia. Vamos desde el principio:

Estoy en casa. Bueno, mi casa de la infancia, la mayoría de las veces. Todo está en penumbras y comienzo a sentirme un poco solo y desamparado, entonces enciendo el velador.

Nada

Pienso que tal vez se quemó la bombilla, y me incorporo a prender la luz de la habitación. Apenas tira un destello lúgubre y se apaga. Entiendo que no se trata de un corte eléctrico, porque estos no suceden de esa manera. Digo, la luz artificial no se consume suavemente, como una vela. Se apaga de golpe. BANG.

Siento el miedo trepar por mi espalda y los latidos de mi corazón en la garganta. Trato de no entrar en pánico. Camino apurado por la casa, encendiendo lámpara tras lámpara en vano. Cuando estoy llegando al límite del terror, despierto en mi habitación a oscuras. El cuerpo tenso como si se tratase de rigor mortis. Y ahí, de a poco y con mucho esfuerzo, logro mover la punta de los dedos, luego los brazos y finalmente se hace la luz.

Terrorífico, ¿no? Es por eso que decidí trabajar en mis sueños y hoy en día soy un gran referente (sino el mejor) en lo que al mundo onírico se refiere. Verá, el primer paso es aprender a darse cuenta de que se está soñando, sino mucho no se puede hacer (y por favor, no me venga con eso del vaso de leche tibia antes de dormir y demás fantochadas). En mi caso la revelación ocurrió una noche en la que me sentía particularmente asustado. Había algo agazapado en mi habitación y tenía poco tiempo, así que acorté camino saltando por las escaleras y caí en cámara lenta. Entendí que soñaba.

Con el tiempo y la experiencia empecé a notar que me encontraba en lugares sin saber cómo había llegado hasta allí. Lógicamente, eran sueños. De a poco me volví un experto en el tema. Hasta escribí una guía con “los sueños más comunes” que puede utilizar como referencia, se la puede pedir a cualquiera acá, soy bastante famoso. Es fácil, una vez que le agarra la mano. Si igual tiene alguna duda de estar soñando -suele pasar- puede efectuar pequeñas pruebas, como saltar, volar, hablar con los animales (y que le respondan). Cualquier no-semejanza con la realidad, BANG, es un sueño.

Pero, verá, yo soy de naturaleza curiosa, y con el tiempo sentí que con saber la verdad no era suficiente. Lo que realmente quería era terminar con la maldita pesadilla. Ensayo y error mediante (método científico, no la quiero aburrir) descubrí que podía despertarme antes de tiempo si me “suicidaba”. Ya sabe:

buscar un lugar alto,

saltar,

vértigo en el pecho,

despertar.

Fácil, ¿no? Así alcancé la última etapa. El master, se podría decir. Controlar los sueños. La clave es la paciencia. Dígame: ¿qué cree usted que ocurre cuando uno se da cuenta de que sueña y, embriagado de poder piensa: “voy a volar, voy a ser millonario, quiero que diez modelos (no, veinte modelos) caigan rendidas a mis pies”? Se despierta, por supuesto. Y muy frustrado, debo decirle. Verá, el cerebro es estúpido, pero no tanto. Es menester conservar la calma, engañar al inconsciente.

Yo, por ejemplo, cuando me siento nostálgico pienso: “voy a salir a dar un paseo, a ver si POR CASUALIDAD me encuentro con Hannibal”. Y BANG, ahí está mi gato fallecido, guiñándome un ojo desde la medianera. A menudo tengo charlas interesantes (esas, si me disculpa, me las reservo) con mi mejor amigo que falleció en la guerra. Me he ahorrado años de terapia, con esta técnica. Y probablemente de cárcel también, si es que usted sabe a lo que me refiero. Vamos, no se haga la desentendida. He tenido todo tipo de aventuras ¿quién no lo haría?

Lo único, le aconsejo, no cometa el mismo error que yo. La experiencia nos hace entrar en confianza y por nada del mundo hay que saltearse el primer paso. El de corroborar que se trata de un sueño.

¡Pero claro que es por eso que estoy aquí ahora! Míreme, joder. Loco no estoy -tal vez quiera anotar eso en su libretita. Pero no se preocupe por mí, que mal no la paso, como le decía. De noche puedo hacer lo que me venga en gana -incluso con usted, señorita- y de día estoy tranquilo y bien atendido. Si las pastillas me juegan una mala pasada y la pesadilla vuelve, sé que al despertarme va a haber luz.

Verá, aquí nunca apagan la luz.

NATALIA DOÑATE

El que sabe, sabe

Verano.

Adentro, dos hermanos de once y ocho años juegan ajedrez bajo el cobijo del aire acondicionado.

