De pérdidas y encuentros

            Un gran ojo redondo y amarillo se abría paso entre vaporosas nubes. De no ser por el cielo, negro como la muerte, podría haberse confundido con el sol. Pero la luz que irradiaba era de luciérnaga; fría y egoísta, incapaz de alumbrar a nada más que a sí misma.

Desde la ventana empañada de mi cuarto, dos satélites de características similares miraban sin ver hacia la casa abandonada. Mi gatita Mimí quería salir. Entrecerraba sus luceros cegados por las cataratas y sacudía la naricita con los movimientos suaves y cortos que le habían ganado el apodo de “mi bella genio”, presintiendo el aire helado al otro lado del cristal.

Yo no podía abrirle. No era seguro. Apenas se las arreglaba para moverse dentro de la casa, donde procurábamos mantener la ubicación exacta de los muebles para no desorientarla. Aun así, cada tanto se chocaba la cabeza, pero parecía más humillada que dolorida.

—Tranquila, Mimí —la consolaba con dulzura. —No hay nada interesante allá afuera.

No mentía. Se trataba de una cuadra ordinaria, con una estación de servicio de segunda marca en la esquina y casas bajas con pequeños jardines. La única propiedad interesante era la mansión abandonada. Sus paredes descascaradas apenas se sostenían en pie y su puerta frontal tapiada no recibía visitas desde hacía décadas. Cadáveres de enredaderas trepaban por los balcones y se adentraban en el piso superior a través de vidrios rotos por piedrazos de adolescentes.

Mis padres evitaban hablar de la casa, pero su historia era harto conocida en el barrio. Aparecía con lujo de detalles en una nota amarillista del periódico del colegio secundario “Los Jazmines”, que contaba que la propiedad pertenecía a una familia acaudalada con algún gen aristocrático que la había abandonado cuando falleció el pequeño Andrés, luego de una larga lucha con una enfermedad terminal. Se decía que la habitación del niño se encontraba tal cual él la había dejado la última vez que pudo levantarse de la cama, antes de ser trasladado a una habitación en la planta baja donde respiraría oxígeno envasado hasta el fin de sus días.

Los vecinos sospechaban que estaba embrujada, pero Mimí no tenía miedo. Cuando sus ojos eran algo más que dos bolitas empañadas, podía pasar días enteros allí. A veces, la veía desde mi habitación; una silueta alargada terminada en un óvalo coronado de orejas enhiestas, con dos espejitos en el centro. Regresaba cubierta de telarañas, a menudo con un souvenir sangrante que dejaba a modo de obsequio en el felpudo de la entrada.

Una mañana la chica de limpieza olvidó una ventana abierta. Desesperada recorrí el barrio pegando carteles en postes y escaparates de tiendas, pero no tuve noticias de mi gatita. Me negaba a aceptar que se había ido a la casa de enfrente, pues era justamente el único lugar al que yo no tenía acceso. Por las tardes miraba por la ventana en busca de su sombra. Creí verla pasar un par de veces, pero nunca con claridad como para tener algún tipo de certeza. Nunca regresó, ni supe qué fue de ella. Suele pasar con los gatos.

Cada tanto, la sueño. Me mira sin verme desde la ventana del cuarto de arriba. El brillo nublado de sus ojos refleja el de la luna, mientras el niño la acaricia con amor en su regazo, agradecido de tener compañía. Pienso en hacerle señas para que regrese a mí, pero al final decido dejarla ahí; segura y cómoda en ese hogar hecho a su medida, en el que nadie correrá jamás un mueble de lugar.

NATALIA DOÑATE

El Chicho

            A falta de rasgos innatos de una raza en particular, los integrantes del grupo afirmaban su pertenencia por medio de características forjadas por la mala vida y el desamor: orejas caídas, ojos expresivos y húmedos, costillas marcadas y alguna que otra herida o enfermedad que se habría podido mejorar con un poco de cariño. Era una manada de almas que penaban por la zona balnearia en temporada baja. Entre ellos se encontraba “El Chicho”, una mezcla de mezclas, de tamaño mediano y pelaje marrón.

