Tabla rasa

Alejada temporalmente de los asuntos mundanos, una criatura ancestral urdía ambiciosos planes. Era un ser sabio e inteligente, íntimamente familiarizado con los deseos y debilidades humanas. Resguardada en las penumbras se preguntaba cómo había llegado a una comprensión tan profunda del universo. Era omnipresente. Hacía tiempo que no salía, pero no albergaba ninguna duda: allá afuera existía un planeta hermoso, tan naturalmente salvaje como poético; con sus límites y fronteras, accidentes, climas y habitantes, que conocía a la perfección. Su hogar. Podía verlo con sólo cerrar los ojos.

Lo que más extrañaba era el sol. Le había tomado un buen tiempo deshacerse de aquel cuerpo decrépito y dolorido, pero pronto podría sentir sus rayos nuevamente en la piel. Sería imparable. Puro potencial. Sólo necesitaba alimentarse bien y juntar fuerzas. Esta vez no se distraería con pequeños placeres. Iría a por todo.

Al principio tendría que disimular, por supuesto; entremezclarse como un agente encubierto. Entre tanto, de forma paralela, iría acumulando grandes sumas de dinero. Sabía cómo hacerlo, tenía los números de lotería que habían salido a lo largo de la historia y los que seguirían a continuación. También manejaba un extenso conocimiento sobre los mercados financieros y el futuro. Todo era tan simple que hasta parecía injusto.

Eventualmente reclutaría adeptos. Sería interesante hallar a otros como ella, pero también peligroso: mejor conformarse con unos cuantos humanos aceptablemente inteligentes. Un ejército fiel, armas, medicina y tecnología eran todo lo que necesitaba. Tomaría el mundo de manera pacífica, preferentemente, y enseñaría a esa especie a comportarse, a respetar a la naturaleza, a trabajar arduamente. Llevaría a la humanidad hacia un nuevo Iluminismo, pero esta vez bajo sus reglas.

De pronto, la tierra se sacudió. Era la señal para dejar la guarida. Lo hizo lentamente y con cautela. Al principio se sintió encandilada, pero poco a poco sus ojos se acostumbraron. Allí estaba su viejo mundo.

Quiso dar un grito de triunfo, pero una bocanada de oxígeno se abrió paso hasta sus pulmones en una descarga tan fuerte que la sacudió de pies a cabeza.

Aturdida, intentó pensar y no pudo. No conocía ninguna palabra en ninguna lengua. Sólo veía luces y colores carentes de significado. Una sensación dolorosa que no supo explicar comenzó a trepar por su estómago.

Frustrada e impotente, se largó a llorar.

— ¡Felicidades! —dijo el doctor. —Es una niña.

NATALIA DOÑATE

Lágrimas en el té

            Agua salada goteaba de sus ojos y, una vez endulzada en el té, hacía el recorrido de regreso a su cuerpo, ingresando por la boca.

— Te estás tomando tus propias lágrimas —observó su padre.

Ella rió, pero permaneció en silencio.

Esa tarde había tomado un taxi hasta el barrio de su infancia y observado cómo se ponía el sol en la autopista. Sabía que ése había sido, irrevocablemente, el último día en que él había existido sobre la faz de la tierra y sentía que, con la luz del atardecer, otra más pequeña y querida se apagaba. Una que no regresaría al día siguiente.

Ahora, bebiendo el reconfortante “té a la lágrima” en el comedor de la que había sido la casa de sus padres, entendió que aún le quedaba algo de tiempo. Que así como en ocasiones habían compartido bromas, peleas, juegos o empanadas un domingo aburrido, en ese momento estaban unidos por la tristeza.

Llegaría el día en que el dolor de su ausencia sería lejano y podría sonreír ante un tablero de ajedrez, un Volvo color plata, o un buzo con capucha. Era inevitable; conocía la sensación porque no era la primera vez que perdía a un ser querido. Pero él merecía algo mejor. Por eso, extendería lo más que pudiera la sensación de pérdida reciente; el mate sin vaciar sobre la mesada de la cocina, las migas en la mesa, el placard lleno de ropa.

