De pérdidas y encuentros

            Un gran ojo redondo y amarillo se abría paso entre vaporosas nubes. De no ser por el cielo, negro como la muerte, podría haberse confundido con el sol. Pero la luz que irradiaba era de luciérnaga; fría y egoísta, incapaz de alumbrar a nada más que a sí misma.

Desde la ventana empañada de mi cuarto, dos satélites de características similares miraban sin ver hacia la casa abandonada. Mi gatita Mimí quería salir. Entrecerraba sus luceros cegados por las cataratas y sacudía la naricita con los movimientos suaves y cortos que le habían ganado el apodo de “mi bella genio”, presintiendo el aire helado al otro lado del cristal.

Yo no podía abrirle. No era seguro. Apenas se las arreglaba para moverse dentro de la casa, donde procurábamos mantener la ubicación exacta de los muebles para no desorientarla. Aun así, cada tanto se chocaba la cabeza, pero parecía más humillada que dolorida.

—Tranquila, Mimí —la consolaba con dulzura. —No hay nada interesante allá afuera.

No mentía. Se trataba de una cuadra ordinaria, con una estación de servicio de segunda marca en la esquina y casas bajas con pequeños jardines. La única propiedad interesante era la mansión abandonada. Sus paredes descascaradas apenas se sostenían en pie y su puerta frontal tapiada no recibía visitas desde hacía décadas. Cadáveres de enredaderas trepaban por los balcones y se adentraban en el piso superior a través de vidrios rotos por piedrazos de adolescentes.

Mis padres evitaban hablar de la casa, pero su historia era harto conocida en el barrio. Aparecía con lujo de detalles en una nota amarillista del periódico del colegio secundario “Los Jazmines”, que contaba que la propiedad pertenecía a una familia acaudalada con algún gen aristocrático que la había abandonado cuando falleció el pequeño Andrés, luego de una larga lucha con una enfermedad terminal. Se decía que la habitación del niño se encontraba tal cual él la había dejado la última vez que pudo levantarse de la cama, antes de ser trasladado a una habitación en la planta baja donde respiraría oxígeno envasado hasta el fin de sus días.

Los vecinos sospechaban que estaba embrujada, pero Mimí no tenía miedo. Cuando sus ojos eran algo más que dos bolitas empañadas, podía pasar días enteros allí. A veces, la veía desde mi habitación; una silueta alargada terminada en un óvalo coronado de orejas enhiestas, con dos espejitos en el centro. Regresaba cubierta de telarañas, a menudo con un souvenir sangrante que dejaba a modo de obsequio en el felpudo de la entrada.

Una mañana la chica de limpieza olvidó una ventana abierta. Desesperada recorrí el barrio pegando carteles en postes y escaparates de tiendas, pero no tuve noticias de mi gatita. Me negaba a aceptar que se había ido a la casa de enfrente, pues era justamente el único lugar al que yo no tenía acceso. Por las tardes miraba por la ventana en busca de su sombra. Creí verla pasar un par de veces, pero nunca con claridad como para tener algún tipo de certeza. Nunca regresó, ni supe qué fue de ella. Suele pasar con los gatos.

Cada tanto, la sueño. Me mira sin verme desde la ventana del cuarto de arriba. El brillo nublado de sus ojos refleja el de la luna, mientras el niño la acaricia con amor en su regazo, agradecido de tener compañía. Pienso en hacerle señas para que regrese a mí, pero al final decido dejarla ahí; segura y cómoda en ese hogar hecho a su medida, en el que nadie correrá jamás un mueble de lugar.

NATALIA DOÑATE

Taza para uno

            Una pequeña cola rosada escabulléndose tras el mueble del televisor tuvo más repercusión en su cerebro de lo que hubiese tenido una sesión de electroshock. Miró asqueada en derredor y tras el paso lógico de llamar al fumigador, decidió que era hora de una limpieza profunda.

Comenzó por el dormitorio, pues la idea de haber compartido sueños y pesadillas con esas criaturas peludas de ojitos amables era más de lo que podía tolerar. Efectivamente, encontró heces duras que atestiguaban que su cuarto había sido cuna de toda una civilización de roedores. Los habitantes habían perecido, como le aseguró una y otra vez el verdugo contratado a tal fin, pero la limpieza estaba a cargo de ella. Vació cajones, desnudó perchas y se preguntó cómo había cupido esa montaña inescalable de ropa en su pequeño placard. Pero fue cuando tomó en sus manos una camisa de seda fucsia con hombreras, que se prometió que nunca más se iba a dejar estar así.

