Desencanto

            —Nunca es tarde para aprender —decía con altura la señora de la sombrilla verde ante las burlas de su marido, mientras giraba el libro electrónico en busca del botón de encendido. Los ojos del hombre regresaron al periódico. Ninguno de los dos se dignó a mirarlo. Estaba acostumbrado. Tomó las estampitas y continuó su trayecto. La arena le quemaba las plantas de los pies, pero prefería pedir en la playa, donde la gente era amable y relajada. A sus hermanos pequeños se les daban mejor los semáforos.

Distraído, golpeó su dedo meñique con algo amarillo a medio enterrar. Un balde. Miró con disimulo por sobre el hombro. Nadie parecía echarlo en falta. Lo consideró una señal. Tímidamente lo sacudió y se alejó unos cuantos metros.

Cargó agua en el mar y de a poco le fue agregando arena. Cuando estuvo bien pesado, pero no demasiado seco, lo volteó. Era un comienzo. Con cuidado cavó una puerta que atravesaba el montículo de punta a punta y la decoró con caracoles. Finalmente hizo el típico foso que solía ver en las obras de otros niños. Sumó un puente y un anexo donde guardar tesoros.

Tomó una foto mental y saltó encima del castillo, reduciéndolo a un cúmulo de arena y caracoles en forma de hormiguero.

Decidió subir la apuesta. Entre aspavientos, como si estuviese siendo atacado por insectos invisibles, corrió hacia el mar. Empapado volvió a la arena, donde se revolcó hasta quedar apanado como una milanesa. Nadie notó el contraste entre sus movimientos infantiles y la expresión vacía de sus ojos. Regresó a lavarse al mar y se sentó en el muelle a secarse. La arena lo fastidiaría el resto del día.

De regreso se cruzó con la mujer de la sombrilla verde, quien se remojaba los pies en el agua sin una preocupación en el mundo. Le lanzó una mirada de odio que rebotó en sus anteojos importados y arrojó a sus pies las estampitas arruinadas por el mar.

Ella lo miró con pena, ignorando que sus palabras le habían generado una falsa ilusión.

Ya era demasiado tarde para aprender a ser niño.

NATALIA DOÑATE

El octavo Santa

            Enfundadas en holgadas prendas de segunda mano, dos niñas aguardaban su turno con impaciencia. Papá Noel, micrófono en mano, leía los nombres de un listado alfabético y los emparejaba con un paquete. Una algarabía digna y ordenada conducida por un Santa peculiar: alto, bronceado, de mirada joven y con unos cuantos kilos de menos. Perfectamente saludable. Totalmente inadecuado para el rol.

“Éste sí que no puede ser el de verdad” pensaba Milagros, pero se guardó de transmitir el recelo a su pequeña hermana, quien, en puntillas de pie, procuraba acortar unos centímetros de distancia con aquel ente mágico. Año a año habían desfilado por el centro comunitario los más diversos hombres disfrazados, algunos de tupidas barbas, otros acompañados de simpáticos elfos. Cambiaban voces, color de ojos, altura… pero los regalos eran más o menos los mismos y podían dividirse en dos simples categorías: “estándar” y “usados”.

Los primeros eran juguetes nuevos pero poco atractivos; se rompían fácilmente y estaban divididos por sexo y rango de edad, de modo que todos los niños que compartían ciertas características tenían exactamente el mismo regalo. Hubo un año en que todos los varones recibieron pelotas y, sabiendo que para jugar al fútbol basta y sobra con una, intercambiaron obsequios con algunas nenas y se dedicaron a realizar cirugías estéticas a las desafortunadas muñecas.

Los segundos eran de lo más diversos. Venían envueltos en papel, sin paquete. Solían tener partes rotas o piezas faltantes, aunque se notaba el esmero de manos anónimas en acicalarlos. Eran los que más la entristecían. No comprendía por qué el verdadero Papá Noel visitaba a los demás niños de la escuela, pero no a los que vivían con ella en el hogar. Tenían chimenea y árbol como cualquier otro.

