Llenando huecos

Los recuerdos de la infancia suelen tener rasgos oníricos; rostros desdibujados, lugares que ignoramos dónde quedan o cómo hemos llegado a hasta ellos, personas que ya no pertenecen al mundo de los vivos e incontables espacios en blanco.

Me hallaba en el cuartito de herramientas de la casa de mi abuelo. No sé por qué razón -o falta de ella- estaba sola; era un lugar moderadamente peligroso, con elementos cortantes, aplastantes, perforantes; todos al alcance de mi mano. Una tabla de madera blanca cubría gran parte de la pared. En ella, negros contornos de herramientas, cual sombras independientes de su objeto, delimitaban dónde debía colgarse cada cosa. Al borde de una gran mesa de madera rústica se encontraba un instrumento que se giraba para apretar piezas. Hoy sé que se llama “morsa de banco”, pero en ese entonces era el aprieta-dedos.

Tampoco comprendo por qué hallé la revista. No parece el lugar lógico donde guardar una. De todos modos me senté a hojearla en el suelo. Short de jean y medias blancas en piernas cruzadas. Y recuerdo claramente lo que vi. De no ser por esa imagen, probablemente todo lo demás habría abandonado mi memoria mucho tiempo atrás, como personajes secundarios en una obra en la que muere el protagonista.

Dos avestruces -o tal vez ñandúes- habían quedado clavados en un cerco de púas, probablemente invisible a sus ojos, mientras corrían a campo traviesa. Allí quedaron; los cuellos estirados, la mirada en el horizonte, los cuerpos descarnados y desplumados por el tiempo y los carroñeros. Si la foto estaba acompañada de algún tipo de información, no lo sé. Calculo que era mi época de analfabeta.

Hoy en día me arrepiento de no haber conservado esa revista. No es porque quiera leer la nota, ni mucho menos regodearme con esa escena morbosa. Sólo me gustaría compartirla con alguien más para poder quitarme de encima esa sensación de irrealidad, de vivencia solitaria que se padece cuando se intenta contar un sueño.

NATALIA DOÑATE

De pérdidas y encuentros

            Un gran ojo redondo y amarillo se abría paso entre vaporosas nubes. De no ser por el cielo, negro como la muerte, podría haberse confundido con el sol. Pero la luz que irradiaba era de luciérnaga; fría y egoísta, incapaz de alumbrar a nada más que a sí misma.

Desde la ventana empañada de mi cuarto, dos satélites de características similares miraban sin ver hacia la casa abandonada. Mi gatita Mimí quería salir. Entrecerraba sus luceros cegados por las cataratas y sacudía la naricita con los movimientos suaves y cortos que le habían ganado el apodo de “mi bella genio”, presintiendo el aire helado al otro lado del cristal.

Yo no podía abrirle. No era seguro. Apenas se las arreglaba para moverse dentro de la casa, donde procurábamos mantener la ubicación exacta de los muebles para no desorientarla. Aun así, cada tanto se chocaba la cabeza, pero parecía más humillada que dolorida.

—Tranquila, Mimí —la consolaba con dulzura. —No hay nada interesante allá afuera.

No mentía. Se trataba de una cuadra ordinaria, con una estación de servicio de segunda marca en la esquina y casas bajas con pequeños jardines. La única propiedad interesante era la mansión abandonada. Sus paredes descascaradas apenas se sostenían en pie y su puerta frontal tapiada no recibía visitas desde hacía décadas. Cadáveres de enredaderas trepaban por los balcones y se adentraban en el piso superior a través de vidrios rotos por piedrazos de adolescentes.

Mis padres evitaban hablar de la casa, pero su historia era harto conocida en el barrio. Aparecía con lujo de detalles en una nota amarillista del periódico del colegio secundario “Los Jazmines”, que contaba que la propiedad pertenecía a una familia acaudalada con algún gen aristocrático que la había abandonado cuando falleció el pequeño Andrés, luego de una larga lucha con una enfermedad terminal. Se decía que la habitación del niño se encontraba tal cual él la había dejado la última vez que pudo levantarse de la cama, antes de ser trasladado a una habitación en la planta baja donde respiraría oxígeno envasado hasta el fin de sus días.

