El octavo Santa

            Enfundadas en holgadas prendas de segunda mano, dos niñas aguardaban su turno con impaciencia. Papá Noel, micrófono en mano, leía los nombres de un listado alfabético y los emparejaba con un paquete. Una algarabía digna y ordenada conducida por un Santa peculiar: alto, bronceado, de mirada joven y con unos cuantos kilos de menos. Perfectamente saludable. Totalmente inadecuado para el rol.

“Éste sí que no puede ser el de verdad” pensaba Milagros, pero se guardó de transmitir el recelo a su pequeña hermana, quien, en puntillas de pie, procuraba acortar unos centímetros de distancia con aquel ente mágico. Año a año habían desfilado por el centro comunitario los más diversos hombres disfrazados, algunos de tupidas barbas, otros acompañados de simpáticos elfos. Cambiaban voces, color de ojos, altura… pero los regalos eran más o menos los mismos y podían dividirse en dos simples categorías: “estándar” y “usados”.

Los primeros eran juguetes nuevos pero poco atractivos; se rompían fácilmente y estaban divididos por sexo y rango de edad, de modo que todos los niños que compartían ciertas características tenían exactamente el mismo regalo. Hubo un año en que todos los varones recibieron pelotas y, sabiendo que para jugar al fútbol basta y sobra con una, intercambiaron obsequios con algunas nenas y se dedicaron a realizar cirugías estéticas a las desafortunadas muñecas.

Los segundos eran de lo más diversos. Venían envueltos en papel, sin paquete. Solían tener partes rotas o piezas faltantes, aunque se notaba el esmero de manos anónimas en acicalarlos. Eran los que más la entristecían. No comprendía por qué el verdadero Papá Noel visitaba a los demás niños de la escuela, pero no a los que vivían con ella en el hogar. Tenían chimenea y árbol como cualquier otro.

La semana de clases entre Navidad y Año Nuevo era fatal; sus compañeros de colegio aparecían con relucientes juguetes y ella tenía que simular haberse olvidado el suyo en casa. Unos años atrás, Marta había recibido una perrita Chichi, que ladraba y respondía órdenes. Le habría encantado tener algo así propio, aunque su amiga se la prestara sin problema. Dos navidades más tarde, su deseo se hizo realidad. Sin paquete, con una mancha de marcador en la oreja que ella misma le había hecho sin querer y lo peor, con el mecanismo roto. No se sorprendió, sabía que Victoria, la hermanita menor de Marta, la había sumergido en agua. Desde entonces evitó llevar sus regalos de segunda mano al colegio; temía que sus antiguos dueños los reconocieran.

Un sacudón de su hermana la quitó de su ensimismamiento. La estaban llamando.

Con ardientes mejillas subió al escenario. Para su indignación, el joven con barba blanca le dijo: “qué hacés, che”. Un impresentable. Tomó su regalo y se ocultó en un rincón a abrirlo con desgano.

Una muñeca Juanita, la más popular de la temporada, le sonreía desde su estuche transparente. Nuevísima, con sus tres mudas de ropa. Impecable y hermosa. Suya, toda suya. A su lado su hermana abrazaba a una perrita Chichi, también a estrenar.

Desde entonces y para siempre, el verdadero Santa sería para ellas un adolescente desgarbado con una barba mal puesta.

NATALIA DOÑATE

La canilla mágica

            La niña era la típica afortunada cuyo hogar quedaba a pasos del colegio. Su madre estaba siempre en casa y podía invitar amigos con frecuencia, a puertas y brazos abiertos. La mesa los esperaba cubierta de sándwiches, facturas y vasos de chocolatada. Esas meriendas legendarias conservarían su fama a lo largo de todos los ciclos educativos de su vida, incluidos los primeros años de universidad.

En aquella casa de su primera infancia había un televisor de gran tamaño para la época y un patio con tobogán, hamacas y sogas anudadas para trepar. En el living, las luces tenían una perilla de dimmer, que poco sumaría a la diversión de los niños, de no ser porque se usaba para hacer un truco de magia: la madre ubicaba a las visitas en medio de la sala frente un gran espejo que cubría toda la pared y les pedía que soplaran muy lentamente, mientras ella giraba disimuladamente una perilla oculta y las luces bajaban gradualmente la intensidad hasta apagarse. Luego, les indicaba que gritaran “que se haga la luz” y vuelvan a soplar, y así, con un poco de imaginación y mucha tecnología, las luces se volvían a encender.

