Siete vidas

            Años de terapia y degustaciones de drogas -legales y de las otras- para una conclusión desoladora: daño irreversible. El recuerdo había echado raíces putrefactas y no se iría sin arrancar un buen pedazo de su cabeza. Poco tentada a ser una versión mal arreglada de sí misma, optó por asesinarse. Un acto de eutanasia, en nada comparable a un suicidio. Se desharía del “yo” que sufría y utilizaría ese cuerpo joven de corazón bombeante para alguien más, con quien sólo tendría en común el documento de identidad y el registro de conducir.

Como ceremonia fúnebre se arrancó un cabello de la nuca y lo sepultó en el jardín. Bajo una pequeña cruz de madera con sus iniciales apoyó con delicadeza una rosa, su flor preferida. Desde entonces, compraría jazmines. Cambió vestimenta, modos y amistades. Adoptó un gato, que su antiguo yo habría odiado.

Ocasionalmente, la imagen de un cuarto oscuro con olor a alcohol se colaba en su mente, pero ella la devolvía a su tumba junto a una nueva rosa, aliviada de que ese recuerdo no fuese suyo. Pobre difunta.

Fue novedosamente feliz por meses. Una noche regresaba tarde del bar cuando dos hombres la sorprendieron en una esquina. Humillada y escupiendo sangre sepultó otro cabello arrancado de su nuca. Rosas y jazmines en el jardín, lilas en el florero de la cocina.

Una y otra vez valió la pena. Tirón de cabello y cuenta nueva. Para su vigésimo noveno cumpleaños estaba radiante. Decidió autoagasajarse con una clase de salsa, ya que el rock yacía con su “yo” número cuatro. Entre pasos y giros conoció a Diego, de quien se enamoró perdidamente. Sorpresivo, pero ¿cómo evitarlo? Era bueno, fuerte, alto. Olía a madera mojada.

Fueron inseparables hasta que surgió el tema del pasado. En vano explicaba ella que no tenía uno. Él se enfurecía. Sólo intentaba conocerla mejor.

Una tarde amena preguntó por las seis pequeñas tumbas en el jardín.

— ¿Tuviste muchas mascotas?—

Permaneció muda. Él se fue dando un portazo. Dos días después llegó el ultimátum: o se abría, o lo perdía.

Pala en mano partió a golpes las cruces y arrojó los pedazos a lo lejos. Luego, se desnudó y removió la tierra para untársela por el cuerpo. Funcionó. Entre lombrices y gusanos resucitaron sus malos recuerdos, pero también había de los buenos. Tardes con amigas, mascotas de la infancia, caricias de mamá. Pequeñas monedas de oro.

Entendió que el remedio era el amor. Le contaría todo.

Apoyaba ambas manos en la tierra para incorporarse cuando sintió un tirón en la nuca.

Esta vez, recibiría claveles.

NATALIA DOÑATE

Todo por amor

 

            Me abandonó una tarde. Solía tomarse la hora del almuerzo temprano (como yo, que de pura ansiosa me siento a la mesa a las doce en punto) y regresaba al rato. En épocas de lluvia podía extraviarse por días, pero eventualmente volvía a mí. Esa simple verdad universal a la que tiene acceso cualquier cuerpo opaco me fue negada de repente y quedé sola, sin otro indicio de mi existencia en este mundo que un reflejo fantasmal en los vidrios de los locales.

Afortunadamente la gente de ciudad vive apurada y no notó su ausencia. En otros tiempos me habrían tildado de vampiro. Pero aunque no se tratase de un asunto de vida o muerte, pensaba en ella todo el tiempo. Extrañaba verla enflaquecer y volverse alta como un gigante por las tardes, o burlarme deformándose en las calles de adoquines.

Otras veces me seguía mansamente como un perro viejo, y yo sentía su presencia sin necesidad de voltear a verla.

Decidí luchar por ella.

Por semanas salí a buscarla. Cuando algún transeúnte con alma de boy scout me preguntaba si había perdido algo, le decía que un pendiente. Funcionó bien, hasta que un alma más inteligente que el promedio me hizo notar que llevaba ambos puestos.

Cambié de estrategia. Procuré atraerla a mí, volviéndome más interesante. Formé animales con las manos y usé vinchas con orejas de gato y de conejo con la ilusión de que le intrigara ver cómo le quedaban. Pero no apareció. Incluso probé darle celos, acercándome a extraños y compartiendo sus sombras, pero sólo logré sentirme más nostálgica (y algo juzgada, a decir verdad).

