La obra maestra

            Terciopelo rojo, oro en abundancia, una cúpula deliciosa. Era, verdaderamente, un templo del arte, súbitamente profanado por mi presencia imperfecta. Me sentí pequeña y ordinaria. Acarreaba en mi mochila bebida, bocadillos, dinero, y la manta que tejió mi abuela. También un diccionario, pues era sabido que se trataba de una pieza complicada. “Complicada pero esencial para quienes buscan evolucionar como personas”. Una metamorfosis que requería tiempo, pues la obra duraba ocho horas. No podía esperar para conocer a mi nuevo yo.

El público era de lo más variado en edades, sexo y vestimenta. Pero todos irradiaban ese aire de intelectualidad que anhelaba con dolor. Las butacas, algo desgastadas pero cómodas, lucían adornos en los respaldos que evocaban una corona. Todos éramos realeza. Ubiqué mi lugar, di una modesta propina al acomodador y oculté mis humildes pertenencias tras las piernas. Moriría de inanición antes de tomar algo de esa mochila.

Con un susurro mecánico se desvistió el escenario y aparecieron tres personajes encantadores. Vestían trajes estrafalarios y hablaban con grandilocuencia. Mis ojos se ejercitaban siguiéndolos de un extremo al otro, pero mi mente perdió el hilo. Retomé la concentración con un esfuerzo sobrehumano y entendí lo que ocurría. Acto seguido, los perdí de vista.

Llegó el primer entretiempo, y al cobijo del anonimato, una pareja de jóvenes se retiró agazapada. Los miramos con desdén. Brutos. No mucho más que decir. Estarán más cómodos en un teatro de revista.

La obra prosiguió. Había nuevos personajes, que no parecían tener relación con los anteriores, pero que se les asemejaban en el modo veloz e incoherente de expresarse. Ocasionalmente aparecían objetos en el escenario que nada tenían que ver con la trama. Espuma, una bicicleta, un perro. En un momento incluso divisé por detrás al encargado con la mopa. Aún hoy en día me pregunto si era parte de la obra. Mi mochila, ya más confiada en mi regazo, me convidaba pedacitos de turrón.

Súbitamente se cortó la luz. Oscuridad total. ¿Golpe de suerte? Voces anónimas gritaron desde diversos puntos del teatro.

— ¡Perfume de rosas!

— ¡Dos, por favor! Sin pan.

— ¡Oh jovial juventud joven, qué me has hecho!

— ¡Rarrarrá!

Un espectador se apuró en apagar el celular pero recibió un codazo. De a poco mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude distinguir una mesa en el escenario. A su alrededor, cinco sombras humanas recitaban el abecedario por turnos. La escena se repitió tres veces, pero cada vez lo decían más lentamente. Como respondiendo a la última “zeeeeeeta” un foco amarillento se encendió en el palco principal, revelando a una mujer con ropa de época. Miraba hacia un horizonte inexistente hasta que pareció vernos y nos mostró los pechos. Luego pronunció un monólogo en una lengua extraña. Real o inventado, poco lo sé, poco me importa. Lamenté no haber leído más reseñas de la obra, para poder apreciarla un poco mejor. Ya era tarde. Hubo un breve aplauso. Admito que tenía unos senos envidiables.

La oscuridad es un ser hambriento, porque cuando se encendieron el resto de las luces noté que faltaba la mitad de la concurrencia. Lamentablemente el grupo de actores seguía intacto. Miré la hora con ilusión. Sólo habían transcurrido cuarenta minutos. Me rendí. Tal vez el punto no era buscar un sentido, sino dejar que el sentido lo encontrase a uno. Por los siguientes actos dejé que mi mente divagara con libertad. Si el público reía, yo también lo hacía. De lo contrario, movía lentamente la cabeza para no contracturarme. Me dolía el traste. “Mi corona por un cojín”. 