Los vecinos sospechaban que estaba embrujada, pero Mimí no tenía miedo. Cuando sus ojos eran algo más que dos bolitas empañadas, podía pasar días enteros allí. A veces, la veía desde mi habitación; una silueta alargada terminada en un óvalo coronado de orejas enhiestas, con dos espejitos en el centro. Regresaba cubierta de telarañas, a menudo con un souvenir sangrante que dejaba a modo de obsequio en el felpudo de la entrada.

Una mañana la chica de limpieza olvidó una ventana abierta. Desesperada recorrí el barrio pegando carteles en postes y escaparates de tiendas, pero no tuve noticias de mi gatita. Me negaba a aceptar que se había ido a la casa de enfrente, pues era justamente el único lugar al que yo no tenía acceso. Por las tardes miraba por la ventana en busca de su sombra. Creí verla pasar un par de veces, pero nunca con claridad como para tener algún tipo de certeza. Nunca regresó, ni supe qué fue de ella. Suele pasar con los gatos.

Cada tanto, la sueño. Me mira sin verme desde la ventana del cuarto de arriba. El brillo nublado de sus ojos refleja el de la luna, mientras el niño la acaricia con amor en su regazo, agradecido de tener compañía. Pienso en hacerle señas para que regrese a mí, pero al final decido dejarla ahí; segura y cómoda en ese hogar hecho a su medida, en el que nadie correrá jamás un mueble de lugar.

NATALIA DOÑATE

Tabla rasa

Alejada temporalmente de los asuntos mundanos, una criatura ancestral urdía ambiciosos planes. Era un ser sabio e inteligente, íntimamente familiarizado con los deseos y debilidades humanas. Resguardada en las penumbras se preguntaba cómo había llegado a una comprensión tan profunda del universo. Era omnipresente. Hacía tiempo que no salía, pero no albergaba ninguna duda: allá afuera existía un planeta hermoso, tan naturalmente salvaje como poético; con sus límites y fronteras, accidentes, climas y habitantes, que conocía a la perfección. Su hogar. Podía verlo con sólo cerrar los ojos.

Lo que más extrañaba era el sol. Le había tomado un buen tiempo deshacerse de aquel cuerpo decrépito y dolorido, pero pronto podría sentir sus rayos nuevamente en la piel. Sería imparable. Puro potencial. Sólo necesitaba alimentarse bien y juntar fuerzas. Esta vez no se distraería con pequeños placeres. Iría a por todo.

Al principio tendría que disimular, por supuesto; entremezclarse como un agente encubierto. Entre tanto, de forma paralela, iría acumulando grandes sumas de dinero. Sabía cómo hacerlo, tenía los números de lotería que habían salido a lo largo de la historia y los que seguirían a continuación. También manejaba un extenso conocimiento sobre los mercados financieros y el futuro. Todo era tan simple que hasta parecía injusto.

Eventualmente reclutaría adeptos. Sería interesante hallar a otros como ella, pero también peligroso: mejor conformarse con unos cuantos humanos aceptablemente inteligentes. Un ejército fiel, armas, medicina y tecnología eran todo lo que necesitaba. Tomaría el mundo de manera pacífica, preferentemente, y enseñaría a esa especie a comportarse, a respetar a la naturaleza, a trabajar arduamente. Llevaría a la humanidad hacia un nuevo Iluminismo, pero esta vez bajo sus reglas.

De pronto, la tierra se sacudió. Era la señal para dejar la guarida. Lo hizo lentamente y con cautela. Al principio se sintió encandilada, pero poco a poco sus ojos se acostumbraron. Allí estaba su viejo mundo.

Quiso dar un grito de triunfo, pero una bocanada de oxígeno se abrió paso hasta sus pulmones en una descarga tan fuerte que la sacudió de pies a cabeza.

Aturdida, intentó pensar y no pudo. No conocía ninguna palabra en ninguna lengua. Sólo veía luces y colores carentes de significado. Una sensación dolorosa que no supo explicar comenzó a trepar por su estómago.

Frustrada e impotente, se largó a llorar.

— ¡Felicidades! —dijo el doctor. —Es una niña.

NATALIA DOÑATE

Lágrimas en el té

            Agua salada goteaba de sus ojos y, una vez endulzada en el té, hacía el recorrido de regreso a su cuerpo, ingresando por la boca.

— Te estás tomando tus propias lágrimas —observó su padre.

Ella rió, pero permaneció en silencio.

Esa tarde había tomado un taxi hasta el barrio de su infancia y observado cómo se ponía el sol en la autopista. Sabía que ése había sido, irrevocablemente, el último día en que él había existido sobre la faz de la tierra y sentía que, con la luz del atardecer, otra más pequeña y querida se apagaba. Una que no regresaría al día siguiente.

Ahora, bebiendo el reconfortante “té a la lágrima” en el comedor de la que había sido la casa de sus padres, entendió que aún le quedaba algo de tiempo. Que así como en ocasiones habían compartido bromas, peleas, juegos o empanadas un domingo aburrido, en ese momento estaban unidos por la tristeza.

Llegaría el día en que el dolor de su ausencia sería lejano y podría sonreír ante un tablero de ajedrez, un Volvo color plata, o un buzo con capucha. Era inevitable; conocía la sensación porque no era la primera vez que perdía a un ser querido. Pero él merecía algo mejor. Por eso, extendería lo más que pudiera la sensación de pérdida reciente; el mate sin vaciar sobre la mesada de la cocina, las migas en la mesa, el placard lleno de ropa.

Lloró toda la noche. En algún momento apoyó la cabeza sobre la mesa y reanudó su llanto en sueños.

Los rayos de un sol nuevo le hicieron abrir los ojos. Sobresaltada levantó la cabeza. Él permanecía frente a ella, leyendo el diario.

— Te queda linda la mesa marcada en la mejilla —observó.

Agradecida, supo que no la abandonaría hasta que estuviese lista.

NATALIA DOÑATE

Desencanto

            —Nunca es tarde para aprender —decía con altura la señora de la sombrilla verde ante las burlas de su marido, mientras giraba el libro electrónico en busca del botón de encendido. Los ojos del hombre regresaron al periódico. Ninguno de los dos se dignó a mirarlo. Estaba acostumbrado. Tomó las estampitas y continuó su trayecto. La arena le quemaba las plantas de los pies, pero prefería pedir en la playa, donde la gente era amable y relajada. A sus hermanos pequeños se les daban mejor los semáforos.

Distraído, golpeó su dedo meñique con algo amarillo a medio enterrar. Un balde. Miró con disimulo por sobre el hombro. Nadie parecía echarlo en falta. Lo consideró una señal. Tímidamente lo sacudió y se alejó unos cuantos metros.

Cargó agua en el mar y de a poco le fue agregando arena. Cuando estuvo bien pesado, pero no demasiado seco, lo volteó. Era un comienzo. Con cuidado cavó una puerta que atravesaba el montículo de punta a punta y la decoró con caracoles. Finalmente hizo el típico foso que solía ver en las obras de otros niños. Sumó un puente y un anexo donde guardar tesoros.

Tomó una foto mental y saltó encima del castillo, reduciéndolo a un cúmulo de arena y caracoles en forma de hormiguero.

Decidió subir la apuesta. Entre aspavientos, como si estuviese siendo atacado por insectos invisibles, corrió hacia el mar. Empapado volvió a la arena, donde se revolcó hasta quedar apanado como una milanesa. Nadie notó el contraste entre sus movimientos infantiles y la expresión vacía de sus ojos. Regresó a lavarse al mar y se sentó en el muelle a secarse. La arena lo fastidiaría el resto del día.