Dicen que el amor puede estar a la vuelta de la esquina, y al final, así fue. Una tarde me encontraba distraída haciendo cola para comprar café, cuando vi a un hombre muy atractivo unos pasos más adelante. A sus pies estaba ella, tomando a su sombra varonil de la mano. Parecían a gusto. Tenía que actuar rápido.

Me acerqué con mi mejor sonrisa y observé:

—Parece que nuestras sombras se enamoraron.

Me miró con curiosidad y rió. Ya de novios me confesaría que mi forma de encararlo le pareció adorable. Yo no recuerdo mucho de esa charla; sólo me importaba ver cómo reaccionaba ella. Para mi alivio, comenzó a imitarme. Por fin estaba completa de nuevo. Aparentemente se había encariñado con la sombra de ese sujeto y había sido arrastrada por su dueño como un papel pegado a la suela de un zapato.

Hice lo único que podía hacer para no perderla de nuevo. Lo miré a los ojos y con un gesto tímido le tomé la mano.

NATALIA DOÑATE

El gran final

Me encontraba atareada en plena mudanza cuando se aproximó un hombre mayor vestido de saco y corbata. Era, lo que se diría, un señor “paquete”. Me preguntó enojado que quién me creía que era yo, para andar metiendo mis pertenencias en su casa. Y ante mi cara de desconcierto gritó: “¡caíste!“. Así conocí a mi vecino, el bromista.

A pesar de su advertencia para nada sutil, fui engañada en numerosas ocasiones por ese hombre, que parecía tener un don especial para descolocarme.

Yo intentaba en vano seguirle el ritmo. Una vez le ofrecí “caramelos”, que en realidad eran trozos de queso parmesano envueltos en papel celofán. Me dijo que era intolerante a la lactosa y fingió descomponerse. Me pegué un susto bárbaro.

Otra, le dije que se estaba prendiendo fuego mi casa, a lo que me increpó que no estaba bien bromear con ese tipo de cosas. Segundos después me grito “¡caíste!“. Siempre ganaba el viejo.

Nos cruzábamos por la calle a menudo. Le gustaba arrastrar una correa sin perro ante la mirada compasiva de los incrédulos. Yo también empecé a llevar una y nuestras mascotas imaginarias se olían los trastes. Los domingos llevábamos a Bobby y Pelusa a la plaza y arrojábamos pan a los transeúntes.

Una mañana pasé distraída camino al supermercado y lo encontré sentado en el suelo de su jardín delantero. Eso era nuevo. Sonreí con malicia.

— ¿Puedo ayudarlo, caballero?

—Me quedé encerrado señorita. Me pregunto si puede ayudarme con alguna de estas herramientas. —Del bolsillo de su camisa sacó un control remoto y un tenedor.

Creo que usted se está aprovechando de esta inocente mujer casada para ofrecerle una cena y una película, señor.

Me miró con cara de no comprender. Ningún “caíste” brotó de sus labios. A los veinte minutos, un familiar preocupado venía con una copia de las llaves.

Siguieron muchos incidentes similares. Una noche se quedó encerrado en su cuarto y sus gritos resonaron por toda la cuadra. Otra apareció acompañado del policía del barrio que lo había encontrado desorientado buscando comida en un cesto de basura. Finalmente pusieron a alguien a su cuidado. Ya no me saludaba por la calle y mi perro invisible buscaba en vano a su amigo.

Una tarde calurosa me sonrió desde el umbral de su puerta:

—Voy a quedarme a vivir acá —saludó agitando los brazos con alegría.

Decidí seguirle la corriente para no perturbarlo:

—Muy bien señor, yo soy Natalia, la vecina de al lado. Si necesita algo me avisa.

—Pero si eso ya lo sé —murmuró con expresión extrañada de “¿qué le pasa a esta tonta?”  Lo recordaré como su último chiste. El que él mismo se perdió.

Nunca más lo encontré lúcido. A las pocas semanas lo vi pasar en el asiento trasero de un taxi. Ahora soy vecina de su hijo, que es notablemente insulso.

NATALIA DOÑATE

El punto de encuentro

Otra húmeda mañana de sábado entre pasillos con eco y olor a orina. Lo encontré perfectamente mimetizado entre los penitentes del salón. Era doloroso ver lo bien que encajaba. Su alma, alguna vez tan amiga de la mía, me estaba vedada a cal y canto por unos ojos ausentes y empañados.

Lo habían peinado con raya al costado, lo que le daba la apariencia de un niño que va a misa. Acomodé su manta, que rozaba el piso y la puse suavemente bajo sus piernas para que no se enredase con las ruedas de la silla. Salimos al día. El jardín era bastante decente, con frondosa arboleda y rampas que convergían en una fuente. Nos ubicamos bajo una pérgola vacía y, como si se tratase de un fogón, varios ancianos se fueron arrimando. Inicié mis intentos de acercamiento.