A dos cuadras de la peatonal había un almacén que abría todo el año y donde se podía encontrar a este perro en cuestión de lunes a lunes. Allí le habían dado su nombre y una que otra palmadita en el lomo. Algunos clientes le lanzaban cada tanto una patada, pero eran los menos y él sabía identificarlos, pues la vida en la calle le había dado una visión especial del alma humana. El único que aún le resultaba impredecible era su vecino, el del aliento a vino, que podía abrazarlo un día y pegarle con el puño cerrado al siguiente. Le tenía paciencia sólo porque se veía más desdichado que él.

La cuadra del almacén era el hogar de ambos. Siempre había agua en un tacho sin nombre y sobras sobre un pedazo de cartón, cortesía del chico de los repartos. La bebida la compartía con gusto; sentía la compañía de los otros perros cuando aspiraba sus olores al beberla, pero no podía darse el lujo de ser generoso con la comida; ésta escaseaba y él no era ya ni joven ni agraciado. Sus chances de conseguir familia disminuían drásticamente con los años.

Los domingos el almacén no hacía delivery, por ende, era el día en que no comía. Se recostaba a unos metros de la entrada y esperaba a que su benefactor volviese del franco. Lo apreciaba tanto que era capaz de caminar varias cuadras en plena lluvia en invierno para hacer sus necesidades lejos y no traerle problemas con los dueños.

Su cerebro de perro se perdía en los menesteres del día a día y olvidaba las épocas de calor en las que la pasaba mejor. Afortunadamente éstas regresaban cada año aún sin ser extrañadas, trayendo aromas de nuevos humanos y manos de distintas formas y tamaños que acariciaban su pelaje y lo llamaban por distintos nombres. A todos les respondía y todo lo aceptaba con ganas: los fondos de los vasitos de helado, los dedos pegoteados de algodón de azúcar, unas papas fritas frías rebosantes de aceite. El sol fortalecía sus huesos, el calor secaba los hongos de su piel y la vida era buena.

Con los primeros calores de diciembre llegó un niño especial. Grandote y torpe, pero buenazo. Pasaba remontando un avioncito de telgopor cuando se tropezó con su pata y casi lo aplasta. A modo de disculpas le obsequió su sándwich de jamón y queso, que ya se había estropeado con arena y lo bautizó “Pulgoso”. Le acarició el lomo mientras esperaba pacientemente a que terminase de comer y lo invitó a dar un paseo. Prometió volver al día siguiente.

Pronto establecieron una rutina en la que no había domingos; sólo comida, mimos y paseos. El niño siempre estaba solo y le hablaba por lo bajo en un tono monocorde. El aire fresco de la costa le traía su aroma, el más dulce de todos, junto al sonido de su voz llamándolo en un susurro:

—Pulgoso, ¿estás ahí?

Él siempre estaba, ¿dónde más iba a ir?

Una tarde calurosa, justo el día siguiente a la temible noche de los fuegos de artificio -otro suceso que ocurría todos los años pero que él olvidaba- el niño le trajo el festín de su vida. Peceto, pollo, arroz, budines salados. Comió hasta reventar y luego lo llenó de lengüetazos en el rostro, más salado y delicioso que nunca.

Al día siguiente el rastro del niño era tenue. Salió en su búsqueda y regresó, sólo para encontrarse con un aire cada vez más vacío de su olor. Era una sensación familiar. Abandono. Las tripas le rugieron que regresara al almacén.

Volvía a ser el Chicho.