Lloró toda la noche. En algún momento apoyó la cabeza sobre la mesa y reanudó su llanto en sueños.

Los rayos de un sol nuevo le hicieron abrir los ojos. Sobresaltada levantó la cabeza. Él permanecía frente a ella, leyendo el diario.

— Te queda linda la mesa marcada en la mejilla —observó.

Agradecida, supo que no la abandonaría hasta que estuviese lista.

NATALIA DOÑATE

El acuario

            Horacio era un escritor innato a quien la falta de tiempo, consecuencia de un empleo exigente, lo había alejado de su sueño. Tras un par de intentos que no llevaban a buen puerto decidió dejar de presionarse y trazar un plan a largo plazo. Abriría una “Caja de ahorro de ideas” donde depositaría los distintos pensamientos interesantes que surgieran en su mente. Algún día les dedicaría el tiempo que merecían y para entonces ya tendría suficiente material para una novela, o quizás dos.

Tomó una resistente caja de cartón de buen tamaño, intentando hacer caso omiso al interrogante de cuánto dinero habría gastado su mujer en ese par de botas, y le recortó una ranura. Luego, con un marcador indeleble escribió “IDEAS” y dibujó una lamparita. Finalmente unió la tapa al resto de la caja con cinta adhesiva para no tentarse a abrirla antes de tiempo.

Como ceremonia de inauguración recortó un trozo de papel y escribió su primer aporte:

“Una novela sobre cómo un sujeto común y corriente colecciona ideas y un día las entrelaza en una gran historia.”

Satisfecho con el uso poético de la palabra “entrelazar” guardó la improvisada urna en el armario del garaje, el cual visitó periódicamente desde entonces. Rimas, frases sueltas, anécdotas, recortes del diario, hasta una publinota sobre un “detector de idiotas” que le resultó absurda, todo servía. Era crucial documentarse lo mejor posible.

Finalmente llegó el día en que se despidió de sus compañeros de trabajo y regresó a casa con un champán y una placa. Hora de volverse escritor. Sin esperar un segundo más, sus manos ávidas de acción tomaron la caja, cuyo peso había aumentado proporcionalmente al de su dueño. Extendió las tijeras a su mujer, quien hizo los honores con el corte de cinta.

—En este humilde acto doy por inaugurada la próxima fase de mi vida —sentenció con alegría y dispersó el trabajo de años sobre la mesa.

El patetismo de la imagen fue una metáfora tan perfecta de su ilusión destrozada, que ni el más consagrado poeta lo habría descripto mejor. Los papeles estaban estropeados, devorados, rotos en mil pedazos. Con un hilo de voz pidió quedarse a solas para revisarlos uno por uno.

“colecciona ideas”

“arma de fuego”

“hormigas por doquier”

No había nada que rescatar. Pura basura. Como llamada por el sonido de su llanto, su mujer abrió suavemente la puerta y le preguntó cómo se sentía.

—Terriblemente culpable —respondió.

En vano intentó ella explicarle que se trataba de polillas u otros insectos. Él estaba convencido de que sus amadas ideas, hacinadas en ese pequeño espacio y sin ningún tipo de sustento, se habían comido entre ellas, como ocurre cuando se juntan peces incompatibles en un acuario.

NATALIA DOÑATE

La vida misma

            El hombre se hallaba a gusto. Había invertido los ahorros de su modesta jubilación en una escapada de vacaciones a la costa y ya llevaba tres días dedicados a deambular entre el bosque y la playa. Sentía los pulmones limpios y las piernas tostadas. Su horario preferido para caminar era por la mañana temprano, pues acostumbraba madrugar, pero tras un encuentro desagradable con un grupo de borrachos se había decantado por la media mañana; horario de deportistas y familias con niños. Llevaba consigo un palo de escoba a modo de bastón, que no cumplía otra función que recordarle los paseos por las montañas que hacía en su juventud, donde era menester llevar un arma para defenderse de los perros salvajes y los pumas.

Calzaba una gorra visera blanca que lucía un bordado de anclas y nudos, regalo de su hijo el marino, y llevaba las viejas sandalias marrones en la mano. No necesitaba nada más; su piel seca y escamosa renegaba del protector solar y los lentes de sol opacaban el paisaje. En su muñeca izquierda, un reloj pulsera de grandes números calculaba los minutos de recorrido, de modo que se tomaba media hora para la ida y media para la vuelta. Esa mañana saldría en dirección opuesta, hacia rumbos desconocidos.

Caminó unos veinte minutos bordeando el mar. Era una sensación maravillosa; de no ver las uñas de sus pies creciendo como ramas amarillentas a causa de los hongos y el dorso de sus manos cubiertos de manchas, creería que tenía treinta años. El agua era igual de fresca, la arena le hacía el mismo masaje exfoliante en las plantas de los pies que cuando joven y sus fosas nasales captaban el mismo olor a mar. Su vista nunca había sido buena, con lo cual no había nada que extrañar en ese aspecto. Se encontraba recitando una poesía en su mente, cuando una voz antipática lo detuvo.

—Señor, no puede ingresar a esta zona.

Detrás de un matorral surgió un hombre con un gorro panameño y una tabla de surf en la mano. Recostada sobre una lona a unos metros, una despreocupada mujer leía un libro. Ambos estaban completamente desnudos.

—Como verá, ésta es una playa nudista —dijo el joven señalando sus partes privadas, que para ser justos, pasaban bastante desapercibidas.

El anciano se ruborizó.

—Mil disculpas, caballero, señora. No tenía idea.

Acto seguido, se bajó la malla y siguió su camino como dios lo trajo al mundo, sólo que mucho más arrugado. Ante sus ojos desfilaron cuerpos de todas formas y tamaños, pero él solo tenía ojos para un muelle que divisaba en el horizonte, al que sabía que no llegaría pero quería ver con mayor precisión.

Unos minutos después, sonó su alarma. Tiempo de volver. Le habría gustado seguir un poco más, pero sabía que, si lo hacía, al día siguiente sus rodillas le pasarían factura. A esa edad era más conveniente dosificar la felicidad. Se refrescó la nuca y los brazos con agua salada y emprendió el regreso.

Al rato, un grito interrumpió sus pensamientos:

— ¡Señor! ¿pero qué hace?

Se giró con paciencia para explicar a quien correspondiera que el hecho de ser viejo no era un impedimento para estar ahí. Cada cual a lo suyo. Pero quien lo observaba era una señora de su edad, vestida con una malla enteriza de flores. Tenía en sus brazos un caniche diminuto que se puso a ladrar con histeria, más escandalizado que la dueña, que sólo parecía preocupada por su salud mental.

Comprendió que ya no estaba en la playa nudista y se apresuró a ponerse la malla, que ondeaba como bandera en su palo de escoba. Tuvo una idea; desde entonces, programaría tres alarmas en el reloj: una a los veinte minutos para quitarse la malla, otra a los treinta para emprender el regreso, y otra a los cuarenta para vestirse. Eso sí, era importante salir en la dirección correcta.

El incidente no pasó a mayores; la mujer había visto cosas peores y pensó que se trataba de un loquillo amable. Él pasó el resto del camino pensando en lo difícil que era andar complaciendo a todo el mundo.

NATALIA DOÑATE

Aquellas pequeñas cosas

            Su tigre miniatura la miraba con reproche a través de la ventana. Era descortés sacarlo a esa hora, pero más lo sería dejarlo adentro. Encendió el gas y se recostó en la cama. No debería tardar demasiado, después de todo, vivía en un monoambiente. Cerró por última vez sus ojos de largas pestañas e imaginó la escena en el noticiero.

—Tragedia en el barrio de Palermo. Presunto suicidio de mujer de treinta años que fue hallada… con el cabello grasoso y apestando a sudor. No, no. Debía mejorar eso.

Se apresuró a apagar el gas, abrió la única ventana que tenía mosquitero para que no se metiera el michi y corrió al supermercado. Se trataba de su último baño, debía hacerlo bien. Después de todo, era una perfeccionista.

Ya de regreso, equipada con sales minerales de grato aroma y un set de velas, se relajó en el agua caliente mientras se rasuraba las piernas. Luego se perfumó, se dio un toque de rubor ligero para verse naturalmente bella y se dirigió a la cocina. Estaba por encender nuevamente el gas, cuando sintió el olor a sopa de los vecinos. Pensó que, si los culpables de los crímenes más atroces tenían derecho a una última cena, también lo merecía ella. Encargó pizza y helado y encendió el televisor.

Para cuando llegó el pedido estaba enganchada con una serie. Le dio una propina ridículamente generosa al repartidor y se divirtió al advertir admiración en sus ojos. Siempre había sido bonita, pero el baño relajante y la falta de preocupaciones le habían rejuvenecido el rostro con mayor efectividad que cualquier crema.

Se arrojó al sillón a deglutir el pan con mozzarella con un inmenso placer, sólo opacado por la ausencia del gato. Abrió la ventana y lo hizo ingresar. Dos horas después los ojos le ardían por tanta pantalla y aún estaba lejos de terminar la serie, que resultó tener siete temporadas. Sintió lástima por los protagonistas; tenían muchísimos problemas. Tal vez sería mejor idea continuarla al día siguiente, después de todo, se había largado a llover y sería cruel sacar al minino, que dormía hecho un bollito en la almohada. Era hermosa, la lluvia. Un día se despediría de ella saliendo a caminar sin paraguas. Pero en verano; ahora se congelaría.

Lavó los platos, puso la alarma del despertador, que había desprogramado para no importunar a los vecinos, y miró de reojo a la hornalla de la cocina, fastidiada de tener que vivir unos meses más.

NATALIA DOÑATE

Taza para uno

            Una pequeña cola rosada escabulléndose tras el mueble del televisor tuvo más repercusión en su cerebro de lo que hubiese tenido una sesión de electroshock. Miró asqueada en derredor y tras el paso lógico de llamar al fumigador, decidió que era hora de una limpieza profunda.

Comenzó por el dormitorio, pues la idea de haber compartido sueños y pesadillas con esas criaturas peludas de ojitos amables era más de lo que podía tolerar. Efectivamente, encontró heces duras que atestiguaban que su cuarto había sido cuna de toda una civilización de roedores. Los habitantes habían perecido, como le aseguró una y otra vez el verdugo contratado a tal fin, pero la limpieza estaba a cargo de ella. Vació cajones, desnudó perchas y se preguntó cómo había cupido esa montaña inescalable de ropa en su pequeño placard. Pero fue cuando tomó en sus manos una camisa de seda fucsia con hombreras, que se prometió que nunca más se iba a dejar estar así.

Conservó unas pocas prendas que usaba a menudo y fue obsequiada con un gran “gracias” por parte de la ONG donde dejó los donativos. Redobló esfuerzos en tirar, regalar y limpiar. Al poco tiempo su casa era digna de una revista de minimalismo. Los granitos de arroz negro que habían dejado las ratas ahora se le antojaban pequeñas reliquias, pues escaseaban y al limpiarlos sabía que era la última vez que los vería. Apestaba a lavandina y eso le gustaba.

Dudaba una tarde entre dejar el espacio de la biblioteca para adornos o simplemente deshacerse del mueble entero, cuando una pequeña lucecita oculta en un rincón abrió sus alas y se posó en su frente. Poesía. Se quedaría con los libros de poesía. Varias luces la acompañaron esa semana. Circulaban libres por la casa y le acercaban bellos mensajes.

Un domingo de lluvia notó una sombra opaca, como un insecto muerto flotando en el café con leche.

Una taza sola para una mujer sola”.

Arrojó el líquido por la pileta y salió a caminar. Volvió empapada con un reluciente juego de desayuno para seis personas-posibles-visitas. Y dos paraguas por las dudas.

Con un nuevo y colorido almohadón de seda asfixió a una mancha del sillón que se jactaba de que sólo ella y nadie más la vería. Pero los problemas aumentaron. Pensamientos oscuros se arrastraban por la casa sin que nada los frenase y dejaban huevos por doquier.

Tapó rejillas y colocó algunos objetos para espantarlos. Un atrapa sueños en el dormitorio, adornos alegres en los muebles, velas y sahumerios, ropa para salir por si tenía una cita, maquillaje por la misma razón, una bicicleta fija, pesitas y bandas, la vaporera de la publinota para comer más verduras, una olla extra grande por si venían sus hijos y nietos a comer pastas. Juguetes para niños “¿usaban juguetes aún?”. Por la dudas, una Playstation.

Se encontraba unos meses más tarde apretujando sus nuevas botas dentro del atestado placard cuando lo vio. Un granito negro de arroz.

NATALIA DOÑATE

Guía espiritual

            Lunes y miércoles tocaba el 43 “Vista”. Suena extraño, pero los departamentos de los rascacielos se sienten insultados si se los denomina como “A”, “B” o “C”. En este edificio en particular las opciones eran “Hori” (por horizonte), “City” y el ya mencionado “Vista“. Había otros que ocupaban un piso entero, pero afortunadamente no tenía clientes allí. Se rumoreaba que eran habitados por rockstars que destrozaban todo, menos sus billeteras a la hora de pagar.

El Gurú estaba bien. La mayor parte del tiempo viajaba fuera del país y ella se limitaba a quitar el polvo superficial, lavar sábanas y toallas, peinar pelucas y planchar alguna que otra túnica. Las había de todos los colores, pero su preferida era la blanca. En apariencia insípida, se transformaba en un show de luces cuando se presionaba el botón oculto en una de las mangas. Tenía que manipularla con extremo cuidado y recargarle semanalmente las baterías, o el señor sufriría el oprobio ante miles de fieles.

Los días que lo cruzaba eran un poco más pesados. Narcisista incorregible, la perseguía por todo el departamento mostrándole sus trucos y alardeando de su cantidad de fans. Ella fingía no saber muy bien a qué se dedicaba, aunque había visto sus videos online, donde hordas de fieles caían desmayadas en éxtasis ante un movimiento de su mano.

Sin toda la parafernalia era un hombre corriente: algo excedido de peso, calvo, ávido de atención. Hasta el color de sus ojos era falso. Los lentes de contacto celestes cielo con un toque de verde agua miraban sin ver desde el mármol de la mesada del baño. Pero a rasgos generales era un cliente bastante llevadero y tenía el plus de que podía jugar con sus disfraces cuando él no estaba. Sólo debía tener la precaución de no usar perfume para no delatarse.

Un día se encontraba limpiando cuidadosamente unos adornos que se veían costosos en el living, cuando él apareció, cerveza en mano y en pantuflas. Se sentó en su lugar del sillón habitual y empezó a suspirar con alevosía. El show de ese fin de semana se había cancelado por lluvia y su abstinencia de atención comenzaba a aflorar. Lo oyó decir con voz paternal:

—Te observo, María. Pareces muy ocupada limpiando, pero yo sé que tu cerebro está más ocupado aún. Te oigo pensar y tus pensamientos interfieren con los míos, no me permites concentrarme.

Ella apeló a su estrategia habitual de abrir los ojos y simular adoración. Pero esta vez el hombre estaba aburrido y no iba a ser suficiente.

—Ven, siéntate a mi lado. Te haré una limpieza de alma.

No sintió miedo. No era un pervertido, sólo una persona infantil que no soportaba estar sola. Pero ella tenía cosas que hacer y la estaba fastidiando.

—No debo, Maestro. Tengo otro departamento que limpiar en dos horas y no llegaré a tiempo.

El hombre pareció turbado. ¿Qué departamento podría ser más importante que el suyo? Había gente que viajaba miles de kilómetros sólo para divisarlo a la distancia y esta mujer ignorante tenía el tupé de rechazarlo. Le iba a mostrar lo que se estaba perdiendo, quiera o no.

—Te propongo un trato, hija mía. Te ayudaré a terminar con la limpieza y luego nos tomaremos veinte minutos para que yo te purifique a ti.

María se sintió terriblemente incómoda, pero no vio una opción mejor que aceptar. Le extendió un trapo y le explicó lo que tenía que hacer. Él, desesperado por terminar y hacer el rito, siguió las instrucciones al pie de la letra.

Había mucho más por hacer. Como sólo tenían una mopa, él trapeó el suelo mientras ella limpiaba los baños. Luego le enseñó a cargar el lavavajillas. Entre los dos pasaron la gamuza por los muebles y tendieron la cama, uno de cada punta para que quedase bien tirante. Pronto el Gurú se sintió más confiado y proactivo. Ordenó la ropa del placard, vació los cestos de basura y llamó a la empleada para mostrarle lo bien que le había quedado. Ella lo felicitó y lo desafió a responder un examen oral sobre el uso de los productos de limpieza, el cual aceptó gustoso. Acertó en casi todo; sólo confundió el polvo del lavavajillas con el del lavarropas, pero ella minimizó la situación diciendo que a veces también le pasaba (desde ya no era cierto).

Se despidieron en el pasillo de la entrada de servicio, donde le mostró el gran cesto gris donde se arrojaba la basura. Ella tomó el ascensor al 25 “Hori”, más cansada que nunca y con el tiempo justo, a pesar de haber recibido ayuda. Él regresó al departamento, pensando en cómo idear un sistema para clasificar sus piedras mágicas.

Estaba tan satisfecho por la mañana de trabajo que ni notó que había olvidado purificar a María.

NATALIA DOÑATE

Todo por amor

 

            Me abandonó una tarde. Solía tomarse la hora del almuerzo temprano (como yo, que de pura ansiosa me siento a la mesa a las doce en punto) y regresaba al rato. En épocas de lluvia podía extraviarse por días, pero eventualmente volvía a mí. Esa simple verdad universal a la que tiene acceso cualquier cuerpo opaco me fue negada de repente y quedé sola, sin otro indicio de mi existencia en este mundo que un reflejo fantasmal en los vidrios de los locales.

Afortunadamente la gente de ciudad vive apurada y no notó su ausencia. En otros tiempos me habrían tildado de vampiro. Pero aunque no se tratase de un asunto de vida o muerte, pensaba en ella todo el tiempo. Extrañaba verla enflaquecer y volverse alta como un gigante por las tardes, o burlarme deformándose en las calles de adoquines.

Otras veces me seguía mansamente como un perro viejo, y yo sentía su presencia sin necesidad de voltear a verla.

Decidí luchar por ella.

Por semanas salí a buscarla. Cuando algún transeúnte con alma de boy scout me preguntaba si había perdido algo, le decía que un pendiente. Funcionó bien, hasta que un alma más inteligente que el promedio me hizo notar que llevaba ambos puestos.

Cambié de estrategia. Procuré atraerla a mí, volviéndome más interesante. Formé animales con las manos y usé vinchas con orejas de gato y de conejo con la ilusión de que le intrigara ver cómo le quedaban. Pero no apareció. Incluso probé darle celos, acercándome a extraños y compartiendo sus sombras, pero sólo logré sentirme más nostálgica (y algo juzgada, a decir verdad).

Dicen que el amor puede estar a la vuelta de la esquina, y al final, así fue. Una tarde me encontraba distraída haciendo cola para comprar café, cuando vi a un hombre muy atractivo unos pasos más adelante. A sus pies estaba ella, tomando a su sombra varonil de la mano. Parecían enamorados. Tenía que actuar rápido.

Me acerqué con mi mejor sonrisa y observé:

—Parece que nuestras sombras se enamoraron.

Me miró con curiosidad y rió. Ya de novios me confesaría que mi forma de encararlo le pareció adorable. Yo no recuerdo mucho de esa charla; sólo me importaba ver cómo reaccionaba ella. Para mi alivio, comenzó a imitarme. Por fin estaba completa de nuevo. Aparentemente se había encariñado con la sombra de ese sujeto y había sido arrastrada por su dueño como un papel pegado a la suela de un zapato.

Hice lo único que podía hacer para no perderla de nuevo. Lo miré a los ojos y con un gesto tímido le tomé la mano.

NATALIA DOÑATE

San Valentín

            Estaba arrepentida, pero ya era tarde para cancelar. Lo que había iniciado como una idea romántica ahora se le antojaba un juego morboso. Escuchó el mensaje que ya sabía de memoria en el contestador:

—Feliz San Valentín, amor, a las nueve estoy por ahí.

Eran las ocho y media. Había velas, vajilla nueva y flores. Cursi para el estilo de ambos, pero por esta vez valía todo. Como a ninguno le gustaba demasiado el alcohol, se había decantado por un vino barato de cartón, que reposaba ahora con aires de nuevo rico en los delicados cristales. Imaginó lo cliché que se vería su copa cuando tomase un falso sorbo y la manchara con pintalabios.

Subió el horno para dar una leve recalentada a la carne con papas que había preparado. Mismo menú que el año anterior, salvo por el postre, que ahora tenía un touch gourmet: una base de limón, coco rallado y miel donde pondría la bocha de helado y la bautizaría con chocolate líquido. Se había lucido.

Miró el reloj y el corazón le dio un vuelco. Las nueve menos cuarto. Mareada, se sentó en el sillón y su cuerpo convulsionó en un llanto seco. Realmente había sido una idea muy estúpida. Pero los minutos siguieron transcurriendo y el teléfono no sonó. Esa mujer que le había arruinado el día no llamaría este año. Se sintió transpirada y fue a refrescarse al baño. Lo peor había pasado.

Por fin sonó el timbre. Vestía traje y traía un ramo de flores enorme. Estaba tan nervioso como ella.

—Perdón amor, llegué cinco minutos antes, pero es que me estoy haciendo pis.

Se abrazaron. —Técnicamente estás llegando un año menos cinco minutos tarde, pero te perdono —respondió encogiéndose de hombros.

Mientras él se dirigía cojeando al baño, ella desarmó apresuradamente su bolso del hospital. Había sido la peor época de sus vidas. El accidente, la mujer policía que le había dado la noticia por teléfono sin un ápice de empatía. Noches de incertidumbre en la guardia y horas eternas de silencio, interrumpidas ocasionalmente por la protesta de algún mueble de madera. Pero eran las nueve y diez y él estaba en casa. Le habían dado el alta dos días atrás y venía parando en lo de un amigo para hacer esa noche más memorable.

— ¡El horno!

Corrió a apagarlo entre risas, deleitándose por lo bien que le sentaba preocuparse por pavadas. No había sido tan mala idea, después de todo.

NATALIA DOÑATE

Dos perdedores

            En el pasillo de la casa de mis padres, frente a un óleo enmarcado en presuntuoso bronce donde dos niños tomados de la mano -probablemente hermanos- se acercan al mar, grita en silenciosa súplica un pobre anciano. Tonos marrones delimitan su enjuto rostro en la fluida armonía propia de las acuarelas, pero en el centro, sus agonizantes ojos azules atraen la mirada sin enfrentarla, entretenidos en algo que escapa a la vista de este mundo. Probablemente algún transeúnte ofreciéndole pan o limosna.

El amigo del pintor me contó que se trataba de un mendigo retratado hace décadas en el barrio de Barracas. El desafortunado modelo había llegado desde un país lejano al puerto de Buenos Aires, donde pretendía pasar una breve temporada, pero se quedó dormido la mañana del regreso y el barco zarpó sin él. No tenía dinero para comprar otro pasaje. Tampoco hablaba el idioma. Eventualmente se volvió parte del paisaje, luciendo la expresión en la que lo inmortalizó el artista. Un Cronos de Goya pero sin maldad. Sólo desesperación.

¿De dónde provenía? ¿Por qué nadie lo ayudó? ¿Qué fue de su familia, si es que tenía una? ¿Cuánto lo habrán esperado la esposa e hijos en vano en el puerto antes de decidirse a regresar a casa sin él?

Espacios en blanco de una vida que se quedó al otro lado del mar.

Una anécdota incompleta.

La culpa es del tiempo, que se divierte jugando con los mortales. Por minutos, un buen hombre perdió su viaje y por un exceso de años transcurridos desde entonces, hemos perdido nosotros gran parte de su historia.

NATALIA DOÑATE