—Linda fuente, aunque ninguna va a superar a la de los cincuenta caños —aventuré, recordando lo que disfrutaba hablar de Segorbe.

Nada.

—Te manda saludos Mirta; le conté que estás muy bien y tan guapo como siempre.

No se le movió ni un músculo.

Decidí no atosigarlo con preguntas e inicié mi monólogo habitual. Hablé por un buen rato ante los oídos atentos de los otros viejos, cuyas mentes funcionaban mejor que sus relaciones familiares.

Una señora impolutamente vestida suspiró cuando mencioné el viaje a París y otra con un ovillo de lana preguntó por mis hijos, que ya conocía a través de mis anécdotas. Él permaneció impasible. Me pregunté si mis visitas le servían de algo, o si sólo lo fastidiaban. De todos modos quería darle la buena noticia. Al menos yo sabría que se lo había dicho.

—Estoy embarazada, abuelo.

No se inmutó.

Era hora de aceptar la derrota. Con algo de malicia producto de la frustración, lancé un chiste a la concurrencia, que se acercaba para felicitarme:

— ¡Y ayer vi un OVNI!

Sus pupilas se encontraron con las mías y me apretó con fuerza la mano.

— ¡Es terrible, Natalia! Son los marcianos, están por doquier. Acá nadie me cree. Nos ponen chips electromagnéticos en la comida para controlarnos, con complicidad de la cocinera. Ya encontré varios en la polenta y en el jugo de manzana, pero el día en que los metan en el dulce de leche, lo lamento, seré zombie yo también. Total, ya estoy viejo y no me importa, pero vos, ¡cuidáte eh!

La misma locura que me lo había quitado, ahora me lo traía de regreso, pero bajo sus propios términos.

NATALIA DOÑATE

Las noticias de la tarde

Unos valores de azúcar en sangre algo traviesos determinaron la suerte de Don Carlos. No se trataba de una enfermedad importante. Para ser justos, ni siquiera era una enfermedad aún, pero él lo tomó como una señal para quitarse el peso de encima ante su mujer. La culpa lo había acechado por años; se agazapaba con su cerbatana en la rutina y esperaba los momentos especiales para escupirle dardos en la nuca. Quedaba poco tiempo, ella se adentraba de a poco en la demencia y la necesitaba consciente para absolverlo.

La pobre Amalia, quien aún lo tapaba por las noches cuando refrescaba y le acercaba un whisky con dos hielos si lo veía leyendo junto al fuego. Esa alma de niña que endulzaba sus mañanas con cosquillas y lo llamaba “viejito guapo”. Su mujer. Habían tenido una buena vida. Qué mejor broche de oro que cerrarla en orden y en paz. Tal vez ella también tenía algo que confesar, aunque parecía poco probable. Era un ángel.

Le compró un collar de perlas reales que de tan costoso se veía ordinario y preparó una cena romántica a la luz de las velas. La trató como a una reina. Ella estaba encantada. Después del postre sintió que se le cerraba la garganta. Pero vamos, sólo fue una vez, hace décadas. Ni recuerdo a esa mujer. Carraspeó y con voz ronca, comenzó a hablar.

Qué ocurrió después, nadie lo sabe. El resultado final, un tsunami en la cocina: el suelo cubierto de trozos de vajilla fina que al pisar crujían como caracoles -postal de Shell Beach-, familias enteras de porcelana de Lladró desmembradas, portarretratos desesperados buscando su foto. Cincuenta y dos años de matrimonio hechos trizas.

Yo no los conocía. Lo vi en las noticias de la tarde mientras lavaba los platos. Los ojos muertos de la anciana, sus manos surcadas de venas azules consolándose entre sí, un sendero de sal atravesando las mejillas secas. Labios mal pintados que preguntaban una y otra vez por su marido. El marido, metros atrás en una bolsa de consorcio. Desolador. Los policías iban y venían con la cabeza gacha, sin animarse a mirarla a la cara. Pobre mujer. Los periodistas ávidos de carroña se turnaban para darle picotazos:

— ¿Cómo se siente?

— ¿Lo quería mucho a su marido?

— ¿Se va a sentir segura viviendo en esta casa?

En la pantalla del televisor, una franja roja rezaba:

“URGENTE. ROBO SEGUIDO DE ASESINATO. VIUDA EN SHOCK. CULPABLES EN FUGA”.

Alguien se apiadó de la santa y echó a los reporteros a volar.

—No más preguntas. ¡Respeto por favor!

