A mi manera

            Desde mi cómodo sofá aterciopelado observaba las gotas de lluvia en la ventana. Cada tanto quedaba una atorada, pero otras acudían en su ayuda y la arrastraban por un tobogán de agua invisible hasta el suelo. Enfrascada en sus peripecias me hallaba cuando, allende el pequeño lago artificial que se aprecia desde mi jardín, un gran foco de luz surgió del cielo y tiñó de brillantes tonos de verde los árboles vecinos.

Intuí un arcoíris. Salí a buscarlo despreocupada, ignorando que estaba por encontrarme ante algo alucinante. No podría describir la luz que irradiaban sus colores. Era perfecto, íntegro de principio a fin y escudado por otro más tenue de colores invertidos. El cielo permanecía tras bambalinas, luciendo lo más oscuro que era capaz durante el día en un intento de no robarle la atención.

Dudé en salir a caminar. Llovía poco y la brisa fresca traía el petricor -un nombre horrible para un aroma tan hermoso-, pero hordas de mosquitos me aguardaban rebotando contras las ventanas.

Zzzzzzzal a jugar con nosotros– parecían decir.

Decidí que no debía desperdiciar semejante tarde y que podría pasar un buen rato si tomaba precauciones. Me calcé un pantalón largo fresco al que rocié en repelente, mi buzo con capucha y tomé el paraguas.

Una lluvia torrencial me empapó de la cintura para abajo no bien salí a la puerta. No me rendí, resuelta a apreciar toda la belleza que cupiera en mis ojos. Recorrí unos pocos metros bordeando la casa buscando divisar el fenómeno de refracción desde otro ángulo, pero ya no estaba. Todo el cielo se asemejaba ahora a una hoja de papel llena de borrones.

Volví a entrar, aliviada de no tener que salir a pasear. A veces, disfrutar de la vida es un incordio.

Superé el desencanto de no haberme desilusionado con mate y tostadas con manteca, que saboreé en pijama en mi sillón, más cómodo y mullido que nunca.

NATALIA DOÑATE

Volver

            Los distintos paquetes de facturas, sándwiches y masas secas alegraban la sombría cocina. Era amplia y fresca pero antigua, cubierta hasta el techo por azulejos azul oscuro y protegida por un toldo de chapa demasiado extenso, diseñado para tapar el sol en épocas en las que no se estilaba tener aire acondicionado. Nos encontrábamos pasando un rato ameno entre sobremesa y charla. En su mecedora y rodeada de tres generaciones de parientes, ella movía con destreza las agujas. Finalmente, dijo:

—Para Rafa.

—Hermosa, abuela, muchas gracias.

Acaricié la mantita color celeste pastel y la hice a un lado. La vimos enrollar el resto de la lana en un prolijo ovillo y guardar las agujas en el costurero. Luego se incorporó.

—Ya me voy a casa.

Nos miramos con disimulo. Mi madre intentó distraerla.

— ¿Ya probó el budín de limón? Es una delicia.

—No tengo hambre, me voy.

— ¿Por qué no me muestra la lana? Podríamos ver qué colores le faltan y le traigo la próxima vez que venga.

Pero ella empezaba a angustiarse: —no, no, esta vez me tienen que dejar ir. Estoy cansada, quiero volver a casa.

Traté de hacerle entender que ésa era su casa. Pero me observó como si fuese una mentirosa hasta que no le pude sostener la mirada. No era la primera vez que esto ocurría, pero aún no sabíamos cómo manejarlo.

Ofendida tomó su bolso, su sombrero y un abrigo. Apenas nos hizo un gesto de despedida y ya se dirigía hacia la puerta, cuando mi hermano se incorporó de un salto.

—Tenés razón, vamos, yo te llevo.

Lo miramos con ojos desorbitados. ¿Qué locura pensaba hacer? Tomó las llaves del auto y le sostuvo la puerta con amabilidad. Los vimos partir sin entender hacia dónde se dirigían, pero no acabábamos de decidirnos a entrar, cuando los vimos aparecer nuevamente por la esquina. Habían dado una vuelta a la manzana.

El improvisado chofer la ayudó a descender del coche y señaló la fachada blanca.

— ¿Ves, abuela? Ésta es tu casa.

Con ojos vidriosos escudriñó el lugar y se rindió. Ante el alivio de todos entró y ocupó su asiento sin protestar. Rechazó el vaso de agua que le ofrecimos.

Mi hermano, que comenzaba a comprender la situación, aventuró:

—Vos lo que querés es volver a tu casa, pero a la de antes, cuando estaba el abuelo, ¿no?

La vimos asentir con tristeza. No podíamos hacer nada. Pero luego alzó la mirada y esbozó una sonrisa.

En sus ojos llenos de añoranza pudimos adivinar que una parte de ella, efectivamente, había logrado regresar.

NATALIA DOÑATE

Agua bendita

Magnánimas cortinas de agua pura bañaban la ciudad y los campos tras semanas de un sol implacable y cruel. Los ceibos, arces y sauces recibían el bautismo complacidos, mientras cataratas de frescura brotaban por los tejados y canaletas de las casas e inundaban los nidos de barro de los horneros.

El solícito temporal baldeó la suciedad de la calle y las heces de los perros. Rescató pelotas atoradas en tejados, curó las heridas de la tierra agrietada y lavó la ropa limpia de los incautos que la habían dejado en la soga. Lustró las plumas de las lechuzas y los lomos de las vacas. Revivió lagos y ríos agonizantes y fabricó pequeños espejos para que se mirasen las nubes. Endulzó el agua del mar y los corazones de un par de transeúntes que se refugiaban frente al escaparate de una tienda. Desde sus peceras de aire algunos humanos, café en mano, se divertían mirando cómo otros menos afortunados huían cubriéndose con diarios y paraguas traicioneros.

Inmerso en recuerdos de Rocío se encontraba Juan en su auto. Llevaba dos meses y tres días sin verla; consecuencia directa de haberla traicionado. La sensación de angustia le subía por la garganta y le empezó a faltar el aire, así que salió repentinamente del vehículo. Necesitaba un abrazo, aunque fuese de agua. Con los hombros caídos en derrota y el corazón empapado gritó el nombre de su amada, mientras miles de gotas celestiales lavaban sus labios sucios de otros labios, sus manos sucias de otros cuerpos. Fue un milagro. Se sintió perdonado, purificado en cuerpo y alma. Y supo que debía buscarla. Ella amaba las tormentas de verano, y desde ese momento, él también.

La halló en medio del parque bebiendo lluvia, con su vestido rojo pegado al cuerpo y su largo cabello fluyendo como un manantial. Una maravilla de la naturaleza. Se acercó trabajosamente tironeando de sus zapatos-sopapa embebidos en barro y la miró sin animarse a hablar. Un sapo enamorado de una rosa. Coronada por un rayo de sol giró hacia él y con una sutil mirada de desdén le hizo entender que nunca más sería suya. La lluvia se había llevado las lágrimas vertidas por su culpa y su corazón sano y valiente sonreía ahora ante un incipiente arcoíris.

NATALIA DOÑATE