El acuario

            Horacio era un escritor innato a quien la falta de tiempo, consecuencia de un empleo exigente, lo había alejado de su sueño. Tras un par de intentos que no llevaban a buen puerto decidió dejar de presionarse y trazar un plan a largo plazo. Abriría una “Caja de ahorro de ideas” donde depositaría los distintos pensamientos interesantes que surgieran en su mente. Algún día les dedicaría el tiempo que merecían y para entonces ya tendría suficiente material para una novela, o quizás dos.

Tomó una resistente caja de cartón de buen tamaño, intentando hacer caso omiso al interrogante de cuánto dinero habría gastado su mujer en ese par de botas, y le recortó una ranura. Luego, con un marcador indeleble escribió “IDEAS” y dibujó una lamparita. Finalmente unió la tapa al resto de la caja con cinta adhesiva para no tentarse a abrirla antes de tiempo.

Como ceremonia de inauguración recortó un trozo de papel y escribió su primer aporte:

“Una novela sobre cómo un sujeto común y corriente colecciona ideas y un día las entrelaza en una gran historia.”

Satisfecho con el uso poético de la palabra “entrelazar” guardó la improvisada urna en el armario del garaje, el cual visitó periódicamente desde entonces. Rimas, frases sueltas, anécdotas, recortes del diario, hasta una publinota sobre un “detector de idiotas” que le resultó absurda, todo servía. Era crucial documentarse lo mejor posible.

Finalmente llegó el día en que se despidió de sus compañeros de trabajo y regresó a casa con un champán y una placa. Hora de volverse escritor. Sin esperar un segundo más, sus manos ávidas de acción tomaron la caja, cuyo peso había aumentado proporcionalmente al de su dueño. Extendió las tijeras a su mujer, quien hizo los honores con el corte de cinta.

—En este humilde acto doy por inaugurada la próxima fase de mi vida —sentenció con alegría y dispersó el trabajo de años sobre la mesa.

El patetismo de la imagen fue una metáfora tan perfecta de su ilusión destrozada, que ni el más consagrado poeta lo habría descripto mejor. Los papeles estaban estropeados, devorados, rotos en mil pedazos. Con un hilo de voz pidió quedarse a solas para revisarlos uno por uno.

“colecciona ideas”

“arma de fuego”

“hormigas por doquier”

No había nada que rescatar. Pura basura. Como llamada por el sonido de su llanto, su mujer abrió suavemente la puerta y le preguntó cómo se sentía.

—Terriblemente culpable —respondió.

En vano intentó ella explicarle que se trataba de polillas u otros insectos. Él estaba convencido de que sus amadas ideas, hacinadas en ese pequeño espacio y sin ningún tipo de sustento, se habían comido entre ellas, como ocurre cuando se juntan peces incompatibles en un acuario.

NATALIA DOÑATE

Dos noches en el Tocororo

“¿A mí qué? ¿A mí qué?

Decía Juana tripita, la negra más rutinera

A mí qué? ¿ A mí qué?,

yo soy tripita en la Habana, mi negro a mí lo que  sea”

Arrancaba el show y la joven Aimé enamoraba al público con una dulce voz. Sus dieciocho años recién cumplidos protestaban ante el vestido salsero clásico del restaurante, pero lo llevaban con gracia. A su lado, Juan, más experimentado, acompañaba el tema con maracas, mientras aguardaba su turno de cantar “Pedro Navaja”. Otros cuatro talentos cubanos, todos recién llegados, completaban la banda con sus lustrosos instrumentos. Fueron los primeros de muchos que vendrían.

Todo era nuevo. Manteles rojos y azules asomaban por debajo de los clásicos blancos: los colores de la bandera cubana. Velas, flores, copas de cristal y generosas paneras completaban las mesas. No faltaban el sol ni la playa, que se colaban en la noche a través de un espectacular vitraux que cubría la pared de arriba abajo y parte del techo. En él, un simpático tocororo se robaba las miradas y las cámaras y daba cuenta del nombre del lugar.

La pista de baile era pequeña, pero quien baila salsa poco entiende de espacios personales, menos aún con el paso de las horas y de las bandejas de mojitos. Después de cada tanda los artistas se transformaban en mozos y los bailarines, en comensales. Al terminar la noche, todos eran camaradas. Entre ropa vieja, moros y cristianos y masitas de puerco se crearon y se rompieron relaciones de todo tipo. Era la época del furor de la salsa en la Argentina y los transeúntes sin reserva pegaban las narices a la ventana, impotentes de perderse semejante fiesta. “Disculpen, no hay lugar“.

Ésa era una velada típica en el Tocororo, pero hubo una noche diferente que, gracias a las que le siguieron, hoy puedo recordar con cariño. La noche de la inauguración.

Fui invitada por el dueño y su familia y asistí ataviada en mi mejor vestido. Compartimos una pequeña mesa, y ante manteles en los que jamás se había derramado un vaso de vino, vimos desfilar una degustación de platos exquisitos que tragamos sin disfrutar, ocupados en mirar con disimulo la hora y el pavor reflejado en el rostro de los empleados, que sin mesas que atender, permanecían parados uno al lado del otro en fila. Esa noche los micrófonos permanecieron apagados. Evitamos cruzar miradas y terminamos hipnotizados ante la llama del velón de la mesa, que se consumió ante nuestros ojos sin que ningún cliente atravesara la puerta.

Los nombres de esta historia no son reales, pero sí lo son sus personajes. El Tocororo cerró sus puertas en el año 2000, no sin antes recibir a muchas personalidades del mundo artístico, entre los que se encuentra Pablo Milanés. Este es un pequeño agradecimiento a los primeros seis artistas, que, indirectamente y sin intención, me dejaron los mejores recuerdos de Cuba.

NATALIA DOÑATE

La cuna del diablo

Mi schnauzer-mini dormita con su panza redonda y tibia apoyada en el suelo, en busca de frescura. Dos juegos de patas a cada lado le otorgan tanta gracia como a un pollo abierto al medio. Su aliento empaña los azulejos en los que traza dibujos con sus patas cuando voltea a mirarme con reproche. Sé lo que está pensando, pero nada puedo hacer. Soy una cobarde. Atrás quedaron los días de revolcarse en el lago o correr una pelota.

La tomatera que planté con tanta ilusión sufre sedienta un último espejismo, mientras cientos de hormigas devoran su fruta podrida. A su lado, la rúcula florecida encanece sin haber sido jamás saboreada. Una garza desprevenida aterriza al borde del agua hipnotizada ante tantos peces. Le hago señas, pero es demasiado tarde. Ahí está el infeliz que, no conforme con herirla, la persigue hasta los confines del jardín.

En algún lugar de este paraje inhóspito descansa un huevo, que gesta silenciosamente a otro monstruo. ¿Qué será de nosotros entonces?

Nuevas telarañas adornarán los muebles de mimbre del jardín. El huerto será irremediablemente conquistado por la maleza. Mi querido perro morirá de tristeza y yo olvidaré el olor de los jazmines y la sensación del pasto húmedo en los pies descalzos. Patos y cisnes encontrarán otras rutas menos ingratas. Un verano perdido tras los cristales.    

¡Y todo por ese tero maldito!

NATALIA DOÑATE

Gone with the wind

Volaban las servilletas, los periódicos, los envases de cartón y las hormigas subidas a ellos. Los niños, apresurados, corrían tras sus pelotas de fútbol mientras los adultos doblaban las mantas de picnic. Algunas mujeres sostenían su falda con una mano y su sombrero panameño con la otra. Unos cuantos reían. En el cielo las nubes recogían con prisa sus trozos de algodón y surcaban el cielo enloquecidas.

Los únicos inmóviles éramos mis padres y yo. Bobby también estaba ahí, pero sacudía la cabeza luchando con sus bigotes. Hora de liberar al monstruo.

Frankenstein había sido creado el domingo anterior sobre la mesa de melamina blanca de la casa de mi abuelo. Recuerdo un tiempo largo de espera y de instrucciones quirúrgicas: “hilo, tijeras. No ésas no, las grandes” en el que no pude participar, hasta que, finalmente, cuatro cuerpos adultos se hicieron a un lado revelando al barrilete más grotescamente grande que haya existido. En el centro pegaron un cuadradito de papel blanco y me cedieron el honor de hacerle un dibujo. Fue un pájaro. El corazón.

Aquel sábado era el día de la verdad. ¿Volará? Mi padre lo bajó del auto dando coces y retorciéndose con furia. Casi lo perdemos, pero lo ubicó de frente al viento y lo soltó. Libre.

— ¡Está vivo!— bromeó mi madre.

Aparatoso en la tierra, imponente en el cielo. Se fueron uniendo otros barriletes, que respetaban una distancia prudencial. Parecían botes alrededor de un transatlántico. Titánico.

Por varias semanas volvimos al parque. A veces lo dejábamos aburrido en el baúl, otras lo sacábamos a volar. Mi abuelo me enseñó a mandar “cartitas”. Tomábamos trocitos de papel y hojas de árboles, los atravesábamos con el hilo y los veíamos subir dando giros hasta alcanzar al pajarito. Directo al corazón.

Una tarde tuvo un desencuentro con el viento y lo vi caer a lo lejos desgarrado. Lo cobijamos en el auto. Días después conseguimos papel de regalo metalizado y lo reparamos. Parecía un hermoso espejo. Volvimos al parque, ansiosos de ver cómo reflejaba el sol desde lo alto. Pero no voló. Quizás porque el nuevo papel era demasiado pesado. Quizás porque ya no tenía corazón. Quedó olvidado en un placard del garaje junto a los adornos de navidad. Desde entonces jugué a la pelota.

NATALIA DOÑATE

Las noticias de la tarde

Unos valores de azúcar en sangre algo traviesos determinaron la suerte de Don Carlos. No se trataba de una enfermedad importante. Para ser justos, ni siquiera era una enfermedad aún, pero él lo tomó como una señal para quitarse el peso de encima ante su mujer. La culpa lo había acechado por años; se agazapaba con su cerbatana en la rutina y esperaba los momentos especiales para escupirle dardos en la nuca. Quedaba poco tiempo, ella se adentraba de a poco en la demencia y la necesitaba consciente para absolverlo.

La pobre Amalia, quien aún lo tapaba por las noches cuando refrescaba y le acercaba un whisky con dos hielos si lo veía leyendo junto al fuego. Esa alma de niña que endulzaba sus mañanas con cosquillas y lo llamaba “viejito guapo”. Su mujer. Habían tenido una buena vida. Qué mejor broche de oro que cerrarla en orden y en paz. Tal vez ella también tenía algo que confesar, aunque parecía poco probable. Era un ángel.

Le compró un collar de perlas reales que de tan costoso se veía ordinario y preparó una cena romántica a la luz de las velas. La trató como a una reina. Ella estaba encantada. Después del postre sintió que se le cerraba la garganta. Pero vamos, sólo fue una vez, hace décadas. Ni recuerdo a esa mujer. Carraspeó y con voz ronca, comenzó a hablar.

Qué ocurrió después, nadie lo sabe. El resultado final, un tsunami en la cocina: el suelo cubierto de trozos de vajilla fina que al pisar crujían como caracoles -postal de Shell Beach-, familias enteras de porcelana de Lladró desmembradas, portarretratos desesperados buscando su foto. Cincuenta y dos años de matrimonio hechos trizas.

Yo no los conocía. Lo vi en las noticias de la tarde mientras lavaba los platos. Los ojos muertos de la anciana, sus manos surcadas de venas azules consolándose entre sí, un sendero de sal atravesando las mejillas secas. Labios mal pintados que preguntaban una y otra vez por su marido. El marido, metros atrás en una bolsa de consorcio. Desolador. Los policías iban y venían con la cabeza gacha, sin animarse a mirarla a la cara. Pobre mujer. Los periodistas ávidos de carroña se turnaban para darle picotazos:

— ¿Cómo se siente?

— ¿Lo quería mucho a su marido?

— ¿Se va a sentir segura viviendo en esta casa?

En la pantalla del televisor, una franja roja rezaba:

“URGENTE. ROBO SEGUIDO DE ASESINATO. VIUDA EN SHOCK. CULPABLES EN FUGA”.

Alguien se apiadó de la santa y echó a los reporteros a volar.

—No más preguntas. ¡Respeto por favor!

Cambié de canal desilusionada. Unas treinta personas en escena, entre las que se encontraban los mejores peritos y especialistas en criminalística. A ninguno se le ocurrió preguntar por qué no le habían robado el collar.

NATALIA DOÑATE

Vida de perros

Disfrutando de una silenciosa mañana me encontraba cuando, distraída, alargué el brazo en busca de una tostada. En su lugar, mis dedos rozaron una fotografía. La tomé. Una versión alternativa de mi hija de seis años pero con ropa de los ‘80 y una gran cola de lana. Innegablemente yo. El pasado volvía para morderme los talones. Al borde de la mesa, un par de ojos de largas pestañas aguardaban una confesión.

—Sí, hija. A los seis años fui perro.

Me veía feliz en cuatro patas ante la cámara, ostentando la cola de ocho colores tejida por mis abuelas. Le conté la historia y la vi partir, foto en mano y alta resolución en la mirada. Creo que la oí gruñir. Para el mediodía, ya era perro. A falta de lana se había hecho una colita de papel higiénico. Andaba en cuatro patas y olía todo. Le acaricié la cabeza y se sentó a mis pies. Luego ladró.

— ¡Guau!

Afortunadamente no había olvidado el español y me hizo de traductora:

—El perrito dijo que quiere comer en el piso.

Me pareció lógico. Le puse un plato con agua, otro con pollo cortadito y un almohadón por si quería descansar. Debe haber un factor hereditario en el tema, porque pronto su hermano mayor -la criatura más paciente y empática que conozco- apareció con una colita también. Mi esposo y yo nos miramos acorralados y nos dirigimos al baño en busca de papel higiénico.

Creímos que sería cosa de un día, pero transcurrió el fin de semana y llegó el momento de volver al colegio. No hubo manera de hacerle entrar en razón; es muy difícil decirle que no a un ser que te mira con las orejas gachas, así que le presté una hebilla para que enrolle su colita y no la reten en clase. Volvió a casa contenta. Había contagiado a varios amigos de la sala.

Esa noche, sin notarlo, saqué la basura como perro, y sufrí las burlas de un grupo de adolescentes que tomaban cerveza en la esquina. Me limité a tirarles un “¡guau!”, que devolvieron con alegres aullidos. Me acerqué para explicarles la situación y, aunque son mayorcitos, se sumaron al juego. De a poco el resto del barrio se volvió perro también. Los adultos vivíamos las mismas vidas de siempre, pero había complicidad en nuestras sonrisas. Nos saludábamos por la calle y hacíamos pequeños chistes inocentes, como ponernos dos colas los días que estábamos más contentos. Nuestra transformación había sido doble: éramos perro-niños.

Pequeños trozos de papel higiénico daban volteretas en el aire, se enganchaban en las ramas de los árboles y en las ruedas de las bicicletas. No nos molestaba.

Una mañana fatídica mi cachorra despertó humana. Le pregunté por su colita y se encogió de hombros.

— ¿Qué colita? Ya soy grande, mamá.

Me quedé helada. El barrio entero nos vio caminar hasta el colegio descoladas. A nuestro paso, los vecinos bajaban la cabeza y se quitaban el rabo. Dejamos de encontrar restos de papel en las zanjas, en las alcantarillas, en las entradas de las casas. La vida nos había cortado las colas.

Una tarde me dirigía al supermercado cuando la modista del barrio -una anciana encantadora- me susurró con fingida resignación que debíamos plantar más flores. A lo lejos los vecinos cuchicheaban. Sentí risas infantiles. La nena de los López -Anita, cinco años- tiras de papeles coloridos en los brazos, pasó corriendo a mi lado agitando las alas.

Se había vuelto mariposa.

NATALIA DOÑATE

La obra maestra

            Terciopelo rojo, oro en abundancia, una cúpula deliciosa. Era, verdaderamente, un templo del arte, súbitamente profanado por mi presencia imperfecta. Me sentí pequeña y ordinaria. Acarreaba en mi mochila bebida, bocadillos, dinero, y la manta que tejió mi abuela. También un diccionario, pues era sabido que se trataba de una pieza complicada. “Complicada pero esencial para quienes buscan evolucionar como personas”. Una metamorfosis que requería tiempo, pues la obra duraba ocho horas. No podía esperar para conocer a mi nuevo yo.

El público era de lo más variado en edades, sexo y vestimenta. Pero todos irradiaban ese aire de intelectualidad que anhelaba con dolor. Las butacas, algo desgastadas pero cómodas, lucían adornos en los respaldos que evocaban una corona. Todos éramos realeza. Ubiqué mi lugar, di una modesta propina al acomodador y oculté mis humildes pertenencias tras las piernas. Moriría de inanición antes de tomar algo de esa mochila.

Con un susurro mecánico se desvistió el escenario y aparecieron tres personajes encantadores. Vestían trajes estrafalarios y hablaban con grandilocuencia. Mis ojos se ejercitaban siguiéndolos de un extremo al otro, pero mi mente perdió el hilo. Retomé la concentración con un esfuerzo sobrehumano y entendí lo que ocurría. Acto seguido, los perdí de vista.

Llegó el primer entretiempo, y al cobijo del anonimato, una pareja de jóvenes se retiró agazapada. Los miramos con desdén. Brutos. No mucho más que decir. Estarán más cómodos en un teatro de revista.

La obra prosiguió. Había nuevos personajes, que no parecían tener relación con los anteriores, pero que se les asemejaban en el modo veloz e incoherente de expresarse. Ocasionalmente aparecían objetos en el escenario que nada tenían que ver con la trama. Espuma, una bicicleta, un perro. En un momento incluso divisé por detrás al encargado con la mopa. Aún hoy en día me pregunto si era parte de la obra. Mi mochila, ya más confiada en mi regazo, me convidaba pedacitos de turrón.

Súbitamente se cortó la luz. Oscuridad total. ¿Golpe de suerte? Voces anónimas gritaron desde diversos puntos del teatro.

— ¡Perfume de rosas!

— ¡Dos, por favor! Sin pan.

— ¡Oh jovial juventud joven, qué me has hecho!

— ¡Rarrarrá!

Un espectador se apuró en apagar el celular pero recibió un codazo. De a poco mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude distinguir una mesa en el escenario. A su alrededor, cinco sombras humanas recitaban el abecedario por turnos. La escena se repitió tres veces, pero cada vez lo decían más lentamente. Como respondiendo a la última “zeeeeeeta” un foco amarillento se encendió en el palco principal, revelando a una mujer con ropa de época. Miraba hacia un horizonte inexistente hasta que pareció vernos y nos mostró los pechos. Luego pronunció un monólogo en una lengua extraña. Real o inventado, poco lo sé, poco me importa. Lamenté no haber leído más reseñas de la obra, para poder apreciarla un poco mejor. Ya era tarde. Hubo un breve aplauso. Admito que tenía unos senos envidiables.

La oscuridad es un ser hambriento, porque cuando se encendieron el resto de las luces noté que faltaba la mitad de la concurrencia. Lamentablemente el grupo de actores seguía intacto. Miré la hora con ilusión. Sólo habían transcurrido cuarenta minutos. Me rendí. Tal vez el punto no era buscar un sentido, sino dejar que el sentido lo encontrase a uno. Por los siguientes actos dejé que mi mente divagara con libertad. Si el público reía, yo también lo hacía. De lo contrario, movía lentamente la cabeza para no contracturarme. Me dolía el traste. “Mi corona por un cojín”. 

Maldije al crítico de la obra. Le deseé una enfermedad curable, pero humillante, como diarrea explosiva. Ésa sería una crítica linda de leer: “el honorable crítico de arte finalmente mostró su verdadero interior, pura mierda“. Por culpa de sus delirios de grandeza yo me encontraba atrapada en este sitio nefasto. Observé con odio al resto de la concurrencia. ¿Quiénes se creían que eran, para durar más tiempo en el teatro que yo? Pseudo-intelectuales. Hipócritas. En el escenario, los protagonistas debatían sobre diversos temas, intercalando citas, idiomas y referencias ajenas a mi realidad. Al menos alguien la estaba pasando bien.

Como un amanecer en el mar llegó el segundo receso y salí a estirar las piernas. Terminé en el kiosco. Necesitaba golosinas más que nunca. Un hombre corpulento de incipiente calvicie me encaró.

—Disculpe, ¿viene de ahí dentro?

—Sí, señor, pero no me estoy escapando, vea, sólo compro unos snacks. —Me apuré a mostrarle la bolsa de gomitas.

El hombre sonrió. —Leí una crítica de esta obra y dicen que es brillante, pero me pregunto si vale la pena dedicarle las ocho horas que dura.

—Oh, ¡sí que vale la pena hombre! Cada minuto.

Satisfecho con mi respuesta, se incorporó a la fila de la boletería. Pass it forward, infeliz.

Yo aproveché para ir al baño. Al de mi casa, que queda a veinte cuadras. En el trayecto del colectivo me empaché de golosinas y de paisajes mundanos, llenos de historias profundas que contar. El viento jugaba con mi cabello y el sol asomó entre las nubes para bautizar mi frente. Efectivamente, era otra.

EPÍLOGO

Despertó desorientada por el silencio. En derredor se esparcían restos de comida y vasos de plástico. Una billetera atrapada en una butaca la observaba con tristeza, su interior semi-abierto mostrando los billetes. Con un escalofrío supo la verdad. Ella no volvería. Era una mochila más olvidada en un teatro.

NATALIA DOÑATE

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece.

Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones -qué va; especialmente en vacaciones- y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio rebosantes y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso un tema de Bon Jovi.

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba:

Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: 

“Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

— ¡NO! —Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo -que al final resultó ser beige- y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior -de hecho ya estaba bastante aburrido-, sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita.

El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

— BASTA.

Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado.

Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE