El cuerpo del delito

Javier roncaba intermitentemente, sumido a medio desvestir en un sueño elegante sport. Había aterrizado en el acolchado blanco tras otro vuelo extenuante, apenas atinando el pobre a quitarse los zapatos y aflojarse la corbata. Parecía un muñeco de torta pasado de copas.

Ella había vaciado cuidadosamente los bolsillos del saco y dispersado su contenido sobre la mesa del recibidor: llaves, celular, documentos varios y una hoja doblada en cuatro con el logo del hotel. Su carta de amor. Siempre le hacía una cuando se iba de viaje. Decidió esperar a que despertara y se la leyera en persona.

Las horas pasaron paulatinamente. El departamento era minúsculo y debía moverse en puntas de pie en las penumbras para no alterar el sueño de su marido. Cada tanto, presa del aburrimiento, tomaba el papel, pero lo volvía a apoyar. Sería más romántico escuchar el contenido de sus labios. Pasadas las dos de la tarde decidió salir a comprar el almuerzo. Regresó con una bolsa humeante de pollo al espiedo con papas y al  encender la luz, cegada por el hermoso día que hacía afuera, se encontró a Javier al fin  despierto, aunque aturdido. La habitación apestaba a encierro.

— ¿Qué hora es?

— ¡Hora de comer rico, amor!

Le dio un gran beso y con celeridad abrió las persianas. El sol y el aire acudieron en su ayuda. Mientras ponía la mesa notó de reojo que la hoja había desaparecido.

— ¿Qué hiciste con mi cartita? —preguntó con fingida voz de niña.

Él palideció. — ¿La leíste?

—Claro que no, esperaba a que me la dieras vos, como corresponde.

Pareció aliviado. —Era muy cursi —respondió. —La tiré a la basura.

—Ay, Javier, siempre tan duro con tus sentimientos. Yo quería leerla.

Él la tomó sorpresivamente por la cintura y la sentó en su regazo. Entre besos le describió el contenido de la carta: que la había extrañado muchísimo, que la amaba, que no veía la hora de tenerla en sus brazos. Nada nuevo. Almorzaron en silencio y luego partió a hacer una visita exprés a su madre que vivía a pocas cuadras.

Ella juntó la mesa y cuando estaba por tirar las sobras notó una pequeña discrepancia. El cesto de basura estaba completamente vacío. Apresurada, lo sacó a la vereda aunque estaba a medio llenar y procedió a lavar los platos.

NATALIA DOÑATE

Plumeritos

“Cola de Zorro” o “Hierba de las Pampas”. Pennisetum, para los entendidos. Para mí, “Plumeritos”. A ellos les da igual. Como igual les da si los miro, si me agradan, o siquiera si respiro.

Cual realeza en carroza se dejan adular por el viento, arrojando con desdén monedas de pelusa que un jardinero negligente no dejará eclosionar en vástagos reales (tampoco es que les importe demasiado la posteridad). Sus cabezas, adornadas de sobrias flores, saludan al sol en un movimiento pendular que nada tiene que envidiar al saludo de una reina y allende el camino, el solícito lago los vitorea con cegadoras luces.

Mi jardín está de fiesta. Peces de todas formas y colores, un pequeño huerto que me ha dado los mejores tomates que probé en mi vida, patos que huyen despavoridos ante mis infructuosos intentos de amistad. Mariposas de a decenas, posándose delicadamente cual confeti. Pero esta tarde sólo tengo ojos para los plumeritos. ¿Serán parientes -primos lejanos, tal vez- de todos aquellos plumeritos, hijos de nietos de biznietos de plumeritos, que desfilaban en la ruta camino al Villa Gesell de mi infancia, tan queridos por mí y tan distantes como sus congéneres de mi patio?

Siento pena por el lago. Para ellos no es más que una pobre excusa de agua. En el fondo aman el mar. ¿Cómo se explica sino el color arena de sus penachos, su romance apasionado con el viento y el arrullo de su paja? Sé que si los probara, incluso sabrían a sal. Pero no, no los toco, ¡no osaría hacerlo!

Me limito a dedicarles estas líneas, que les debo desde hace años y que en nada alterarán ese reinado suyo, perfecto, en el cual yo no existo.

NATALIA DOÑATE