El último verano

Con la cálida anticipación de un sueño repetido del que ya se intuye el final, me adentré en el pequeño bosque, convencido de que al llegar al lago vería a mi amigo. Efectivamente, allí estaba, caña en mano y una lata de lombrices a sus pies descalzos. Andrajoso, inconfundible en su camisa a cuadros hecha jirones y sus pantalones sujetos por un cordel. Más alto y flaco que el año anterior, pero Manuel al fin. Arrojó un cigarrillo a medio consumir con desdén.

— ¡Parece que pesqué un forastero! —gritó sin siquiera voltear a verme.

Tenía la actitud agresiva propia de los que viven en la calle y que es la envidia de los niños mimados. Pero también tristeza. Parte de mí lo admiraba, parte le temía. Hubiese querido ayudarlo, pero no estaba en mis manos cambiar las cosas. Iba a ser nuestro último verano juntos y más valía dejarnos llevar. Caminamos en silencio, pateando de a turnos una botella hasta la feria, donde nos encontramos al resto de la pandilla. Me saludaron con el mismo entusiasmo que si me hubiesen visto el día anterior, así que fingí indiferencia para hacerme el interesante.

Funcionó hasta que la vi a Nadia. Sus trenzas de niña habían sido reemplazadas por el peinado alto que estaba de moda y usaba labial con aroma a fresa. Tuve que cerrar la boca para que no me entrase una mosca o peor aún, se me escapase una estupidez. Pasaron tres largos días hasta que me animé a hablarle y para entonces, ya estaba saliendo con Carlitos.

De todos modos fue un verano memorable. Plácido, caluroso, lleno de pequeñas grandes aventuras, de esas que refuerzan amistades pero sin llegar a bajar anclas. Intenté hacer durar cada momento, retener los olores, los colores, las tristezas y las alegrías, pero el tiempo, lento y tenaz me empujó indefectiblemente a la última tarde, nuevamente a orillas del lago; a solas con Manuel, mi favorito.

—Ésta es la despedida, ¿no? —pregunté con melancolía mientras mordisqueaba un yuyo seco.

—Siempre podemos repetir todo —dijo encogiéndose de hombros.

Pero yo sabía que no, que no sería lo mismo.

Cerré el libro con pesar y lo ubiqué con el resto de la saga, en el último hueco del estante de la biblioteca.

NATALIA DOÑATE

Prioridades

No llegaba.

El gerente iba a estar furioso. Parte de él se alegró de fallarle; saboreó la imagen de su inutilidad evidenciada ante el cliente: gritos, mejillas encendidas y un corazón bobo atragantado en la garganta. Bien merecido.

Sintió que la gente se aproximaba horrorizada. No prestó atención. Se preguntó en cambio si había pagado el gas. No. En este mundo sin humanos detrás de las líneas, con algoritmos a quienes poco le importan los imprevistos, te cortan el servicio. Y eso que su excusa era jodidamente buena. “Critón, le debemos un gallo a los del gas”. Tampoco iba a poder recibir al técnico de la heladera. Ya lo había plantado una vez, ahora iba a dejarlo con la idea de que era un narcisista a quien no le importaba el tiempo ajeno. Él, que tan respetuoso era.

Un señor mayor con visera azul marino y chaleco beige vomitó y cayó desvanecido. La mujer policía lo atajó justo antes de que tocara el suelo. Pobre hombre. Seguro iba a ir preso. Escuchó a alguien decir que se había dormido al volante. Una desgracia, parecía buen tipo. Habría querido consolarlo, pero ya se lo llevaban. “Uno a veces está en otra, somos humanos, joder”.

Sintió el pantalón húmedo. ¿Pis? No, más sangre. Menos mal, habría sido un papelón. Era curioso cómo todo eso que iba adentro, ahora estaba afuera. Se preguntó quién se encargaría de limpiar el desastre. Él se quejaba de su trabajo, pero hoy le había arruinado el día a alguien más. A lo lejos escuchó la sirena de la ambulancia. “Qué extraña prioridad, la de esta gente” pensó. Era claro que no iban a poder hacer nada allí.

De pronto vio todo negro. Ojos abiertos. “Todo negro aunque ojos abiertos”. ¿De qué se estaba olvidando? Pero ¡claro!

Él. Le dolía en el alma, pero había llegado la hora de pensar en él. En su cabello grueso de tres tonos de rubio diferentes, en sus pies enormes que auguraban un joven alto y corpulento, en sus ojos de miel, su cuerpito flaco y musculoso de tanto trepar árboles. Su corazón estalló de amor sin palabras. Quiso dedicarle un último pensamiento de despedida, mandarle su amor a donde sea que estuviese.