La semana de clases entre Navidad y Año Nuevo era fatal; sus compañeros de colegio aparecían con relucientes juguetes y ella tenía que simular haberse olvidado el suyo en casa. Unos años atrás, Marta había recibido una perrita Chichi, que ladraba y respondía órdenes. Le habría encantado tener algo así propio, aunque su amiga se la prestara sin problema. Dos navidades más tarde, su deseo se hizo realidad. Sin paquete, con una mancha de marcador en la oreja que ella misma le había hecho sin querer y lo peor, con el mecanismo roto. No se sorprendió, sabía que Victoria, la hermanita menor de Marta, la había sumergido en agua. Desde entonces evitó llevar sus regalos de segunda mano al colegio; temía que sus antiguos dueños los reconocieran.

Un sacudón de su hermana la quitó de su ensimismamiento. La estaban llamando.

Con ardientes mejillas subió al escenario. Para su indignación, el joven con barba blanca le dijo: “qué hacés, che”. Un impresentable. Tomó su regalo y se ocultó en un rincón a abrirlo con desgano.

Una muñeca Juanita, la más popular de la temporada, le sonreía desde su estuche transparente. Nuevísima, con sus tres mudas de ropa. Impecable y hermosa. Suya, toda suya. A su lado su hermana abrazaba a una perrita Chichi, también a estrenar.

Desde entonces y para siempre, el verdadero Santa sería para ellas un adolescente desgarbado con una barba mal puesta.

NATALIA DOÑATE

La canilla mágica

            La niña era la típica afortunada cuyo hogar quedaba a pasos del colegio. Su madre estaba siempre en casa y podía invitar amigos con frecuencia, a puertas y brazos abiertos. La mesa los esperaba cubierta de sándwiches, facturas y vasos de chocolatada. Esas meriendas legendarias conservarían su fama a lo largo de todos los ciclos educativos de su vida, incluidos los primeros años de universidad.

En aquella casa de su primera infancia había un televisor de gran tamaño para la época y un patio con tobogán, hamacas y sogas anudadas para trepar. En el living, las luces tenían una perilla de dimmer, que poco sumaría a la diversión de los niños, de no ser porque se usaba para hacer un truco de magia: la madre ubicaba a las visitas en medio de la sala frente un gran espejo que cubría toda la pared y les pedía que soplaran muy lentamente, mientras ella giraba disimuladamente una perilla oculta y las luces bajaban gradualmente la intensidad hasta apagarse. Luego, les indicaba que gritaran “que se haga la luz” y vuelvan a soplar, y así, con un poco de imaginación y mucha tecnología, las luces se volvían a encender.

Un domingo de verano se encontraba en el jardín con sus hermanos, haciendo pases con una pelota de goma, cuando cayeron sobre su cabeza las primeras gotas de lluvia. Instintivamente frenaron el juego y miraron al padre, que permanecía leyendo el diario, inmutable.

Cuando ya era una obviedad que se estaban mojando, la niña sintió curiosidad. Mamá ya los habría hecho entrar hace rato. ¿Será que papá no sabía qué hacer?

De pronto, éste se inclinó hacia adelante y preguntó:

— ¿Quieren que llueva más fuerte?

Al unísono pronunciaron un largo y entusiasta “¡Sí!”

Él dobló sus dedos como rodeando una canilla y giró la muñeca. Cayó más agua. Los hermanos gritaron con alegría.

— ¿Quieren más?

— ¡Síííííííííí!

Empezó a caer tanta agua que apenas podían abrir los ojos. De pronto, una silueta familiar apareció por detrás.

— ¡Miguel! ¿Qué hacen? ¡Todos adentro, ya mismo!

Al día siguiente la tierra estaba húmeda y blanda y las desafortunadas lombrices que habían huido de la inundación se retorcían al sol en agonía. La niña discutía ofendida con la amiga de turno, que no le creía que el padre controlaba la lluvia. Se sintió triste, pues sabía que su mamá no les dejaría repetir el truco, y, por más que revisó exhaustivamente el patio una y otra vez, no logró dar con la canilla invisible.

NATALIA DOÑATE

La semilla

            Faltaban todavía dos semanas para recibir la paga, pero si Juanita le había dicho la verdad, se trataba de un asunto urgente. Iba a tener que caminar. Con ojos expertos tomó los seis mejores ejemplares del naranjo de su patio, se pintó los labios y dobló en cuatro el escrito borroneado del niño. Era la única carta que tenía a su favor.

