El pan de ayer

Cargó sus pulmones de fresco aire nocturno. Cuando regresara a abrir la puerta, el sol ya habría ingresado hasta la primera fila de mesas, que permanecían con sus sillas patas para arriba. El pronóstico vaticinaba un calor sofocante. En su pequeño espacio el clima no era muy diferente, a excepción del olor dulzón, que parecía tener más peso que el oxígeno y pedía ser inhalado de a pequeños sorbos. Hoy le producía un efecto extraño, similar al de la cebolla, pero decidió no llorar. Había mucho por hacer.

Trabajó toda la madrugada. Los utensilios de cocina que hasta el momento habían sido una extensión de sus propios brazos, hoy parecían ajenos. Horas más, horas menos, sabía que ya no le pertenecían. Como tampoco las manchas de los azulejos o el óxido en la canilla.

Las siete y media. Cambió con celeridad el delantal sucio por uno impecable y se dirigió hacia la puerta de entrada. Dolly se veía impaciente. Maldición, había llegado a adorar a esa vieja pesada. Detrás de ella estaban José y Felipe, Doña Clara, Manuel… incluso los dos hombres de traje, que desentonaban en la cola y en el pueblo. A pesar del aire liviano, su garganta se cerró y sus mandíbulas se apretaron como cuando comía pomelo. Pero tragó una bola de vacío y parpadeó. Nada de lágrimas.

Uno a uno atendió a todos los clientes. Algunos se quedaban más de la cuenta, pero a nadie parecía molestarle. Dolly, paquete de figacitas en mano -el doble de cantidad del que solía llevar- miraba en derredor en perfecto silencio. Eso sí que era novedoso. Notó cómo José acariciaba fugazmente el mostrador al retirarse. Horacio, que solía ser algo parco, pidió llevarse algunas servilletas de recuerdo.

“El logo, ¡claro!” Tomó un pequeño pilón y lo reservó en la caja registradora. El resto lo repartió generosamente. De saber que vendrían todos habría hecho un pequeño souvenir, pero ya era tarde. Ambos señores con quienes había firmado innumerables papeles le dieron la mano y le desearon un feliz día, a pesar de las circunstancias. Ella les agradeció el gesto de haber pasado con una porción de torta de frutas, el clásico del lugar.

Cerraría al mediodía. No quedaba mucho por hacer; el objetivo de la mañana había sido más bien simbólico. Limpió con rigurosidad, y, cual enfermera, dejó instrucciones de cuidado pegadas en los electrodomésticos: “sin abrasivos”, “encender con media hora de anticipación”, “service al 0800-222-3136”.

Finalmente tomó su cartera y la pequeña vianda que extendería el sabor a despedida. Pensó unos minutos en la foto enmarcada en la pared. Quitarla arruinaría el efecto al cerrar por última vez y, a decir verdad, tampoco tenía el corazón para descolgarla. “Que se ocupen ellos”.

Giró la llave. La versión joven y sepia de su abuelo la miraba con compasión. “Lo hiciste bien, Juanita”.

Y Juanita lloró.

NATALIA DOÑATE

Al final del sendero

Descendió sin prisa del micro. La terminal era en sí un sitio desagradable, pero entre el olor a gasolina y cigarrillos percibió un dejo a barro putrefacto que le quitó sesenta años de encima. Bolso al hombro y agua mineral en mano emprendió la caminata.

Todo lo importante seguía allí. Los sauces con sus verdes cabellos apenas rozando el río, los muelles de húmedos postes donde se refugiaban los coipos y alguna que otra pequeña embarcación despintada y vuelta del revés. La silueta del gran barco abandonado se recortaba contra el cielo, que, en un intento de empatía, había barrido sus nubes emulando el mar. Su tripulación se integraba únicamente por perros abandonados, que lo miraron con desinterés. Se habían desencantado del engañoso hechizo de los humanos desde hacía varias generaciones.

Alegres flores amarillas que pronto se convertirían en volátiles pompones se entremezclaban en armoniosa amistad con los cardos y a lo lejos, una humilde casa deshabitada daba señales de reconocimiento. Se enjugó una lágrima. Ambos estaban viejos y rotos. Como antiguos amantes, tenían sus buenos recuerdos juntos, pero ya no se pertenecían.

A unos pocos metros de la misma, bajo la sombra del árbol de palta al que había trepado tantas veces de niño, se hallaba un montículo de piedras que no necesitaba identificación.

—Pronto, Bobby —susurró con picardía.

