A mi manera

            Desde mi cómodo sofá aterciopelado observaba las gotas de lluvia en la ventana. Cada tanto quedaba una atorada, pero otras acudían en su ayuda y la arrastraban por un tobogán de agua invisible hasta el suelo. Enfrascada en sus peripecias me hallaba cuando, allende el pequeño lago artificial que se aprecia desde mi jardín, un gran foco de luz surgió del cielo y tiñó de brillantes tonos de verde los árboles vecinos.

Intuí un arcoíris. Salí a buscarlo despreocupada, ignorando que estaba por encontrarme ante algo alucinante. No podría describir la luz que irradiaban sus colores. Era perfecto, íntegro de principio a fin y escudado por otro más tenue de colores invertidos. El cielo permanecía tras bambalinas, luciendo lo más oscuro que era capaz durante el día en un intento de no robarle la atención.

Dudé en salir a caminar. Llovía poco y la brisa fresca traía el petricor -un nombre horrible para un aroma tan hermoso-, pero hordas de mosquitos me aguardaban rebotando contras las ventanas.

Zzzzzzzal a jugar con nosotros– parecían decir.

Decidí que no debía desperdiciar semejante tarde y que podría pasar un buen rato si tomaba precauciones. Me calcé un pantalón largo fresco al que rocié en repelente, mi buzo con capucha y tomé el paraguas.

Una lluvia torrencial me empapó de la cintura para abajo no bien salí a la puerta. No me rendí, resuelta a apreciar toda la belleza que cupiera en mis ojos. Recorrí unos pocos metros bordeando la casa buscando divisar el fenómeno de refracción desde otro ángulo, pero ya no estaba. Todo el cielo se asemejaba ahora a una hoja de papel llena de borrones.

Volví a entrar, aliviada de no tener que salir a pasear. A veces, disfrutar de la vida es un incordio.

Superé el desencanto de no haberme desilusionado con mate y tostadas con manteca, que saboreé en pijama en mi sillón, más cómodo y mullido que nunca.

NATALIA DOÑATE

Agua bendita

Magnánimas cortinas de agua pura bañaban la ciudad y los campos tras semanas de un sol implacable y cruel. Los ceibos, arces y sauces recibían el bautismo complacidos, mientras cataratas de frescura brotaban por los tejados y canaletas de las casas e inundaban los nidos de barro de los horneros.

El solícito temporal baldeó la suciedad de la calle y las heces de los perros. Rescató pelotas atoradas en tejados, curó las heridas de la tierra agrietada y lavó la ropa limpia de los incautos que la habían dejado en la soga. Lustró las plumas de las lechuzas y los lomos de las vacas. Revivió lagos y ríos agonizantes y fabricó pequeños espejos para que se mirasen las nubes. Endulzó el agua del mar y los corazones de un par de transeúntes que se refugiaban frente al escaparate de una tienda. Desde sus peceras de aire algunos humanos, café en mano, se divertían mirando cómo otros menos afortunados huían cubriéndose con diarios y paraguas traicioneros.

Inmerso en recuerdos de Rocío se encontraba Juan en su auto. Llevaba dos meses y tres días sin verla; consecuencia directa de haberla traicionado. La sensación de angustia le subía por la garganta y le empezó a faltar el aire, así que salió repentinamente del vehículo. Necesitaba un abrazo, aunque fuese de agua. Con los hombros caídos en derrota y el corazón empapado gritó el nombre de su amada, mientras miles de gotas celestiales lavaban sus labios sucios de otros labios, sus manos sucias de otros cuerpos. Fue un milagro. Se sintió perdonado, purificado en cuerpo y alma. Y supo que debía buscarla. Ella amaba las tormentas de verano, y desde ese momento, él también.

La halló en medio del parque bebiendo lluvia, con su vestido rojo pegado al cuerpo y su largo cabello fluyendo como un manantial. Una maravilla de la naturaleza. Se acercó trabajosamente tironeando de sus zapatos-sopapa embebidos en barro y la miró sin animarse a hablar. Un sapo enamorado de una rosa. Coronada por un rayo de sol giró hacia él y con una sutil mirada de desdén le hizo entender que nunca más sería suya. La lluvia se había llevado las lágrimas vertidas por su culpa y su corazón sano y valiente sonreía ahora ante un incipiente arcoíris.

NATALIA DOÑATE

El último verano

Con la cálida anticipación de un sueño repetido del que ya se intuye el final, me adentré en el pequeño bosque, convencido de que al llegar al lago vería a mi amigo. Efectivamente, allí estaba, caña en mano y una lata de lombrices a sus pies descalzos. Andrajoso, inconfundible en su camisa a cuadros hecha jirones y sus pantalones sujetos por un cordel. Más alto y flaco que el año anterior, pero Manuel al fin. Arrojó un cigarrillo a medio consumir con desdén.

— ¡Parece que pesqué un forastero! —gritó sin siquiera voltear a verme.

Tenía la actitud agresiva propia de los que viven en la calle y que es la envidia de los niños mimados. Pero también tristeza. Parte de mí lo admiraba, parte le temía. Hubiese querido ayudarlo, pero no estaba en mis manos cambiar las cosas. Iba a ser nuestro último verano juntos y más valía dejarnos llevar. Caminamos en silencio, pateando de a turnos una botella hasta la feria, donde nos encontramos al resto de la pandilla. Me saludaron con el mismo entusiasmo que si me hubiesen visto el día anterior, así que fingí indiferencia para hacerme el interesante.

Funcionó hasta que la vi a Nadia. Sus trenzas de niña habían sido reemplazadas por el peinado alto que estaba de moda y usaba labial con aroma a fresa. Tuve que cerrar la boca para que no me entrase una mosca o peor aún, se me escapase una estupidez. Pasaron tres largos días hasta que me animé a hablarle y para entonces, ya estaba saliendo con Carlitos.

De todos modos fue un verano memorable. Plácido, caluroso, lleno de pequeñas grandes aventuras, de esas que refuerzan amistades pero sin llegar a bajar anclas. Intenté hacer durar cada momento, retener los olores, los colores, las tristezas y las alegrías, pero el tiempo, lento y tenaz me empujó indefectiblemente a la última tarde, nuevamente a orillas del lago; a solas con Manuel, mi favorito.

—Ésta es la despedida, ¿no? —pregunté con melancolía mientras mordisqueaba un yuyo seco.

—Siempre podemos repetir todo —dijo encogiéndose de hombros.

Pero yo sabía que no, que no sería lo mismo.

Cerré el libro con pesar y lo ubiqué con el resto de la saga, en el último hueco del estante de la biblioteca.

NATALIA DOÑATE

La cuna del diablo

Mi schnauzer-mini dormita con su panza redonda y tibia apoyada en el suelo, en busca de frescura. Dos juegos de patas a cada lado le otorgan tanta gracia como a un pollo abierto al medio. Su aliento empaña los azulejos en los que traza dibujos con sus patas cuando voltea a mirarme con reproche. Sé lo que está pensando, pero nada puedo hacer. Soy una cobarde. Atrás quedaron los días de revolcarse en el lago o correr una pelota.

La tomatera que planté con tanta ilusión sufre sedienta un último espejismo, mientras cientos de hormigas devoran su fruta podrida. A su lado, la rúcula florecida encanece sin haber sido jamás saboreada. Una garza desprevenida aterriza al borde del agua hipnotizada ante tantos peces. Le hago señas, pero es demasiado tarde. Ahí está el infeliz que, no conforme con herirla, la persigue hasta los confines del jardín.

En algún lugar de este paraje inhóspito descansa un huevo, que gesta silenciosamente a otro monstruo. ¿Qué será de nosotros entonces?

Nuevas telarañas adornarán los muebles de mimbre del jardín. El huerto será irremediablemente conquistado por la maleza. Mi querido perro morirá de tristeza y yo olvidaré el olor de los jazmines y la sensación del pasto húmedo en los pies descalzos. Patos y cisnes encontrarán otras rutas menos ingratas. Un verano perdido tras los cristales.    

¡Y todo por ese tero maldito!

NATALIA DOÑATE

Plumeritos

“Cola de Zorro” o “Hierba de las Pampas”. Pennisetum, para los entendidos. Para mí, “Plumeritos”. A ellos les da igual. Como igual les da si los miro, si me agradan, o siquiera si respiro.

Cual realeza en carroza se dejan adular por el viento, arrojando con desdén monedas de pelusa que un jardinero negligente no dejará eclosionar en vástagos reales (tampoco es que les importe demasiado la posteridad). Sus cabezas, adornadas de sobrias flores, saludan al sol en un movimiento pendular que nada tiene que envidiar al saludo de una reina y allende el camino, el solícito lago los vitorea con cegadoras luces.

Mi jardín está de fiesta. Peces de todas formas y colores, un pequeño huerto que me ha dado los mejores tomates que probé en mi vida, patos que huyen despavoridos ante mis infructuosos intentos de amistad. Mariposas de a decenas, posándose delicadamente cual confeti. Pero esta tarde sólo tengo ojos para los plumeritos. ¿Serán parientes -primos lejanos, tal vez- de todos aquellos plumeritos, hijos de nietos de biznietos de plumeritos, que desfilaban en la ruta camino al Villa Gesell de mi infancia, tan queridos por mí y tan distantes como sus congéneres de mi patio?

Siento pena por el lago. Para ellos no es más que una pobre excusa de agua. En el fondo aman el mar. ¿Cómo se explica sino el color arena de sus penachos, su romance apasionado con el viento y el arrullo de su paja? Sé que si los probara, incluso sabrían a sal. Pero no, no los toco, ¡no osaría hacerlo!

Me limito a dedicarles estas líneas, que les debo desde hace años y que en nada alterarán ese reinado suyo, perfecto, en el cual yo no existo.

NATALIA DOÑATE