De regreso se cruzó con la mujer de la sombrilla verde, quien se remojaba los pies en el agua sin una preocupación en el mundo. Le lanzó una mirada de odio que rebotó en sus anteojos importados y arrojó a sus pies las estampitas arruinadas por el mar.

Ella lo miró con pena, ignorando que sus palabras le habían generado una falsa ilusión.

Ya era demasiado tarde para aprender a ser niño.

NATALIA DOÑATE

El acuario

            Horacio era un escritor innato a quien la falta de tiempo, consecuencia de un empleo exigente, lo había alejado de su sueño. Tras un par de intentos que no llevaban a buen puerto decidió dejar de presionarse y trazar un plan a largo plazo. Abriría una “Caja de ahorro de ideas” donde depositaría los distintos pensamientos interesantes que surgieran en su mente. Algún día les dedicaría el tiempo que merecían y para entonces ya tendría suficiente material para una novela, o quizás dos.

Tomó una resistente caja de cartón de buen tamaño, intentando hacer caso omiso al interrogante de cuánto dinero habría gastado su mujer en ese par de botas, y le recortó una ranura. Luego, con un marcador indeleble escribió “IDEAS” y dibujó una lamparita. Finalmente unió la tapa al resto de la caja con cinta adhesiva para no tentarse a abrirla antes de tiempo.

Como ceremonia de inauguración recortó un trozo de papel y escribió su primer aporte:

“Una novela sobre cómo un sujeto común y corriente colecciona ideas y un día las entrelaza en una gran historia.”

Satisfecho con el uso poético de la palabra “entrelazar” guardó la improvisada urna en el armario del garaje, el cual visitó periódicamente desde entonces. Rimas, frases sueltas, anécdotas, recortes del diario, hasta una publinota sobre un “detector de idiotas” que le resultó absurda, todo servía. Era crucial documentarse lo mejor posible.

Finalmente llegó el día en que se despidió de sus compañeros de trabajo y regresó a casa con un champán y una placa. Hora de volverse escritor. Sin esperar un segundo más, sus manos ávidas de acción tomaron la caja, cuyo peso había aumentado proporcionalmente al de su dueño. Extendió las tijeras a su mujer, quien hizo los honores con el corte de cinta.

—En este humilde acto doy por inaugurada la próxima fase de mi vida —sentenció con alegría y dispersó el trabajo de años sobre la mesa.

El patetismo de la imagen fue una metáfora tan perfecta de su ilusión destrozada, que ni el más consagrado poeta lo habría descripto mejor. Los papeles estaban estropeados, devorados, rotos en mil pedazos. Con un hilo de voz pidió quedarse a solas para revisarlos uno por uno.

“colecciona ideas”

“arma de fuego”

“hormigas por doquier”

No había nada que rescatar. Pura basura. Como llamada por el sonido de su llanto, su mujer abrió suavemente la puerta y le preguntó cómo se sentía.

—Terriblemente culpable —respondió.

En vano intentó ella explicarle que se trataba de polillas u otros insectos. Él estaba convencido de que sus amadas ideas, hacinadas en ese pequeño espacio y sin ningún tipo de sustento, se habían comido entre ellas, como ocurre cuando se juntan peces incompatibles en un acuario.

NATALIA DOÑATE

El octavo Santa

            Enfundadas en holgadas prendas de segunda mano, dos niñas aguardaban su turno con impaciencia. Papá Noel, micrófono en mano, leía los nombres de un listado alfabético y los emparejaba con un paquete. Una algarabía digna y ordenada conducida por un Santa peculiar: alto, bronceado, de mirada joven y con unos cuantos kilos de menos. Perfectamente saludable. Totalmente inadecuado para el rol.

“Éste sí que no puede ser el de verdad” pensaba Milagros, pero se guardó de transmitir el recelo a su pequeña hermana, quien, en puntillas de pie, procuraba acortar unos centímetros de distancia con aquel ente mágico. Año a año habían desfilado por el centro comunitario los más diversos hombres disfrazados, algunos de tupidas barbas, otros acompañados de simpáticos elfos. Cambiaban voces, color de ojos, altura… pero los regalos eran más o menos los mismos y podían dividirse en dos simples categorías: “estándar” y “usados”.

Los primeros eran juguetes nuevos pero poco atractivos; se rompían fácilmente y estaban divididos por sexo y rango de edad, de modo que todos los niños que compartían ciertas características tenían exactamente el mismo regalo. Hubo un año en que todos los varones recibieron pelotas y, sabiendo que para jugar al fútbol basta y sobra con una, intercambiaron obsequios con algunas nenas y se dedicaron a realizar cirugías estéticas a las desafortunadas muñecas.

Los segundos eran de lo más diversos. Venían envueltos en papel, sin paquete. Solían tener partes rotas o piezas faltantes, aunque se notaba el esmero de manos anónimas en acicalarlos. Eran los que más la entristecían. No comprendía por qué el verdadero Papá Noel visitaba a los demás niños de la escuela, pero no a los que vivían con ella en el hogar. Tenían chimenea y árbol como cualquier otro.

La semana de clases entre Navidad y Año Nuevo era fatal; sus compañeros de colegio aparecían con relucientes juguetes y ella tenía que simular haberse olvidado el suyo en casa. Unos años atrás, Marta había recibido una perrita Chichi, que ladraba y respondía órdenes. Le habría encantado tener algo así propio, aunque su amiga se la prestara sin problema. Dos navidades más tarde, su deseo se hizo realidad. Sin paquete, con una mancha de marcador en la oreja que ella misma le había hecho sin querer y lo peor, con el mecanismo roto. No se sorprendió, sabía que Victoria, la hermanita menor de Marta, la había sumergido en agua. Desde entonces evitó llevar sus regalos de segunda mano al colegio; temía que sus antiguos dueños los reconocieran.

Un sacudón de su hermana la quitó de su ensimismamiento. La estaban llamando.

Con ardientes mejillas subió al escenario. Para su indignación, el joven con barba blanca le dijo: “qué hacés, che”. Un impresentable. Tomó su regalo y se ocultó en un rincón a abrirlo con desgano.

Una muñeca Juanita, la más popular de la temporada, le sonreía desde su estuche transparente. Nuevísima, con sus tres mudas de ropa. Impecable y hermosa. Suya, toda suya. A su lado su hermana abrazaba a una perrita Chichi, también a estrenar.

Desde entonces y para siempre, el verdadero Santa sería para ellas un adolescente desgarbado con una barba mal puesta.

NATALIA DOÑATE

Siete vidas

            Años de terapia y degustaciones de drogas -legales y de las otras- para una conclusión desoladora: daño irreversible. El recuerdo había echado raíces putrefactas y no se iría sin arrancar un buen pedazo de su cabeza. Poco tentada a ser una versión mal arreglada de sí misma, optó por asesinarse. Un acto de eutanasia, en nada comparable a un suicidio. Se desharía del “yo” que sufría y utilizaría ese cuerpo joven de corazón bombeante para alguien más, con quien sólo tendría en común el documento de identidad y el registro de conducir.

Como ceremonia fúnebre se arrancó un cabello de la nuca y lo sepultó en el jardín. Bajo una pequeña cruz de madera con sus iniciales apoyó con delicadeza una rosa, su flor preferida. Desde entonces, compraría jazmines. Cambió vestimenta, modos y amistades. Adoptó un gato, que su antiguo yo habría odiado.

Ocasionalmente, la imagen de un cuarto oscuro con olor a alcohol se colaba en su mente, pero ella la devolvía a su tumba junto a una nueva rosa, aliviada de que ese recuerdo no fuese suyo. Pobre difunta.

Fue novedosamente feliz por meses. Una noche regresaba tarde del bar cuando dos hombres la sorprendieron en una esquina. Humillada y escupiendo sangre sepultó otro cabello arrancado de su nuca. Rosas y jazmines en el jardín, lilas en el florero de la cocina.