El ímpetu de su alma alcanzó para acallar al dolor de la artritis por unas quince cuadras, pero cuando sus rodillas dijeron “basta” se empacaron con mayor determinación que su fallecida yegua “Rosilla“. El bolso se sentía lleno de bolas de cemento que el desnivel de los adoquines hacía oscilar, golpeando intermitentemente contra sus piernas varicosas, en las que empezaban a divisarse amplios moretones. Miró el reloj. Las seis y cuarto. El colegio quedaba en dirección opuesta y aún debía regresar a su casa a buscar los libros de clase.

Se hallaba analizando si debía dejar atrás algo de peso, cuando la sombra de un mozo a caballo tiñó provisoriamente sus alpargatas blancas de gris.

— ¿Maestra García? ¡Es usted!

El joven se quitó el sombrero y la miró con sincera alegría. Era alto y vigoroso, pero ella sólo veía a un niño.

—Paquito, ¡qué grande estás! Me enteré de que fuiste papá, ¡enhorabuena! Yo sabía que ibas a terminar con Amelita, ¡cómo la hacías llorar, a la pobre!

—Sí maestra… estamos muy felices, con la doña. Ya va a tener oportunidad de conocer a Josecito y le prometo que se va a portar mucho mejor que yo. Ya la conoce, a la Amelita, nos tiene cortitos a los dos.

La maestra elevó las manos al cielo simulando terror, ignorando con alevosía el hecho de que, para cuando ese bebé llegara a la edad escolar, ella llevaría años retirada. Con el paso del tiempo, nuestras vivencias se encuentran tan alteradas por la memoria, que poco queda de la anécdota original. Con eso en mente, le pareció justo otorgar la misma validez a un recuerdo real que a uno que nunca llegaría a ser, siempre y cuando le trajera felicidad.

—Ese bolso se ve pesado, déjeme que la ayudo. ¿Hacia dónde, maestra?

Aliviada subió al caballo y descansó por el resto del camino, dejando que su ex alumno la llevara tironeando suavemente de las riendas, mientras recordaban con humor las mil y una macanas que se había mandado de joven.

Finalmente llegaron a la calle Castellón, donde el olor a pan caliente los devolvió a sus respectivas vidas. Él, a ser un hombre de familia ejemplar y ella, una maestra apurada con un plan en mente. Se acomodó el cabello y y se secó el sudor del rostro. Carraspeó nerviosa.

En el interior, un señor mayor recibía su vuelto y se retiraba con una bolsa de facturas. Tras el mostrador, luciendo un delantal rosado ceñido en la esbelta cintura, se hallaba la dueña. Intuyó el recelo en su voz. Mala señal.

—Maestra García, no sabía que frecuentaba esta zona.

—Oh, sí —mintió ella. Tengo parientes sobre la avenida España y aproveché el viaje para traer estas naranjas de mi huerto. ¿Cómo se encuentra el pequeño Ángel? Como viene faltando desde hace una semana supuse que estaría enfermo y le traje un poco de vitamina C, que seguramente le hará muy bien, en caso de que se trate de un resfriado.

La mujer le indicó con un gesto que apoyara la bolsa en el mostrador.

—El niño no está enfermo, maestra, es el más sano de la familia y por ese motivo es que lo necesitamos acá, trabajando. En este momento se encuentra en el fondo mezclando la crema pastelera.

Juanita tenía razón. No se le pasaba una, a esa nena.

—En ese caso, señora Rodríguez, permítame entregarle su última tarea —dijo amablemente mientras tomaba el papel de su bolsillo. —Verá, su hijo es extremadamente talentoso. Muchos niños de su edad apenas saben escribir una oración gramaticalmente correcta, pero él, sin previo conocimiento, ha escrito un poema sobre las aves que es digno de un alumno de ciclo superior.

La mujer tomó el papel y lo hizo a un lado con desdén, pero la maestra no se iba a dejar amilanar.

—Creo que con educación podría tener un futuro brillante. Yo podría acercarle las tareas y ser comprensiva con las llegadas tarde. Sería un gusto para mí ayudar a un niño tan inteligente y sé que él disfruta mucho de venir a clase.

El rostro de la panadera era de piedra.

—Se lo agradezco, maestra, pero hoy en día al hijo de mi marido lo necesitamos acá. Tiene tendencia a divagar y que escriba poesía no es una prioridad para nuestra familia en este momento. Es una época difícil, como comprenderá. Gracias por las naranjas, se las haré llegar.

No había nada más que hacer. Lo había perdido.

—Me retiro entonces, ¿le molesta si conservo el escrito?

—Sírvase usted.

Regresó sin prisa, decidida a redoblar esfuerzos en las treinta y dos pequeñas mentes que la esperaban en el colegio. Conservaría el papel hasta el día de su muerte y, en su imaginación, lo acompañaría con hermosos poemas que el niño seguiría escribiendo a lo largo de los años.

Se jubiló al poco tiempo, ignorando el hecho de que junto a las naranjas, había dejado una semilla de otra especie; una tan fuerte, que ninguna mujer desalmada podría destruir.

Ochenta años después, alguien que para ella sería eternamente un niño, me contaría en su biblioteca atestada de libros sobre la vez que escuchó a hurtadillas a su malvada madrastra hablando con la maestra García.

NATALIA DOÑATE

Los inocentes

            Una polvareda amarronada se abría camino en dirección al este. Ladridos de los más variados tonos e intensidades convergieron en la tranquera otrora desierta. Juan hizo a un lado el tractor, que manejaba a la perfección a pesar de ser menor de edad y corrió a lavarse las manos y la cara.

Las visitas descendieron de un Mercedes Benz que parecía diseñado por la NASA. La estrella plateada de tres puntas estaba por primera vez al alcance de sus dedos, pero se frenó al recordar que los dueños de los vehículos de alta gama no invertían una fortuna para ver a sus joyas mancilladas por huellas digitales campesinas.

Una pequeña niña rubia descendió de la nave. Llevaba un vestido rosa claro y una gorra visera haciendo juego. El hermano vestía una remera negra con el logo de una banda de rock y un par de jeans oscuros que sostenía por debajo del ombligo con un cinturón de tachas. Una pequeña argolla plateada brillaba en su oreja izquierda. El tío apenas interrumpió su llamado por celular para despedirse de los hijos y alcanzarle una caja muy coqueta con una pequeñísima torta en su interior. Explicó que estaba con problemas en el trabajo pero que regresaría para la hora de la merienda y, si se animaba, le permitiría manejar el coche nuevo.

Tras ver cómo se alejaba su padre, dos rostros desamparados giraron al unísono y lo encararon en silencio, sacándolo del trance de madera y cuero en el que se hallaba. Su madre solía recibir visitas, pero éstas habían llegado temprano y ella estaba aún en la ducha.

—Bienvenidos al campo —dijo con una leve reverencia —yo soy Juan.

Ana y Matías se encogieron de hombros.

—Ya sabíamos eso, somos parientes.

Se sintió un imbécil. Por suerte Bob y Terry rompieron el hielo a fuerza de lengüetazos y empujones y para cuando terminaron de darles la bienvenida, los forasteros ya tenían un look más campestre y una sonrisa relajada. Los invitó a conocer su cuarto y pronto los adultos acudieron al rescate.

Después de un asado cuyas sobras comería gustosamente por varios días, se sintió confiado y llevó a los niños de ciudad a un recorrido por la granja. Apenas miraron de reojo la huerta y las maquinarias, pero quedaron fascinados al ver a los animales. Les enseño a alimentar a los cerdos y a ordeñar a Jacinta, aunque ninguno quiso probar la leche, a pesar de que les aseguró que era un manjar comparada con el agua sucia que vendían en el supermercado.

Luego, con seriedad, les explicó que se adentrarían en el corral de una cabrita bebé, que apenas dos días atrás no formaba parte de este mundo. Debían ser cuidadosos. Con el pecho henchido de orgullo les detalló cómo él mismo la había ayudado a salir y disfrutó al ver la admiración agrandar sus ojos. La acariciaron con ternura y Ana la cubrió de besos en la frente. Matías tomaba fotos con un smartphone enorme.

— ¡Última parada, las gallinas!— anunció entusiasmado.

Pensó en enseñarles a recolectar huevos y como broche de oro, cocinarlos para la merienda. Era un buen anfitrión, después de todo. Les señaló la entrada al corral y los invitó a pasar mientras iba en busca de una canasta.

Los hermanos miraron con desagrado el suelo alfombrado de excrementos, pero pronto descubrieron un espacio anexo donde se encontraban los pollitos. Decenas de bebés amarillos cubiertos de pelusa que se acercaban a sus manos en busca de calor. Eran adorables.

Cuando Juan regresó se encontró con una masacre. Ana arrastraba un pollito como si se tratase de un auto de juguete, su panza pelada de plumas por el brusco roce contra el suelo. Matías filmaba a otro con una mano mientras lo arrojaba en un intento estúpido de enseñarle a volar. En derredor, pequeños padecientes se tambaleaban como ebrios, algunos con las alas rotas, otros desplumados. Muchos no vivirían. Apenas atinó a decirle a sus confundidos primos que emprendiesen el regreso por su cuenta. No podía ni mirarlos.

Los ladridos de los perros y la columna de polvo le indicaron que ya era seguro regresar a la casa. Quería probar la torta.

NATALIA DOÑATE

Esperanza

            Era un mundo postapocalíptico. Cada atrocidad narrada en las novelas distópicas se había vuelto realidad, a excepción del infame escuadrón anti libros. Es cierto que la gente quemaba ejemplares en cantidad, pero lo hacía con pena y por la imperiosa necesidad de calor. La ciudad estaba en ruinas y el humano era el más desdichado de los seres.

Pasábamos las horas procurando abastecernos de productos básicos, muchas veces sin conseguirlo. Todo día nuevo traía dos viejas certezas: “mañana va a ser peor” y “alguien que conocemos va a morir hoy”.

Frente a lo que había sido la plaza, hoy utilizada como baño público, resistía en pie una antigua iglesia, donde vivían aglomeradas cientos de personas. De lunes a lunes y, según mis cálculos, sin demasiada precisión horaria, sonaban doce campanadas. Nadie les prestaba atención, pero abundaban las opiniones al respecto.

Muchos se quejaba del ruido. Otros, los menos, tomaban la señal como un mensaje de esperanza y amor. Yo simplemente lo veía como un indicio, junto con la llegada de la noche y los cambios de estación, de que el mundo no se había detenido del todo. “Aferrarse a lo que sea” era mi mantra. Quien no lo implementaba quedaba indefectiblemente en el camino: muerto o muerto en vida, lo mismo daba.

Se decía que la encargada del campanario era una ciega anciana a la que todos respetaban. Nadie la golpeaba al robarle y siempre tenía permitido entrar a la iglesia en invierno, aunque estuviese atestada.

Me encontraba una noche cazando ratas, cuando escuché que la mujer había muerto. No se estilaba preguntar la causa y no lo hice, y me habría olvidado de ella al día siguiente de no ser por las campanadas del mediodía. Sonaron completas las doce. Me pareció morboso.

Sin mucho que hacer y para acallar un poco el dolor de tripas, me dirigí al lugar. Pasé la noche a la intemperie, pues era verano y el tufo era intolerable en cualquier sitio y al día siguiente me planté en la entrada del campanario. No fue una guardia fácil; el suelo cargaba con capa sobre capa de orina, tanto fresca como seca y había heces repartidas por doquier. Deseé ser mosca, para estar de fiesta ante tal banquete.

Cambié asco por furia en el momento en que vi a una niña de unos once años esquivarme con gracia y tocar animosamente la campana.

— ¿Pero qué te pensás que estás haciendo, maleducada? —pregunté indignada. —Esto no es tuyo ¿por qué no vas a jugar a otro lado?

Para mi sorpresa, confesó que siempre había sido la campanera. Que engañaba a la anciana contándole que los fieles asistían a misa cuando oían el llamado del mediodía. Le había regalado un final piadoso en un mundo imaginario donde aún existía la fe.