El público: dos perritos de peluche (uno es tan realista que impresiona), una vaca-escocesa-made-in-China (aquí responde al simple nombre de “Vacaponi”) y una oveja de plástico que, en un esfuerzo por distinguirse del rebaño, se ha puesto una gomita de pelo anaranjada a modo de collar.

Las reglas están claras y se respetan a rajatabla. Cada pieza ocupa su posición inicial y hay que moverse por turnos. El caballo avanza en “L”, el rey, de a un lugar por vez. La reina es libre pero conviene cuidarla, o la partida se extenderá indefinidamente.

Tanto la estrategia como el pensamiento a largo plazo duermen la siesta.

Un alfil heroico mata a un peón, para luego morir en manos de otro -¿quién le baja los humos ahora? La torre negra, indecisa, avanza y retrocede posiciones sin ton ni son y el caballo blanco sufre de un trastorno de personalidad en el que se cree cabra. El único que parece disfrutar del juego es el rey, quien anda a los saltitos entre cuadros (uno negro, uno blanco) como si de charquitos de lluvia se tratase. La reina lo observa con resignación. Demencia, probablemente.

De pronto, la torre tiene una epifanía y cruza el tablero de punta a punta cual jugador de fútbol en posición adelantada.

Jaque mate.

El público se retira satisfecho, a excepción de Vacaponi, que hace un berrinche revoleando piezas por toda la mesa. Los niños ríen.

Cualquiera diría que no saben jugar. Yo digo que saben vivir.

NATALIA DOÑATE

Espejito, espejito

La cafetería de la esquina del gimnasio, una franquicia más de esas tantas donde -sonrisa mediante- te preguntan el nombre sólo para luego escribirlo en un vaso de plástico para llevar; lugar de relaciones y dietas rotas, tenía planes para mi humilde persona esta mañana. Presentarme a Analía.

Hubo complicidad entre el vendedor -quien tenía muy mala letra- y el pequeño espejo del mostrador, que aprovechó mi distracción crónica para engañar a mis ojos con su reflejo distorsionado, pero simétrico, de la realidad, y me hizo leer “ArIANA”. En cualquier caso los esfuerzos de ambos habrían sido en vano de no ser por la misma ANAliA, que, ajena a sus elucubraciones, seguía con vista atenta a su café.

Resulta que a ambas nos gusta aguado, con leche descremada y un “toquecito” de esencia de vainilla. De no ser por ella, habría seguido con mi día irresponsablemente invertida, tomando el reflejo de mi café con la mano izquierda. Una casualidad llevó a la otra y la suma de todas -sólo una mesa libre frente a la ventana, edulcorante, “mi cita me plantó”- terminaron en una causalidad. Nos sentamos en la misma mesa a desayunar.

Analía es intensa y súper ácida. Ni un dejo de vainilla. Nos entendimos perfecto. Charlamos por más de dos horas, riendo con esa risa genuina que no necesita alcohol de por medio. Uno a uno rompimos a conciencia todos los protocolos de conocer a alguien. Y lo disfrutamos. Contamos intimidades, nos burlamos con cariño de nuestros maridos y hasta hicimos algún que otro chiste picante. Descubrimos que ambas odiamos a las masas, que sentimos que no encajamos. Elegimos exigirnos, darnos la cabeza contra la pared, conocer gente auténtica, única.

Sentados frente a frente, nuestros cafés se entretenían comparando sus reflejos en la ventana. Para la segunda ronda habíamos intercambiado nuestros nombres a propósito (el vendedor nunca se enteró) y caído en la cuenta de que nuestros hijos iban al mismo colegio. Y sí, los “grupos de mamis” son terribles, pero no tanto como las redes sociales, que le arruinan la cabeza a cualquiera. ¿Mencioné que a ambas nos gusta el helado de menta granizada y las pasas de uva en las empanadas? Es crucial.

Después nos pusimos serias. Porque hay que saber ser serio, también. Compartimos información interesante sobre la VISA y sobre la ciudadanía italiana. Hablamos de los sueños que se quedaron en el camino y de los otros que se cumplieron, pero que no resultaron como esperábamos. A las dos nos pasa que somos tan frontales, que cuando hablamos en serio, la gente cree que se trata de un chiste.

Nos despedimos con un abrazo –vale aclarar que no somos de las que abrazan. Un transeúnte distraído diría que fue amistad a primera vista.

Yo espero no verla nunca más.

NATALIA DOÑATE

LA ESCUELA (por Rafa)

Los niños, de más o menos 7 u 8 años, entraron al salón. Allí estaba una mujer. Los esperaba a todos los chicos, que iban entrando por la puerta, y se sentaban. Inmediatamente la pantalla frontal, que ocupaba toda la pared, se prendía, y aparecía una línea roja. Una línea roja, recta. Detrás de ella, […]

LA ESCUELA

Otro cuento de mi hijo Rafa, se agradece difusión 🙂