No llegó.

NATALIA DOÑATE

Espejo roto

Habita en mi casa una extraña criatura. Apareció una tarde fresca de agosto, invitación -que no recuerdo haberle extendido- en mano. Se veía bastante inofensiva y standard: rosada, tibia, fácilmente confundible con otros de su especie. Adorable, sí.

Con el paso de los meses fue mutando. Lo noté paulatinamente, en pequeños detalles como la forma de tomar el tenedor, el gusto exagerado por las cerezas o la capacidad de reír en medio de un ataque de llanto. Luego vinieron las expresiones faciales más específicas: la nariz arrugada al enojarse, la mueca suspicaz. Una mañana me encontré desayunando codo a codo con una réplica de mi brazo en talle small.

El problema siguió escalando en la medida en que ella se perfeccionaba cada vez más (sólo en el arte de la imitación, pues nada se aleja más de la perfección que parecerse a mí). Pasó a tener mi voz, mi entonación. Incluso mis pertenencias. Le gustaba robarme pequeños objetos, como collares y pañuelos y los guardaba en una cartera de plástico que arrastraba por toda la casa. Si me veía cosiendo, tomaba su costurero y se ponía a fabricar vestidos para sus muñecas.

Llegó el momento en el que se volvió mamá. Mi mamá. Me cubría amorosamente con una manta -así fuese pleno verano- y yo despertaba de mi siesta en el sillón hecha una sopa. Apoyaba pañuelos fríos en mi frente cuando me daba fiebre y se acostaba a mi lado a acariciarme con delicadeza la espalda. Peinaba mi cabello por las noches, y yo el suyo.

Éramos felices, hasta que cometí un grave error.

Volvía de hacer las compras cuando noté que no había clientes en la peluquería. Un milagro de viernes. Entré impulsivamente y pedí flequillo y reflejos. Cuando llegué a casa, la criatura jugaba a festejar el cumpleaños de uno de sus osos de peluche. Alzó la vista, totalmente desprevenida y se encontró con mi nuevo look. Aún puedo oír su chillido desgarrador. Creo que le rompí el corazón.

NATALIA DOÑATE

Detector de idiotas

Calificación 3/5.

Recibí el producto en tiempo y forma.

Los asesores fueron amables al momento de la compra pero se desentendieron completamente cuando tuve problemas. Pésima atención posventa.

El aparato es liviano y estéticamente agradable. El mío es rosa perlado, aunque hay varias opciones. Se coloca como un reloj pulsera y tiene la función de contar pasos y frecuencia cardíaca, lo cual es un plus. Se programa desde el celular.

Mi experiencia no terminó bien. Es una pena porque el principio fue prometedor. Cruzando el semáforo estuve a punto de ser atropellada por un inconsciente que manejaba con el celular en la mano. Cargué inmediatamente la característica en el listado y desde entonces, cada vez que pasa un negligente al volante, el aparato tira un BIP. Incluso detecta el defecto en gente que no está incurriendo en la infracción en el momento. Funciona en dos planos: previene el contacto y ataca el problema, porque al idiota el sonido le resulta desagradable y de a poco toma distancia.

El programa trae un listado standard muy práctico: soberbia, hablar sin saber, errores de ortografía, vocabulario pobre, influenciabilidad a lo que dicen los medios, consumidor de cierto tipo de shows televisivos, hipocresía, y unas cuantas sugerencias más, pero también se puede personalizar, lo cual es importante para la experiencia del usuario, ya que la definición de “idiota” varía según la persona y su cultura.

En mi caso fue esclarecedor porque gran parte de mi entorno resultó ser defectuoso. Abandoné a mi amante -aunque admito que el uso del dispositivo fue superfluo-, a mis amigos y dejé de saludar al diariero. A mi familia la sigo viendo porque hay que quererlos igual.

Pero ahora ocurre que estoy sola en mi casa y no para de sonar. El BIP BIP me está volviendo loca. Creo que el producto no es de calidad y, como todo hoy en día, está pensado para fallar al poco tiempo.

NATALIA DOÑATE

Paradoja

            Los cientos de turistas que gozaban del sol en cierta playa de Bahía no imaginaban que entre ellos se gestaba un filósofo. Torso al descubierto, toalla cruzada en la cintura y mirada perdida en el mar, se hallaba Pablo. Un termo humeante a su lado delimitaba su origen: argentino o uruguayo. Entre sorbo y sorbo se tragaba su propio aburrimiento. Era lamentable cómo se había depreciado en su interior ese paisaje paradisíaco que, una semana atrás, le había hecho replantearse su residencia. Nada dura para siempre, pero si algo estaba por lograrlo era el gasto que había acumulado en la tarjeta de crédito para hacer ese viaje.

