Los inmorales

“Hoy. 10.30 am. Plaza Sarmiento, frente a la iglesia. Bufanda amarilla”.

No era mi cita, ni mi aviso. Ni siquiera lo leí en mi diario, sino en uno que se olvidó un hombre en la cafetería. Pero acudí igual. El aburrimiento es mal consejero.

A dos bancos de distancia vi a la pareja encontrarse. Se sentaron uno al lado del otro aparentando no haberse cruzado en la vida, pero yo estaba atenta y bien ubicada y noté que se rozaban los codos. Ella tenía un niño de unos cuatro años que jugaba en las hamacas a pocos metros de distancia. Deseé haber hecho un curso de lectura de labios acelerado, pero ya era tarde. A los pocos minutos, partieron, cada cual por su lado.

Busqué anuncios similares por semanas. Un primero de abril el esfuerzo dio sus frutos.

“Hoy. 10.30 am. Plaza Alsina, esquina kiosco. Boina verde”

Cancelé mi turno con el dentista y me apresuré a la cita. Esta vez quise complicarles la situación y me senté exactamente en el punto de encuentro. Mismo hombre, misma mujer, mismo niño. Él se sentó a mi lado, ellos siguieron de largo. Él lloró.

Al día siguiente un aviso leía:

“Guardaré tu último perfil como mi más valioso tesoro. Buena vida allá en la madre tierra”.

Arranqué el papel con bronca y lo arrojé hecho un bollo al cesto de basura.

¿Con qué me iba a entretener ahora?

NATALIA DOÑATE

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            Los distintos paquetes de facturas, sándwiches y masas secas alegraban la sombría cocina. Era amplia y fresca pero antigua, cubierta hasta el techo por azulejos azul oscuro y protegida por un toldo de chapa demasiado extenso, diseñado para tapar el sol en épocas en las que no se estilaba tener aire acondicionado. Nos encontrábamos pasando un rato ameno entre sobremesa y charla. En su mecedora y rodeada de tres generaciones de parientes, ella movía con destreza las agujas. Finalmente, dijo:

—Para Rafa.

—Hermosa, abuela, muchas gracias.

Acaricié la mantita color celeste pastel y la hice a un lado. La vimos enrollar el resto de la lana en un prolijo ovillo y guardar las agujas en el costurero. Luego se incorporó.

—Ya me voy a casa.

Nos miramos con disimulo. Mi madre intentó distraerla.

— ¿Ya probó el budín de limón? Es una delicia.

—No tengo hambre, me voy.

— ¿Por qué no me muestra la lana? Podríamos ver qué colores le faltan y le traigo la próxima vez que venga.

Pero ella empezaba a angustiarse: —no, no, esta vez me tienen que dejar ir. Estoy cansada, quiero volver a casa.

Traté de hacerle entender que ésa era su casa. Pero me observó como si fuese una mentirosa hasta que no le pude sostener la mirada. No era la primera vez que esto ocurría, pero aún no sabíamos cómo manejarlo.

Ofendida tomó su bolso, su sombrero y un abrigo. Apenas nos hizo un gesto de despedida y ya se dirigía hacia la puerta, cuando mi hermano se incorporó de un salto.

—Tenés razón, vamos, yo te llevo.

Lo miramos con ojos desorbitados. ¿Qué locura pensaba hacer? Tomó las llaves del auto y le sostuvo la puerta con amabilidad. Los vimos partir sin entender hacia dónde se dirigían, pero no acabábamos de decidirnos a entrar, cuando los vimos aparecer nuevamente por la esquina. Habían dado una vuelta a la manzana.

El improvisado chofer la ayudó a descender del coche y señaló la fachada blanca.

— ¿Ves, abuela? Ésta es tu casa.

Con ojos vidriosos escudriñó el lugar y se rindió. Ante el alivio de todos entró y ocupó su asiento sin protestar. Rechazó el vaso de agua que le ofrecimos.

Mi hermano, que comenzaba a comprender la situación, aventuró:

—Vos lo que querés es volver a tu casa, pero a la de antes, cuando estaba el abuelo, ¿no?

La vimos asentir con tristeza. No podíamos hacer nada. Pero luego alzó la mirada y esbozó una sonrisa.

En sus ojos llenos de añoranza pudimos adivinar que una parte de ella, efectivamente, había logrado regresar.

NATALIA DOÑATE

El cuerpo del delito

Javier roncaba intermitentemente, sumido a medio desvestir en un sueño elegante sport. Había aterrizado en el acolchado blanco tras otro vuelo extenuante, apenas atinando el pobre a quitarse los zapatos y aflojarse la corbata. Parecía un muñeco de torta pasado de copas.

Ella había vaciado cuidadosamente los bolsillos del saco y dispersado su contenido sobre la mesa del recibidor: llaves, celular, documentos varios y una hoja doblada en cuatro con el logo del hotel. Su carta de amor. Siempre le hacía una cuando se iba de viaje. Decidió esperar a que despertara y se la leyera en persona.

Las horas pasaron paulatinamente. El departamento era minúsculo y debía moverse en puntas de pie en las penumbras para no alterar el sueño de su marido. Cada tanto, presa del aburrimiento, tomaba el papel, pero lo volvía a apoyar. Sería más romántico escuchar el contenido de sus labios. Pasadas las dos de la tarde decidió salir a comprar el almuerzo. Regresó con una bolsa humeante de pollo al espiedo con papas y al  encender la luz, cegada por el hermoso día que hacía afuera, se encontró a Javier al fin  despierto, aunque aturdido. La habitación apestaba a encierro.

— ¿Qué hora es?

— ¡Hora de comer rico, amor!

Le dio un gran beso y con celeridad abrió las persianas. El sol y el aire acudieron en su ayuda. Mientras ponía la mesa notó de reojo que la hoja había desaparecido.

— ¿Qué hiciste con mi cartita? —preguntó con fingida voz de niña.

Él palideció. — ¿La leíste?

—Claro que no, esperaba a que me la dieras vos, como corresponde.

Pareció aliviado. —Era muy cursi —respondió. —La tiré a la basura.

—Ay, Javier, siempre tan duro con tus sentimientos. Yo quería leerla.

Él la tomó sorpresivamente por la cintura y la sentó en su regazo. Entre besos le describió el contenido de la carta: que la había extrañado muchísimo, que la amaba, que no veía la hora de tenerla en sus brazos. Nada nuevo. Almorzaron en silencio y luego partió a hacer una visita exprés a su madre que vivía a pocas cuadras.

Ella juntó la mesa y cuando estaba por tirar las sobras notó una pequeña discrepancia. El cesto de basura estaba completamente vacío. Apresurada, lo sacó a la vereda aunque estaba a medio llenar y procedió a lavar los platos.

NATALIA DOÑATE

Mensaje en la heladera

Habían consumido medio almanaque desde su regreso de Europa, pero no lo asumían. La luna de miel se había colado en las maletas junto a los jaboncitos de los hoteles y ronroneaba por todos los rincones de la casa. Picnics con queso y vino en el jardín, apodos cariñosos, bailes de medianoche. Pero su sitio preferido era la cocina.

Habían comprado en Grecia un juego de imanes de letras y cada mañana él le dejaba mensajes de amor en la puerta de la heladera. Frases célebres cuya auditoría se adjudicaba y ella fingía no conocer.

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos”

“El amor es la alegría de los buenos, la reflexión de los sabios, el asombro de los incrédulos”

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor”

Una mañana ella se encontró con un verso alevosamente conocido de Shakespeare y decidió jugarle una broma, dejándole la letra de una canción famosa.

Se fue a dormir risueña, anticipando cosquillas y corridas por la casa.

Desayunó al día siguiente frente a una heladera desnuda de imanes, deseando haber sido un poco menos graciosa.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE

Fidelidad

Me despertaron unos redobles de tambor en la sien. Era mi corazón, que pujaba por vivir. De a poco se fueron arrimando otros sonidos extraños. Bip. Bipip. Túúúú. Alguien tomaba mi mano amorosamente.

-¿Mamá?-

-Shh… no hables por un rato, hija-.

Una enfermera daba golpecitos suaves a la bolsa del suero. Seguí la línea del cable hasta un moretón en el dorso de mi mano. Mejor mirar para otro lado.

Deslicé con cuidado mi mano derecha -la que no había sido amasijada- hasta mi pecho. Vendas. Dolor. Luces brillantes. -¡El accidente!- pensé. La mano de mi madre se veía manchada y azulada. Pura vena. La apreté suavemente y me miró con emoción. Su rostro, vacío y enjuto, pero con ojos que irradiaban un amor incondicional. Los años no la habían despojado de su hermosura.

En un sillón apartado se encontraba mi padre hablando por celular. Apenas me miró. No sabrá qué decir, pobre. Le voy a dar más tiempo. Encorvado, canoso, pequeño.

Cómo han envejecido. Quién sabe cuántas cosas me perdí, pero ya no importa queridos padres, ya estoy acá. Yo los voy a cuidar a partir de ahora.

Quería hacer la pregunta,  pero aún no estaba lista para escuchar la respuesta. Opté por hablar de nimiedades.

-¿Qué tal la comida de acá?-

-No lo sé, querida, almorzamos acá en la esquina-.

-¿Habrá algo bueno en la televisión?-

-Probablemente nada interesante amor. Igual ya nos estamos por ir en un ratito-.

No querían darme demasiada información de repente. Entendible. Pero el choque con la realidad era inminente. Había que preguntar. Pronto.

-¿Y Lucho? ¿Qué fue de su vida?-

Lucho, con sus ojos amables, sus manos enormes deformadas por años de básquet. Lucho, que en otras circunstancias probablemente habría sido mi esposo. ¿Habrá tenido hijos? ¿Un varoncito, como él quería?

-Está abajo tramitando el alta, ¿necesitás que lo llame?

Mi corazón estalló en júbilo y gratitud. No lo podía creer. Amor verdadero. Me largué a llorar descontrolada. ¡Me esperó! Quién sabe por cuántos años. Pronto nos reencontraremos, amor mío. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no está aquí a mi lado? Años postrada, cabello sin teñir, ni una manicure. Debo ser un monstruo.

-¿Cómo me veo?- Pasé los dedos desesperada por mi rostro. -¡Un espejo! ¡Necesito un espejo ya!-

-Tranquila, querida, estás vendada, no te vas a poder ver por unos días- me quiso tranquilizar mi madre.

-Pero…  ¡mi cara! ¿Cómo está mi cara?

-Bien, querida, todo lo bien que se puede esperar en esta situación.

Suficiente. La pregunta.

-¿Cuánto tiempo estuve en coma?- 

-¿Qué coma? Te viniste a hacer las lolas, apenas te sedaron. ¿Estás bien, Florencia?-

Por el rabillo del ojo vi como mi padre escupía el café.

NATALIA DOÑATE