NATALIA DOÑATE

La cuna del diablo

Mi schnauzer-mini dormita con su panza redonda y tibia apoyada en el suelo, en busca de frescura. Dos juegos de patas a cada lado le otorgan tanta gracia como a un pollo abierto al medio. Su aliento empaña los azulejos en los que traza dibujos con sus patas cuando voltea a mirarme con reproche. Sé lo que está pensando, pero nada puedo hacer. Soy una cobarde. Atrás quedaron los días de revolcarse en el lago o correr una pelota.

La tomatera que planté con tanta ilusión sufre sedienta un último espejismo, mientras cientos de hormigas devoran su fruta podrida. A su lado, la rúcula florecida encanece sin haber sido jamás saboreada. Una garza desprevenida aterriza al borde del agua hipnotizada ante tantos peces. Le hago señas, pero es demasiado tarde. Ahí está el infeliz que, no conforme con herirla, la persigue hasta los confines del jardín.

En algún lugar de este paraje inhóspito descansa un huevo, que gesta silenciosamente a otro monstruo. ¿Qué será de nosotros entonces?

Nuevas telarañas adornarán los muebles de mimbre del jardín. El huerto será irremediablemente conquistado por la maleza. Mi querido perro morirá de tristeza y yo olvidaré el olor de los jazmines y la sensación del pasto húmedo en los pies descalzos. Patos y cisnes encontrarán otras rutas menos ingratas. Un verano perdido tras los cristales.    

¡Y todo por ese tero maldito!

NATALIA DOÑATE

Gone with the wind

Volaban las servilletas, los periódicos, los envases de cartón y las hormigas subidas a ellos. Los niños, apresurados, corrían tras sus pelotas de fútbol mientras los adultos doblaban las mantas de picnic. Algunas mujeres sostenían su falda con una mano y su sombrero panameño con la otra. Unos cuantos reían. En el cielo las nubes recogían con prisa sus trozos de algodón y surcaban el cielo enloquecidas.

Los únicos inmóviles éramos mis padres y yo. Bobby también estaba ahí, pero sacudía la cabeza luchando con sus bigotes. Hora de liberar al monstruo.

Frankenstein había sido creado el domingo anterior sobre la mesa de melamina blanca de la casa de mi abuelo. Recuerdo un tiempo largo de espera y de instrucciones quirúrgicas: “hilo, tijeras. No ésas no, las grandes” en el que no pude participar, hasta que, finalmente, cuatro cuerpos adultos se hicieron a un lado revelando al barrilete más grotescamente grande que haya existido. En el centro pegaron un cuadradito de papel blanco y me cedieron el honor de hacerle un dibujo. Fue un pájaro. El corazón.

Aquel sábado era el día de la verdad. ¿Volará? Mi padre lo bajó del auto dando coces y retorciéndose con furia. Casi lo perdemos, pero lo ubicó de frente al viento y lo soltó. Libre.

— ¡Está vivo!— bromeó mi madre.

Aparatoso en la tierra, imponente en el cielo. Se fueron uniendo otros barriletes, que respetaban una distancia prudencial. Parecían botes alrededor de un transatlántico. Titánico.

Por varias semanas volvimos al parque. A veces lo dejábamos aburrido en el baúl, otras lo sacábamos a volar. Mi abuelo me enseñó a mandar “cartitas”. Tomábamos trocitos de papel y hojas de árboles, los atravesábamos con el hilo y los veíamos subir dando giros hasta alcanzar al pajarito. Directo al corazón.

Una tarde tuvo un desencuentro con el viento y lo vi caer a lo lejos desgarrado. Lo cobijamos en el auto. Días después conseguimos papel de regalo metalizado y lo reparamos. Parecía un hermoso espejo. Volvimos al parque, ansiosos de ver cómo reflejaba el sol desde lo alto. Pero no voló. Quizás porque el nuevo papel era demasiado pesado. Quizás porque ya no tenía corazón. Quedó olvidado en un placard del garaje junto a los adornos de navidad. Desde entonces jugué a la pelota.

NATALIA DOÑATE