Decidió doblar la apuesta y reservar una excursión a otra playa. A todo o nada. La misma, resultó ser un fiasco. Cuatro horas en un micro sin aire acondicionado, mala comida (bebidas aparte) en una lanchería de mala muerte y un guía grosero que olvidaba el español cuando le convenía. Fue una desgracia con suerte, porque al día siguiente era el mortal más feliz del hotel. Ni Platón habría podido explicar tan bien el principio del “placer-dolor”.

Ya de regreso en su hogar puso en práctica lo aprendido en vacaciones. Autogenerarse momentos y sensaciones desagradables para apreciar más sus opuestos. Descubrió que funcionaba de maravillas en todos los aspectos de la vida, desde los más inherentes a la naturaleza humana, como la autorrealización, hasta en los más mundanos, como disfrutar de algo dulce. Ambas situaciones producen acostumbramiento, que se supera cuando se sufre un mal trago.

Empezó con tareas simples, como visitar a parientes indeseables o pasar una noche durmiendo en el suelo de la cocina. Ante los buenos resultados obtenidos se embarcó en tareas más pesadas y agobiantes, que podían durar días. Pero pronto notó que el tiempo no le rendía, así que optó por realizar pequeñas descargas, como engancharse el dedo chiquito del pie con la pata del sillón, o morderse la lengua. Una vez se quemó con el café, pero encontró que la relación costo-beneficio no era óptima.

Con el tiempo el experimento le trajo un plus: al invocar conscientemente malos momentos, le ocurrían menos imprevistos. Había aprendido a controlar el equilibrio cósmico, o al menos eso creyó, hasta que se encontró en una encrucijada.

Le había tomado poco a poco el gustito al dolor y de pronto todo era placer. Insostenible. Al poco tiempo se convirtió en un ser adormecido incapaz de sentir nada.

NATALIA DOÑATE

Domingo

            Habitación por habitación se habían retirado los colores. Luego, se apagaron los sonidos. La casa, instantes atrás bulliciosa y alegre, le daba la espalda al día.

Sentada en el suelo fresco de la cocina, una pequeña niña encarcelada suspiraba por su jardín, más brillante que nunca tras las rejas horizontales de la persiana.

El viejo ventilador de chapa traqueteaba con fuerza procurando entretenerla, pero las rendijas de sus aspas sólo proyectaban una diapositiva insulsa: la pared de azulejos amarillos deslucida por la ausencia del sol. Nada para ver o hacer. El reloj permanecía impasible, casi inmóvil, a excepción de su aguja más larga, que con crueldad fingía tomar envión para luego dar un sólo paso contenido.

Decidió huir de ese mundo gris y e insípido, donde reinaba el ruido blanco del paso del aire, e imaginó que estaba en el mar. La cocina era el único lugar donde había tierra firme, y en cada puerta de la alacena ella llevaba lo necesario para subsistir.

“¿Qué sería eso? Veamos:

  • Puerta 1: Cajas y cajas de chocolatada.
  • Puerta 2: Sus ponis, su libro sobre la luna que sacaba a pasear a un bebé, su gato Félix de peluche.
  • Puerta 3: Arroz. Kilos y kilos.
  • Puerta 4: Papeles y lapiceras para dibujar y escribir cartas.
  • Puerta 5: Botellas vacías para enviar esas cartas.
  • Puerta 6: Un aparato que transforma el agua de mar en gaseosa.
  • Puerta 7: La videocasetera para…”

Un ruido de engranajes casi imperceptible la sacó de su ensimismamiento. Las puertas del reloj se abrieron de par en par y un simpático pajarito dio la hora: cuatro cu-cús. Pronto la vida, que esperaba pacientemente afuera, volvería a entrar, y una voz familiar daría el ansiado grito de “¡pónganse la malla!”.

La hora de la siesta por fin había terminado.

NATALIA DOÑATE

Mensaje en la heladera

Habían consumido medio almanaque desde su regreso de Europa, pero no lo asumían. La luna de miel se había colado en las maletas junto a los jaboncitos de los hoteles y ronroneaba por todos los rincones de la casa. Picnics con queso y vino en el jardín, apodos cariñosos, bailes de medianoche. Pero su sitio preferido era la cocina.

Habían comprado en Grecia un juego de imanes de letras y cada mañana él le dejaba mensajes de amor en la puerta de la heladera. Frases célebres cuya auditoría se adjudicaba y ella fingía no conocer.

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos”

“El amor es la alegría de los buenos, la reflexión de los sabios, el asombro de los incrédulos”

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor”

Una mañana ella se encontró con un verso alevosamente conocido de Shakespeare y decidió jugarle una broma, dejándole la letra de una canción famosa.

Se fue a dormir risueña, anticipando cosquillas y corridas por la casa.

Desayunó al día siguiente frente a una heladera desnuda de imanes, deseando haber sido un poco menos graciosa.

NATALIA DOÑATE

La cuna del diablo

Mi schnauzer-mini dormita con su panza redonda y tibia apoyada en el suelo, en busca de frescura. Dos juegos de patas a cada lado le otorgan tanta gracia como a un pollo abierto al medio. Su aliento empaña los azulejos en los que traza dibujos con sus patas cuando voltea a mirarme con reproche. Sé lo que está pensando, pero nada puedo hacer. Soy una cobarde. Atrás quedaron los días de revolcarse en el lago o correr una pelota.

La tomatera que planté con tanta ilusión sufre sedienta un último espejismo, mientras cientos de hormigas devoran su fruta podrida. A su lado, la rúcula florecida encanece sin haber sido jamás saboreada. Una garza desprevenida aterriza al borde del agua hipnotizada ante tantos peces. Le hago señas, pero es demasiado tarde. Ahí está el infeliz que, no conforme con herirla, la persigue hasta los confines del jardín.

En algún lugar de este paraje inhóspito descansa un huevo, que gesta silenciosamente a otro monstruo. ¿Qué será de nosotros entonces?

Nuevas telarañas adornarán los muebles de mimbre del jardín. El huerto será irremediablemente conquistado por la maleza. Mi querido perro morirá de tristeza y yo olvidaré el olor de los jazmines y la sensación del pasto húmedo en los pies descalzos. Patos y cisnes encontrarán otras rutas menos ingratas. Un verano perdido tras los cristales.    

¡Y todo por ese tero maldito!

NATALIA DOÑATE

Gone with the wind

Volaban las servilletas, los periódicos, los envases de cartón y las hormigas subidas a ellos. Los niños, apresurados, corrían tras sus pelotas de fútbol mientras los adultos doblaban las mantas de picnic. Algunas mujeres sostenían su falda con una mano y su sombrero panameño con la otra. Unos cuantos reían. En el cielo las nubes recogían con prisa sus trozos de algodón y surcaban el cielo enloquecidas.

Los únicos inmóviles éramos mis padres y yo. Bobby también estaba ahí, pero sacudía la cabeza luchando con sus bigotes. Hora de liberar al monstruo.

Frankenstein había sido creado el domingo anterior sobre la mesa de melamina blanca de la casa de mi abuelo. Recuerdo un tiempo largo de espera y de instrucciones quirúrgicas: “hilo, tijeras. No ésas no, las grandes” en el que no pude participar, hasta que, finalmente, cuatro cuerpos adultos se hicieron a un lado revelando al barrilete más grotescamente grande que haya existido. En el centro pegaron un cuadradito de papel blanco y me cedieron el honor de hacerle un dibujo. Fue un pájaro. El corazón.

Aquel sábado era el día de la verdad. ¿Volará? Mi padre lo bajó del auto dando coces y retorciéndose con furia. Casi lo perdemos, pero lo ubicó de frente al viento y lo soltó. Libre.

— ¡Está vivo!— bromeó mi madre.

Aparatoso en la tierra, imponente en el cielo. Se fueron uniendo otros barriletes, que respetaban una distancia prudencial. Parecían botes alrededor de un transatlántico. Titánico.

Por varias semanas volvimos al parque. A veces lo dejábamos aburrido en el baúl, otras lo sacábamos a volar. Mi abuelo me enseñó a mandar “cartitas”. Tomábamos trocitos de papel y hojas de árboles, los atravesábamos con el hilo y los veíamos subir dando giros hasta alcanzar al pajarito. Directo al corazón.

Una tarde tuvo un desencuentro con el viento y lo vi caer a lo lejos desgarrado. Lo cobijamos en el auto. Días después conseguimos papel de regalo metalizado y lo reparamos. Parecía un hermoso espejo. Volvimos al parque, ansiosos de ver cómo reflejaba el sol desde lo alto. Pero no voló. Quizás porque el nuevo papel era demasiado pesado. Quizás porque ya no tenía corazón. Quedó olvidado en un placard del garaje junto a los adornos de navidad. Desde entonces jugué a la pelota.

NATALIA DOÑATE