Un domingo de verano se encontraba en el jardín con sus hermanos, haciendo pases con una pelota de goma, cuando cayeron sobre su cabeza las primeras gotas de lluvia. Instintivamente frenaron el juego y miraron al padre, que permanecía leyendo el diario, inmutable.

Cuando ya era una obviedad que se estaban mojando, la niña sintió curiosidad. Mamá ya los habría hecho entrar hace rato. ¿Será que papá no sabía qué hacer?

De pronto, éste se inclinó hacia adelante y preguntó:

— ¿Quieren que llueva más fuerte?

Al unísono pronunciaron un largo y entusiasta “¡Sí!”

Él dobló sus dedos como rodeando una canilla y giró la muñeca. Cayó más agua. Los hermanos gritaron con alegría.

— ¿Quieren más?

— ¡Síííííííííí!

Empezó a caer tanta agua que apenas podían abrir los ojos. De pronto, una silueta familiar apareció por detrás.

— ¡Miguel! ¿Qué hacen? ¡Todos adentro, ya mismo!

Al día siguiente la tierra estaba húmeda y blanda y las desafortunadas lombrices que habían huido de la inundación se retorcían al sol en agonía. La niña discutía ofendida con la amiga de turno, que no le creía que el padre controlaba la lluvia. Se sintió triste, pues sabía que su mamá no les dejaría repetir el truco, y, por más que revisó exhaustivamente el patio una y otra vez, no logró dar con la canilla invisible.

NATALIA DOÑATE

Vida de perros

Disfrutando de una silenciosa mañana me encontraba cuando, distraída, alargué el brazo en busca de una tostada. En su lugar, mis dedos rozaron una fotografía. La tomé. Una versión alternativa de mi hija de seis años pero con ropa de los ‘80 y una gran cola de lana. Innegablemente yo. El pasado volvía para morderme los talones. Al borde de la mesa, un par de ojos de largas pestañas aguardaban una confesión.

—Sí, hija. A los seis años fui perro.

Me veía feliz en cuatro patas ante la cámara, ostentando la cola de ocho colores tejida por mis abuelas. Le conté la historia y la vi partir, foto en mano y alta resolución en la mirada. Creo que la oí gruñir. Para el mediodía, ya era perro. A falta de lana se había hecho una colita de papel higiénico. Andaba en cuatro patas y olía todo. Le acaricié la cabeza y se sentó a mis pies. Luego ladró.

— ¡Guau!

Afortunadamente no había olvidado el español y me hizo de traductora:

—El perrito dijo que quiere comer en el piso.

Me pareció lógico. Le puse un plato con agua, otro con pollo cortadito y un almohadón por si quería descansar. Debe haber un factor hereditario en el tema, porque pronto su hermano mayor -la criatura más paciente y empática que conozco- apareció con una colita también. Mi esposo y yo nos miramos acorralados y nos dirigimos al baño en busca de papel higiénico.

Creímos que sería cosa de un día, pero transcurrió el fin de semana y llegó el momento de volver al colegio. No hubo manera de hacerle entrar en razón; es muy difícil decirle que no a un ser que te mira con las orejas gachas, así que le presté una hebilla para que enrolle su colita y no la reten en clase. Volvió a casa contenta. Había contagiado a varios amigos de la sala.

Esa noche, sin notarlo, saqué la basura como perro, y sufrí las burlas de un grupo de adolescentes que tomaban cerveza en la esquina. Me limité a tirarles un “¡guau!”, que devolvieron con alegres aullidos. Me acerqué para explicarles la situación y, aunque son mayorcitos, se sumaron al juego. De a poco el resto del barrio se volvió perro también. Los adultos vivíamos las mismas vidas de siempre, pero había complicidad en nuestras sonrisas. Nos saludábamos por la calle y hacíamos pequeños chistes inocentes, como ponernos dos colas los días que estábamos más contentos. Nuestra transformación había sido doble: éramos perro-niños.