Maldije al crítico de la obra. Le deseé una enfermedad curable, pero humillante, como diarrea explosiva. Ésa sería una crítica linda de leer: “el honorable crítico de arte finalmente mostró su verdadero interior, pura mierda“. Por culpa de sus delirios de grandeza yo me encontraba atrapada en este sitio nefasto. Observé con odio al resto de la concurrencia. ¿Quiénes se creían que eran, para durar más tiempo en el teatro que yo? Pseudo-intelectuales. Hipócritas. En el escenario, los protagonistas debatían sobre diversos temas, intercalando citas, idiomas y referencias ajenas a mi realidad. Al menos alguien la estaba pasando bien.

Como un amanecer en el mar llegó el segundo receso y salí a estirar las piernas. Terminé en el kiosco. Necesitaba golosinas más que nunca. Un hombre corpulento de incipiente calvicie me encaró.

—Disculpe, ¿viene de ahí dentro?

—Sí, señor, pero no me estoy escapando, vea, sólo compro unos snacks. —Me apuré a mostrarle la bolsa de gomitas.

El hombre sonrió. —Leí una crítica de esta obra y dicen que es brillante, pero me pregunto si vale la pena dedicarle las ocho horas que dura.

—Oh, ¡sí que vale la pena hombre! Cada minuto.

Satisfecho con mi respuesta, se incorporó a la fila de la boletería. Pass it forward, infeliz.

Yo aproveché para ir al baño. Al de mi casa, que queda a veinte cuadras. En el trayecto del colectivo me empaché de golosinas y de paisajes mundanos, llenos de historias profundas que contar. El viento jugaba con mi cabello y el sol asomó entre las nubes para bautizar mi frente. Efectivamente, era otra.

EPÍLOGO

Despertó desorientada por el silencio. En derredor se esparcían restos de comida y vasos de plástico. Una billetera atrapada en una butaca la observaba con tristeza, su interior semi-abierto mostrando los billetes. Con un escalofrío supo la verdad. Ella no volvería. Era una mochila más olvidada en un teatro.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE

Un lugar para todos

ANUNCIO A LA POBLACIÓN: Estimados habitantes de la Comuna 835, sector B. Luego de una búsqueda exhaustiva le damos la bienvenida a nuestro nuevo especialista en lenguaje, Mr. “R”, quien se encargará de los comunicados del Ministerio de la Paz. Sin más preámbulos, los dejo con él.

Mr.”R”: Buenos días. Estoy muy complacido de estar aquí con ustedes. Procedo al informe del día:

  • Hemos erradicado finalmente el vocablo “human…”. Ustedes saben cuál.
  • Aquellos términos que resultan ofensivos por su connotación negativa han sigo correctamente reemplazados por eufemismos.
  • Por otro lado (y no menos importante) hemos añadido con éxito la connotación negativa a la palabra “mérito”.
  • Además de “vocales” y “consonantes” ahora contamos con “bilabiales”, “labiales”, “abiertas”, “cerradas” y otros términos que saldrán impresos en el diccionario de las 14:48. Para ser justos ya existían, pero daremos mayor difusión a su uso.
  • Por último, hemos recibido sus reclamos sobre la altura de las letras “L” y “T” y procederemos a suprimirlas definitivamente del alfabeto, para así terminar con el concepto de superioridad.

Les rogamos que sean pacientes. Desde que descubrimos que el lenguaje no es arbitrario estamos colapsados de trabajo. Con tiempo y tolerancia haremos un mundo en el que todos estemos cómodos.

De momento me despido. Habrá nuevos anuncios en veinte minutos. Gracias por su atención.

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ANUNCIO A LA POBLACIÓN Y A LA NO-POBLACIÓN: Habitantes a quienes no les importa si les estimo o no y que pueden o no pertenecer a la Comuna 835, sector B. Luego de una búsqueda exhaustiva le doy la bienvenida al nuevo especialista en lenguaje, Mr. “R”, quien se encargará de los comunicados de Ministerio de la Paz. Sin más preámbulos los dejo con él. Pido disculpas si alguno se sintió ofendido…

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ANANCAA A LA PABLACAAN: Astamadas habatantas da la Camana 835, sactor BA. Laaga da ana básqaada axhaastava damas la baanvanada al nasatra naava aspacaalasta an langaaja, Mr. “R”, qaaan sa ancargará da las anancas dal Manastaraa da la Paz. San más praámbalas las daja ál…

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Apanupunciopo apa lapa popoblapaciopon: Epestipimadopos hapabipitapantepes depa lapa Copunupumapa 8po3po5po, sepectopor Bpe. Luepegopo depe upunapa bupusquepedapa epexhapaustipivapa dapamopos lapa biepenvipidapa apal nuepestropo nuepevopo epesciapalipistapa epen lepengupuajepe, Mr. “Rpe”, quiepen sepe epencapargaparápa depe lopos apanupunciopos depel Mipinipisteperiopo depe lapa Papaz. Sipin mápas prepeápambupulopos lopos depejopo copon épel…

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ANUNCIO A LA POBLACIÓN: Estimados Habitantes De La Comuna 835, Sector B. Luego De Una Búsqueda Exhaustiva Damos La Bienvenida A Nuestro Nuevo Especialista En Lenguaje, Mr. “R”, Quien Se Encargará De Los Anuncios Del Ministerio De La Paz. Sin Más Preámbulos Los Dejo Con Él…

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URGENTE: Interrumpimos los anuncios del día para informarles que Mr. “R” ha sufrido una crisis vocacional y no podrá continuar con sus funciones. Lamentamos su baja. Recibirá un premio a la trayectoria por su extensa duración en el puesto.

Mientras buscamos un reemplazo, los dejamos a la escucha de sus palabras de despedida:

“Que se vayan a cagar”

“Pueden irse a cagar si así lo desean, perdón si los ofendí”

“Qaa sa vayan a cagar”

“Quepe sepe vapayan apa capagapar”

“Que Se Vayan A Cagar”

“111 0011001 101 2″…

NATALIA DOÑATE

Fidelidad

Me despertaron unos redobles de tambor en la sien. Era mi corazón, que pujaba por vivir. De a poco se fueron arrimando otros sonidos extraños. Bip. Bipip. Túúúú. Alguien tomaba mi mano amorosamente.

-¿Mamá?-

-Shh… no hables por un rato, hija-.

Una enfermera daba golpecitos suaves a la bolsa del suero. Seguí la línea del cable hasta un moretón en el dorso de mi mano. Mejor mirar para otro lado.

Deslicé con cuidado mi mano derecha -la que no había sido amasijada- hasta mi pecho. Vendas. Dolor. Luces brillantes. -¡El accidente!- pensé. La mano de mi madre se veía manchada y azulada. Pura vena. La apreté suavemente y me miró con emoción. Su rostro, vacío y enjuto, pero con ojos que irradiaban un amor incondicional. Los años no la habían despojado de su hermosura.

En un sillón apartado se encontraba mi padre hablando por celular. Apenas me miró. No sabrá qué decir, pobre. Le voy a dar más tiempo. Encorvado, canoso, pequeño.

Cómo han envejecido. Quién sabe cuántas cosas me perdí, pero ya no importa queridos padres, ya estoy acá. Yo los voy a cuidar a partir de ahora.

Quería hacer la pregunta,  pero aún no estaba lista para escuchar la respuesta. Opté por hablar de nimiedades.

-¿Qué tal la comida de acá?-

-No lo sé, querida, almorzamos acá en la esquina-.

-¿Habrá algo bueno en la televisión?-

-Probablemente nada interesante amor. Igual ya nos estamos por ir en un ratito-.

No querían darme demasiada información de repente. Entendible. Pero el choque con la realidad era inminente. Había que preguntar. Pronto.

-¿Y Lucho? ¿Qué fue de su vida?-

Lucho, con sus ojos amables, sus manos enormes deformadas por años de básquet. Lucho, que en otras circunstancias probablemente habría sido mi esposo. ¿Habrá tenido hijos? ¿Un varoncito, como él quería?

-Está abajo tramitando el alta, ¿necesitás que lo llame?

Mi corazón estalló en júbilo y gratitud. No lo podía creer. Amor verdadero. Me largué a llorar descontrolada. ¡Me esperó! Quién sabe por cuántos años. Pronto nos reencontraremos, amor mío. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no está aquí a mi lado? Años postrada, cabello sin teñir, ni una manicure. Debo ser un monstruo.

-¿Cómo me veo?- Pasé los dedos desesperada por mi rostro. -¡Un espejo! ¡Necesito un espejo ya!-

-Tranquila, querida, estás vendada, no te vas a poder ver por unos días- me quiso tranquilizar mi madre.

-Pero…  ¡mi cara! ¿Cómo está mi cara?

-Bien, querida, todo lo bien que se puede esperar en esta situación.

Suficiente. La pregunta.

-¿Cuánto tiempo estuve en coma?- 

-¿Qué coma? Te viniste a hacer las lolas, apenas te sedaron. ¿Estás bien, Florencia?-

Por el rabillo del ojo vi como mi padre escupía el café.

NATALIA DOÑATE

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece.

Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones -qué va; especialmente en vacaciones- y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio rebosantes y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso un tema de Bon Jovi.

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba:

Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: 

“Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

— ¡NO! —Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo -que al final resultó ser beige- y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior -de hecho ya estaba bastante aburrido-, sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita.

El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

— BASTA.

Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado.

Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE

Reverberaciones de amistad

A la temprana edad de los cinco años conocí a quien, hoy con cuarenta y dos, continúa siendo mi mejor amigo. En esos días muchos compañeros de Salita Celeste tenían la costumbre de hablar solos. Especialmente Mariana, la nena de trencitas castañas y pecas en la nariz que olía a cerezas. Cada vez que me acercaba a hablarle, ella estaba ocupada secreteando con Carlitos. Si había un asiento vacío a su lado, Carlitos ya estaba sentado ahí. Como Carlitos era invisible, yo arrojaba patadas al aire, con la esperanza de cruzarlo. Más de una vez le debo haber embocado. Hubo un tiempo feliz (que justo coincidió con la época en la que trabé amistad con Romina) en el que Carlitos sufrió una fuerte gripe y faltó a clase, pero se recuperó abruptamente el día que retomé mi relación con Mariana. Como verán, no era muy afortunado en el amor y esta situación no ha mejorado al día de hoy.

Pero con la amistad fue diferente. Ese verano conocí a Tomás. Me encontraba con mis padres de vacaciones en Pirámides, Chubut. Se trata de un golfo ubicado en la península Valdés. Una zona turística de aguas frías cristalinas y avistaje de ballenas y lobos marinos. Rodeando la playa se encuentran unas cavernas rocosas características de la zona, capaces de hacer sentir pequeño al más engreído de los sujetos. A Carlitos, por ejemplo. Y se hacen respetar. De día ofrecen protección, pero cuando la marea sube se transforman en una trampa mortal. Algo así como una planta carnívora de piedra.

Ese año no vimos ballenas, sí algún que otro lobo marino, pero la gruta, oscura y fría en medio de esa playa llena de vida, era un agujero negro que chupaba toda mi atención. Una tarde en la que mi padre dormía la siesta, me asomé a su boca abierta.

Algo resonaba en su interior. Llamé.

“Hola ¿hay alguien ahí?”

Se escuchaba una voz alejada, pero no comprendí lo que decía, así que insistí:

“Soy Esteban. ¿Cómo te llamás?

(Muy a lo lejos, entendí) “¡Tomás!”

“¿Tomás?”

“¡Tomás!”

Tomás era de pocas palabras. La mayoría de las veces yo hablaba y él escuchaba. Le gustaban mis historias: le contaba de mi perro Bobby -que había quedado al cuidado de una tía- y de mis amigos del colegio. Pero sobre todo de Mariana. Cada tanto, me entusiasmaba y e inventaba anécdotas, como la vez que me enfrenté a dos chicos de sexto por el honor de Mariana. Era inocente, Tomás. O tal vez un buen amigo, y el inocente era yo.

Una tarde mi padre me encontró en la entrada de la cueva hablando solo y me explicó lo que era el eco, cómo las ondas se reflejan en la superficie y regresan al emisor. En conclusión, mi mejor amigo, era yo mismo.

Al principio estaba desolado. Nunca me había sentido tan escuchado y admirado. Ya de regreso en casa, hice una prueba y lo llamé con la mente.

“Tomi, ¿estás ahí?” Esta vez lo escuché fuerte y claro.

“¡Acá estoy, amigo! ¡Sí que lo engañamos a tu padre!”

Desde ese día, fue Mariana la celosa. Tomás era más inteligente y divertido que Carlitos. Me soplaba en los exámenes, me contaba chistes. Pero eso fue hace muchos años. La gente cambia.

Hoy en día es un adulto muy intuitivo que me dice en quién confiar y en quién no. A veces me da órdenes y, si bien no estoy siempre de acuerdo, yo le hago caso. Tiene un carácter podrido cuando se enoja.

El que sabe, sabe

Verano.

Adentro, dos hermanos de once y ocho años juegan ajedrez bajo el cobijo del aire acondicionado.

El público: dos perritos de peluche (uno es tan realista que impresiona), una vaca-escocesa-made-in-China (aquí responde al simple nombre de “Vacaponi”) y una oveja de plástico que, en un esfuerzo por distinguirse del rebaño, se ha puesto una gomita de pelo anaranjada a modo de collar.

Las reglas están claras y se respetan a rajatabla. Cada pieza ocupa su posición inicial y hay que moverse por turnos. El caballo avanza en “L”, el rey, de a un lugar por vez. La reina es libre pero conviene cuidarla, o la partida se extenderá indefinidamente.

Tanto la estrategia como el pensamiento a largo plazo duermen la siesta.

Un alfil heroico mata a un peón, para luego morir en manos de otro -¿quién le baja los humos ahora? La torre negra, indecisa, avanza y retrocede posiciones sin ton ni son y el caballo blanco sufre de un trastorno de personalidad en el que se cree cabra. El único que parece disfrutar del juego es el rey, quien anda a los saltitos entre cuadros (uno negro, uno blanco) como si de charquitos de lluvia se tratase. La reina lo observa con resignación. Demencia, probablemente.

De pronto, la torre tiene una epifanía y cruza el tablero de punta a punta cual jugador de fútbol en posición adelantada.

Jaque mate.

El público se retira satisfecho, a excepción de Vacaponi, que hace un berrinche revoleando piezas por toda la mesa. Los niños ríen.

Cualquiera diría que no saben jugar. Yo digo que saben vivir.

NATALIA DOÑATE

Conflicto resuelto

La vi.

Una tras otra habían desfilado las mañanas de enero en las que, deslumbrada por un sol narcisista que eclipsaba mi atención, me llevaba por delante la telaraña, y, ya una vez apartada esa suerte de tul con un asco indiferente (si es que asco e indiferencia son compatibles) continuaba con mi día. No recordaba el episodio hasta la mañana siguiente, cuando volvía a posarse en mi frente el mismo velo de novia. 

Pero esa noche de febrero abrí la puerta bajo el modesto foco del farol. Y la vi a contraluz. Hipnotizante, fascinante. Delicada y sutil. Un poco sobrenatural. Quién sabe cuántas tardes tuvo esa araña que trabajar en vano, cuántas moscas u hormigas fueron sacrificadas para que yo estuviera abierta a apreciar su arte en seda. La obra tenía un mensaje claro: “jamás te rindas”.

Con ojos acuosos y alma agradecida ante tal revelación, comprendí que había llegado el momento de enderezar mi vida. Libre al fin de excusas y culpas mal encauzadas, saldría de las redes de la mediocridad. Esfuerzo y perseverancia contra apatía y flojedad. El premio: la autorrealización de la araña.

Sólo restaba decidir el aspecto de mi vida a mejorar. Había mucho por hacer. Lo primordial sería dejar el alcohol y otras sustancias y conseguir un empleo. Luego, con algunos ahorros, mudarme del hogar de mis padres y retomar la carrera. Un poco de amor tampoco estaría mal. Tal vez un novio.

