El chiflete

            Recostado en su pequeño lecho de soltero procuraba conciliar el sueño, pero los dientes le rechinaban. Finalmente se incorporó y encendió el velador. Con ojos encandilados notó que la ventana de su habitación estaba abierta de par en par. “Qué locura, habría jurado que la cerré“, pensó, pero aún saboreaba el resabio de vino en la lengua pastosa y no había nadie más en esos cuarenta y cinco metros cuadrados a quien culpar. La chica de la risa contagiosa era apenas un recuerdo.

Subió la calefacción a tope y volvió a la cama. Fue como aterrizar en una montaña de nieve. Le ardía la garganta y un chiflete soplaba sin piedad en sus oídos. Se puso la bata azul, que poco mejoró la situación y recorrió el departamento en busca de ventanas abiertas. Cerró la del baño y la de la cocina. Temblando de pies a cabeza giró la perilla de la hornalla para prepararse un té. No había gas. Otra vez le habían cortado por falta de pago. Empezaba a desesperarse. Debía entrar en calor pronto o se enfermaría. Recordó que tenía unos burletes de goma. Era algo.

Totalmente despabilado y malhumorado, chequeó abertura por abertura con la precisión de un cirujano. Los dedos helados apenas le respondían, pero logró sellar cada espacio para que no entrase ni una gota de aire y volvió a acostarse, envuelto en las cuatro frazadas que poseía y sin quitarse la bata. Pero el frío había hecho metástasis en sus huesos.

Encendió nuevamente la luz y se encontró atónito ante las ventanas abiertas de par en par. El pánico le hizo olvidar el frío. Había alguien en la casa. ¿O había sido el viento? Las cerró nuevamente y por las dudas se quedó sentado, envuelto en la manta. Lloró desconsolado cuando descubrió que ya no podía moverse, pero al rato dejó de sentir frío.

Era ya media mañana cuando un runner corajudo se encontró al mendigo congelado debajo de un puente. Sin demasiado apuro llamó a una ambulancia, consciente de que ya no había nada por hacer. El pobre había pasado de un sueño al otro.

NATALIA DOÑATE

Un regalo de lujo

Esta historia ocurre en un típico pueblito de montaña, de esos donde la escasez de recursos económicos se compensa con vecinos siempre dispuestos a dar una mano y donde conviven en armonía la naturaleza salvaje de los lagos, cascadas y cúspides con los artífices del hombre: vehículos que soportan las inclemencias del clima, viviendas de piedra de pequeñas ventanas y techos a dos aguas y coquetas casas de té. En época estival los balcones compiten ataviados de coloridas flores y en invierno el blanco impoluto, apenas amancillado por las nubes grises que emergen de las chimeneas, invita al silencio y a la introspección.

El lugar se destaca apenas de otros similares por unos pocos puntos turísticos interesantes, como una gran roca en forma de tortuga, un río amarillo y la casa de ladrillos de Don Roque, que carece de las comodidades más básicas, pero que en su centro alberga un telescopio de última generación a disposición de quien desee utilizarlo. No hay un alma en kilómetros a la redonda que lo sepa manejar.

La vida de Don Roque, que en paz descanse, fue muy dura. Vivía solo y se dedicaba a pastar ovejas, pero se había vuelto conocido en el pueblo por su amor a las estrellas. Cada noche tomaba una bolsa con mendrugos y su cobija y subía al cerro a mirar el cielo. Como temía a los OVNIS usaba un gorro puntiagudo de papel aluminio que supuestamente evitaba que le controlasen la mente. Preparaba una fogata y contemplaba la Vía Láctea por horas. Luego, apagaba cuidadosamente el fuego y regresaba a dormir unas pocas horas.

Una noche se encontraba envolviéndose la cabeza con su casco anti-alienígenas, cuando se topó con un grupo de jóvenes que habían subido a tomar cerveza y a fumar unos cigarros. Ambas partes se asustaron, pero terminaron compartiendo la noche, las estrellas y las bebidas. La noticia del ermitaño que miraba el cielo se regó por el pueblo hasta alcanzar los oídos de una ociosa viuda acaudalada que se sintió conmovida. En un pequeño acto solemne le hizo entrega de un reluciente telescopio y él, entre lágrimas, prometió que todo el pueblo sería bienvenido a acompañarlo.

Y así fue. Aprendió con mucho esfuerzo a manejar el aparato y por meses juntó a grandes grupos de gente para subir a la montaña a escudriñar la espada de Orión, espiar a las Pléyades o navegar por el mar seco de la tranquilidad. Las viandas y el alcohol eran opcionales, no así el aluminio en la cabeza, pero todos respetaban la regla. Con el tiempo el entusiasmo fue mermando, pero si algún aspirante a astrónomo ocasional aparecía en la montaña, tenía la certeza de que se iba a encontrar allí con Don Roque y su telescopio. Y cada tanto, conmigo.

Yo estaba maravillado con las estrellas fugaces. Ponía música en mis auriculares y pasaba horas tirado en una manta esperando que apareciera alguna. Encargué un libro sobre constelaciones y me dediqué a aprender lo más que pude. Iba una o dos veces por semana, sólo si hacía buen tiempo y no tenía ninguna cita con alguna de las chicas del barrio, pero envidiaba el tesón de Don Roque, que sólo faltaba las noches de temporal. Sus huesos viejos parecían cobrar fuerza cuando emprendía la subida a la montaña.

Una noche que resultó nublada le pregunté de dónde sacaba tanta pasión.

— ¿Pasión? Detesto hacer esto con toda mi alma.

Creí que bromeaba, pero me miró más serio que nunca. Explicó que al principio disfrutaba ir solo, cuando tenía ganas, pero luego le habían comprado el maldito telescopio y ahora todos esperaban que les agradeciera yendo todas las noches. Se había vuelto el accesorio de un regalo muy costoso. Sentí pena y dije que por mí se quedara tranquilo, que yo no volvería a ir. Intuí algo de alivio en sus ojos.

Por las noches pensaba en él, allá sólo en la montaña. Como la luz de una estrella muerta se sigue viendo desde la Tierra, la ilusión que el pueblo veía en sus ojos se había apagado hacía tiempo, sin que nadie lo notase. Una noche como cualquier otra, el pastor subió al cerro para no bajar.

Nuestro Roque yace de cara a las estrellas. Murió haciendo lo que más le gustaba” reza su epitafio. La tumba siempre se encuentra decorada con gorritos y estrellas de papel de aluminio. Yo regalé el libro de astronomía y me dediqué a escribir novelas en mi máquina de escribir eléctrica. Un día cierta señora se enteró de mi inclinación por las letras y ofreció regalarme una moderna computadora. La insulté tanto que nunca más me devolvió el saludo.

NATALIA DOÑATE