El impulso de la adrenalina fue mermando y sus huesos comenzaron a protestar, pero aún tenía cuatro horas antes de emprender el regreso a la terminal. No podía pagar una noche en un hotel, así que tomó una pequeña siesta junto a su mascota. Despertó duro y dolorido.

En el camino de regreso compró fiambres y dulces regionales. Dormitó la mayor parte del tiempo y llegó a casa algo atontado, minutos antes de los primeros cantos de pájaro. No encontró lo que había ido a buscar, pero tampoco sabía qué era eso. Vació el contenido de su mochila sobre la mesa ratona del living y saboreó un pastel de membrillo mientras observaba la llegada del nuevo día desde su pequeño balcón de ciudad.

Tachó un renglón de la lista. El sábado iría a bailar zumba.

NATALIA DOÑATE

Viento del sur

El ciruelo de mi jardín adolecía de una dicotomía estacional. A medias desnudo, a medias rebosante de hojas, me señalaba desde qué lado avanzaba el otoño este año. De hablar su idioma podría haberle ahorrado la molestia, pues yo ya lo sabía; me dolía el oído izquierdo.

Una mariposa se posó en su rama seca, quizás con la intención de probar la nueva temporada, de la que poco llegaría a conocer. Yo decidí hacer lo inverso y, a pesar de no tener ningún gusto en particular por el calor o los mosquitos, me tomé unos minutos para mirar a la derecha, hacia lo que quedaba del verano.

Encendí mi ordenador e ingresé a un sitio de la costa atlántica al que suelo acudir una vez al año, cuando siento los primeros síntomas de nostalgia. Con grata sorpresa noté que habían sumado una cámara online a las dos que ya conocía. Un tercer ojo.

La primera vista -la de la avenida- la utilizaba para imaginar cómo sería vivir allí. En ese mismo momento podría estar andando en bicicleta, como el hombre de casco verde que charlaba con el policía de tránsito en el semáforo, o regresando de hacer las compras, abrigada con un buzo blanco y con dos bolsas pesadas en cada mano.

El día estaba apropiadamente vestido de gris para recibir al otoño, que por lo visto había desarmado ya las valijas y se encontraba saboreando un último helado bajo el gran techo de chapa verde de la esquina. Pocos vehículos, entre ellos una camioneta que transportaba garrafas de gas, sumaban movimiento al paisaje, dando fe de que la vida continuaba sin mi presencia. Mi lado narcisista sintió un pinchazo.

Pasé a la segunda cámara, donde una pareja de mediana edad miraba el brumoso mar desde un banco en la rambla. Aún sin banderines a la vista, se intuía el viento del sur partiendo hacia el continente. Eventualmente llegaría a mí, pero despojado del sabor a sal que tanto me gustaba.

Conté a seis personas en la arena. Seis extraterrestres con los que no entablaría amistad. A mi modo de ver, la playa se disfrutaba con pies limpios y ojos colmados de arena y mar. Pasé a la nueva cámara.

Abarcaba una parte de la rambla, pero desde un ángulo en el que destacaban los coches estacionados, de los que tengo de sobra en la ciudad. Un señor luchaba con una sombrilla roja que se negaba a abrirse, a la vez que una joven pareja buscaba hacer lo opuesto con un cochecito de bebé para meterlo en el auto. Energías mal distribuidas. Turistas. Nada de mi interés.

Regresé al muelle, donde todo fluía. La señora del banco había quedado sola, ajena al hecho de que yo estaba viviendo a través de ella. Su marido -ahora mi marido- había ido en busca de facturas. Dos con pastelera, dos con dulce de leche. Churros aparte para la merienda. De seguro olvidaría las servilletas y tendríamos que limpiarnos con la bolsa de papel.

Un escalofrío me devolvió a la ciudad. La mariposa ya no estaba. La nostalgia, tampoco.

Con un abrigo liviano estrené oficialmente la nueva estación, mi preferida; esa que con promesas de soledad e introspección cubriría mi mundo de ocre y olor a hojas secas y desprendería uno a uno a los mosquitos que inútilmente pedían asilo rebotando furiosos contra la ventana.

NATALIA DOÑATE

Llenando huecos

Los recuerdos de la infancia suelen tener rasgos oníricos; rostros desdibujados, lugares que ignoramos dónde quedan o cómo hemos llegado a hasta ellos, personas que ya no pertenecen al mundo de los vivos e incontables espacios en blanco.

Me hallaba en el cuartito de herramientas de la casa de mi abuelo. No sé por qué razón -o falta de ella- estaba sola; era un lugar moderadamente peligroso, con elementos cortantes, aplastantes, perforantes; todos al alcance de mi mano. Una tabla de madera blanca cubría gran parte de la pared. En ella, negros contornos de herramientas, cual sombras independientes de su objeto, delimitaban dónde debía colgarse cada cosa. Al borde de una gran mesa de madera rústica se encontraba un instrumento que se giraba para apretar piezas. Hoy sé que se llama “morsa de banco”, pero en ese entonces era el aprieta-dedos.

Tampoco comprendo por qué hallé la revista. No parece el lugar lógico donde guardar una. De todos modos me senté a hojearla en el suelo. Short de jean y medias blancas en piernas cruzadas. Y recuerdo claramente lo que vi. De no ser por esa imagen, probablemente todo lo demás habría abandonado mi memoria mucho tiempo atrás, como personajes secundarios en una obra en la que muere el protagonista.

Dos avestruces -o tal vez ñandúes- habían quedado clavados en un cerco de púas, probablemente invisible a sus ojos, mientras corrían a campo traviesa. Allí quedaron; los cuellos estirados, la mirada en el horizonte, los cuerpos descarnados y desplumados por el tiempo y los carroñeros. Si la foto estaba acompañada de algún tipo de información, no lo sé. Calculo que era mi época de analfabeta.

Hoy en día me arrepiento de no haber conservado esa revista. No es porque quiera leer la nota, ni mucho menos regodearme con esa escena morbosa. Sólo me gustaría compartirla con alguien más para poder quitarme de encima esa sensación de irrealidad, de vivencia solitaria que se padece cuando se intenta contar un sueño.

NATALIA DOÑATE

Lágrimas en el té

            Agua salada goteaba de sus ojos y, una vez endulzada en el té, hacía el recorrido de regreso a su cuerpo, ingresando por la boca.

— Te estás tomando tus propias lágrimas —observó su padre.

Ella rió, pero permaneció en silencio.

Esa tarde había tomado un taxi hasta el barrio de su infancia y observado cómo se ponía el sol en la autopista. Sabía que ése había sido, irrevocablemente, el último día en que él había existido sobre la faz de la tierra y sentía que, con la luz del atardecer, otra más pequeña y querida se apagaba. Una que no regresaría al día siguiente.

Ahora, bebiendo el reconfortante “té a la lágrima” en el comedor de la que había sido la casa de sus padres, entendió que aún le quedaba algo de tiempo. Que así como en ocasiones habían compartido bromas, peleas, juegos o empanadas un domingo aburrido, en ese momento estaban unidos por la tristeza.

Llegaría el día en que el dolor de su ausencia sería lejano y podría sonreír ante un tablero de ajedrez, un Volvo color plata, o un buzo con capucha. Era inevitable; conocía la sensación porque no era la primera vez que perdía a un ser querido. Pero él merecía algo mejor. Por eso, extendería lo más que pudiera la sensación de pérdida reciente; el mate sin vaciar sobre la mesada de la cocina, las migas en la mesa, el placard lleno de ropa.

Lloró toda la noche. En algún momento apoyó la cabeza sobre la mesa y reanudó su llanto en sueños.

Los rayos de un sol nuevo le hicieron abrir los ojos. Sobresaltada levantó la cabeza. Él permanecía frente a ella, leyendo el diario.

— Te queda linda la mesa marcada en la mejilla —observó.

Agradecida, supo que no la abandonaría hasta que estuviese lista.

NATALIA DOÑATE

La canilla mágica

            La niña era la típica afortunada cuyo hogar quedaba a pasos del colegio. Su madre estaba siempre en casa y podía invitar amigos con frecuencia, a puertas y brazos abiertos. La mesa los esperaba cubierta de sándwiches, facturas y vasos de chocolatada. Esas meriendas legendarias conservarían su fama a lo largo de todos los ciclos educativos de su vida, incluidos los primeros años de universidad.

En aquella casa de su primera infancia había un televisor de gran tamaño para la época y un patio con tobogán, hamacas y sogas anudadas para trepar. En el living, las luces tenían una perilla de dimmer, que poco sumaría a la diversión de los niños, de no ser porque se usaba para hacer un truco de magia: la madre ubicaba a las visitas en medio de la sala frente un gran espejo que cubría toda la pared y les pedía que soplaran muy lentamente, mientras ella giraba disimuladamente una perilla oculta y las luces bajaban gradualmente la intensidad hasta apagarse. Luego, les indicaba que gritaran “que se haga la luz” y vuelvan a soplar, y así, con un poco de imaginación y mucha tecnología, las luces se volvían a encender.