Pasé incontables noches en vela y días de arduo labor. Pero esta mañana desperté inspirada, con la frente en alto. Me dirigí a la tienda. Dos horas después destrocé la telaraña con un plumero y le vacié un tarro de veneno a la engreída esa.

Ya me siento mucho mejor.

NATALIA DOÑATE

R.I.P.

El niño de la gorra roja estaba desilusionado. Todo sentimiento es difícil de ocultar a los siete años, pero afortunadamente los adultos creyeron que se trataba de tristeza. Una emoción tan acorde a la ocasión como el traje negro de su tío Horacio, pero más llevadera con treinta y ocho grados de sensación térmica. El cementerio de la Chacarita no tenía zombies, ni gatos negros, ni murciélagos. Era un lugar despojado, inmenso y silencioso semejante a una plaza sin juegos. En definitiva, una estafa. Su esperanza de asustarse un poco se terminó de esfumar cuando escuchó a los pájaros cantar dulcemente, al parecer ajenos a toda noción de muerte.

Sus padres y su tío avanzaban por delante charlando en voz baja, mientras él se distraía mirando las estatuas y acariciando fugazmente los ornamentos de piedra y mármol. Entre tantos ángeles y cruces, una tumba en particular llamó su atención.

—Mirá, papá, a este reloj de arena le falta la mitad.

Eduardo medía casi un metro noventa, pero su delgadez lo hacía verse mucho más alto y cuando se inclinaba parecía que se iba a quebrar. Si fuese un dinosaurio, sería sin duda el Diplodocus.

–No es de arena, Rafa, es de agua. Se llama “clepsidra”. ¿Sabes por qué hay una en este lugar?

El pequeño se encogió de hombros.

—Es para recordarnos que el tiempo pasa y la vida fluye, como un río.

—No le hables de esas cosas, Edu, es muy chico.

María tenía el don de escuchar conversaciones ajenas mientras simulaba que hacía otra cosa. Y el de simular escuchar cuando le hablaban, mientras pensaba en hacer otra cosa. Un perfecto ying yang de déficit de atención. Sus ojos, eternamente fijos en un punto distante, eran la única evidencia de que nunca estaba donde debía.

—No le estoy hablando de la muerte, María, le estoy hablando de la vida. Y la vida hay que disfrutarla, ¿no? Así que tratemos de terminar con esto lo antes posible.

El niño dudó. Irse sonaba tentador. E incorrecto. Después de todo, sólo se muere una vez -a menos que te muerda un zombie, claro está, pero ya había abandonado toda ilusión de ver a uno.

El ataúd de roble barnizado yacía al lado de la fosa abierta y se veía pequeño para albergar a la inmensa mujer que había sido su tía. La imaginó intentando encoger su talle y moviendo el trasero hacia un lado y el otro, como hacía las contadas veces que la llevaban a pasear en auto y él tenía que viajar en el medio entre ella y su tío Horacio. Por un momento se alegró al pensar que eso ya no ocurriría, pero enseguida sintió culpa.

Al parecer no habría una gran despedida para Marina del Prado. Su tumba era la más austera del perímetro y se encontraba alejada de las imponentes bóvedas familiares. Rafael pensó que la frase “un hueco donde caerse muerto” no podría aplicarse mejor. Sintió pena por aquella mujer que casi no había conocido y que pasaría el resto de la eternidad sola, como había pasado la mayor parte de su vida.

—“Qué solos se quedan los muertos”… comenzó a recitar su padre.

Un anciano de ojos grises y piel casi translúcida les pidió que se acercasen para despedir a María.

— ¿Cómo María? ¿No es Marina, papá? —señaló el niño, pero su padre se limitó a llevarse el dedo índice a la boca, en una expresión que a la distancia se vería solemne.

—Deberíamos corregirlo— susurró María.

—Me parece que es un poco tarde. Mirá, ¡Hasta en la lápida dice María!

Ella leyó la inscripción horrorizada. — ¡Eduardo, esto no es gracioso!