Una y otra vez valió la pena. Tirón de cabello y cuenta nueva. Para su vigésimo noveno cumpleaños estaba radiante. Decidió autoagasajarse con una clase de salsa, ya que el rock yacía con su “yo” número cuatro. Entre pasos y giros conoció a Diego, de quien se enamoró perdidamente. Sorpresivo, pero ¿cómo evitarlo? Era bueno, fuerte, alto. Olía a madera mojada.

Fueron inseparables hasta que surgió el tema del pasado. En vano explicaba ella que no tenía uno. Él se enfurecía. Sólo intentaba conocerla mejor.

Una tarde amena preguntó por las seis pequeñas tumbas en el jardín.

— ¿Tuviste muchas mascotas?—

Permaneció muda. Él se fue dando un portazo. Dos días después llegó el ultimátum: o se abría, o lo perdía.

Pala en mano partió a golpes las cruces y arrojó los pedazos a lo lejos. Luego, se desnudó y removió la tierra para untársela por el cuerpo. Funcionó. Entre lombrices y gusanos resucitaron sus malos recuerdos, pero también había de los buenos. Tardes con amigas, mascotas de la infancia, caricias de mamá. Pequeñas monedas de oro.

Entendió que el remedio era el amor. Le contaría todo.

Apoyaba ambas manos en la tierra para incorporarse cuando sintió un tirón en la nuca.

Esta vez, recibiría claveles.

NATALIA DOÑATE

La vida misma

            El hombre se hallaba a gusto. Había invertido los ahorros de su modesta jubilación en una escapada de vacaciones a la costa y ya llevaba tres días dedicados a deambular entre el bosque y la playa. Sentía los pulmones limpios y las piernas tostadas. Su horario preferido para caminar era por la mañana temprano, pues acostumbraba madrugar, pero tras un encuentro desagradable con un grupo de borrachos se había decantado por la media mañana; horario de deportistas y familias con niños. Llevaba consigo un palo de escoba a modo de bastón, que no cumplía otra función que recordarle los paseos por las montañas que hacía en su juventud, donde era menester llevar un arma para defenderse de los perros salvajes y los pumas.

Calzaba una gorra visera blanca que lucía un bordado de anclas y nudos, regalo de su hijo el marino, y llevaba las viejas sandalias marrones en la mano. No necesitaba nada más; su piel seca y escamosa renegaba del protector solar y los lentes de sol opacaban el paisaje. En su muñeca izquierda, un reloj pulsera de grandes números calculaba los minutos de recorrido, de modo que se tomaba media hora para la ida y media para la vuelta. Esa mañana saldría en dirección opuesta, hacia rumbos desconocidos.

Caminó unos veinte minutos bordeando el mar. Era una sensación maravillosa; de no ver las uñas de sus pies creciendo como ramas amarillentas a causa de los hongos y el dorso de sus manos cubiertos de manchas, creería que tenía treinta años. El agua era igual de fresca, la arena le hacía el mismo masaje exfoliante en las plantas de los pies que cuando joven y sus fosas nasales captaban el mismo olor a mar. Su vista nunca había sido buena, con lo cual no había nada que extrañar en ese aspecto. Se encontraba recitando una poesía en su mente, cuando una voz antipática lo detuvo.

—Señor, no puede ingresar a esta zona.

Detrás de un matorral surgió un hombre con un gorro panameño y una tabla de surf en la mano. Recostada sobre una lona a unos metros, una despreocupada mujer leía un libro. Ambos estaban completamente desnudos.

—Como verá, ésta es una playa nudista —dijo el joven señalando sus partes privadas, que para ser justos, pasaban bastante desapercibidas.

El anciano se ruborizó.

—Mil disculpas, caballero, señora. No tenía idea.

Acto seguido, se bajó la malla y siguió su camino como dios lo trajo al mundo, sólo que mucho más arrugado. Ante sus ojos desfilaron cuerpos de todas formas y tamaños, pero él solo tenía ojos para un muelle que divisaba en el horizonte, al que sabía que no llegaría pero quería ver con mayor precisión.

