Los inmorales

“Hoy. 10.30 am. Plaza Sarmiento, frente a la iglesia. Bufanda amarilla”.

No era mi cita, ni mi aviso. Ni siquiera lo leí en mi diario, sino en uno que se olvidó un hombre en la cafetería. Pero acudí igual. El aburrimiento es mal consejero.

A dos bancos de distancia vi a la pareja encontrarse. Se sentaron uno al lado del otro aparentando no haberse cruzado en la vida, pero yo estaba atenta y bien ubicada y noté que se rozaban los codos. Ella tenía un niño de unos cuatro años que jugaba en las hamacas a pocos metros de distancia. Deseé haber hecho un curso de lectura de labios acelerado, pero ya era tarde. A los pocos minutos, partieron, cada cual por su lado.

Busqué anuncios similares por semanas. Un primero de abril el esfuerzo dio sus frutos.

“Hoy. 10.30 am. Plaza Alsina, esquina kiosco. Boina verde”

Cancelé mi turno con el dentista y me apresuré a la cita. Esta vez quise complicarles la situación y me senté exactamente en el punto de encuentro. Mismo hombre, misma mujer, mismo niño. Él se sentó a mi lado, ellos siguieron de largo. Él lloró.

Al día siguiente un aviso leía:

“Guardaré tu último perfil como mi más valioso tesoro. Buena vida allá en la madre tierra”.

Arranqué el papel con bronca y lo arrojé hecho un bollo al cesto de basura.

¿Con qué me iba a entretener ahora?

NATALIA DOÑATE

El cuerpo del delito

Javier roncaba intermitentemente, sumido a medio desvestir en un sueño elegante sport. Había aterrizado en el acolchado blanco tras otro vuelo extenuante, apenas atinando el pobre a quitarse los zapatos y aflojarse la corbata. Parecía un muñeco de torta pasado de copas.

Ella había vaciado cuidadosamente los bolsillos del saco y dispersado su contenido sobre la mesa del recibidor: llaves, celular, documentos varios y una hoja doblada en cuatro con el logo del hotel. Su carta de amor. Siempre le hacía una cuando se iba de viaje. Decidió esperar a que despertara y se la leyera en persona.

Las horas pasaron paulatinamente. El departamento era minúsculo y debía moverse en puntas de pie en las penumbras para no alterar el sueño de su marido. Cada tanto, presa del aburrimiento, tomaba el papel, pero lo volvía a apoyar. Sería más romántico escuchar el contenido de sus labios. Pasadas las dos de la tarde decidió salir a comprar el almuerzo. Regresó con una bolsa humeante de pollo al espiedo con papas y al  encender la luz, cegada por el hermoso día que hacía afuera, se encontró a Javier al fin  despierto, aunque aturdido. La habitación apestaba a encierro.

— ¿Qué hora es?

— ¡Hora de comer rico, amor!

Le dio un gran beso y con celeridad abrió las persianas. El sol y el aire acudieron en su ayuda. Mientras ponía la mesa notó de reojo que la hoja había desaparecido.

— ¿Qué hiciste con mi cartita? —preguntó con fingida voz de niña.

Él palideció. — ¿La leíste?

—Claro que no, esperaba a que me la dieras vos, como corresponde.

Pareció aliviado. —Era muy cursi —respondió. —La tiré a la basura.

—Ay, Javier, siempre tan duro con tus sentimientos. Yo quería leerla.

Él la tomó sorpresivamente por la cintura y la sentó en su regazo. Entre besos le describió el contenido de la carta: que la había extrañado muchísimo, que la amaba, que no veía la hora de tenerla en sus brazos. Nada nuevo. Almorzaron en silencio y luego partió a hacer una visita exprés a su madre que vivía a pocas cuadras.

Ella juntó la mesa y cuando estaba por tirar las sobras notó una pequeña discrepancia. El cesto de basura estaba completamente vacío. Apresurada, lo sacó a la vereda aunque estaba a medio llenar y procedió a lavar los platos.

NATALIA DOÑATE