Conservó unas pocas prendas que usaba a menudo y fue obsequiada con un gran “gracias” por parte de la ONG donde dejó los donativos. Redobló esfuerzos en tirar, regalar y limpiar. Al poco tiempo su casa era digna de una revista de minimalismo. Los granitos de arroz negro que habían dejado las ratas ahora se le antojaban pequeñas reliquias, pues escaseaban y al limpiarlos sabía que era la última vez que los vería. Apestaba a lavandina y eso le gustaba.

Dudaba una tarde entre dejar el espacio de la biblioteca para adornos o simplemente deshacerse del mueble entero, cuando una pequeña lucecita oculta en un rincón abrió sus alas y se posó en su frente. Poesía. Se quedaría con los libros de poesía. Varias luces la acompañaron esa semana. Circulaban libres por la casa y le acercaban bellos mensajes.

Un domingo de lluvia notó una sombra opaca, como un insecto muerto flotando en el café con leche.

Una taza sola para una mujer sola”.

Arrojó el líquido por la pileta y salió a caminar. Volvió empapada con un reluciente juego de desayuno para seis personas-posibles-visitas. Y dos paraguas por las dudas.

Con un nuevo y colorido almohadón de seda asfixió a una mancha del sillón que se jactaba de que sólo ella y nadie más la vería. Pero los problemas aumentaron. Pensamientos oscuros se arrastraban por la casa sin que nada los frenase y dejaban huevos por doquier.

Tapó rejillas y colocó algunos objetos para espantarlos. Un atrapa sueños en el dormitorio, adornos alegres en los muebles, velas y sahumerios, ropa para salir por si tenía una cita, maquillaje por la misma razón, una bicicleta fija, pesitas y bandas, la vaporera de la publinota para comer más verduras, una olla extra grande por si venían sus hijos y nietos a comer pastas. Juguetes para niños “¿usaban juguetes aún?”. Por la dudas, una Playstation.

Se encontraba unos meses más tarde apretujando sus nuevas botas dentro del atestado placard cuando lo vio. Un granito negro de arroz.

NATALIA DOÑATE

Convivencia

El agente inmobiliario tenía un defecto irremediable. Era honesto. Temía que alguien sufriera un accidente y cargar con la culpa por el resto de su vida. Así que se dedicó a advertir a cada posible comprador sobre la casa, hasta que estuvo a punto de perder el empleo. Para su fortuna, aparecí yo.

—No se ofusque, no creo en fantasmas.

Me observó como quien analiza a su oponente en el póker y decidió que su conciencia estaría a salvo. O bien que mi vida no valía la pena. De cualquier modo, me extendió los papeles y las llaves y se despidió con solemnidad, como si en lugar de un boleto de compraventa me hubiese dado una orden de “no resucitar”. Ironías de la vida, a los pocos meses me enteré de que, mientras yo cruzaba el umbral de mi nuevo hogar, él pasaba a mejor vida por culpa de un extraño accidente doméstico. Pero esa historia no viene al caso.

Yo estaba razonablemente satisfecha con mi nueva adquisición. La cocina era amplia, lo que me permitió atestarla de todo tipo de electrodomésticos que me di el lujo de usar una sola vez. Luego juré fidelidad a la cafetera y al microondas; la juguera, la pochoclera y la panificadora quedaron relegadas a bellos adornos. Compré un juego de cuchillos, de esos que se dejan a la vista y son tan populares en las películas de terror. La habitación principal era amplia y tenía el cielorraso decorado con molduras antiguas. Había un pequeño altillo con objetos pertenecientes a los dueños anteriores. Deprimente. Me limité a cerrarlo y perder la llave.

El barrio, silencioso y tranquilo, se llenaba de algarabía por las mañanas y las tardes, cuando los niños hacían su trayecto de la casa al colegio y viceversa. Nadie ponía música fuerte, ni se comunicaba a los gritos. Pronto noté -típico de casa embrujada- que los problemas eran por las noches. Rasguños y ruidos de cadenas arrastrándose por el techo (nada demasiado fuerte como para afectar mi descanso), sombras que se deslizaban detrás de mi imagen en el espejo, mensajes crípticos en computadoras y blocks de hojas. Sucesos tan standard que me aburre enumerarlos.

Una noche empezó a fallar el televisor. Yo miraba mi serie favorita sobre una enfermera que viajaba al pasado a través de unas piedras antiguas, y justo en los momentos más candentes se cambiaba el canal solo, a uno de deportes. El control remoto no me respondía hasta que los protagonistas de mi programa estaban ya vestidos. Yo no me había divorciado justamente para andar peleando por estos temas, así que fastidiada exclamé:

—Si este televisor vuelve a fallar una vez más, lo voy a tirar en el contenedor de la esquina y voy a llenar la casa de romances de Steel.

Sentí un quejido, como un grito ahogado. Yemas de dedos helados rozaron mi nuca y me volteé rápidamente para encontrarme cara a cara con un hombre bastante buen mozo y de mirada transparente. Literalmente transparente. Pero no se me movió un pelo, porque, como ya expliqué, no creo en fantasmas. Seguramente mi mente cansada me estaba jugando una mala pasada.

—Esta casa es mía —dijo la aparición.

—En eso diferimos, señor. Tengo documentación que prueba que me pertenece.

Por el rabillo del ojo vi cómo se enfurecía. Pareció crecer de tamaño y sentí que volaban pequeños objetos por la casa. Pero yo no iba a ceder al berrinche de un ser inexistente. Estuvo un buen rato desordenando todo mientras yo seguía viendo televisión, hasta que murmuré:

—Qué desarreglada dejé la casa. Menos mal que mañana viene la chica de limpieza y esto no me afecta en nada.

Y me fui a dormir, dejándolo agotado y frustrado. A medianoche lo oí llorar.

Tuvimos una semana pesada, el no-ser y yo. Pero al final le gané por cansancio porque una tarde, a plena luz del día, sentí que se me erizaban los pelitos del cuello y una voz masculina, casi sensual, me susurró al oído:

—Te lo advierto por última vez. Soy el amo de esta casa y vos te vas a ir.

Respondí con lozanía: —acordemos desacordar, querido amigo. Esta casa la pagué con mi dinero y, por otro lado, usted no existe, por ende, no puede ser dueño de nada.

Azorado respondió: — ¡Pero si me estás hablando!

—En eso está en lo cierto. Calculo que tengo alucinaciones y, como soy algo ermitaña, no me molesta hablar sola.

—Pero yo… soy. Muevo objetos, produzco sonido. Además pienso, sé que pienso, entonces existo.

Entonces perdí la paciencia. —Mire, “Descartes”, usted puede sentirse como se le dé la gana, pero no me va a venir a decir a mí cómo lo tengo que percibir. Ése es mi derecho.

Mi razonamiento era irrefutable. Se alejó pensativo y volando bajito y desde entonces vivimos en perfecta armonía. Aparentemente decidió que alguien como yo no podía ser real.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE

Testigo

Es desolador, querida mía, que te estés perdiendo este prodigio. Desde mi ángulo tu mejilla parece un duraznito pasado. Te hago cosquillas con la nariz y con el corazón empachado de fruta duermo una siesta en tu cuellito transpirado de tortuga. Nunca dejes de oler así.

Abro los ojos algo atontada. ¿Ya pasaron diez meses? Con tu hermano te vemos romper todas las reglas de la física y la biología al cruzar el living caminando, sin haber dado nunca un primer paso en falso. Al final te caíste, pero el triunfo no te lo quita nadie. Ay, ¡si hubieras visto tu carita! ¡Conquistaste la luna! Te oigo llamarme “mamá” y trato de recordarlo para siempre. Pero otros “mamás” se superponen, tu voz cambia y apenas me quedo con un eco.

No sé cómo pasó esto, pero de pronto hablás a la perfección. Y sos tan ingeniosa. No existe un día aburrido a tu lado. Pero hoy por primera vez dijiste “pequeño”, en lugar de “quepeño”. Sé que no tuviste mala intención, pero el mundo pasó a ser un lugar más frío. Me aferro a vos en un abrazo que busca ser eterno y cuando te suelto… ¿te pusiste más alta, tramposa?

Juntas armamos tu casita de muñecas y quedó preciosa. Luego te ocupaste de llenarla de vida, de muñequitos, muebles, comida y mascotas. Puedo ver tu alma en cada rincón de esta casita. Te observo jugar desde la puerta del dormitorio, arrodillada en el piso, tan cuidadosa que no se te pierde ni una cucharita. Pero una sombra de preocupación oscurece el cuarto. Estás haciendo demasiadas preguntas, últimamente: “¿cómo hace Papá Noel para recorrer todo el mundo en una noche? ¿no se cansan los renos? ¿hace los regalos o los compra en la esquina?”. Abro los ojos de par en par, decidida a no parpadear, a no perderme nada. No me cortes la ilusión, te lo pido por favor. Yo también necesito darte magia a veces.

Me ves ahí parada, mejillas empapadas y te preocupás.

“¿Estás triste, mamá?”

“Claro que no, hermosa. Sólo estoy tratando de detener el tiempo”.

¿Me vas a creer cuando te diga que tuviste la infancia más maravillosa? Temo que, distraída con el mundo, te la estés perdiendo. Igual no te ofusques, hijita. Mami está atenta. Yo te voy a recordar todo.

Para Ángel

Otra vez pasé por tu casa que ya no es tu casa y como se me hizo costumbre últimamente, aminoré la marcha y abarqué con la mirada lo más que pude, pero sin frenar. Repasé velozmente la galería y sus macetas de piedra gris hasta llegar al fondo, donde divisé la parrilla y algunas hojas verde brillante (esas que rodean el marco de la ventana del lavadero).

Sin esfuerzo alguno me hice una composición mental del lugar. Pensé en el limonero (rebosante de limones que pronto serán arrancados por manos extrañas) ubicado cerca del tender giratorio que de chica usaba de calesita. E inmediatamente se me vino a la mente la biblioteca y su puerta de chapa blanca que se traba (y sí, recuerdo el punto exacto en donde eso ocurre y la cantidad de fuerza que hay que emplear para abrirla, y el llavero redondo de madera con tachas que me regalaste el día que me dijiste que esa biblioteca era mía). Los nuevos propietarios nunca lo sabrán, pero al pie de la misma hay otro punto de interés, el escalón donde me saqué la foto del enterito azul en la que parezco un varoncito, y donde me sentaba siempre de chica –y no tan chica- por las tardes de verano a mirar hacia las ventanas de tu cocina, o a la esterlicia cuya flor naranja y azul parecía un pajarito. Y hasta pude reconstruir algunas tardes de verano mirando pasar a las hormigas con sus hojitas, armando esculturas de barro, jugando con los primos a no decir “ni sí, ni no, ni blanco ni negro”, mezclando flores con alcohol para hacer perfume, coleccionando bichitos bolita, hurgando con respeto la biblioteca (¡ay el olor de la biblioteca!) o simplemente tomando sol y meditando, espontáneamente, sobre quién sabe qué cosas meditan los niños, y también alguna noche navideña (de esas que no hacía falta extrañar a nadie, porque estábamos todos) buscando chasquibunes perdidos entre las plantas. “Ausencia de ausencias”, diría mi padre.

Desde afuera, la casa no ha cambiado nada y un alma piadosa tuvo la delicadeza de cortar el pasto. Siempre paso cuando está soleado, y curiosamente no tengo ningún recuerdo de ese jardín en días de lluvia. El único indicio de que algo anda mal son esas malditas persianas, siempre cerradas.

A veces, en duermevela, imagino que toco el timbre. Pero me freno. ¿Qué sentido tendría? Los cuadros que hacían tus amigos bohemios, el mueble de la cocina donde guardabas con llave (siempre a mano) los caramelos y las cartas y la toalla para jugar solitario, los kilos y kilos de pan en remojo para los gorriones sobre el mármol de la cocina, la reposera amarilla, nuestras fotos de jardín, el reloj que daba campanadas al cambiar de hora, nada de eso debe estar allí. En su lugar, numerosos espacios blancos, limpios del polvo acumulado de años y años que contrastan con el resto de la casa. La repisa de la chimenea desnuda de adornos. Objetos exiliados.

El otro día –oh sorpresa-  me encontré  un cuadro con tu perfil hecho en madera en la oficina de papá, y sé de buena fuente que mamá tiene tu porta mazo de cartas de madera, con el que todas las tardes jugaba solitarios para entretenerte. Por mi parte, debo confesar que rapté a Burli Burli, pero estoy segura que me lo habrías dado de todos modos. Lo puse en la cocina (ya que tu cocina era su hábitat), donde puede verme desayunar con los nenes todas las mañanas. Es difícil de saber, por su cara de piedra, pero calculo que debe extrañar escucharte contar una y otra vez la anécdota de cómo pasó de ser un fragmento de un jarrón roto, a una escultura con nombre propio. Sé que cuando yo lo hago, no es lo mismo. 

Y así andarán de desorientadas todas tu cosas. Dejaron su huella, su hueco de pintura limpia en la pared. ¿En qué momento dejaron de tener sentido? ¿Eras vos el que le daba vida a todos esos objetos, ahora huérfanos? ¿Qué pasó con tu persona, entonces, y con el lugar que ocupabas? ¿Tuviste, al menos, la delicadeza de dejar algo perceptible, como soneto amarillento perdido en una guía telefónica, o un cabello blanco en el suelo, o siquiera  la forma de tu cuerpo en un sillón?  ¿Me estarás esperando allí, tras las persianas bajas, en caso de que algún día me anime a volver a entrar a tu casa? 

Solitario

Ella desdobla la toalla bordó sobre la mesa y la plancha simétricamente de adentro hacia afuera, con ambas palmas.

Luego toma el porta mazos de madera y acomoda las cartas españolas boca abajo, una al lado de la otra, en una fila de cinco. Repite el paso dos veces más, pero en la última instancia las coloca boca arriba. Apoya las sobrantes en una pila.

El protocolo indica que el momento de charlar ha terminado.

El viejo se inclina levemente hacia adelante y espera. Las cartas se van descubriendo de a una. Un cinco de bastos, un As de oros. Reyes y caballos no son apreciados en este reino.

Él ve con impotencia que una sota está libre y decide intervenir con miradas, sonrisas y pequeños sonidos. Ella capta la pista, mueve el siete y destapa un tres de copas. Vuelve la calma. Ella suele ganar, pero el juego es sólo divertido en la medida en que a veces, se pierde.

Entre sesión y sesión se conversa.

Tras unas cuantas partidas, llega el momento de guardar el mazo. Pero no de cualquier modo.

Él toma ahora el control de la toalla y coloca con parsimonia las cartas boca arriba, en dos filas de seis pilones. De tanto en tanto humedece el pulgar en una pequeña esponja, dispuesta a tal fin. Cada rey encabeza sus tropas iniciando posición sobre el siete del palo anterior. Primero los oros, luego las espadas, las cartas se van despidiendo de escena. Una buena mezcla posterior y el azar tendrá garantizado su tributo. Mazo y toalla -dúo inverosímil- vuelven juntos al placard. Pax vobis

Esta escena de mi madre entreteniendo a mi abuelo es, vista desde mi silla apartada, la más sagrada de todas las tradiciones humanas.

NATALIA DOÑATE

La casa de las arenas

Barlovento parecía tan sorprendida como ellos. Era una casa de estilo mediterráneo y de una sola planta, en la que se repartían el living, la cocina, el lavadero y dos dormitorios. Se encontraba situada literalmente en medio de la arena, a una cuadra del mar y algo alejada de la ciudad. Su fachada blanco tiza estaba maltratada por el viento y las viejas persianas de madera se apoyaban vencidas sobre los marcos de las ventanas. Alguna vez habían sido verdes.

No había jardín, pero sí varios arbustos, que de lejos parecían motas de pelo. Un sendero de arena compacta señalizado con pequeños postes de madera servía de entrada, tanto para los peatones como para el auto. El viento sabía a sal y hacía volar la arena proveniente de las dunas, que rebotaba como aguijones en las piernas de los nuevos propietarios.

El living era agradable, con ventanales amplios que miraban hacia el mar, un hogar de leños de piedra ennegrecida (réplica de la casa de mi abuelo Ángel) y dos sillones floreados, aparentemente confortables, que olían a humedad. La cocina era larga y estrecha y sus paredes lucían (o deslucían) pequeños azulejos color jade. Ambos dormitorios, uno en suite y el otro no, tenían cruces sobre los respaldos de las camas. Los pocos muebles que había se las ingeniaban para desentonar entre sí. En esta morada desértica convivían sin luz ni agua varios ramilletes de plantas secas con forma de plumeritos que se quebraban al tocarlos, caracoles de diferentes tamaños y cuadros fantasiosos, típicos de los lugares de vacaciones. Conociendo a su madre –mi madre-, pronto terminarían en el cesto de basura.”

Hoy, a diciembre 2020, tengo tres casas. A ésta primera, “Barlovento”, la llamo “La casa de las Arenas”. Se ubica en la Costa Atlántica entre 1986 y 1997 y es el lugar donde me siento a escribir mis cuentos. Admito que con los años me volví más práctica y ya no encuentro “arte” en el olor a humedad, pero por alguna extraña razón no consigo quitarlo. Y eso que hago todo tipo de arreglos: las edades de mi abuelo (oscilan entre los 70 y 80 años), la mascota (a veces es Tomy, el dálmata, y otras Tom, el ovejero alemán que me mordió cuando jugaba a la mancha con mi hermano), la estación del año (cada tanto es menester quitar el verano para prender la chimenea y que no se tape), y la música en mi walkman (últimamente es un diskman), pero se ve que es cierto eso que dicen de que la humedad es todo un tema. Las cruces de las camas también las quito, pero cada tanto vuelven. Igual sacarlas es una tarea simple. 

El que no deja de sorprenderme es Dami, el vecinito. A pesar de todos estos años, sigue siendo un niño, regordete, rubio y blanquísimo. Su hermano Erns (¿alemán?) me enseñó a jugar ping pong, pero Dami logra que el tren de la alegría pase especialmente todas las noches por la puerta de su casa. Una casa que ya no existe, claro está, pero el árbol en forma de “L” sigue ahí, y eso es todo lo que necesita el Hombre Araña para ubicarse. Tal vez por eso dicen que algunos niños son especiales. Éste ciertamente lo es, y por eso le perdono por la vez que me arrinconó para robarme un beso.

Veinte años atrás, todavía me iba de vacaciones con mis padres. Es un rasgo de familia que no nos gusta la playa, así que salíamos a buscar la casa. A veces en Mar del Plata, a veces en Villa Gesell, subíamos al Volvo de turno, prendíamos la radio y paseábamos hasta que aparecía. Como dije, es fácil de encontrar. Hay que aminorar la marcha y bajar las ventanillas. Pero por nada del mundo se debe frenar.

Hace poco mi hermano estuvo por la costa y, siguiendo nuestra tradición, buscó la casa e intentó mandarnos una foto. Ese día estaba grande, moderna, como en ese verano que fuimos con uno de mis noviecitos y que el perro era un labrador llamado Wendy que no quería salir con el paseador porque el asfalto le quemaba las patas. Lamentablemente -típica distracción suya- la foto correspondía a la casa número dos. A la verdadera “Casa de las Arenas” no se le pueden tomar fotos desde 1997. A veces, desde antes.

Y aquí estoy yo, dejando mi impronta en el sillón azul de mi casa número tres. Es algo rígida. Cada vez que quiero hacer un cambio tengo que llamar a un especialista (plomero, electricista, arquitecto, paisajista) y todo ese asunto cuesta dinero. A menudo se rompen cosas. Sólo admite una ubicación espacio-temporal (aunque la vista al lago es hermosa) y nadie viene a despertarme por las mañanas para caminar hasta las dunas (lo que la gente erróneamente llama médanos) y buscar relojes rotos y billeteras vacías. Las personas sólo pueden tener una edad a la vez, que siempre va en número ascendente. De todos modos -nobleza obliga- debo admitir que es mi morada favorita. Es la única que contiene voces, risas y abrazos de niños y, lo más importante, sueños de niños. Tal vez algún día, si todo sale bien, la situación se invierta y sus sueños pasen a contener a esta casa. Me pregunto qué nombre le pondrán.