Unos minutos después, sonó su alarma. Tiempo de volver. Le habría gustado seguir un poco más, pero sabía que, si lo hacía, al día siguiente sus rodillas le pasarían factura. A esa edad era más conveniente dosificar la felicidad. Se refrescó la nuca y los brazos con agua salada y emprendió el regreso.

Al rato, un grito interrumpió sus pensamientos:

— ¡Señor! ¿pero qué hace?

Se giró con paciencia para explicar a quien correspondiera que el hecho de ser viejo no era un impedimento para estar ahí. Cada cual a lo suyo. Pero quien lo observaba era una señora de su edad, vestida con una malla enteriza de flores. Tenía en sus brazos un caniche diminuto que se puso a ladrar con histeria, más escandalizado que la dueña, que sólo parecía preocupada por su salud mental.

Comprendió que ya no estaba en la playa nudista y se apresuró a ponerse la malla, que ondeaba como bandera en su palo de escoba. Tuvo una idea; desde entonces, programaría tres alarmas en el reloj: una a los veinte minutos para quitarse la malla, otra a los treinta para emprender el regreso, y otra a los cuarenta para vestirse. Eso sí, era importante salir en la dirección correcta.

El incidente no pasó a mayores; la mujer había visto cosas peores y pensó que se trataba de un loquillo amable. Él pasó el resto del camino pensando en lo difícil que era andar complaciendo a todo el mundo.

NATALIA DOÑATE

Aquellas pequeñas cosas

            Su tigre miniatura la miraba con reproche a través de la ventana. Era descortés sacarlo a esa hora, pero más lo sería dejarlo adentro. Encendió el gas y se recostó en la cama. No debería tardar demasiado, después de todo, vivía en un monoambiente. Cerró por última vez sus ojos de largas pestañas e imaginó la escena en el noticiero.

—Tragedia en el barrio de Palermo. Presunto suicidio de mujer de treinta años que fue hallada… con el cabello grasoso y apestando a sudor. No, no. Debía mejorar eso.

Se apresuró a apagar el gas, abrió la única ventana que tenía mosquitero para que no se metiera el michi y corrió al supermercado. Se trataba de su último baño, debía hacerlo bien. Después de todo, era una perfeccionista.

Ya de regreso, equipada con sales minerales de grato aroma y un set de velas, se relajó en el agua caliente mientras se rasuraba las piernas. Luego se perfumó, se dio un toque de rubor ligero para verse naturalmente bella y se dirigió a la cocina. Estaba por encender nuevamente el gas, cuando sintió el olor a sopa de los vecinos. Pensó que, si los culpables de los crímenes más atroces tenían derecho a una última cena, también lo merecía ella. Encargó pizza y helado y encendió el televisor.

Para cuando llegó el pedido estaba enganchada con una serie. Le dio una propina ridículamente generosa al repartidor y se divirtió al advertir admiración en sus ojos. Siempre había sido bonita, pero el baño relajante y la falta de preocupaciones le habían rejuvenecido el rostro con mayor efectividad que cualquier crema.

Se arrojó al sillón a deglutir el pan con mozzarella con un inmenso placer, sólo opacado por la ausencia del gato. Abrió la ventana y lo hizo ingresar. Dos horas después los ojos le ardían por tanta pantalla y aún estaba lejos de terminar la serie, que resultó tener siete temporadas. Sintió lástima por los protagonistas; tenían muchísimos problemas. Tal vez sería mejor idea continuarla al día siguiente, después de todo, se había largado a llover y sería cruel sacar al minino, que dormía hecho un bollito en la almohada. Era hermosa, la lluvia. Un día se despediría de ella saliendo a caminar sin paraguas. Pero en verano; ahora se congelaría.

Lavó los platos, puso la alarma del despertador, que había desprogramado para no importunar a los vecinos, y miró de reojo a la hornalla de la cocina, fastidiada de tener que vivir unos meses más.

NATALIA DOÑATE