—No es gracioso, pero tampoco es trágico. Recibimos nuestro nombre al nacer, y es lógico que al morir lo devolvamos.

— ¡Pero por qué tiene que ser justo el mío! ¿Estabas pensando en matarme a mí cuando encargaste el servicio?

—Claro que no, ¡mujer! Pero no me des ideas. Se encogió de hombros. —El tipo al que se la encargué era medio sordo, o medio estúpido.

—Sólo espero que a mi funeral vaya más gente —contestó ella tímidamente.

—Si a vos todos te adoran. Pero podrías dejar hechos unos brownies, para asegurarte.

Rafael notó que sus padres sonreían. Al parecer hablar de la muerte los ponía de buen humor. El tío Horacio se acercó con un papel tissue en la mano y se secó la frente.

–Esta tal María parece simpática, me habría gustado conocerla.

—Sí, suena mucho más agradable que la tía— contestó Eduardo y ambos soltaron una risotada.

El cura los observó con la imperturbable expresión de quien ya lo ha visto todo, y en castigo prosiguió con una minuciosa e interminable descripción del Cielo, mientras el sol teñía los árboles de anaranjado y hacía brillar las lápidas como espejos. Un excremento de torcaza aterrizó sobre el traje del tío Horacio.

A María -perdón, Marina- le habría encantado.

NATALIA DOÑATE

Congelado

Al final, te congelaste. Ahora nunca vas a tener una foto con Tati. Y no vas a conocer al personaje tan peculiar que se volvió el nene de los “ojazos”. Tal vez ya no lo recuerdes, no más de lo que él te recuerda. Pero sabe. Sabe y habla con Burli Burli sobre vos. A veces, Burli Burli sos vos.

Yo prefiero buscarte por la calle. Lo más difícil de conseguir es esa forma rara hacia afuera que tenían tus orejas. Muy esporádicamente aparecen, pero sus dueños no me saludan con un “hola pequeña”. Hace nueve años que no me dicen “hola pequeña”. Es comprensible. “Pequeña” está llegando a los cuarenta. Ya sé los colores del arcoíris, cuántos días tiene cada mes, y que el viento del este es lluvia como peste. Ya no te necesito, pero esa vez que vi a alguien con tu campera me faltó el aire. Y ni siquiera era del mismo color.

Y sueño con vos, mucho. Bueno, ya lo sabés, estás ahí. Tenemos ese acuerdo tácito de que no podés hablar (es sabido que la gente congelada no tiene permiso de hablar) y siempre fuiste respetuoso de las ciencias. Por suerte escuchás. Escuchás “te quiero y te extraño” y sonreís. Sonreís aunque sea triste. Aunque no te guste estar congelado.

La mañana en la que te perdimos justo estaba soñando con vos. Una pesadilla horrible: había “olvidado” a Rafa y volvía a casa desesperada, pensando que había pasado lo peor. Pero estaba a salvo. Lo tenías dormido en brazos, y sonreías con cara de cansado. Y ya en ese momento no dijiste nada (lo que prueba mi teoría). El alivio en el sueño fue interrumpido por la llamada telefónica, pero igual fue una buena despedida. Rafa soñaba a salvo en la pieza de al lado y tu primer visita como congelado había sido para mí (confieso que me habría ofendido si hubiese sido de otro modo). 

No tenemos asuntos pendientes. Es lo que pasa cuando llegas a los noventa y siete. Cada despedida era por las dudas “la” despedida. Y cada foto podía ser la última -al final ganó una en la que estás con un sorbete en la boca haciendo monerías a Rafa, con mamá detrás. No está nada mal y mamá merecía el honor.

Pero quería pedirte, si se puede, que rompamos las reglas un día de estos. Podría preguntarte por la época de Franco (nadie supo contarme qué te pasó ahí) y de paso grabar en mi memoria el “hola pequeña”, pues me temo que después de tanto tiempo se le infiltró mi propia voz. Pero, por sobre todo, ando buscando una excusa para verte. Para contarte que yo no me congelé. Para que me conozcas otra vez.

NATALIA DOÑATE