De pérdidas y encuentros

            Un gran ojo redondo y amarillo se abría paso entre vaporosas nubes. De no ser por el cielo, negro como la muerte, podría haberse confundido con el sol. Pero la luz que irradiaba era de luciérnaga; fría y egoísta, incapaz de alumbrar a nada más que a sí misma.

Desde la ventana empañada de mi cuarto, dos satélites de características similares miraban sin ver hacia la casa abandonada. Mi gatita Mimí quería salir. Entrecerraba sus luceros cegados por las cataratas y sacudía la naricita con los movimientos suaves y cortos que le habían ganado el apodo de “mi bella genio”, presintiendo el aire helado al otro lado del cristal.

Yo no podía abrirle. No era seguro. Apenas se las arreglaba para moverse dentro de la casa, donde procurábamos mantener la ubicación exacta de los muebles para no desorientarla. Aun así, cada tanto se chocaba la cabeza, pero parecía más humillada que dolorida.

—Tranquila, Mimí —la consolaba con dulzura. —No hay nada interesante allá afuera.

No mentía. Se trataba de una cuadra ordinaria, con una estación de servicio de segunda marca en la esquina y casas bajas con pequeños jardines. La única propiedad interesante era la mansión abandonada. Sus paredes descascaradas apenas se sostenían en pie y su puerta frontal tapiada no recibía visitas desde hacía décadas. Cadáveres de enredaderas trepaban por los balcones y se adentraban en el piso superior a través de vidrios rotos por piedrazos de adolescentes.

Mis padres evitaban hablar de la casa, pero su historia era harto conocida en el barrio. Aparecía con lujo de detalles en una nota amarillista del periódico del colegio secundario “Los Jazmines”, que contaba que la propiedad pertenecía a una familia acaudalada con algún gen aristocrático que la había abandonado cuando falleció el pequeño Andrés, luego de una larga lucha con una enfermedad terminal. Se decía que la habitación del niño se encontraba tal cual él la había dejado la última vez que pudo levantarse de la cama, antes de ser trasladado a una habitación en la planta baja donde respiraría oxígeno envasado hasta el fin de sus días.

Los vecinos sospechaban que estaba embrujada, pero Mimí no tenía miedo. Cuando sus ojos eran algo más que dos bolitas empañadas, podía pasar días enteros allí. A veces, la veía desde mi habitación; una silueta alargada terminada en un óvalo coronado de orejas enhiestas, con dos espejitos en el centro. Regresaba cubierta de telarañas, a menudo con un souvenir sangrante que dejaba a modo de obsequio en el felpudo de la entrada.

Una mañana la chica de limpieza olvidó una ventana abierta. Desesperada recorrí el barrio pegando carteles en postes y escaparates de tiendas, pero no tuve noticias de mi gatita. Me negaba a aceptar que se había ido a la casa de enfrente, pues era justamente el único lugar al que yo no tenía acceso. Por las tardes miraba por la ventana en busca de su sombra. Creí verla pasar un par de veces, pero nunca con claridad como para tener algún tipo de certeza. Nunca regresó, ni supe qué fue de ella. Suele pasar con los gatos.

Cada tanto, la sueño. Me mira sin verme desde la ventana del cuarto de arriba. El brillo nublado de sus ojos refleja el de la luna, mientras el niño la acaricia con amor en su regazo, agradecido de tener compañía. Pienso en hacerle señas para que regrese a mí, pero al final decido dejarla ahí; segura y cómoda en ese hogar hecho a su medida, en el que nadie correrá jamás un mueble de lugar.

NATALIA DOÑATE

Lágrimas en el té

            Agua salada goteaba de sus ojos y, una vez endulzada en el té, hacía el recorrido de regreso a su cuerpo, ingresando por la boca.

— Te estás tomando tus propias lágrimas —observó su padre.

Ella rió, pero permaneció en silencio.

Esa tarde había tomado un taxi hasta el barrio de su infancia y observado cómo se ponía el sol en la autopista. Sabía que ése había sido, irrevocablemente, el último día en que él había existido sobre la faz de la tierra y sentía que, con la luz del atardecer, otra más pequeña y querida se apagaba. Una que no regresaría al día siguiente.

Ahora, bebiendo el reconfortante “té a la lágrima” en el comedor de la que había sido la casa de sus padres, entendió que aún le quedaba algo de tiempo. Que así como en ocasiones habían compartido bromas, peleas, juegos o empanadas un domingo aburrido, en ese momento estaban unidos por la tristeza.

Llegaría el día en que el dolor de su ausencia sería lejano y podría sonreír ante un tablero de ajedrez, un Volvo color plata, o un buzo con capucha. Era inevitable; conocía la sensación porque no era la primera vez que perdía a un ser querido. Pero él merecía algo mejor. Por eso, extendería lo más que pudiera la sensación de pérdida reciente; el mate sin vaciar sobre la mesada de la cocina, las migas en la mesa, el placard lleno de ropa.

Lloró toda la noche. En algún momento apoyó la cabeza sobre la mesa y reanudó su llanto en sueños.

Los rayos de un sol nuevo le hicieron abrir los ojos. Sobresaltada levantó la cabeza. Él permanecía frente a ella, leyendo el diario.

— Te queda linda la mesa marcada en la mejilla —observó.

Agradecida, supo que no la abandonaría hasta que estuviese lista.

NATALIA DOÑATE

Siete vidas

            Años de terapia y degustaciones de drogas -legales y de las otras- para una conclusión desoladora: daño irreversible. El recuerdo había echado raíces putrefactas y no se iría sin arrancar un buen pedazo de su cabeza. Poco tentada a ser una versión mal arreglada de sí misma, optó por asesinarse. Un acto de eutanasia, en nada comparable a un suicidio. Se desharía del “yo” que sufría y utilizaría ese cuerpo joven de corazón bombeante para alguien más, con quien sólo tendría en común el documento de identidad y el registro de conducir.

Como ceremonia fúnebre se arrancó un cabello de la nuca y lo sepultó en el jardín. Bajo una pequeña cruz de madera con sus iniciales apoyó con delicadeza una rosa, su flor preferida. Desde entonces, compraría jazmines. Cambió vestimenta, modos y amistades. Adoptó un gato, que su antiguo yo habría odiado.

Ocasionalmente, la imagen de un cuarto oscuro con olor a alcohol se colaba en su mente, pero ella la devolvía a su tumba junto a una nueva rosa, aliviada de que ese recuerdo no fuese suyo. Pobre difunta.

Fue novedosamente feliz por meses. Una noche regresaba tarde del bar cuando dos hombres la sorprendieron en una esquina. Humillada y escupiendo sangre sepultó otro cabello arrancado de su nuca. Rosas y jazmines en el jardín, lilas en el florero de la cocina.

Una y otra vez valió la pena. Tirón de cabello y cuenta nueva. Para su vigésimo noveno cumpleaños estaba radiante. Decidió autoagasajarse con una clase de salsa, ya que el rock yacía con su “yo” número cuatro. Entre pasos y giros conoció a Diego, de quien se enamoró perdidamente. Sorpresivo, pero ¿cómo evitarlo? Era bueno, fuerte, alto. Olía a madera mojada.

Fueron inseparables hasta que surgió el tema del pasado. En vano explicaba ella que no tenía uno. Él se enfurecía. Sólo intentaba conocerla mejor.

Una tarde amena preguntó por las seis pequeñas tumbas en el jardín.

— ¿Tuviste muchas mascotas?—

Permaneció muda. Él se fue dando un portazo. Dos días después llegó el ultimátum: o se abría, o lo perdía.

Pala en mano partió a golpes las cruces y arrojó los pedazos a lo lejos. Luego, se desnudó y removió la tierra para untársela por el cuerpo. Funcionó. Entre lombrices y gusanos resucitaron sus malos recuerdos, pero también había de los buenos. Tardes con amigas, mascotas de la infancia, caricias de mamá. Pequeñas monedas de oro.

Entendió que el remedio era el amor. Le contaría todo.

Apoyaba ambas manos en la tierra para incorporarse cuando sintió un tirón en la nuca.

Esta vez, recibiría claveles.

NATALIA DOÑATE

Guía espiritual

            Lunes y miércoles tocaba el 43 “Vista”. Suena extraño, pero los departamentos de los rascacielos se sienten insultados si se los denomina como “A”, “B” o “C”. En este edificio en particular las opciones eran “Hori” (por horizonte), “City” y el ya mencionado “Vista“. Había otros que ocupaban un piso entero, pero afortunadamente no tenía clientes allí. Se rumoreaba que eran habitados por rockstars que destrozaban todo, menos sus billeteras a la hora de pagar.

El Gurú estaba bien. La mayor parte del tiempo viajaba fuera del país y ella se limitaba a quitar el polvo superficial, lavar sábanas y toallas, peinar pelucas y planchar alguna que otra túnica. Las había de todos los colores, pero su preferida era la blanca. En apariencia insípida, se transformaba en un show de luces cuando se presionaba el botón oculto en una de las mangas. Tenía que manipularla con extremo cuidado y recargarle semanalmente las baterías, o el señor sufriría el oprobio ante miles de fieles.

Los días que lo cruzaba eran un poco más pesados. Narcisista incorregible, la perseguía por todo el departamento mostrándole sus trucos y alardeando de su cantidad de fans. Ella fingía no saber muy bien a qué se dedicaba, aunque había visto sus videos online, donde hordas de fieles caían desmayadas en éxtasis ante un movimiento de su mano.

Sin toda la parafernalia era un hombre corriente: algo excedido de peso, calvo, ávido de atención. Hasta el color de sus ojos era falso. Los lentes de contacto celestes cielo con un toque de verde agua miraban sin ver desde el mármol de la mesada del baño. Pero a rasgos generales era un cliente bastante llevadero y tenía el plus de que podía jugar con sus disfraces cuando él no estaba. Sólo debía tener la precaución de no usar perfume para no delatarse.

Un día se encontraba limpiando cuidadosamente unos adornos que se veían costosos en el living, cuando él apareció, cerveza en mano y en pantuflas. Se sentó en su lugar del sillón habitual y empezó a suspirar con alevosía. El show de ese fin de semana se había cancelado por lluvia y su abstinencia de atención comenzaba a aflorar. Lo oyó decir con voz paternal:

—Te observo, María. Pareces muy ocupada limpiando, pero yo sé que tu cerebro está más ocupado aún. Te oigo pensar y tus pensamientos interfieren con los míos, no me permites concentrarme.

Ella apeló a su estrategia habitual de abrir los ojos y simular adoración. Pero esta vez el hombre estaba aburrido y no iba a ser suficiente.

—Ven, siéntate a mi lado. Te haré una limpieza de alma.

No sintió miedo. No era un pervertido, sólo una persona infantil que no soportaba estar sola. Pero ella tenía cosas que hacer y la estaba fastidiando.

—No debo, Maestro. Tengo otro departamento que limpiar en dos horas y no llegaré a tiempo.

El hombre pareció turbado. ¿Qué departamento podría ser más importante que el suyo? Había gente que viajaba miles de kilómetros sólo para divisarlo a la distancia y esta mujer ignorante tenía el tupé de rechazarlo. Le iba a mostrar lo que se estaba perdiendo, quiera o no.

—Te propongo un trato, hija mía. Te ayudaré a terminar con la limpieza y luego nos tomaremos veinte minutos para que yo te purifique a ti.

María se sintió terriblemente incómoda, pero no vio una opción mejor que aceptar. Le extendió un trapo y le explicó lo que tenía que hacer. Él, desesperado por terminar y hacer el rito, siguió las instrucciones al pie de la letra.

Había mucho más por hacer. Como sólo tenían una mopa, él trapeó el suelo mientras ella limpiaba los baños. Luego le enseñó a cargar el lavavajillas. Entre los dos pasaron la gamuza por los muebles y tendieron la cama, uno de cada punta para que quedase bien tirante. Pronto el Gurú se sintió más confiado y proactivo. Ordenó la ropa del placard, vació los cestos de basura y llamó a la empleada para mostrarle lo bien que le había quedado. Ella lo felicitó y lo desafió a responder un examen oral sobre el uso de los productos de limpieza, el cual aceptó gustoso. Acertó en casi todo; sólo confundió el polvo del lavavajillas con el del lavarropas, pero ella minimizó la situación diciendo que a veces también le pasaba (desde ya no era cierto).

Se despidieron en el pasillo de la entrada de servicio, donde le mostró el gran cesto gris donde se arrojaba la basura. Ella tomó el ascensor al 25 “Hori”, más cansada que nunca y con el tiempo justo, a pesar de haber recibido ayuda. Él regresó al departamento, pensando en cómo idear un sistema para clasificar sus piedras mágicas.

Estaba tan satisfecho por la mañana de trabajo que ni notó que había olvidado purificar a María.

NATALIA DOÑATE

Dos perdedores

            En el pasillo de la casa de mis padres, frente a un óleo enmarcado en presuntuoso bronce donde dos niños tomados de la mano -probablemente hermanos- se acercan al mar, grita en silenciosa súplica un pobre anciano. Tonos marrones delimitan su enjuto rostro en la fluida armonía propia de las acuarelas, pero en el centro, sus agonizantes ojos azules atraen la mirada sin enfrentarla, entretenidos en algo que escapa a la vista de este mundo. Probablemente algún transeúnte ofreciéndole pan o limosna.

El amigo del pintor me contó que se trataba de un mendigo retratado hace décadas en el barrio de Barracas. El desafortunado modelo había llegado desde un país lejano al puerto de Buenos Aires, donde pretendía pasar una breve temporada, pero se quedó dormido la mañana del regreso y el barco zarpó sin él. No tenía dinero para comprar otro pasaje. Tampoco hablaba el idioma. Eventualmente se volvió parte del paisaje, luciendo la expresión en la que lo inmortalizó el artista. Un Cronos de Goya pero sin maldad. Sólo desesperación.

¿De dónde provenía? ¿Por qué nadie lo ayudó? ¿Qué fue de su familia, si es que tenía una? ¿Cuánto lo habrán esperado la esposa e hijos en vano en el puerto antes de decidirse a regresar a casa sin él?

Espacios en blanco de una vida que se quedó al otro lado del mar.

Una anécdota incompleta.

La culpa es del tiempo, que se divierte jugando con los mortales. Por minutos, un buen hombre perdió su viaje y por un exceso de años transcurridos desde entonces, hemos perdido nosotros gran parte de su historia.

NATALIA DOÑATE

Paseo de domingo

            La flamante embarcación “Carlos A.” tenía dos alternativas de recorrido: Puerto Madero y La Boca. Yo, guía turística sin estudios y sin la menor idea de lo que estaba haciendo, también tenía dos opciones, pero opté por quedarme. Había conseguido el trabajo por recomendación de un amigo de la familia y no había huida airosa posible. Acomodé los papeles donde tenía impresos los puntos de interés, que ya sabía de memoria, y tomé el micrófono.

—De parte de nuestra capitana Verónica y de su humilde servidora aquí presente les doy la bienvenida al viaje inaugural. Esta embarcación es un catamarán con tecnología de última generación, que dispone de compartimientos estancos para evitar hundimientos. ¿Alguien sabe qué significa esto? Bien, que en caso de accidente (altamente improbable en esta zona) hay sectores independientes a los que no llegaría el agua. Nos dirigimos ahora hacia el primer punto de interés…

Todo marchaba viento en popa. Entre los rostros desconocidos pero amables, resaltaba el de un señor de noventa y dos años. Mi abuelo. Papá lo había traído para que me acompañara y, sentado derechito en el fondo, disfrutaba del paseo en silencio. Siempre tenía buen temple y era muy agradecido de las salidas, a pesar de que éstas eran altamente frecuentes y su compañía disfrutada por todos.

Pronto nos adentramos en el sector que yo más temía. Si bien tenía anotada toda la información a compartir, jamás había hecho el recorrido sin turistas, y no tenía idea de dónde se encontraban los edificios a señalar. Hasta donde supe después, gracias a las observaciones de una pasajera demasiado bien informada, le erré a dos. Pero quién sabe, pueden haber sido más. Aun así nadie se molestó. La parte de la Boca fue más amena y pude explayarme con gusto sobre la vida del pintor Benito Quinquela Martín y sus donaciones a los vecinos del barrio, entre la que se destacaban el Museo de la Ribera, con sus colorinches butacas y el Hospital de Odontología.

Atracamos por un rato y los turistas pudieron bajar a estirar las piernas y comprar recuerdos. Estaba aliviada; pronto volveríamos al punto de salida y cada cual seguiría su camino, olvidando para siempre a la pseudo-guía. En el tramo de regreso yo debía hacer la temida pregunta: “¿alguien quiere consultar algo?” pero no me animé. Así que volví con el micrófono apagado y charlando con los pasajeros más próximos y cordiales.

Por fin llegamos. Tenía una semana para quitarme el susto de encima y prepararme mejor. Me despedí con alegría y saludé a mi padre que se acercaba con cara de preocupado. De pronto, lo comprendí. Había olvidado al abuelo.

NATALIA DOÑATE

El gringo

No way“, se dijo al imaginarse malgastando sus días y sus noches entre nubes de polvo rojizo volátil y mosquitos, en ese paisaje apático de horizonte, animales ariscos, quebrachos blancos y colorados y más y más horizonte, que se hallaba a seis horas por ruta de tierra del pueblo más cercano. Pero también estaba ella, así que desarmó sus valijas sin chistar y nunca más volvió a abrirlas. Pocas ocasiones tiene un héroe enamorado de luchar contra monstruos o dragones por su amada y él se contentó con vencer su aversión al campo y al tercer mundo.

Cambió el té de las cinco de la tarde por tereré y chipá y se despidió de los leones de piedra de Trafalgar Square, inmortalizados en posición perruna por un escultor mal informado, para encontrarse con yaguaretés de sangre caliente y filosas garras que dejaban arañazos en los cueros de las vacas cuando enseñaban a sus crías a cazar.

Su cuerpo citadino, claro y mullido, se curtió con trabajo pesado, y su lengua se entrenó para bailar al compás de un idioma diferente. Aprendió a despertar antes que el sol, a preparar charque, a distinguir una víbora coral verdadera de una falsa y a seguir el rastro de los chanchos silvestres.

Con esa mujer de ojos cautivadores y negros cabellos tuvo dos hijos que no se parecían a él, pero tampoco a los niños de los campos vecinos. Little gringos. Algún día lejano en su lecho de muerte diría que tuvo la oportunidad de vivir dos vidas en una. El único vínculo que mantuvo con sus orígenes fue de carácter epistolar, con  su madre, quien comprendía su situación a regañadientes. No volvió a mirar atrás. Se convirtió en uno más en la comunidad, sólo distinguible por sus facciones y color de cabello. Entendió que el cuerpo humano no necesita de grandes lujos cuando es irrigado por un corazón feliz.

Afortunadamente los intercambios culturales suelen ser bilaterales, y él también tuvo la oportunidad de dejar su huella en los usos y costumbres de sus cohabitantes. Podrá parecer poca cosa, pero era el orgullo del gringo oír que todos los que lo rodeaban, ante una situación indeseable como perder una presa de caza, o pisar estiércol, o caerse del caballo, lanzaban un sonoro y fonéticamente impecable “FUCK!”.

NATALIA DOÑATE

Un regalo de lujo

Esta historia ocurre en un típico pueblito de montaña, de esos donde la escasez de recursos económicos se compensa con vecinos siempre dispuestos a dar una mano y donde conviven en armonía la naturaleza salvaje de los lagos, cascadas y cúspides con los artífices del hombre: vehículos que soportan las inclemencias del clima, viviendas de piedra de pequeñas ventanas y techos a dos aguas y coquetas casas de té. En época estival los balcones compiten ataviados de coloridas flores y en invierno el blanco impoluto, apenas amancillado por las nubes grises que emergen de las chimeneas, invita al silencio y a la introspección.

El lugar se destaca apenas de otros similares por unos pocos puntos turísticos interesantes, como una gran roca en forma de tortuga, un río amarillo y la casa de ladrillos de Don Roque, que carece de las comodidades más básicas, pero que en su centro alberga un telescopio de última generación a disposición de quien desee utilizarlo. No hay un alma en kilómetros a la redonda que lo sepa manejar.

La vida de Don Roque, que en paz descanse, fue muy dura. Vivía solo y se dedicaba a pastar ovejas, pero se había vuelto conocido en el pueblo por su amor a las estrellas. Cada noche tomaba una bolsa con mendrugos y su cobija y subía al cerro a mirar el cielo. Como temía a los OVNIS usaba un gorro puntiagudo de papel aluminio que supuestamente evitaba que le controlasen la mente. Preparaba una fogata y contemplaba la Vía Láctea por horas. Luego, apagaba cuidadosamente el fuego y regresaba a dormir unas pocas horas.

Una noche se encontraba envolviéndose la cabeza con su casco anti-alienígenas, cuando se topó con un grupo de jóvenes que habían subido a tomar cerveza y a fumar unos cigarros. Ambas partes se asustaron, pero terminaron compartiendo la noche, las estrellas y las bebidas. La noticia del ermitaño que miraba el cielo se regó por el pueblo hasta alcanzar los oídos de una ociosa viuda acaudalada que se sintió conmovida. En un pequeño acto solemne le hizo entrega de un reluciente telescopio y él, entre lágrimas, prometió que todo el pueblo sería bienvenido a acompañarlo.

Y así fue. Aprendió con mucho esfuerzo a manejar el aparato y por meses juntó a grandes grupos de gente para subir a la montaña a escudriñar la espada de Orión, espiar a las Pléyades o navegar por el mar seco de la tranquilidad. Las viandas y el alcohol eran opcionales, no así el aluminio en la cabeza, pero todos respetaban la regla. Con el tiempo el entusiasmo fue mermando, pero si algún aspirante a astrónomo ocasional aparecía en la montaña, tenía la certeza de que se iba a encontrar allí con Don Roque y su telescopio. Y cada tanto, conmigo.

Yo estaba maravillado con las estrellas fugaces. Ponía música en mis auriculares y pasaba horas tirado en una manta esperando que apareciera alguna. Encargué un libro sobre constelaciones y me dediqué a aprender lo más que pude. Iba una o dos veces por semana, sólo si hacía buen tiempo y no tenía ninguna cita con alguna de las chicas del barrio, pero envidiaba el tesón de Don Roque, que sólo faltaba las noches de temporal. Sus huesos viejos parecían cobrar fuerza cuando emprendía la subida a la montaña.

Una noche que resultó nublada le pregunté de dónde sacaba tanta pasión.

— ¿Pasión? Detesto hacer esto con toda mi alma.

Creí que bromeaba, pero me miró más serio que nunca. Explicó que al principio disfrutaba ir solo, cuando tenía ganas, pero luego le habían comprado el maldito telescopio y ahora todos esperaban que les agradeciera yendo todas las noches. Se había vuelto el accesorio de un regalo muy costoso. Sentí pena y dije que por mí se quedara tranquilo, que yo no volvería a ir. Intuí algo de alivio en sus ojos.

Por las noches pensaba en él, allá sólo en la montaña. Como la luz de una estrella muerta se sigue viendo desde la Tierra, la ilusión que el pueblo veía en sus ojos se había apagado hacía tiempo, sin que nadie lo notase. Una noche como cualquier otra, el pastor subió al cerro para no bajar.

Nuestro Roque yace de cara a las estrellas. Murió haciendo lo que más le gustaba” reza su epitafio. La tumba siempre se encuentra decorada con gorritos y estrellas de papel de aluminio. Yo regalé el libro de astronomía y me dediqué a escribir novelas en mi máquina de escribir eléctrica. Un día cierta señora se enteró de mi inclinación por las letras y ofreció regalarme una moderna computadora. La insulté tanto que nunca más me devolvió el saludo.

NATALIA DOÑATE

Convivencia

El agente inmobiliario tenía un defecto irremediable. Era honesto. Temía que alguien sufriera un accidente y cargar con la culpa por el resto de su vida. Así que se dedicó a advertir a cada posible comprador sobre la casa, hasta que estuvo a punto de perder el empleo. Para su fortuna, aparecí yo.

—No se ofusque, no creo en fantasmas.

Me observó como quien analiza a su oponente en el póker y decidió que su conciencia estaría a salvo. O bien que mi vida no valía la pena. De cualquier modo, me extendió los papeles y las llaves y se despidió con solemnidad, como si en lugar de un boleto de compraventa me hubiese dado una orden de “no resucitar”. Ironías de la vida, a los pocos meses me enteré de que, mientras yo cruzaba el umbral de mi nuevo hogar, él pasaba a mejor vida por culpa de un extraño accidente doméstico. Pero esa historia no viene al caso.

Yo estaba razonablemente satisfecha con mi nueva adquisición. La cocina era amplia, lo que me permitió atestarla de todo tipo de electrodomésticos que me di el lujo de usar una sola vez. Luego juré fidelidad a la cafetera y al microondas; la juguera, la pochoclera y la panificadora quedaron relegadas a bellos adornos. Compré un juego de cuchillos, de esos que se dejan a la vista y son tan populares en las películas de terror. La habitación principal era amplia y tenía el cielorraso decorado con molduras antiguas. Había un pequeño altillo con objetos pertenecientes a los dueños anteriores. Deprimente. Me limité a cerrarlo y perder la llave.

El barrio, silencioso y tranquilo, se llenaba de algarabía por las mañanas y las tardes, cuando los niños hacían su trayecto de la casa al colegio y viceversa. Nadie ponía música fuerte, ni se comunicaba a los gritos. Pronto noté -típico de casa embrujada- que los problemas eran por las noches. Rasguños y ruidos de cadenas arrastrándose por el techo (nada demasiado fuerte como para afectar mi descanso), sombras que se deslizaban detrás de mi imagen en el espejo, mensajes crípticos en computadoras y blocks de hojas. Sucesos tan standard que me aburre enumerarlos.

Una noche empezó a fallar el televisor. Yo miraba mi serie favorita sobre una enfermera que viajaba al pasado a través de unas piedras antiguas, y justo en los momentos más candentes se cambiaba el canal solo, a uno de deportes. El control remoto no me respondía hasta que los protagonistas de mi programa estaban ya vestidos. Yo no me había divorciado justamente para andar peleando por estos temas, así que fastidiada exclamé:

—Si este televisor vuelve a fallar una vez más, lo voy a tirar en el contenedor de la esquina y voy a llenar la casa de romances de Steel.

Sentí un quejido, como un grito ahogado. Yemas de dedos helados rozaron mi nuca y me volteé rápidamente para encontrarme cara a cara con un hombre bastante buen mozo y de mirada transparente. Literalmente transparente. Pero no se me movió un pelo, porque, como ya expliqué, no creo en fantasmas. Seguramente mi mente cansada me estaba jugando una mala pasada.

—Esta casa es mía —dijo la aparición.

—En eso diferimos, señor. Tengo documentación que prueba que me pertenece.

Por el rabillo del ojo vi cómo se enfurecía. Pareció crecer de tamaño y sentí que volaban pequeños objetos por la casa. Pero yo no iba a ceder al berrinche de un ser inexistente. Estuvo un buen rato desordenando todo mientras yo seguía viendo televisión, hasta que murmuré:

—Qué desarreglada dejé la casa. Menos mal que mañana viene la chica de limpieza y esto no me afecta en nada.

Y me fui a dormir, dejándolo agotado y frustrado. A medianoche lo oí llorar.

Tuvimos una semana pesada, el no-ser y yo. Pero al final le gané por cansancio porque una tarde, a plena luz del día, sentí que se me erizaban los pelitos del cuello y una voz masculina, casi sensual, me susurró al oído:

—Te lo advierto por última vez. Soy el amo de esta casa y vos te vas a ir.

Respondí con lozanía: —acordemos desacordar, querido amigo. Esta casa la pagué con mi dinero y, por otro lado, usted no existe, por ende, no puede ser dueño de nada.

Azorado respondió: — ¡Pero si me estás hablando!

—En eso está en lo cierto. Calculo que tengo alucinaciones y, como soy algo ermitaña, no me molesta hablar sola.

—Pero yo… soy. Muevo objetos, produzco sonido. Además pienso, sé que pienso, entonces existo.

Entonces perdí la paciencia. —Mire, “Descartes”, usted puede sentirse como se le dé la gana, pero no me va a venir a decir a mí cómo lo tengo que percibir. Ése es mi derecho.

Mi razonamiento era irrefutable. Se alejó pensativo y volando bajito y desde entonces vivimos en perfecta armonía. Aparentemente decidió que alguien como yo no podía ser real.

NATALIA DOÑATE

El cuerpo del delito

Javier roncaba intermitentemente, sumido a medio desvestir en un sueño elegante sport. Había aterrizado en el acolchado blanco tras otro vuelo extenuante, apenas atinando el pobre a quitarse los zapatos y aflojarse la corbata. Parecía un muñeco de torta pasado de copas.

Ella había vaciado cuidadosamente los bolsillos del saco y dispersado su contenido sobre la mesa del recibidor: llaves, celular, documentos varios y una hoja doblada en cuatro con el logo del hotel. Su carta de amor. Siempre le hacía una cuando se iba de viaje. Decidió esperar a que despertara y se la leyera en persona.

Las horas pasaron paulatinamente. El departamento era minúsculo y debía moverse en puntas de pie en las penumbras para no alterar el sueño de su marido. Cada tanto, presa del aburrimiento, tomaba el papel, pero lo volvía a apoyar. Sería más romántico escuchar el contenido de sus labios. Pasadas las dos de la tarde decidió salir a comprar el almuerzo. Regresó con una bolsa humeante de pollo al espiedo con papas y al  encender la luz, cegada por el hermoso día que hacía afuera, se encontró a Javier al fin  despierto, aunque aturdido. La habitación apestaba a encierro.

— ¿Qué hora es?

— ¡Hora de comer rico, amor!

Le dio un gran beso y con celeridad abrió las persianas. El sol y el aire acudieron en su ayuda. Mientras ponía la mesa notó de reojo que la hoja había desaparecido.

— ¿Qué hiciste con mi cartita? —preguntó con fingida voz de niña.

Él palideció. — ¿La leíste?

—Claro que no, esperaba a que me la dieras vos, como corresponde.

Pareció aliviado. —Era muy cursi —respondió. —La tiré a la basura.

—Ay, Javier, siempre tan duro con tus sentimientos. Yo quería leerla.

Él la tomó sorpresivamente por la cintura y la sentó en su regazo. Entre besos le describió el contenido de la carta: que la había extrañado muchísimo, que la amaba, que no veía la hora de tenerla en sus brazos. Nada nuevo. Almorzaron en silencio y luego partió a hacer una visita exprés a su madre que vivía a pocas cuadras.

Ella juntó la mesa y cuando estaba por tirar las sobras notó una pequeña discrepancia. El cesto de basura estaba completamente vacío. Apresurada, lo sacó a la vereda aunque estaba a medio llenar y procedió a lavar los platos.

NATALIA DOÑATE