El gran final

Me encontraba atareada en plena mudanza cuando se aproximó un hombre mayor vestido de saco y corbata. Era, lo que se diría, un señor “paquete”. Me preguntó enojado que quién me creía que era yo, para andar metiendo mis pertenencias en su casa. Y ante mi cara de desconcierto gritó: “¡caíste!“. Así conocí a mi vecino, el bromista.

A pesar de su advertencia para nada sutil, fui engañada en numerosas ocasiones por ese hombre, que parecía tener un don especial para descolocarme.

Yo intentaba en vano seguirle el ritmo. Una vez le ofrecí “caramelos”, que en realidad eran trozos de queso parmesano envueltos en papel celofán. Me dijo que era intolerante a la lactosa y fingió descomponerse. Me pegué un susto bárbaro.

Otra, le dije que se estaba prendiendo fuego mi casa, a lo que me increpó que no estaba bien bromear con ese tipo de cosas. Segundos después me grito “¡caíste!“. Siempre ganaba el viejo.

Nos cruzábamos por la calle a menudo. Le gustaba arrastrar una correa sin perro ante la mirada compasiva de los incrédulos. Yo también empecé a llevar una y nuestras mascotas imaginarias se olían los trastes. Los domingos llevábamos a Bobby y Pelusa a la plaza y arrojábamos pan a los transeúntes.

Una mañana pasé distraída camino al supermercado y lo encontré sentado en el suelo de su jardín delantero. Eso era nuevo. Sonreí con malicia.

— ¿Puedo ayudarlo, caballero?

—Me quedé encerrado señorita. Me pregunto si puede ayudarme con alguna de estas herramientas. —Del bolsillo de su camisa sacó un control remoto y un tenedor.

Creo que usted se está aprovechando de esta inocente mujer casada para ofrecerle una cena y una película, señor.

Me miró con cara de no comprender. Ningún “caíste” brotó de sus labios. A los veinte minutos, un familiar preocupado venía con una copia de las llaves.

Siguieron muchos incidentes similares. Una noche se quedó encerrado en su cuarto y sus gritos resonaron por toda la cuadra. Otra apareció acompañado del policía del barrio que lo había encontrado desorientado buscando comida en un cesto de basura. Finalmente pusieron a alguien a su cuidado. Ya no me saludaba por la calle y mi perro invisible buscaba en vano a su amigo.

Una tarde calurosa me sonrió desde el umbral de su puerta:

—Voy a quedarme a vivir acá —saludó agitando los brazos con alegría.

Decidí seguirle la corriente para no perturbarlo:

—Muy bien señor, yo soy Natalia, la vecina de al lado. Si necesita algo me avisa.

—Pero si eso ya lo sé —murmuró con expresión extrañada de “¿qué le pasa a esta tonta?”  Lo recordaré como su último chiste. El que él mismo se perdió.

Nunca más lo encontré lúcido. A las pocas semanas lo vi pasar en el asiento trasero de un taxi. Ahora soy vecina de su hijo, que es notablemente insulso.

NATALIA DOÑATE

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece.

Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones -qué va; especialmente en vacaciones- y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio rebosantes y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso un tema de Bon Jovi.

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba:

Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: 

“Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

— ¡NO! —Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo -que al final resultó ser beige- y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior -de hecho ya estaba bastante aburrido-, sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita.

El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

— BASTA.

Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado.

Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE

Espejito, espejito

La cafetería de la esquina del gimnasio, una franquicia más de esas tantas donde -sonrisa mediante- te preguntan el nombre sólo para luego escribirlo en un vaso de plástico para llevar; lugar de relaciones y dietas rotas, tenía planes para mi humilde persona esta mañana. Presentarme a Analía.