La miré incrédula. Su historia no cuadraba.

—Si ya sabés que falleció, ¿para qué seguís viniendo?

Se encogió de hombros y se alejó despreocupada, dejándome sumida en la más profunda desesperación.

NATALIA DOÑATE

Domingo

            Habitación por habitación se habían retirado los colores. Luego, se apagaron los sonidos. La casa, instantes atrás bulliciosa y alegre, le daba la espalda al día.

Sentada en el suelo fresco de la cocina, una pequeña niña encarcelada suspiraba por su jardín, más brillante que nunca tras las rejas horizontales de la persiana.

El viejo ventilador de chapa traqueteaba con fuerza procurando entretenerla, pero las rendijas de sus aspas sólo proyectaban una diapositiva insulsa: la pared de azulejos amarillos deslucida por la ausencia del sol. Nada para ver o hacer. El reloj permanecía impasible, casi inmóvil, a excepción de su aguja más larga, que con crueldad fingía tomar envión para luego dar un sólo paso contenido.

Decidió huir de ese mundo gris y e insípido, donde reinaba el ruido blanco del paso del aire, e imaginó que estaba en el mar. La cocina era el único lugar donde había tierra firme, y en cada puerta de la alacena ella llevaba lo necesario para subsistir.

“¿Qué sería eso? Veamos:

  • Puerta 1: Cajas y cajas de chocolatada.
  • Puerta 2: Sus ponis, su libro sobre la luna que sacaba a pasear a un bebé, su gato Félix de peluche.
  • Puerta 3: Arroz. Kilos y kilos.
  • Puerta 4: Papeles y lapiceras para dibujar y escribir cartas.
  • Puerta 5: Botellas vacías para enviar esas cartas.
  • Puerta 6: Un aparato que transforma el agua de mar en gaseosa.
  • Puerta 7: La videocasetera para…”

Un ruido de engranajes casi imperceptible la sacó de su ensimismamiento. Las puertas del reloj se abrieron de par en par y un simpático pajarito dio la hora: cuatro cu-cús. Pronto la vida, que esperaba pacientemente afuera, volvería a entrar, y una voz familiar daría el ansiado grito de “¡pónganse la malla!”.

La hora de la siesta por fin había terminado.

NATALIA DOÑATE

Gone with the wind

Volaban las servilletas, los periódicos, los envases de cartón y las hormigas subidas a ellos. Los niños, apresurados, corrían tras sus pelotas de fútbol mientras los adultos doblaban las mantas de picnic. Algunas mujeres sostenían su falda con una mano y su sombrero panameño con la otra. Unos cuantos reían. En el cielo las nubes recogían con prisa sus trozos de algodón y surcaban el cielo enloquecidas.

Los únicos inmóviles éramos mis padres y yo. Bobby también estaba ahí, pero sacudía la cabeza luchando con sus bigotes. Hora de liberar al monstruo.

Frankenstein había sido creado el domingo anterior sobre la mesa de melamina blanca de la casa de mi abuelo. Recuerdo un tiempo largo de espera y de instrucciones quirúrgicas: “hilo, tijeras. No ésas no, las grandes” en el que no pude participar, hasta que, finalmente, cuatro cuerpos adultos se hicieron a un lado revelando al barrilete más grotescamente grande que haya existido. En el centro pegaron un cuadradito de papel blanco y me cedieron el honor de hacerle un dibujo. Fue un pájaro. El corazón.

Aquel sábado era el día de la verdad. ¿Volará? Mi padre lo bajó del auto dando coces y retorciéndose con furia. Casi lo perdemos, pero lo ubicó de frente al viento y lo soltó. Libre.

— ¡Está vivo!— bromeó mi madre.

Aparatoso en la tierra, imponente en el cielo. Se fueron uniendo otros barriletes, que respetaban una distancia prudencial. Parecían botes alrededor de un transatlántico. Titánico.

Por varias semanas volvimos al parque. A veces lo dejábamos aburrido en el baúl, otras lo sacábamos a volar. Mi abuelo me enseñó a mandar “cartitas”. Tomábamos trocitos de papel y hojas de árboles, los atravesábamos con el hilo y los veíamos subir dando giros hasta alcanzar al pajarito. Directo al corazón.

