La vida misma

            El hombre se hallaba a gusto. Había invertido los ahorros de su modesta jubilación en una escapada de vacaciones a la costa y ya llevaba tres días dedicados a deambular entre el bosque y la playa. Sentía los pulmones limpios y las piernas tostadas. Su horario preferido para caminar era por la mañana temprano, pues acostumbraba madrugar, pero tras un encuentro desagradable con un grupo de borrachos se había decantado por la media mañana; horario de deportistas y familias con niños. Llevaba consigo un palo de escoba a modo de bastón, que no cumplía otra función que recordarle los paseos por las montañas que hacía en su juventud, donde era menester llevar un arma para defenderse de los perros salvajes y los pumas.

Calzaba una gorra visera blanca que lucía un bordado de anclas y nudos, regalo de su hijo el marino, y llevaba las viejas sandalias marrones en la mano. No necesitaba nada más; su piel seca y escamosa renegaba del protector solar y los lentes de sol opacaban el paisaje. En su muñeca izquierda, un reloj pulsera de grandes números calculaba los minutos de recorrido, de modo que se tomaba media hora para la ida y media para la vuelta. Esa mañana saldría en dirección opuesta, hacia rumbos desconocidos.

Caminó unos veinte minutos bordeando el mar. Era una sensación maravillosa; de no ver las uñas de sus pies creciendo como ramas amarillentas a causa de los hongos y el dorso de sus manos cubiertos de manchas, creería que tenía treinta años. El agua era igual de fresca, la arena le hacía el mismo masaje exfoliante en las plantas de los pies que cuando joven y sus fosas nasales captaban el mismo olor a mar. Su vista nunca había sido buena, con lo cual no había nada que extrañar en ese aspecto. Se encontraba recitando una poesía en su mente, cuando una voz antipática lo detuvo.

—Señor, no puede ingresar a esta zona.

Detrás de un matorral surgió un hombre con un gorro panameño y una tabla de surf en la mano. Recostada sobre una lona a unos metros, una despreocupada mujer leía un libro. Ambos estaban completamente desnudos.

—Como verá, ésta es una playa nudista —dijo el joven señalando sus partes privadas, que para ser justos, pasaban bastante desapercibidas.

El anciano se ruborizó.

—Mil disculpas, caballero, señora. No tenía idea.

Acto seguido, se bajó la malla y siguió su camino como dios lo trajo al mundo, sólo que mucho más arrugado. Ante sus ojos desfilaron cuerpos de todas formas y tamaños, pero él solo tenía ojos para un muelle que divisaba en el horizonte, al que sabía que no llegaría pero quería ver con mayor precisión.

Unos minutos después, sonó su alarma. Tiempo de volver. Le habría gustado seguir un poco más, pero sabía que, si lo hacía, al día siguiente sus rodillas le pasarían factura. A esa edad era más conveniente dosificar la felicidad. Se refrescó la nuca y los brazos con agua salada y emprendió el regreso.

Al rato, un grito interrumpió sus pensamientos:

— ¡Señor! ¿pero qué hace?

Se giró con paciencia para explicar a quien correspondiera que el hecho de ser viejo no era un impedimento para estar ahí. Cada cual a lo suyo. Pero quien lo observaba era una señora de su edad, vestida con una malla enteriza de flores. Tenía en sus brazos un caniche diminuto que se puso a ladrar con histeria, más escandalizado que la dueña, que sólo parecía preocupada por su salud mental.

Comprendió que ya no estaba en la playa nudista y se apresuró a ponerse la malla, que ondeaba como bandera en su palo de escoba. Tuvo una idea; desde entonces, programaría tres alarmas en el reloj: una a los veinte minutos para quitarse la malla, otra a los treinta para emprender el regreso, y otra a los cuarenta para vestirse. Eso sí, era importante salir en la dirección correcta.

El incidente no pasó a mayores; la mujer había visto cosas peores y pensó que se trataba de un loquillo amable. Él pasó el resto del camino pensando en lo difícil que era andar complaciendo a todo el mundo.

NATALIA DOÑATE

El gran final

Me encontraba atareada en plena mudanza cuando se aproximó un hombre mayor vestido de saco y corbata. Era, lo que se diría, un señor “paquete”. Me preguntó enojado que quién me creía que era yo, para andar metiendo mis pertenencias en su casa. Y ante mi cara de desconcierto gritó: “¡caíste!“. Así conocí a mi vecino, el bromista.

A pesar de su advertencia para nada sutil, fui engañada en numerosas ocasiones por ese hombre, que parecía tener un don especial para descolocarme.

Yo intentaba en vano seguirle el ritmo. Una vez le ofrecí “caramelos”, que en realidad eran trozos de queso parmesano envueltos en papel celofán. Me dijo que era intolerante a la lactosa y fingió descomponerse. Me pegué un susto bárbaro.

Otra, le dije que se estaba prendiendo fuego mi casa, a lo que me increpó que no estaba bien bromear con ese tipo de cosas. Segundos después me grito “¡caíste!“. Siempre ganaba el viejo.

Nos cruzábamos por la calle a menudo. Le gustaba arrastrar una correa sin perro ante la mirada compasiva de los incrédulos. Yo también empecé a llevar una y nuestras mascotas imaginarias se olían los trastes. Los domingos llevábamos a Bobby y Pelusa a la plaza y arrojábamos pan a los transeúntes.

Una mañana pasé distraída camino al supermercado y lo encontré sentado en el suelo de su jardín delantero. Eso era nuevo. Sonreí con malicia.

— ¿Puedo ayudarlo, caballero?

—Me quedé encerrado señorita. Me pregunto si puede ayudarme con alguna de estas herramientas. —Del bolsillo de su camisa sacó un control remoto y un tenedor.

Creo que usted se está aprovechando de esta inocente mujer casada para ofrecerle una cena y una película, señor.

Me miró con cara de no comprender. Ningún “caíste” brotó de sus labios. A los veinte minutos, un familiar preocupado venía con una copia de las llaves.

Siguieron muchos incidentes similares. Una noche se quedó encerrado en su cuarto y sus gritos resonaron por toda la cuadra. Otra apareció acompañado del policía del barrio que lo había encontrado desorientado buscando comida en un cesto de basura. Finalmente pusieron a alguien a su cuidado. Ya no me saludaba por la calle y mi perro invisible buscaba en vano a su amigo.

Una tarde calurosa me sonrió desde el umbral de su puerta:

—Voy a quedarme a vivir acá —saludó agitando los brazos con alegría.

Decidí seguirle la corriente para no perturbarlo:

—Muy bien señor, yo soy Natalia, la vecina de al lado. Si necesita algo me avisa.

—Pero si eso ya lo sé —murmuró con expresión extrañada de “¿qué le pasa a esta tonta?”  Lo recordaré como su último chiste. El que él mismo se perdió.

Nunca más lo encontré lúcido. A las pocas semanas lo vi pasar en el asiento trasero de un taxi. Ahora soy vecina de su hijo, que es notablemente insulso.

NATALIA DOÑATE

El punto de encuentro

Otra húmeda mañana de sábado entre pasillos con eco y olor a orina. Lo encontré perfectamente mimetizado entre los penitentes del salón. Era doloroso ver lo bien que encajaba. Su alma, alguna vez tan amiga de la mía, me estaba vedada a cal y canto por unos ojos ausentes y empañados.

Lo habían peinado con raya al costado, lo que le daba la apariencia de un niño que va a misa. Acomodé su manta, que rozaba el piso y la puse suavemente bajo sus piernas para que no se enredase con las ruedas de la silla. Salimos al día. El jardín era bastante decente, con frondosa arboleda y rampas que convergían en una fuente. Nos ubicamos bajo una pérgola vacía y, como si se tratase de un fogón, varios ancianos se fueron arrimando. Inicié mis intentos de acercamiento.

—Linda fuente, aunque ninguna va a superar a la de los cincuenta caños —aventuré, recordando lo que disfrutaba hablar de Segorbe.

Nada.

—Te manda saludos Mirta; le conté que estás muy bien y tan guapo como siempre.

No se le movió ni un músculo.

Decidí no atosigarlo con preguntas e inicié mi monólogo habitual. Hablé por un buen rato ante los oídos atentos de los otros viejos, cuyas mentes funcionaban mejor que sus relaciones familiares.

Una señora impolutamente vestida suspiró cuando mencioné el viaje a París y otra con un ovillo de lana preguntó por mis hijos, que ya conocía a través de mis anécdotas. Él permaneció impasible. Me pregunté si mis visitas le servían de algo, o si sólo lo fastidiaban. De todos modos quería darle la buena noticia. Al menos yo sabría que se lo había dicho.

—Estoy embarazada, abuelo.

No se inmutó.

Era hora de aceptar la derrota. Con algo de malicia producto de la frustración, lancé un chiste a la concurrencia, que se acercaba para felicitarme:

— ¡Y ayer vi un OVNI!

Sus pupilas se encontraron con las mías y me apretó con fuerza la mano.

— ¡Es terrible, Natalia! Son los marcianos, están por doquier. Acá nadie me cree. Nos ponen chips electromagnéticos en la comida para controlarnos, con complicidad de la cocinera. Ya encontré varios en la polenta y en el jugo de manzana, pero el día en que los metan en el dulce de leche, lo lamento, seré zombie yo también. Total, ya estoy viejo y no me importa, pero vos, ¡cuidáte eh!

La misma locura que me lo había quitado, ahora me lo traía de regreso, pero bajo sus propios términos.

NATALIA DOÑATE

Vida de perros

Disfrutando de una silenciosa mañana me encontraba cuando, distraída, alargué el brazo en busca de una tostada. En su lugar, mis dedos rozaron una fotografía. La tomé. Una versión alternativa de mi hija de seis años pero con ropa de los ‘80 y una gran cola de lana. Innegablemente yo. El pasado volvía para morderme los talones. Al borde de la mesa, un par de ojos de largas pestañas aguardaban una confesión.

—Sí, hija. A los seis años fui perro.

Me veía feliz en cuatro patas ante la cámara, ostentando la cola de ocho colores tejida por mis abuelas. Le conté la historia y la vi partir, foto en mano y alta resolución en la mirada. Creo que la oí gruñir. Para el mediodía, ya era perro. A falta de lana se había hecho una colita de papel higiénico. Andaba en cuatro patas y olía todo. Le acaricié la cabeza y se sentó a mis pies. Luego ladró.

— ¡Guau!

Afortunadamente no había olvidado el español y me hizo de traductora:

—El perrito dijo que quiere comer en el piso.

Me pareció lógico. Le puse un plato con agua, otro con pollo cortadito y un almohadón por si quería descansar. Debe haber un factor hereditario en el tema, porque pronto su hermano mayor -la criatura más paciente y empática que conozco- apareció con una colita también. Mi esposo y yo nos miramos acorralados y nos dirigimos al baño en busca de papel higiénico.

Creímos que sería cosa de un día, pero transcurrió el fin de semana y llegó el momento de volver al colegio. No hubo manera de hacerle entrar en razón; es muy difícil decirle que no a un ser que te mira con las orejas gachas, así que le presté una hebilla para que enrolle su colita y no la reten en clase. Volvió a casa contenta. Había contagiado a varios amigos de la sala.

Esa noche, sin notarlo, saqué la basura como perro, y sufrí las burlas de un grupo de adolescentes que tomaban cerveza en la esquina. Me limité a tirarles un “¡guau!”, que devolvieron con alegres aullidos. Me acerqué para explicarles la situación y, aunque son mayorcitos, se sumaron al juego. De a poco el resto del barrio se volvió perro también. Los adultos vivíamos las mismas vidas de siempre, pero había complicidad en nuestras sonrisas. Nos saludábamos por la calle y hacíamos pequeños chistes inocentes, como ponernos dos colas los días que estábamos más contentos. Nuestra transformación había sido doble: éramos perro-niños.

Pequeños trozos de papel higiénico daban volteretas en el aire, se enganchaban en las ramas de los árboles y en las ruedas de las bicicletas. No nos molestaba.

Una mañana fatídica mi cachorra despertó humana. Le pregunté por su colita y se encogió de hombros.

— ¿Qué colita? Ya soy grande, mamá.

Me quedé helada. El barrio entero nos vio caminar hasta el colegio descoladas. A nuestro paso, los vecinos bajaban la cabeza y se quitaban el rabo. Dejamos de encontrar restos de papel en las zanjas, en las alcantarillas, en las entradas de las casas. La vida nos había cortado las colas.

Una tarde me dirigía al supermercado cuando la modista del barrio -una anciana encantadora- me susurró con fingida resignación que debíamos plantar más flores. A lo lejos los vecinos cuchicheaban. Sentí risas infantiles. La nena de los López -Anita, cinco años- tiras de papeles coloridos en los brazos, pasó corriendo a mi lado agitando las alas.

Se había vuelto mariposa.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE