Llenando huecos

Los recuerdos de la infancia suelen tener rasgos oníricos; rostros desdibujados, lugares que ignoramos dónde quedan o cómo hemos llegado a hasta ellos, personas que ya no pertenecen al mundo de los vivos e incontables espacios en blanco.

Me hallaba en el cuartito de herramientas de la casa de mi abuelo. No sé por qué razón -o falta de ella- estaba sola; era un lugar moderadamente peligroso, con elementos cortantes, aplastantes, perforantes; todos al alcance de mi mano. Una tabla de madera blanca cubría gran parte de la pared. En ella, negros contornos de herramientas, cual sombras independientes de su objeto, delimitaban dónde debía colgarse cada cosa. Al borde de una gran mesa de madera rústica se encontraba un instrumento que se giraba para apretar piezas. Hoy sé que se llama “morsa de banco”, pero en ese entonces era el aprieta-dedos.

Tampoco comprendo por qué hallé la revista. No parece el lugar lógico donde guardar una. De todos modos me senté a hojearla en el suelo. Short de jean y medias blancas en piernas cruzadas. Y recuerdo claramente lo que vi. De no ser por esa imagen, probablemente todo lo demás habría abandonado mi memoria mucho tiempo atrás, como personajes secundarios en una obra en la que muere el protagonista.

Dos avestruces -o tal vez ñandúes- habían quedado clavados en un cerco de púas, probablemente invisible a sus ojos, mientras corrían a campo traviesa. Allí quedaron; los cuellos estirados, la mirada en el horizonte, los cuerpos descarnados y desplumados por el tiempo y los carroñeros. Si la foto estaba acompañada de algún tipo de información, no lo sé. Calculo que era mi época de analfabeta.

Hoy en día me arrepiento de no haber conservado esa revista. No es porque quiera leer la nota, ni mucho menos regodearme con esa escena morbosa. Sólo me gustaría compartirla con alguien más para poder quitarme de encima esa sensación de irrealidad, de vivencia solitaria que se padece cuando se intenta contar un sueño.

NATALIA DOÑATE

La vida misma

            El hombre se hallaba a gusto. Había invertido los ahorros de su modesta jubilación en una escapada de vacaciones a la costa y ya llevaba tres días dedicados a deambular entre el bosque y la playa. Sentía los pulmones limpios y las piernas tostadas. Su horario preferido para caminar era por la mañana temprano, pues acostumbraba madrugar, pero tras un encuentro desagradable con un grupo de borrachos se había decantado por la media mañana; horario de deportistas y familias con niños. Llevaba consigo un palo de escoba a modo de bastón, que no cumplía otra función que recordarle los paseos por las montañas que hacía en su juventud, donde era menester llevar un arma para defenderse de los perros salvajes y los pumas.

Calzaba una gorra visera blanca que lucía un bordado de anclas y nudos, regalo de su hijo el marino, y llevaba las viejas sandalias marrones en la mano. No necesitaba nada más; su piel seca y escamosa renegaba del protector solar y los lentes de sol opacaban el paisaje. En su muñeca izquierda, un reloj pulsera de grandes números calculaba los minutos de recorrido, de modo que se tomaba media hora para la ida y media para la vuelta. Esa mañana saldría en dirección opuesta, hacia rumbos desconocidos.

Caminó unos veinte minutos bordeando el mar. Era una sensación maravillosa; de no ver las uñas de sus pies creciendo como ramas amarillentas a causa de los hongos y el dorso de sus manos cubiertos de manchas, creería que tenía treinta años. El agua era igual de fresca, la arena le hacía el mismo masaje exfoliante en las plantas de los pies que cuando joven y sus fosas nasales captaban el mismo olor a mar. Su vista nunca había sido buena, con lo cual no había nada que extrañar en ese aspecto. Se encontraba recitando una poesía en su mente, cuando una voz antipática lo detuvo.

—Señor, no puede ingresar a esta zona.

Detrás de un matorral surgió un hombre con un gorro panameño y una tabla de surf en la mano. Recostada sobre una lona a unos metros, una despreocupada mujer leía un libro. Ambos estaban completamente desnudos.

—Como verá, ésta es una playa nudista —dijo el joven señalando sus partes privadas, que para ser justos, pasaban bastante desapercibidas.

El anciano se ruborizó.

—Mil disculpas, caballero, señora. No tenía idea.

Acto seguido, se bajó la malla y siguió su camino como dios lo trajo al mundo, sólo que mucho más arrugado. Ante sus ojos desfilaron cuerpos de todas formas y tamaños, pero él solo tenía ojos para un muelle que divisaba en el horizonte, al que sabía que no llegaría pero quería ver con mayor precisión.

Unos minutos después, sonó su alarma. Tiempo de volver. Le habría gustado seguir un poco más, pero sabía que, si lo hacía, al día siguiente sus rodillas le pasarían factura. A esa edad era más conveniente dosificar la felicidad. Se refrescó la nuca y los brazos con agua salada y emprendió el regreso.

Al rato, un grito interrumpió sus pensamientos:

— ¡Señor! ¿pero qué hace?

Se giró con paciencia para explicar a quien correspondiera que el hecho de ser viejo no era un impedimento para estar ahí. Cada cual a lo suyo. Pero quien lo observaba era una señora de su edad, vestida con una malla enteriza de flores. Tenía en sus brazos un caniche diminuto que se puso a ladrar con histeria, más escandalizado que la dueña, que sólo parecía preocupada por su salud mental.

Comprendió que ya no estaba en la playa nudista y se apresuró a ponerse la malla, que ondeaba como bandera en su palo de escoba. Tuvo una idea; desde entonces, programaría tres alarmas en el reloj: una a los veinte minutos para quitarse la malla, otra a los treinta para emprender el regreso, y otra a los cuarenta para vestirse. Eso sí, era importante salir en la dirección correcta.

El incidente no pasó a mayores; la mujer había visto cosas peores y pensó que se trataba de un loquillo amable. Él pasó el resto del camino pensando en lo difícil que era andar complaciendo a todo el mundo.

NATALIA DOÑATE

La canilla mágica

            La niña era la típica afortunada cuyo hogar quedaba a pasos del colegio. Su madre estaba siempre en casa y podía invitar amigos con frecuencia, a puertas y brazos abiertos. La mesa los esperaba cubierta de sándwiches, facturas y vasos de chocolatada. Esas meriendas legendarias conservarían su fama a lo largo de todos los ciclos educativos de su vida, incluidos los primeros años de universidad.

En aquella casa de su primera infancia había un televisor de gran tamaño para la época y un patio con tobogán, hamacas y sogas anudadas para trepar. En el living, las luces tenían una perilla de dimmer, que poco sumaría a la diversión de los niños, de no ser porque se usaba para hacer un truco de magia: la madre ubicaba a las visitas en medio de la sala frente un gran espejo que cubría toda la pared y les pedía que soplaran muy lentamente, mientras ella giraba disimuladamente una perilla oculta y las luces bajaban gradualmente la intensidad hasta apagarse. Luego, les indicaba que gritaran “que se haga la luz” y vuelvan a soplar, y así, con un poco de imaginación y mucha tecnología, las luces se volvían a encender.

Un domingo de verano se encontraba en el jardín con sus hermanos, haciendo pases con una pelota de goma, cuando cayeron sobre su cabeza las primeras gotas de lluvia. Instintivamente frenaron el juego y miraron al padre, que permanecía leyendo el diario, inmutable.

Cuando ya era una obviedad que se estaban mojando, la niña sintió curiosidad. Mamá ya los habría hecho entrar hace rato. ¿Será que papá no sabía qué hacer?

De pronto, éste se inclinó hacia adelante y preguntó:

— ¿Quieren que llueva más fuerte?

Al unísono pronunciaron un largo y entusiasta “¡Sí!”

Él dobló sus dedos como rodeando una canilla y giró la muñeca. Cayó más agua. Los hermanos gritaron con alegría.

— ¿Quieren más?

— ¡Síííííííííí!

Empezó a caer tanta agua que apenas podían abrir los ojos. De pronto, una silueta familiar apareció por detrás.

— ¡Miguel! ¿Qué hacen? ¡Todos adentro, ya mismo!

Al día siguiente la tierra estaba húmeda y blanda y las desafortunadas lombrices que habían huido de la inundación se retorcían al sol en agonía. La niña discutía ofendida con la amiga de turno, que no le creía que el padre controlaba la lluvia. Se sintió triste, pues sabía que su mamá no les dejaría repetir el truco, y, por más que revisó exhaustivamente el patio una y otra vez, no logró dar con la canilla invisible.

NATALIA DOÑATE

La semilla

            Faltaban todavía dos semanas para recibir la paga, pero si Juanita le había dicho la verdad, se trataba de un asunto urgente. Iba a tener que caminar. Con ojos expertos tomó los seis mejores ejemplares del naranjo de su patio, se pintó los labios y dobló en cuatro el escrito borroneado del niño. Era la única carta que tenía a su favor.

El ímpetu de su alma alcanzó para acallar al dolor de la artritis por unas quince cuadras, pero cuando sus rodillas dijeron “basta” se empacaron con mayor determinación que su fallecida yegua “Rosilla“. El bolso se sentía lleno de bolas de cemento que el desnivel de los adoquines hacía oscilar, golpeando intermitentemente contra sus piernas varicosas, en las que empezaban a divisarse amplios moretones. Miró el reloj. Las seis y cuarto. El colegio quedaba en dirección opuesta y aún debía regresar a su casa a buscar los libros de clase.

Se hallaba analizando si debía dejar atrás algo de peso, cuando la sombra de un mozo a caballo tiñó provisoriamente sus alpargatas blancas de gris.

— ¿Maestra García? ¡Es usted!

El joven se quitó el sombrero y la miró con sincera alegría. Era alto y vigoroso, pero ella sólo veía a un niño.

—Paquito, ¡qué grande estás! Me enteré de que fuiste papá, ¡enhorabuena! Yo sabía que ibas a terminar con Amelita, ¡cómo la hacías llorar, a la pobre!

—Sí maestra… estamos muy felices, con la doña. Ya va a tener oportunidad de conocer a Josecito y le prometo que se va a portar mucho mejor que yo. Ya la conoce, a la Amelita, nos tiene cortitos a los dos.

La maestra elevó las manos al cielo simulando terror, ignorando con alevosía el hecho de que, para cuando ese bebé llegara a la edad escolar, ella llevaría años retirada. Con el paso del tiempo, nuestras vivencias se encuentran tan alteradas por la memoria, que poco queda de la anécdota original. Con eso en mente, le pareció justo otorgar la misma validez a un recuerdo real que a uno que nunca llegaría a ser, siempre y cuando le trajera felicidad.

—Ese bolso se ve pesado, déjeme que la ayudo. ¿Hacia dónde, maestra?

Aliviada subió al caballo y descansó por el resto del camino, dejando que su ex alumno la llevara tironeando suavemente de las riendas, mientras recordaban con humor las mil y una macanas que se había mandado de joven.

Finalmente llegaron a la calle Castellón, donde el olor a pan caliente los devolvió a sus respectivas vidas. Él, a ser un hombre de familia ejemplar y ella, una maestra apurada con un plan en mente. Se acomodó el cabello y y se secó el sudor del rostro. Carraspeó nerviosa.

En el interior, un señor mayor recibía su vuelto y se retiraba con una bolsa de facturas. Tras el mostrador, luciendo un delantal rosado ceñido en la esbelta cintura, se hallaba la dueña. Intuyó el recelo en su voz. Mala señal.

—Maestra García, no sabía que frecuentaba esta zona.

—Oh, sí —mintió ella. Tengo parientes sobre la avenida España y aproveché el viaje para traer estas naranjas de mi huerto. ¿Cómo se encuentra el pequeño Ángel? Como viene faltando desde hace una semana supuse que estaría enfermo y le traje un poco de vitamina C, que seguramente le hará muy bien, en caso de que se trate de un resfriado.

La mujer le indicó con un gesto que apoyara la bolsa en el mostrador.

—El niño no está enfermo, maestra, es el más sano de la familia y por ese motivo es que lo necesitamos acá, trabajando. En este momento se encuentra en el fondo mezclando la crema pastelera.

Juanita tenía razón. No se le pasaba una, a esa nena.

—En ese caso, señora Rodríguez, permítame entregarle su última tarea —dijo amablemente mientras tomaba el papel de su bolsillo. —Verá, su hijo es extremadamente talentoso. Muchos niños de su edad apenas saben escribir una oración gramaticalmente correcta, pero él, sin previo conocimiento, ha escrito un poema sobre las aves que es digno de un alumno de ciclo superior.

La mujer tomó el papel y lo hizo a un lado con desdén, pero la maestra no se iba a dejar amilanar.

—Creo que con educación podría tener un futuro brillante. Yo podría acercarle las tareas y ser comprensiva con las llegadas tarde. Sería un gusto para mí ayudar a un niño tan inteligente y sé que él disfruta mucho de venir a clase.

El rostro de la panadera era de piedra.

—Se lo agradezco, maestra, pero hoy en día al hijo de mi marido lo necesitamos acá. Tiene tendencia a divagar y que escriba poesía no es una prioridad para nuestra familia en este momento. Es una época difícil, como comprenderá. Gracias por las naranjas, se las haré llegar.

No había nada más que hacer. Lo había perdido.

—Me retiro entonces, ¿le molesta si conservo el escrito?

—Sírvase usted.

Regresó sin prisa, decidida a redoblar esfuerzos en las treinta y dos pequeñas mentes que la esperaban en el colegio. Conservaría el papel hasta el día de su muerte y, en su imaginación, lo acompañaría con hermosos poemas que el niño seguiría escribiendo a lo largo de los años.

Se jubiló al poco tiempo, ignorando el hecho de que junto a las naranjas, había dejado una semilla de otra especie; una tan fuerte, que ninguna mujer desalmada podría destruir.

Ochenta años después, alguien que para ella sería eternamente un niño, me contaría en su biblioteca atestada de libros sobre la vez que escuchó a hurtadillas a su malvada madrastra hablando con la maestra García.

NATALIA DOÑATE

El gringo

No way“, se dijo al imaginarse malgastando sus días y sus noches entre nubes de polvo rojizo volátil y mosquitos, en ese paisaje apático de horizonte, animales ariscos, quebrachos blancos y colorados y más y más horizonte, que se hallaba a seis horas por ruta de tierra del pueblo más cercano. Pero también estaba ella, así que desarmó sus valijas sin chistar y nunca más volvió a abrirlas. Pocas ocasiones tiene un héroe enamorado de luchar contra monstruos o dragones por su amada y él se contentó con vencer su aversión al campo y al tercer mundo.

Cambió el té de las cinco de la tarde por tereré y chipá y se despidió de los leones de piedra de Trafalgar Square, inmortalizados en posición perruna por un escultor mal informado, para encontrarse con yaguaretés de sangre caliente y filosas garras que dejaban arañazos en los cueros de las vacas cuando enseñaban a sus crías a cazar.

Su cuerpo citadino, claro y mullido, se curtió con trabajo pesado, y su lengua se entrenó para bailar al compás de un idioma diferente. Aprendió a despertar antes que el sol, a preparar charque, a distinguir una víbora coral verdadera de una falsa y a seguir el rastro de los chanchos silvestres.

Con esa mujer de ojos cautivadores y negros cabellos tuvo dos hijos que no se parecían a él, pero tampoco a los niños de los campos vecinos. Little gringos. Algún día lejano en su lecho de muerte diría que tuvo la oportunidad de vivir dos vidas en una. El único vínculo que mantuvo con sus orígenes fue de carácter epistolar, con  su madre, quien comprendía su situación a regañadientes. No volvió a mirar atrás. Se convirtió en uno más en la comunidad, sólo distinguible por sus facciones y color de cabello. Entendió que el cuerpo humano no necesita de grandes lujos cuando es irrigado por un corazón feliz.

Afortunadamente los intercambios culturales suelen ser bilaterales, y él también tuvo la oportunidad de dejar su huella en los usos y costumbres de sus cohabitantes. Podrá parecer poca cosa, pero era el orgullo del gringo oír que todos los que lo rodeaban, ante una situación indeseable como perder una presa de caza, o pisar estiércol, o caerse del caballo, lanzaban un sonoro y fonéticamente impecable “FUCK!”.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE

Conflicto resuelto

La vi.

Una tras otra habían desfilado las mañanas de enero en las que, deslumbrada por un sol narcisista que eclipsaba mi atención, me llevaba por delante la telaraña, y, ya una vez apartada esa suerte de tul con un asco indiferente (si es que asco e indiferencia son compatibles) continuaba con mi día. No recordaba el episodio hasta la mañana siguiente, cuando volvía a posarse en mi frente el mismo velo de novia. 

Pero esa noche de febrero abrí la puerta bajo el modesto foco del farol. Y la vi a contraluz. Hipnotizante, fascinante. Delicada y sutil. Un poco sobrenatural. Quién sabe cuántas tardes tuvo esa araña que trabajar en vano, cuántas moscas u hormigas fueron sacrificadas para que yo estuviera abierta a apreciar su arte en seda. La obra tenía un mensaje claro: “jamás te rindas”.

Con ojos acuosos y alma agradecida ante tal revelación, comprendí que había llegado el momento de enderezar mi vida. Libre al fin de excusas y culpas mal encauzadas, saldría de las redes de la mediocridad. Esfuerzo y perseverancia contra apatía y flojedad. El premio: la autorrealización de la araña.

Sólo restaba decidir el aspecto de mi vida a mejorar. Había mucho por hacer. Lo primordial sería dejar el alcohol y otras sustancias y conseguir un empleo. Luego, con algunos ahorros, mudarme del hogar de mis padres y retomar la carrera. Un poco de amor tampoco estaría mal. Tal vez un novio.

Pasé incontables noches en vela y días de arduo labor. Pero esta mañana desperté inspirada, con la frente en alto. Me dirigí a la tienda. Dos horas después destrocé la telaraña con un plumero y le vacié un tarro de veneno a la engreída esa.

Ya me siento mucho mejor.

NATALIA DOÑATE