Cambié de canal desilusionada. Unas treinta personas en escena, entre las que se encontraban los mejores peritos y especialistas en criminalística. A ninguno se le ocurrió preguntar por qué no le habían robado el collar.

NATALIA DOÑATE

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece.

Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones -qué va; especialmente en vacaciones- y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio rebosantes y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso un tema de Bon Jovi.

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba:

Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: 

“Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

— ¡NO! —Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo -que al final resultó ser beige- y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior -de hecho ya estaba bastante aburrido-, sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita.

El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

— BASTA.

Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado.

Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE

Reverberaciones de amistad

A la temprana edad de los cinco años conocí a quien, hoy con cuarenta y dos, continúa siendo mi mejor amigo. En esos días muchos compañeros de Salita Celeste tenían la costumbre de hablar solos. Especialmente Mariana, la nena de trencitas castañas y pecas en la nariz que olía a cerezas. Cada vez que me acercaba a hablarle, ella estaba ocupada secreteando con Carlitos. Si había un asiento vacío a su lado, Carlitos ya estaba sentado ahí. Como Carlitos era invisible, yo arrojaba patadas al aire, con la esperanza de cruzarlo. Más de una vez le debo haber embocado. Hubo un tiempo feliz (que justo coincidió con la época en la que trabé amistad con Romina) en el que Carlitos sufrió una fuerte gripe y faltó a clase, pero se recuperó abruptamente el día que retomé mi relación con Mariana. Como verán, no era muy afortunado en el amor y esta situación no ha mejorado al día de hoy.

Pero con la amistad fue diferente. Ese verano conocí a Tomás. Me encontraba con mis padres de vacaciones en Pirámides, Chubut. Se trata de un golfo ubicado en la península Valdés. Una zona turística de aguas frías cristalinas y avistaje de ballenas y lobos marinos. Rodeando la playa se encuentran unas cavernas rocosas características de la zona, capaces de hacer sentir pequeño al más engreído de los sujetos. A Carlitos, por ejemplo. Y se hacen respetar. De día ofrecen protección, pero cuando la marea sube se transforman en una trampa mortal. Algo así como una planta carnívora de piedra.

Ese año no vimos ballenas, sí algún que otro lobo marino, pero la gruta, oscura y fría en medio de esa playa llena de vida, era un agujero negro que chupaba toda mi atención. Una tarde en la que mi padre dormía la siesta, me asomé a su boca abierta.

Algo resonaba en su interior. Llamé.

“Hola ¿hay alguien ahí?”

Se escuchaba una voz alejada, pero no comprendí lo que decía, así que insistí:

“Soy Esteban. ¿Cómo te llamás?

(Muy a lo lejos, entendí) “¡Tomás!”

“¿Tomás?”

“¡Tomás!”

Tomás era de pocas palabras. La mayoría de las veces yo hablaba y él escuchaba. Le gustaban mis historias: le contaba de mi perro Bobby -que había quedado al cuidado de una tía- y de mis amigos del colegio. Pero sobre todo de Mariana. Cada tanto, me entusiasmaba y e inventaba anécdotas, como la vez que me enfrenté a dos chicos de sexto por el honor de Mariana. Era inocente, Tomás. O tal vez un buen amigo, y el inocente era yo.

Una tarde mi padre me encontró en la entrada de la cueva hablando solo y me explicó lo que era el eco, cómo las ondas se reflejan en la superficie y regresan al emisor. En conclusión, mi mejor amigo, era yo mismo.

Al principio estaba desolado. Nunca me había sentido tan escuchado y admirado. Ya de regreso en casa, hice una prueba y lo llamé con la mente.

“Tomi, ¿estás ahí?” Esta vez lo escuché fuerte y claro.

“¡Acá estoy, amigo! ¡Sí que lo engañamos a tu padre!”

Desde ese día, fue Mariana la celosa. Tomás era más inteligente y divertido que Carlitos. Me soplaba en los exámenes, me contaba chistes. Pero eso fue hace muchos años. La gente cambia.

Hoy en día es un adulto muy intuitivo que me dice en quién confiar y en quién no. A veces me da órdenes y, si bien no estoy siempre de acuerdo, yo le hago caso. Tiene un carácter podrido cuando se enoja.

Control freak

            ¡Pero claro que soy feliz acá, faltaba más! Me atienden como a un rey. La pesadilla la sigo teniendo, eso sí, pero todo no se puede. ¿Cómo que cuál pesadilla? ¡La que inició todo esto! ¿No la tiene anotada ahí en su libretita? Ah, es nueva usted, claro. Deben tener unos sueldos espantosos, pobrecita, nadie dura más de tres meses en este lugar. Bueno, es su día de suerte, me agarró con paciencia. Vamos desde el principio:

Estoy en casa. Bueno, mi casa de la infancia, la mayoría de las veces. Todo está en penumbras y comienzo a sentirme un poco solo y desamparado, entonces enciendo el velador.

Nada

Pienso que tal vez se quemó la bombilla, y me incorporo a prender la luz de la habitación. Apenas tira un destello lúgubre y se apaga. Entiendo que no se trata de un corte eléctrico, porque estos no suceden de esa manera. Digo, la luz artificial no se consume suavemente, como una vela. Se apaga de golpe. BANG.

Siento el miedo trepar por mi espalda y los latidos de mi corazón en la garganta. Trato de no entrar en pánico. Camino apurado por la casa, encendiendo lámpara tras lámpara en vano. Cuando estoy llegando al límite del terror, despierto en mi habitación a oscuras. El cuerpo tenso como si se tratase de rigor mortis. Y ahí, de a poco y con mucho esfuerzo, logro mover la punta de los dedos, luego los brazos y finalmente se hace la luz.

Terrorífico, ¿no? Es por eso que decidí trabajar en mis sueños y hoy en día soy un gran referente (sino el mejor) en lo que al mundo onírico se refiere. Verá, el primer paso es aprender a darse cuenta de que se está soñando, sino mucho no se puede hacer (y por favor, no me venga con eso del vaso de leche tibia antes de dormir y demás fantochadas). En mi caso la revelación ocurrió una noche en la que me sentía particularmente asustado. Había algo agazapado en mi habitación y tenía poco tiempo, así que acorté camino saltando por las escaleras y caí en cámara lenta. Entendí que soñaba.

Con el tiempo y la experiencia empecé a notar que me encontraba en lugares sin saber cómo había llegado hasta allí. Lógicamente, eran sueños. De a poco me volví un experto en el tema. Hasta escribí una guía con “los sueños más comunes” que puede utilizar como referencia, se la puede pedir a cualquiera acá, soy bastante famoso. Es fácil, una vez que le agarra la mano. Si igual tiene alguna duda de estar soñando -suele pasar- puede efectuar pequeñas pruebas, como saltar, volar, hablar con los animales (y que le respondan). Cualquier no-semejanza con la realidad, BANG, es un sueño.

Pero, verá, yo soy de naturaleza curiosa, y con el tiempo sentí que con saber la verdad no era suficiente. Lo que realmente quería era terminar con la maldita pesadilla. Ensayo y error mediante (método científico, no la quiero aburrir) descubrí que podía despertarme antes de tiempo si me “suicidaba”. Ya sabe:

buscar un lugar alto,

saltar,

vértigo en el pecho,

despertar.

Fácil, ¿no? Así alcancé la última etapa. El master, se podría decir. Controlar los sueños. La clave es la paciencia. Dígame: ¿qué cree usted que ocurre cuando uno se da cuenta de que sueña y, embriagado de poder piensa: “voy a volar, voy a ser millonario, quiero que diez modelos (no, veinte modelos) caigan rendidas a mis pies”? Se despierta, por supuesto. Y muy frustrado, debo decirle. Verá, el cerebro es estúpido, pero no tanto. Es menester conservar la calma, engañar al inconsciente.

Yo, por ejemplo, cuando me siento nostálgico pienso: “voy a salir a dar un paseo, a ver si POR CASUALIDAD me encuentro con Hannibal”. Y BANG, ahí está mi gato fallecido, guiñándome un ojo desde la medianera. A menudo tengo charlas interesantes (esas, si me disculpa, me las reservo) con mi mejor amigo que falleció en la guerra. Me he ahorrado años de terapia, con esta técnica. Y probablemente de cárcel también, si es que usted sabe a lo que me refiero. Vamos, no se haga la desentendida. He tenido todo tipo de aventuras ¿quién no lo haría?

Lo único, le aconsejo, no cometa el mismo error que yo. La experiencia nos hace entrar en confianza y por nada del mundo hay que saltearse el primer paso. El de corroborar que se trata de un sueño.

¡Pero claro que es por eso que estoy aquí ahora! Míreme, joder. Loco no estoy -tal vez quiera anotar eso en su libretita. Pero no se preocupe por mí, que mal no la paso, como le decía. De noche puedo hacer lo que me venga en gana -incluso con usted, señorita- y de día estoy tranquilo y bien atendido. Si las pastillas me juegan una mala pasada y la pesadilla vuelve, sé que al despertarme va a haber luz.

Verá, aquí nunca apagan la luz.

NATALIA DOÑATE