Hubo complicidad entre el vendedor -quien tenía muy mala letra- y el pequeño espejo del mostrador, que aprovechó mi distracción crónica para engañar a mis ojos con su reflejo distorsionado, pero simétrico, de la realidad, y me hizo leer “ArIANA”. En cualquier caso los esfuerzos de ambos habrían sido en vano de no ser por la misma ANAliA, que, ajena a sus elucubraciones, seguía con vista atenta a su café.

Resulta que a ambas nos gusta aguado, con leche descremada y un “toquecito” de esencia de vainilla. De no ser por ella, habría seguido con mi día irresponsablemente invertida, tomando el reflejo de mi café con la mano izquierda. Una casualidad llevó a la otra y la suma de todas -sólo una mesa libre frente a la ventana, edulcorante, “mi cita me plantó”- terminaron en una causalidad. Nos sentamos en la misma mesa a desayunar.

Analía es intensa y súper ácida. Ni un dejo de vainilla. Nos entendimos perfecto. Charlamos por más de dos horas, riendo con esa risa genuina que no necesita alcohol de por medio. Uno a uno rompimos a conciencia todos los protocolos de conocer a alguien. Y lo disfrutamos. Contamos intimidades, nos burlamos con cariño de nuestros maridos y hasta hicimos algún que otro chiste picante. Descubrimos que ambas odiamos a las masas, que sentimos que no encajamos. Elegimos exigirnos, darnos la cabeza contra la pared, conocer gente auténtica, única.

Sentados frente a frente, nuestros cafés se entretenían comparando sus reflejos en la ventana. Para la segunda ronda habíamos intercambiado nuestros nombres a propósito (el vendedor nunca se enteró) y caído en la cuenta de que nuestros hijos iban al mismo colegio. Y sí, los “grupos de mamis” son terribles, pero no tanto como las redes sociales, que le arruinan la cabeza a cualquiera. ¿Mencioné que a ambas nos gusta el helado de menta granizada y las pasas de uva en las empanadas? Es crucial.

Después nos pusimos serias. Porque hay que saber ser serio, también. Compartimos información interesante sobre la VISA y sobre la ciudadanía italiana. Hablamos de los sueños que se quedaron en el camino y de los otros que se cumplieron, pero que no resultaron como esperábamos. A las dos nos pasa que somos tan frontales, que cuando hablamos en serio, la gente cree que se trata de un chiste.

Nos despedimos con un abrazo –vale aclarar que no somos de las que abrazan. Un transeúnte distraído diría que fue amistad a primera vista.

Yo espero no verla nunca más.

NATALIA DOÑATE

Conflicto resuelto

La vi.

Una tras otra habían desfilado las mañanas de enero en las que, deslumbrada por un sol narcisista que eclipsaba mi atención, me llevaba por delante la telaraña, y, ya una vez apartada esa suerte de tul con un asco indiferente (si es que asco e indiferencia son compatibles) continuaba con mi día. No recordaba el episodio hasta la mañana siguiente, cuando volvía a posarse en mi frente el mismo velo de novia. 

Pero esa noche de febrero abrí la puerta bajo el modesto foco del farol. Y la vi a contraluz. Hipnotizante, fascinante. Delicada y sutil. Un poco sobrenatural. Quién sabe cuántas tardes tuvo esa araña que trabajar en vano, cuántas moscas u hormigas fueron sacrificadas para que yo estuviera abierta a apreciar su arte en seda. La obra tenía un mensaje claro: “jamás te rindas”.

Con ojos acuosos y alma agradecida ante tal revelación, comprendí que había llegado el momento de enderezar mi vida. Libre al fin de excusas y culpas mal encauzadas, saldría de las redes de la mediocridad. Esfuerzo y perseverancia contra apatía y flojedad. El premio: la autorrealización de la araña.

Sólo restaba decidir el aspecto de mi vida a mejorar. Había mucho por hacer. Lo primordial sería dejar el alcohol y otras sustancias y conseguir un empleo. Luego, con algunos ahorros, mudarme del hogar de mis padres y retomar la carrera. Un poco de amor tampoco estaría mal. Tal vez un novio.