Un domingo de verano se encontraba en el jardín con sus hermanos, haciendo pases con una pelota de goma, cuando cayeron sobre su cabeza las primeras gotas de lluvia. Instintivamente frenaron el juego y miraron al padre, que permanecía leyendo el diario, inmutable.

Cuando ya era una obviedad que se estaban mojando, la niña sintió curiosidad. Mamá ya los habría hecho entrar hace rato. ¿Será que papá no sabía qué hacer?

De pronto, éste se inclinó hacia adelante y preguntó:

— ¿Quieren que llueva más fuerte?

Al unísono pronunciaron un largo y entusiasta “¡Sí!”

Él dobló sus dedos como rodeando una canilla y giró la muñeca. Cayó más agua. Los hermanos gritaron con alegría.

— ¿Quieren más?

— ¡Síííííííííí!

Empezó a caer tanta agua que apenas podían abrir los ojos. De pronto, una silueta familiar apareció por detrás.

— ¡Miguel! ¿Qué hacen? ¡Todos adentro, ya mismo!

Al día siguiente la tierra estaba húmeda y blanda y las desafortunadas lombrices que habían huido de la inundación se retorcían al sol en agonía. La niña discutía ofendida con la amiga de turno, que no le creía que el padre controlaba la lluvia. Se sintió triste, pues sabía que su mamá no les dejaría repetir el truco, y, por más que revisó exhaustivamente el patio una y otra vez, no logró dar con la canilla invisible.

NATALIA DOÑATE

Volver

            Los distintos paquetes de facturas, sándwiches y masas secas alegraban la sombría cocina. Era amplia y fresca pero antigua, cubierta hasta el techo por azulejos azul oscuro y protegida por un toldo de chapa demasiado extenso, diseñado para tapar el sol en épocas en las que no se estilaba tener aire acondicionado. Nos encontrábamos pasando un rato ameno entre sobremesa y charla. En su mecedora y rodeada de tres generaciones de parientes, ella movía con destreza las agujas. Finalmente, dijo:

—Para Rafa.

—Hermosa, abuela, muchas gracias.

Acaricié la mantita color celeste pastel y la hice a un lado. La vimos enrollar el resto de la lana en un prolijo ovillo y guardar las agujas en el costurero. Luego se incorporó.

—Ya me voy a casa.

Nos miramos con disimulo. Mi madre intentó distraerla.

— ¿Ya probó el budín de limón? Es una delicia.

—No tengo hambre, me voy.

— ¿Por qué no me muestra la lana? Podríamos ver qué colores le faltan y le traigo la próxima vez que venga.

Pero ella empezaba a angustiarse: —no, no, esta vez me tienen que dejar ir. Estoy cansada, quiero volver a casa.

Traté de hacerle entender que ésa era su casa. Pero me observó como si fuese una mentirosa hasta que no le pude sostener la mirada. No era la primera vez que esto ocurría, pero aún no sabíamos cómo manejarlo.

Ofendida tomó su bolso, su sombrero y un abrigo. Apenas nos hizo un gesto de despedida y ya se dirigía hacia la puerta, cuando mi hermano se incorporó de un salto.

—Tenés razón, vamos, yo te llevo.

Lo miramos con ojos desorbitados. ¿Qué locura pensaba hacer? Tomó las llaves del auto y le sostuvo la puerta con amabilidad. Los vimos partir sin entender hacia dónde se dirigían, pero no acabábamos de decidirnos a entrar, cuando los vimos aparecer nuevamente por la esquina. Habían dado una vuelta a la manzana.

El improvisado chofer la ayudó a descender del coche y señaló la fachada blanca.

— ¿Ves, abuela? Ésta es tu casa.

Con ojos vidriosos escudriñó el lugar y se rindió. Ante el alivio de todos entró y ocupó su asiento sin protestar. Rechazó el vaso de agua que le ofrecimos.

Mi hermano, que comenzaba a comprender la situación, aventuró:

—Vos lo que querés es volver a tu casa, pero a la de antes, cuando estaba el abuelo, ¿no?

La vimos asentir con tristeza. No podíamos hacer nada. Pero luego alzó la mirada y esbozó una sonrisa.

En sus ojos llenos de añoranza pudimos adivinar que una parte de ella, efectivamente, había logrado regresar.

NATALIA DOÑATE

El último verano

Con la cálida anticipación de un sueño repetido del que ya se intuye el final, me adentré en el pequeño bosque, convencido de que al llegar al lago vería a mi amigo. Efectivamente, allí estaba, caña en mano y una lata de lombrices a sus pies descalzos. Andrajoso, inconfundible en su camisa a cuadros hecha jirones y sus pantalones sujetos por un cordel. Más alto y flaco que el año anterior, pero Manuel al fin. Arrojó un cigarrillo a medio consumir con desdén.

— ¡Parece que pesqué un forastero! —gritó sin siquiera voltear a verme.

Tenía la actitud agresiva propia de los que viven en la calle y que es la envidia de los niños mimados. Pero también tristeza. Parte de mí lo admiraba, parte le temía. Hubiese querido ayudarlo, pero no estaba en mis manos cambiar las cosas. Iba a ser nuestro último verano juntos y más valía dejarnos llevar. Caminamos en silencio, pateando de a turnos una botella hasta la feria, donde nos encontramos al resto de la pandilla. Me saludaron con el mismo entusiasmo que si me hubiesen visto el día anterior, así que fingí indiferencia para hacerme el interesante.

Funcionó hasta que la vi a Nadia. Sus trenzas de niña habían sido reemplazadas por el peinado alto que estaba de moda y usaba labial con aroma a fresa. Tuve que cerrar la boca para que no me entrase una mosca o peor aún, se me escapase una estupidez. Pasaron tres largos días hasta que me animé a hablarle y para entonces, ya estaba saliendo con Carlitos.

De todos modos fue un verano memorable. Plácido, caluroso, lleno de pequeñas grandes aventuras, de esas que refuerzan amistades pero sin llegar a bajar anclas. Intenté hacer durar cada momento, retener los olores, los colores, las tristezas y las alegrías, pero el tiempo, lento y tenaz me empujó indefectiblemente a la última tarde, nuevamente a orillas del lago; a solas con Manuel, mi favorito.

—Ésta es la despedida, ¿no? —pregunté con melancolía mientras mordisqueaba un yuyo seco.

—Siempre podemos repetir todo —dijo encogiéndose de hombros.

Pero yo sabía que no, que no sería lo mismo.

Cerré el libro con pesar y lo ubiqué con el resto de la saga, en el último hueco del estante de la biblioteca.

NATALIA DOÑATE

Domingo

            Habitación por habitación se habían retirado los colores. Luego, se apagaron los sonidos. La casa, instantes atrás bulliciosa y alegre, le daba la espalda al día.

Sentada en el suelo fresco de la cocina, una pequeña niña encarcelada suspiraba por su jardín, más brillante que nunca tras las rejas horizontales de la persiana.

El viejo ventilador de chapa traqueteaba con fuerza procurando entretenerla, pero las rendijas de sus aspas sólo proyectaban una diapositiva insulsa: la pared de azulejos amarillos deslucida por la ausencia del sol. Nada para ver o hacer. El reloj permanecía impasible, casi inmóvil, a excepción de su aguja más larga, que con crueldad fingía tomar envión para luego dar un sólo paso contenido.

Decidió huir de ese mundo gris y e insípido, donde reinaba el ruido blanco del paso del aire, e imaginó que estaba en el mar. La cocina era el único lugar donde había tierra firme, y en cada puerta de la alacena ella llevaba lo necesario para subsistir.

“¿Qué sería eso? Veamos:

  • Puerta 1: Cajas y cajas de chocolatada.
  • Puerta 2: Sus ponis, su libro sobre la luna que sacaba a pasear a un bebé, su gato Félix de peluche.
  • Puerta 3: Arroz. Kilos y kilos.
  • Puerta 4: Papeles y lapiceras para dibujar y escribir cartas.
  • Puerta 5: Botellas vacías para enviar esas cartas.
  • Puerta 6: Un aparato que transforma el agua de mar en gaseosa.
  • Puerta 7: La videocasetera para…”

Un ruido de engranajes casi imperceptible la sacó de su ensimismamiento. Las puertas del reloj se abrieron de par en par y un simpático pajarito dio la hora: cuatro cu-cús. Pronto la vida, que esperaba pacientemente afuera, volvería a entrar, y una voz familiar daría el ansiado grito de “¡pónganse la malla!”.

La hora de la siesta por fin había terminado.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE