Lágrimas en el té

            Agua salada goteaba de sus ojos y, una vez endulzada en el té, hacía el recorrido de regreso a su cuerpo, ingresando por la boca.

— Te estás tomando tus propias lágrimas —observó su padre.

Ella rió, pero permaneció en silencio.

Esa tarde había tomado un taxi hasta el barrio de su infancia y observado cómo se ponía el sol en la autopista. Sabía que ése había sido, irrevocablemente, el último día en que él había existido sobre la faz de la tierra y sentía que, con la luz del atardecer, otra más pequeña y querida se apagaba. Una que no regresaría al día siguiente.

Ahora, bebiendo el reconfortante “té a la lágrima” en el comedor de la que había sido la casa de sus padres, entendió que aún le quedaba algo de tiempo. Que así como en ocasiones habían compartido bromas, peleas, juegos o empanadas un domingo aburrido, en ese momento estaban unidos por la tristeza.

Llegaría el día en que el dolor de su ausencia sería lejano y podría sonreír ante un tablero de ajedrez, un Volvo color plata, o un buzo con capucha. Era inevitable; conocía la sensación porque no era la primera vez que perdía a un ser querido. Pero él merecía algo mejor. Por eso, extendería lo más que pudiera la sensación de pérdida reciente; el mate sin vaciar sobre la mesada de la cocina, las migas en la mesa, el placard lleno de ropa.

Lloró toda la noche. En algún momento apoyó la cabeza sobre la mesa y reanudó su llanto en sueños.

Los rayos de un sol nuevo le hicieron abrir los ojos. Sobresaltada levantó la cabeza. Él permanecía frente a ella, leyendo el diario.

— Te queda linda la mesa marcada en la mejilla —observó.

Agradecida, supo que no la abandonaría hasta que estuviese lista.

NATALIA DOÑATE

El octavo Santa

            Enfundadas en holgadas prendas de segunda mano, dos niñas aguardaban su turno con impaciencia. Papá Noel, micrófono en mano, leía los nombres de un listado alfabético y los emparejaba con un paquete. Una algarabía digna y ordenada conducida por un Santa peculiar: alto, bronceado, de mirada joven y con unos cuantos kilos de menos. Perfectamente saludable. Totalmente inadecuado para el rol.

“Éste sí que no puede ser el de verdad” pensaba Milagros, pero se guardó de transmitir el recelo a su pequeña hermana, quien, en puntillas de pie, procuraba acortar unos centímetros de distancia con aquel ente mágico. Año a año habían desfilado por el centro comunitario los más diversos hombres disfrazados, algunos de tupidas barbas, otros acompañados de simpáticos elfos. Cambiaban voces, color de ojos, altura… pero los regalos eran más o menos los mismos y podían dividirse en dos simples categorías: “estándar” y “usados”.

Los primeros eran juguetes nuevos pero poco atractivos; se rompían fácilmente y estaban divididos por sexo y rango de edad, de modo que todos los niños que compartían ciertas características tenían exactamente el mismo regalo. Hubo un año en que todos los varones recibieron pelotas y, sabiendo que para jugar al fútbol basta y sobra con una, intercambiaron obsequios con algunas nenas y se dedicaron a realizar cirugías estéticas a las desafortunadas muñecas.

Los segundos eran de lo más diversos. Venían envueltos en papel, sin paquete. Solían tener partes rotas o piezas faltantes, aunque se notaba el esmero de manos anónimas en acicalarlos. Eran los que más la entristecían. No comprendía por qué el verdadero Papá Noel visitaba a los demás niños de la escuela, pero no a los que vivían con ella en el hogar. Tenían chimenea y árbol como cualquier otro.

La semana de clases entre Navidad y Año Nuevo era fatal; sus compañeros de colegio aparecían con relucientes juguetes y ella tenía que simular haberse olvidado el suyo en casa. Unos años atrás, Marta había recibido una perrita Chichi, que ladraba y respondía órdenes. Le habría encantado tener algo así propio, aunque su amiga se la prestara sin problema. Dos navidades más tarde, su deseo se hizo realidad. Sin paquete, con una mancha de marcador en la oreja que ella misma le había hecho sin querer y lo peor, con el mecanismo roto. No se sorprendió, sabía que Victoria, la hermanita menor de Marta, la había sumergido en agua. Desde entonces evitó llevar sus regalos de segunda mano al colegio; temía que sus antiguos dueños los reconocieran.

Un sacudón de su hermana la quitó de su ensimismamiento. La estaban llamando.

Con ardientes mejillas subió al escenario. Para su indignación, el joven con barba blanca le dijo: “qué hacés, che”. Un impresentable. Tomó su regalo y se ocultó en un rincón a abrirlo con desgano.

Una muñeca Juanita, la más popular de la temporada, le sonreía desde su estuche transparente. Nuevísima, con sus tres mudas de ropa. Impecable y hermosa. Suya, toda suya. A su lado su hermana abrazaba a una perrita Chichi, también a estrenar.

Desde entonces y para siempre, el verdadero Santa sería para ellas un adolescente desgarbado con una barba mal puesta.

NATALIA DOÑATE

Taza para uno

            Una pequeña cola rosada escabulléndose tras el mueble del televisor tuvo más repercusión en su cerebro de lo que hubiese tenido una sesión de electroshock. Miró asqueada en derredor y tras el paso lógico de llamar al fumigador, decidió que era hora de una limpieza profunda.

Comenzó por el dormitorio, pues la idea de haber compartido sueños y pesadillas con esas criaturas peludas de ojitos amables era más de lo que podía tolerar. Efectivamente, encontró heces duras que atestiguaban que su cuarto había sido cuna de toda una civilización de roedores. Los habitantes habían perecido, como le aseguró una y otra vez el verdugo contratado a tal fin, pero la limpieza estaba a cargo de ella. Vació cajones, desnudó perchas y se preguntó cómo había cupido esa montaña inescalable de ropa en su pequeño placard. Pero fue cuando tomó en sus manos una camisa de seda fucsia con hombreras, que se prometió que nunca más se iba a dejar estar así.

Conservó unas pocas prendas que usaba a menudo y fue obsequiada con un gran “gracias” por parte de la ONG donde dejó los donativos. Redobló esfuerzos en tirar, regalar y limpiar. Al poco tiempo su casa era digna de una revista de minimalismo. Los granitos de arroz negro que habían dejado las ratas ahora se le antojaban pequeñas reliquias, pues escaseaban y al limpiarlos sabía que era la última vez que los vería. Apestaba a lavandina y eso le gustaba.

Dudaba una tarde entre dejar el espacio de la biblioteca para adornos o simplemente deshacerse del mueble entero, cuando una pequeña lucecita oculta en un rincón abrió sus alas y se posó en su frente. Poesía. Se quedaría con los libros de poesía. Varias luces la acompañaron esa semana. Circulaban libres por la casa y le acercaban bellos mensajes.

Un domingo de lluvia notó una sombra opaca, como un insecto muerto flotando en el café con leche.

Una taza sola para una mujer sola”.

Arrojó el líquido por la pileta y salió a caminar. Volvió empapada con un reluciente juego de desayuno para seis personas-posibles-visitas. Y dos paraguas por las dudas.

Con un nuevo y colorido almohadón de seda asfixió a una mancha del sillón que se jactaba de que sólo ella y nadie más la vería. Pero los problemas aumentaron. Pensamientos oscuros se arrastraban por la casa sin que nada los frenase y dejaban huevos por doquier.

Tapó rejillas y colocó algunos objetos para espantarlos. Un atrapa sueños en el dormitorio, adornos alegres en los muebles, velas y sahumerios, ropa para salir por si tenía una cita, maquillaje por la misma razón, una bicicleta fija, pesitas y bandas, la vaporera de la publinota para comer más verduras, una olla extra grande por si venían sus hijos y nietos a comer pastas. Juguetes para niños “¿usaban juguetes aún?”. Por la dudas, una Playstation.

Se encontraba unos meses más tarde apretujando sus nuevas botas dentro del atestado placard cuando lo vio. Un granito negro de arroz.

NATALIA DOÑATE

Solitario

Ella desdobla la toalla bordó sobre la mesa y la plancha simétricamente de adentro hacia afuera, con ambas palmas.

Luego toma el porta mazos de madera y acomoda las cartas españolas boca abajo, una al lado de la otra, en una fila de cinco. Repite el paso dos veces más, pero en la última instancia las coloca boca arriba. Apoya las sobrantes en una pila.

El protocolo indica que el momento de charlar ha terminado.

El viejo se inclina levemente hacia adelante y espera. Las cartas se van descubriendo de a una. Un cinco de bastos, un As de oros. Reyes y caballos no son apreciados en este reino.

Él ve con impotencia que una sota está libre y decide intervenir con miradas, sonrisas y pequeños sonidos. Ella capta la pista, mueve el siete y destapa un tres de copas. Vuelve la calma. Ella suele ganar, pero el juego es sólo divertido en la medida en que a veces, se pierde.

Entre sesión y sesión se conversa.

Tras unas cuantas partidas, llega el momento de guardar el mazo. Pero no de cualquier modo.

Él toma ahora el control de la toalla y coloca con parsimonia las cartas boca arriba, en dos filas de seis pilones. De tanto en tanto humedece el pulgar en una pequeña esponja, dispuesta a tal fin. Cada rey encabeza sus tropas iniciando posición sobre el siete del palo anterior. Primero los oros, luego las espadas, las cartas se van despidiendo de escena. Una buena mezcla posterior y el azar tendrá garantizado su tributo. Mazo y toalla -dúo inverosímil- vuelven juntos al placard. Pax vobis

Esta escena de mi madre entreteniendo a mi abuelo es, vista desde mi silla apartada, la más sagrada de todas las tradiciones humanas.

NATALIA DOÑATE