Pasé incontables noches en vela y días de arduo labor. Pero esta mañana desperté inspirada, con la frente en alto. Me dirigí a la tienda. Dos horas después destrocé la telaraña con un plumero y le vacié un tarro de veneno a la engreída esa.

Ya me siento mucho mejor.

NATALIA DOÑATE

Plumeritos

“Cola de Zorro” o “Hierba de las Pampas”. Pennisetum, para los entendidos. Para mí, “Plumeritos”. A ellos les da igual. Como igual les da si los miro, si me agradan, o siquiera si respiro.

Cual realeza en carroza se dejan adular por el viento, arrojando con desdén monedas de pelusa que un jardinero negligente no dejará eclosionar en vástagos reales (tampoco es que les importe demasiado la posteridad). Sus cabezas, adornadas de sobrias flores, saludan al sol en un movimiento pendular que nada tiene que envidiar al saludo de una reina y allende el camino, el solícito lago los vitorea con cegadoras luces.

Mi jardín está de fiesta. Peces de todas formas y colores, un pequeño huerto que me ha dado los mejores tomates que probé en mi vida, patos que huyen despavoridos ante mis infructuosos intentos de amistad. Mariposas de a decenas, posándose delicadamente cual confeti. Pero esta tarde sólo tengo ojos para los plumeritos. ¿Serán parientes -primos lejanos, tal vez- de todos aquellos plumeritos, hijos de nietos de biznietos de plumeritos, que desfilaban en la ruta camino al Villa Gesell de mi infancia, tan queridos por mí y tan distantes como sus congéneres de mi patio?

Siento pena por el lago. Para ellos no es más que una pobre excusa de agua. En el fondo aman el mar. ¿Cómo se explica sino el color arena de sus penachos, su romance apasionado con el viento y el arrullo de su paja? Sé que si los probara, incluso sabrían a sal. Pero no, no los toco, ¡no osaría hacerlo!

Me limito a dedicarles estas líneas, que les debo desde hace años y que en nada alterarán ese reinado suyo, perfecto, en el cual yo no existo.

NATALIA DOÑATE

Solitario

Ella desdobla la toalla bordó sobre la mesa y la plancha simétricamente de adentro hacia afuera, con ambas palmas.

Luego toma el porta mazos de madera y acomoda las cartas españolas boca abajo, una al lado de la otra, en una fila de cinco. Repite el paso dos veces más, pero en la última instancia las coloca boca arriba. Apoya las sobrantes en una pila.

El protocolo indica que el momento de charlar ha terminado.

El viejo se inclina levemente hacia adelante y espera. Las cartas se van descubriendo de a una. Un cinco de bastos, un As de oros. Reyes y caballos no son apreciados en este reino.

Él ve con impotencia que una sota está libre y decide intervenir con miradas, sonrisas y pequeños sonidos. Ella capta la pista, mueve el siete y destapa un tres de copas. Vuelve la calma. Ella suele ganar, pero el juego es sólo divertido en la medida en que a veces, se pierde.

Entre sesión y sesión se conversa.

Tras unas cuantas partidas, llega el momento de guardar el mazo. Pero no de cualquier modo.

Él toma ahora el control de la toalla y coloca con parsimonia las cartas boca arriba, en dos filas de seis pilones. De tanto en tanto humedece el pulgar en una pequeña esponja, dispuesta a tal fin. Cada rey encabeza sus tropas iniciando posición sobre el siete del palo anterior. Primero los oros, luego las espadas, las cartas se van despidiendo de escena. Una buena mezcla posterior y el azar tendrá garantizado su tributo. Mazo y toalla -dúo inverosímil- vuelven juntos al placard. Pax vobis

Esta escena de mi madre entreteniendo a mi abuelo es, vista desde mi silla apartada, la más sagrada de todas las tradiciones humanas.

NATALIA DOÑATE