Pequeños trozos de papel higiénico daban volteretas en el aire, se enganchaban en las ramas de los árboles y en las ruedas de las bicicletas. No nos molestaba.

Una mañana fatídica mi cachorra despertó humana. Le pregunté por su colita y se encogió de hombros.

— ¿Qué colita? Ya soy grande, mamá.

Me quedé helada. El barrio entero nos vio caminar hasta el colegio descoladas. A nuestro paso, los vecinos bajaban la cabeza y se quitaban el rabo. Dejamos de encontrar restos de papel en las zanjas, en las alcantarillas, en las entradas de las casas. La vida nos había cortado las colas.

Una tarde me dirigía al supermercado cuando la modista del barrio -una anciana encantadora- me susurró con fingida resignación que debíamos plantar más flores. A lo lejos los vecinos cuchicheaban. Sentí risas infantiles. La nena de los López -Anita, cinco años- tiras de papeles coloridos en los brazos, pasó corriendo a mi lado agitando las alas.

Se había vuelto mariposa.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE

Testigo

Es desolador, querida mía, que te estés perdiendo este prodigio. Desde mi ángulo tu mejilla parece un duraznito pasado. Te hago cosquillas con la nariz y con el corazón empachado de fruta duermo una siesta en tu cuellito transpirado de tortuga. Nunca dejes de oler así.

Abro los ojos algo atontada. ¿Ya pasaron diez meses? Con tu hermano te vemos romper todas las reglas de la física y la biología al cruzar el living caminando, sin haber dado nunca un primer paso en falso. Al final te caíste, pero el triunfo no te lo quita nadie. Ay, ¡si hubieras visto tu carita! ¡Conquistaste la luna! Te oigo llamarme “mamá” y trato de recordarlo para siempre. Pero otros “mamás” se superponen, tu voz cambia y apenas me quedo con un eco.

No sé cómo pasó esto, pero de pronto hablás a la perfección. Y sos tan ingeniosa. No existe un día aburrido a tu lado. Pero hoy por primera vez dijiste “pequeño”, en lugar de “quepeño”. Sé que no tuviste mala intención, pero el mundo pasó a ser un lugar más frío. Me aferro a vos en un abrazo que busca ser eterno y cuando te suelto… ¿te pusiste más alta, tramposa?

Juntas armamos tu casita de muñecas y quedó preciosa. Luego te ocupaste de llenarla de vida, de muñequitos, muebles, comida y mascotas. Puedo ver tu alma en cada rincón de esta casita. Te observo jugar desde la puerta del dormitorio, arrodillada en el piso, tan cuidadosa que no se te pierde ni una cucharita. Pero una sombra de preocupación oscurece el cuarto. Estás haciendo demasiadas preguntas, últimamente: “¿cómo hace Papá Noel para recorrer todo el mundo en una noche? ¿no se cansan los renos? ¿hace los regalos o los compra en la esquina?”. Abro los ojos de par en par, decidida a no parpadear, a no perderme nada. No me cortes la ilusión, te lo pido por favor. Yo también necesito darte magia a veces.

Me ves ahí parada, mejillas empapadas y te preocupás.

“¿Estás triste, mamá?”

“Claro que no, hermosa. Sólo estoy tratando de detener el tiempo”.

¿Me vas a creer cuando te diga que tuviste la infancia más maravillosa? Temo que, distraída con el mundo, te la estés perdiendo. Igual no te ofusques, hijita. Mami está atenta. Yo te voy a recordar todo.

Congelado

Al final, te congelaste. Ahora nunca vas a tener una foto con Tati. Y no vas a conocer al personaje tan peculiar que se volvió el nene de los “ojazos”. Tal vez ya no lo recuerdes, no más de lo que él te recuerda. Pero sabe. Sabe y habla con Burli Burli sobre vos. A veces, Burli Burli sos vos.

Yo prefiero buscarte por la calle. Lo más difícil de conseguir es esa forma rara hacia afuera que tenían tus orejas. Muy esporádicamente aparecen, pero sus dueños no me saludan con un “hola pequeña”. Hace nueve años que no me dicen “hola pequeña”. Es comprensible. “Pequeña” está llegando a los cuarenta. Ya sé los colores del arcoíris, cuántos días tiene cada mes, y que el viento del este es lluvia como peste. Ya no te necesito, pero esa vez que vi a alguien con tu campera me faltó el aire. Y ni siquiera era del mismo color.

Y sueño con vos, mucho. Bueno, ya lo sabés, estás ahí. Tenemos ese acuerdo tácito de que no podés hablar (es sabido que la gente congelada no tiene permiso de hablar) y siempre fuiste respetuoso de las ciencias. Por suerte escuchás. Escuchás “te quiero y te extraño” y sonreís. Sonreís aunque sea triste. Aunque no te guste estar congelado.

La mañana en la que te perdimos justo estaba soñando con vos. Una pesadilla horrible: había “olvidado” a Rafa y volvía a casa desesperada, pensando que había pasado lo peor. Pero estaba a salvo. Lo tenías dormido en brazos, y sonreías con cara de cansado. Y ya en ese momento no dijiste nada (lo que prueba mi teoría). El alivio en el sueño fue interrumpido por la llamada telefónica, pero igual fue una buena despedida. Rafa soñaba a salvo en la pieza de al lado y tu primer visita como congelado había sido para mí (confieso que me habría ofendido si hubiese sido de otro modo). 

No tenemos asuntos pendientes. Es lo que pasa cuando llegas a los noventa y siete. Cada despedida era por las dudas “la” despedida. Y cada foto podía ser la última -al final ganó una en la que estás con un sorbete en la boca haciendo monerías a Rafa, con mamá detrás. No está nada mal y mamá merecía el honor.

Pero quería pedirte, si se puede, que rompamos las reglas un día de estos. Podría preguntarte por la época de Franco (nadie supo contarme qué te pasó ahí) y de paso grabar en mi memoria el “hola pequeña”, pues me temo que después de tanto tiempo se le infiltró mi propia voz. Pero, por sobre todo, ando buscando una excusa para verte. Para contarte que yo no me congelé. Para que me conozcas otra vez.

NATALIA DOÑATE

Una cuestión de espacio

En el placard de la habitación de invitados, hoy convertida en una suerte de museo de sus años felices, encontró lo que buscaba. Había recordado aquella caja en sueños, y sumido en la semiinconsciencia temió haberla perdido para siempre. Pero allí estaba. Al principio, algo distinta a cómo la recordaba; segundos después, idéntica. 

Adentro, embalados en papel de diario amarillento, se encontraban los que habían sido los tesoros de su infancia: una regla lupa de vidrio que solía llevarse a los ojos para ver el mundo deformado -ahora le resultaba difícil verlo de otro modo-, la estatuilla de un guerrero hecha con tornillos y clavos retorcidos y el pasaje de clase turista con el que su abuelo había llegado de España, un primero de mayo de 1934. Su ex mujer le había pedido que se deshiciera de aquellos “junta polvo”, como les llamaba, pero él había optado por deshacerse de ella. Y lo bien que había hecho, pues ahora que no tenía a nadie que le dijese qué hacer, sus recuerdos llenarían todos los huecos vacíos de la casa, recuperando el lugar de privilegio de antaño.

Acarició con la punta del dedo la regla lupa y se la llevó a los ojos una vez más. La habitación se transformó en un mundo de nubes de colores. “Mejor acostumbrarse desde ahora” pensó, ya que su vista venía empeorando en forma directamente proporcional a sus años. Caminó un rato torpemente por la casa, recordando lo mucho que le había gustado aquel útil escolar, definitivamente diseñado para todo tipo de propósitos, excepto lúdicos.

Con párpados hinchados, tal vez por la emoción, tal vez por el polvo, la ubicó en un estante del living. A su lado paró al guerrero: viejos amigos en las penas y en las glorias. Más tarde les pasaría un trapo.

Finalmente, llevó el pasaje de barco a enmarcar y lo colgó en la pared más visible de la casa. Después de todo, su propia existencia estaba ligada a ese trozo de papel, sin el cual sus abuelos nunca se hubieran conocido. Lo miró un buen rato, pensando en las callejuelas de España que tanto añoraba, pero que nunca había recorrido. “Tal vez algún día.”

Satisfecho con la nueva disposición de las cosas, retomó su rutina. Pero el esfuerzo por acallar cierta voz interna lo dejó malhumorado, y llegada la noche, se distrajo por un instante. Entonces, el pensamiento, ofendido por haber sido ignorado todo un día, volvió con la fuerza de un relámpago:

— ¡No son más que chucherías!

Horrorizado ante su propia frivolidad se preguntó: ¿Cómo podía él, la persona sensible e inteligente que se consideraba, renegar de aquellos objetos tan preciados y llenos de recuerdos? ¿Cómo podía siquiera insinuar que le estorbaban?

Por fortuna encontró la justificación que le daría paz a su conciencia, a la vez que devolvería a sus humillados tesoros su condición de tales. Después de todo, ¿cuál era el requisito sine qua non para que un tesoro sea considerado tal y no otra cosa?

Y justo antes de que el hechizo se rompiera, tal vez segundos, corrió escaleras arriba, envolvió los objetos en diarios y los arrojó al fondo del placard.

NATALIA DOÑATE

El tío Pepe

— ¿Alguien vio al tío Pepe? 

Queda poca gente en la fiesta, pero si de algo estoy segura es de que el tío Pepe no vino a despedirse. Acepto con resignación estoica la misión de preguntar al resto de los invitados si lo han visto, mientras la feliz pareja le aparta un souvenir para la próxima vez que lo vean –qué dirían si supieran que el mío, apretado en mi terriblemente inútil cartera de fiesta que acaba de arruinar con glitter, va a sufrir un accidente camino al auto.

Cuarenta minutos más tarde, la situación no es clara. Dice su amigo Víctor que lo vio pidiendo un champagne en la barra, pero eso ocurrió después de la mesa dulce, lo cual refutaría la hipótesis de mi primo, que dice que siempre se va antes para no tentarse. La abuela Elsa cree haberlo visto a las cuatro y media de la mañana haciendo fila para el baño, pero todos sabemos que la pobre no ve ni dos montados en un burro y queda descartada como testigo. No se ofende, a cambio de otro pedazo de torta. Mi cuñada, que siempre lo confunde con el tío Carlos, asegura que está dormido en el sillón de la recepción -oh sorpresa, otra vez se trata del tío Carlos.

En definitiva todos lo vimos llegar, impecable con su traje azul marino y un paquete gigante rojo -a pesar del pedido expreso de los novios de no llevar regalos a la fiesta- pero su partida es un misterio. Confiaremos en que llegó bien. Está acostumbrado a manejar borracho.

Con la clásica nostalgia de una resaca incipiente me dejo caer en el sillón y pienso en mis hijos, cuyos sueños estarán desplegando alas en casa del padre. Me invade la necesidad instintiva de darles un beso en la frente dormida, siempre transpirada a pesar de que ya no son bebés. Otro momento perdido. Quedan muchos, muchísimos por delante. Pero no éste. 

Contracciones que van en aumento, un diente de leche que se mueve, el intento frustrado de un primer paso -y llanto. Ésos son momentos respetuosos, corteses, que dan el preaviso correspondiente para que uno tenga preparada la cámara (ya sea la de fotos, ya sea la de la memoria). También los hay de los que nos toman desprevenidos, como un ataque de asma severo, una caída desafortunada, una noche de terror y culpa en el hospital. Pero no por desagradables pasarán al olvido. Y es que la memoria se lleva muy bien con el factor sorpresa. Amiga también de la ironía, nos trae recuerdos que desearíamos descartar.

Pero los momentos que duelen, los que realmente me rompen el corazón, son aquellos que me perdí estando ahí, ojos abiertos y mente alerta. El último pañal, el último “mamá” mal pronunciado tras una pesadilla, el último “upa” antes de hacerse demasiado pesados, y quién sabe -¡horror!- cuántos más vendrán.

Son esos momentos desconsiderados que, cual tío Pepe, nos abandonan en medio de la fiesta; escondidos en la rutina, mimetizados con decenas de momentos parecidos. Momentos que escapan descalzos y en puntillas, dejándonos con tan sólo una abstracción de recuerdo; una suma de recuerdos similares que no reemplazarán a ese último, a aquel que merecía un beso de despedida.