Una tarde tuvo un desencuentro con el viento y lo vi caer a lo lejos desgarrado. Lo cobijamos en el auto. Días después conseguimos papel de regalo metalizado y lo reparamos. Parecía un hermoso espejo. Volvimos al parque, ansiosos de ver cómo reflejaba el sol desde lo alto. Pero no voló. Quizás porque el nuevo papel era demasiado pesado. Quizás porque ya no tenía corazón. Quedó olvidado en un placard del garaje junto a los adornos de navidad. Desde entonces jugué a la pelota.

NATALIA DOÑATE

Vida de perros

Disfrutando de una silenciosa mañana me encontraba cuando, distraída, alargué el brazo en busca de una tostada. En su lugar, mis dedos rozaron una fotografía. La tomé. Una versión alternativa de mi hija de seis años pero con ropa de los ‘80 y una gran cola de lana. Innegablemente yo. El pasado volvía para morderme los talones. Al borde de la mesa, un par de ojos de largas pestañas aguardaban una confesión.

—Sí, hija. A los seis años fui perro.

Me veía feliz en cuatro patas ante la cámara, ostentando la cola de ocho colores tejida por mis abuelas. Le conté la historia y la vi partir, foto en mano y alta resolución en la mirada. Creo que la oí gruñir. Para el mediodía, ya era perro. A falta de lana se había hecho una colita de papel higiénico. Andaba en cuatro patas y olía todo. Le acaricié la cabeza y se sentó a mis pies. Luego ladró.

— ¡Guau!

Afortunadamente no había olvidado el español y me hizo de traductora:

—El perrito dijo que quiere comer en el piso.

Me pareció lógico. Le puse un plato con agua, otro con pollo cortadito y un almohadón por si quería descansar. Debe haber un factor hereditario en el tema, porque pronto su hermano mayor -la criatura más paciente y empática que conozco- apareció con una colita también. Mi esposo y yo nos miramos acorralados y nos dirigimos al baño en busca de papel higiénico.

Creímos que sería cosa de un día, pero transcurrió el fin de semana y llegó el momento de volver al colegio. No hubo manera de hacerle entrar en razón; es muy difícil decirle que no a un ser que te mira con las orejas gachas, así que le presté una hebilla para que enrolle su colita y no la reten en clase. Volvió a casa contenta. Había contagiado a varios amigos de la sala.

Esa noche, sin notarlo, saqué la basura como perro, y sufrí las burlas de un grupo de adolescentes que tomaban cerveza en la esquina. Me limité a tirarles un “¡guau!”, que devolvieron con alegres aullidos. Me acerqué para explicarles la situación y, aunque son mayorcitos, se sumaron al juego. De a poco el resto del barrio se volvió perro también. Los adultos vivíamos las mismas vidas de siempre, pero había complicidad en nuestras sonrisas. Nos saludábamos por la calle y hacíamos pequeños chistes inocentes, como ponernos dos colas los días que estábamos más contentos. Nuestra transformación había sido doble: éramos perro-niños.

Pequeños trozos de papel higiénico daban volteretas en el aire, se enganchaban en las ramas de los árboles y en las ruedas de las bicicletas. No nos molestaba.

Una mañana fatídica mi cachorra despertó humana. Le pregunté por su colita y se encogió de hombros.

— ¿Qué colita? Ya soy grande, mamá.

Me quedé helada. El barrio entero nos vio caminar hasta el colegio descoladas. A nuestro paso, los vecinos bajaban la cabeza y se quitaban el rabo. Dejamos de encontrar restos de papel en las zanjas, en las alcantarillas, en las entradas de las casas. La vida nos había cortado las colas.

Una tarde me dirigía al supermercado cuando la modista del barrio -una anciana encantadora- me susurró con fingida resignación que debíamos plantar más flores. A lo lejos los vecinos cuchicheaban. Sentí risas infantiles. La nena de los López -Anita, cinco años- tiras de papeles coloridos en los brazos, pasó corriendo a mi lado agitando las alas.

Se había vuelto mariposa.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE