Desencanto

            —Nunca es tarde para aprender —decía con altura la señora de la sombrilla verde ante las burlas de su marido, mientras giraba el libro electrónico en busca del botón de encendido. Los ojos del hombre regresaron al periódico. Ninguno de los dos se dignó a mirarlo. Estaba acostumbrado. Tomó las estampitas y continuó su trayecto. La arena le quemaba las plantas de los pies, pero prefería pedir en la playa, donde la gente era amable y relajada. A sus hermanos pequeños se les daban mejor los semáforos.

Distraído, golpeó su dedo meñique con algo amarillo a medio enterrar. Un balde. Miró con disimulo por sobre el hombro. Nadie parecía echarlo en falta. Lo consideró una señal. Tímidamente lo sacudió y se alejó unos cuantos metros.

Cargó agua en el mar y de a poco le fue agregando arena. Cuando estuvo bien pesado, pero no demasiado seco, lo volteó. Era un comienzo. Con cuidado cavó una puerta que atravesaba el montículo de punta a punta y la decoró con caracoles. Finalmente hizo el típico foso que solía ver en las obras de otros niños. Sumó un puente y un anexo donde guardar tesoros.

Tomó una foto mental y saltó encima del castillo, reduciéndolo a un cúmulo de arena y caracoles en forma de hormiguero.

Decidió subir la apuesta. Entre aspavientos, como si estuviese siendo atacado por insectos invisibles, corrió hacia el mar. Empapado volvió a la arena, donde se revolcó hasta quedar apanado como una milanesa. Nadie notó el contraste entre sus movimientos infantiles y la expresión vacía de sus ojos. Regresó a lavarse al mar y se sentó en el muelle a secarse. La arena lo fastidiaría el resto del día.

De regreso se cruzó con la mujer de la sombrilla verde, quien se remojaba los pies en el agua sin una preocupación en el mundo. Le lanzó una mirada de odio que rebotó en sus anteojos importados y arrojó a sus pies las estampitas arruinadas por el mar.

Ella lo miró con pena, ignorando que sus palabras le habían generado una falsa ilusión.

Ya era demasiado tarde para aprender a ser niño.

NATALIA DOÑATE

La vida misma

            El hombre se hallaba a gusto. Había invertido los ahorros de su modesta jubilación en una escapada de vacaciones a la costa y ya llevaba tres días dedicados a deambular entre el bosque y la playa. Sentía los pulmones limpios y las piernas tostadas. Su horario preferido para caminar era por la mañana temprano, pues acostumbraba madrugar, pero tras un encuentro desagradable con un grupo de borrachos se había decantado por la media mañana; horario de deportistas y familias con niños. Llevaba consigo un palo de escoba a modo de bastón, que no cumplía otra función que recordarle los paseos por las montañas que hacía en su juventud, donde era menester llevar un arma para defenderse de los perros salvajes y los pumas.

Calzaba una gorra visera blanca que lucía un bordado de anclas y nudos, regalo de su hijo el marino, y llevaba las viejas sandalias marrones en la mano. No necesitaba nada más; su piel seca y escamosa renegaba del protector solar y los lentes de sol opacaban el paisaje. En su muñeca izquierda, un reloj pulsera de grandes números calculaba los minutos de recorrido, de modo que se tomaba media hora para la ida y media para la vuelta. Esa mañana saldría en dirección opuesta, hacia rumbos desconocidos.

Caminó unos veinte minutos bordeando el mar. Era una sensación maravillosa; de no ver las uñas de sus pies creciendo como ramas amarillentas a causa de los hongos y el dorso de sus manos cubiertos de manchas, creería que tenía treinta años. El agua era igual de fresca, la arena le hacía el mismo masaje exfoliante en las plantas de los pies que cuando joven y sus fosas nasales captaban el mismo olor a mar. Su vista nunca había sido buena, con lo cual no había nada que extrañar en ese aspecto. Se encontraba recitando una poesía en su mente, cuando una voz antipática lo detuvo.

—Señor, no puede ingresar a esta zona.

Detrás de un matorral surgió un hombre con un gorro panameño y una tabla de surf en la mano. Recostada sobre una lona a unos metros, una despreocupada mujer leía un libro. Ambos estaban completamente desnudos.

—Como verá, ésta es una playa nudista —dijo el joven señalando sus partes privadas, que para ser justos, pasaban bastante desapercibidas.

El anciano se ruborizó.

—Mil disculpas, caballero, señora. No tenía idea.

Acto seguido, se bajó la malla y siguió su camino como dios lo trajo al mundo, sólo que mucho más arrugado. Ante sus ojos desfilaron cuerpos de todas formas y tamaños, pero él solo tenía ojos para un muelle que divisaba en el horizonte, al que sabía que no llegaría pero quería ver con mayor precisión.

Unos minutos después, sonó su alarma. Tiempo de volver. Le habría gustado seguir un poco más, pero sabía que, si lo hacía, al día siguiente sus rodillas le pasarían factura. A esa edad era más conveniente dosificar la felicidad. Se refrescó la nuca y los brazos con agua salada y emprendió el regreso.

Al rato, un grito interrumpió sus pensamientos:

— ¡Señor! ¿pero qué hace?

Se giró con paciencia para explicar a quien correspondiera que el hecho de ser viejo no era un impedimento para estar ahí. Cada cual a lo suyo. Pero quien lo observaba era una señora de su edad, vestida con una malla enteriza de flores. Tenía en sus brazos un caniche diminuto que se puso a ladrar con histeria, más escandalizado que la dueña, que sólo parecía preocupada por su salud mental.

Comprendió que ya no estaba en la playa nudista y se apresuró a ponerse la malla, que ondeaba como bandera en su palo de escoba. Tuvo una idea; desde entonces, programaría tres alarmas en el reloj: una a los veinte minutos para quitarse la malla, otra a los treinta para emprender el regreso, y otra a los cuarenta para vestirse. Eso sí, era importante salir en la dirección correcta.

El incidente no pasó a mayores; la mujer había visto cosas peores y pensó que se trataba de un loquillo amable. Él pasó el resto del camino pensando en lo difícil que era andar complaciendo a todo el mundo.

NATALIA DOÑATE

El Chicho

            A falta de rasgos innatos de una raza en particular, los integrantes del grupo afirmaban su pertenencia por medio de características forjadas por la mala vida y el desamor: orejas caídas, ojos expresivos y húmedos, costillas marcadas y alguna que otra herida o enfermedad que se habría podido mejorar con un poco de cariño. Era una manada de almas que penaban por la zona balnearia en temporada baja. Entre ellos se encontraba “El Chicho”, una mezcla de mezclas, de tamaño mediano y pelaje marrón.

A dos cuadras de la peatonal había un almacén que abría todo el año y donde se podía encontrar a este perro en cuestión de lunes a lunes. Allí le habían dado su nombre y una que otra palmadita en el lomo. Algunos clientes le lanzaban cada tanto una patada, pero eran los menos y él sabía identificarlos, pues la vida en la calle le había dado una visión especial del alma humana. El único que aún le resultaba impredecible era su vecino, el del aliento a vino, que podía abrazarlo un día y pegarle con el puño cerrado al siguiente. Le tenía paciencia sólo porque se veía más desdichado que él.

La cuadra del almacén era el hogar de ambos. Siempre había agua en un tacho sin nombre y sobras sobre un pedazo de cartón, cortesía del chico de los repartos. La bebida la compartía con gusto; sentía la compañía de los otros perros cuando aspiraba sus olores al beberla, pero no podía darse el lujo de ser generoso con la comida; ésta escaseaba y él no era ya ni joven ni agraciado. Sus chances de conseguir familia disminuían drásticamente con los años.

Los domingos el almacén no hacía delivery, por ende, era el día en que no comía. Se recostaba a unos metros de la entrada y esperaba a que su benefactor volviese del franco. Lo apreciaba tanto que era capaz de caminar varias cuadras en plena lluvia en invierno para hacer sus necesidades lejos y no traerle problemas con los dueños.

Su cerebro de perro se perdía en los menesteres del día a día y olvidaba las épocas de calor en las que la pasaba mejor. Afortunadamente éstas regresaban cada año aún sin ser extrañadas, trayendo aromas de nuevos humanos y manos de distintas formas y tamaños que acariciaban su pelaje y lo llamaban por distintos nombres. A todos les respondía y todo lo aceptaba con ganas: los fondos de los vasitos de helado, los dedos pegoteados de algodón de azúcar, unas papas fritas frías rebosantes de aceite. El sol fortalecía sus huesos, el calor secaba los hongos de su piel y la vida era buena.

Con los primeros calores de diciembre llegó un niño especial. Grandote y torpe, pero buenazo. Pasaba remontando un avioncito de telgopor cuando se tropezó con su pata y casi lo aplasta. A modo de disculpas le obsequió su sándwich de jamón y queso, que ya se había estropeado con arena y lo bautizó “Pulgoso”. Le acarició el lomo mientras esperaba pacientemente a que terminase de comer y lo invitó a dar un paseo. Prometió volver al día siguiente.

Pronto establecieron una rutina en la que no había domingos; sólo comida, mimos y paseos. El niño siempre estaba solo y le hablaba por lo bajo en un tono monocorde. El aire fresco de la costa le traía su aroma, el más dulce de todos, junto al sonido de su voz llamándolo en un susurro:

—Pulgoso, ¿estás ahí?

Él siempre estaba, ¿dónde más iba a ir?

Una tarde calurosa, justo el día siguiente a la temible noche de los fuegos de artificio -otro suceso que ocurría todos los años pero que él olvidaba- el niño le trajo el festín de su vida. Peceto, pollo, arroz, budines salados. Comió hasta reventar y luego lo llenó de lengüetazos en el rostro, más salado y delicioso que nunca.

Al día siguiente el rastro del niño era tenue. Salió en su búsqueda y regresó, sólo para encontrarse con un aire cada vez más vacío de su olor. Era una sensación familiar. Abandono. Las tripas le rugieron que regresara al almacén.

Volvía a ser el Chicho.

NATALIA DOÑATE

Paradoja

            Los cientos de turistas que gozaban del sol en cierta playa de Bahía no imaginaban que entre ellos se gestaba un filósofo. Torso al descubierto, toalla cruzada en la cintura y mirada perdida en el mar, se hallaba Pablo. Un termo humeante a su lado delimitaba su origen: argentino o uruguayo. Entre sorbo y sorbo se tragaba su propio aburrimiento. Era lamentable cómo se había depreciado en su interior ese paisaje paradisíaco que, una semana atrás, le había hecho replantearse su residencia. Nada dura para siempre, pero si algo estaba por lograrlo era el gasto que había acumulado en la tarjeta de crédito para hacer ese viaje.

Decidió doblar la apuesta y reservar una excursión a otra playa. A todo o nada. La misma, resultó ser un fiasco. Cuatro horas en un micro sin aire acondicionado, mala comida (bebidas aparte) en una lanchería de mala muerte y un guía grosero que olvidaba el español cuando le convenía. Fue una desgracia con suerte, porque al día siguiente era el mortal más feliz del hotel. Ni Platón habría podido explicar tan bien el principio del “placer-dolor”.

Ya de regreso en su hogar puso en práctica lo aprendido en vacaciones. Autogenerarse momentos y sensaciones desagradables para apreciar más sus opuestos. Descubrió que funcionaba de maravillas en todos los aspectos de la vida, desde los más inherentes a la naturaleza humana, como la autorrealización, hasta en los más mundanos, como disfrutar de algo dulce. Ambas situaciones producen acostumbramiento, que se supera cuando se sufre un mal trago.

Empezó con tareas simples, como visitar a parientes indeseables o pasar una noche durmiendo en el suelo de la cocina. Ante los buenos resultados obtenidos se embarcó en tareas más pesadas y agobiantes, que podían durar días. Pero pronto notó que el tiempo no le rendía, así que optó por realizar pequeñas descargas, como engancharse el dedo chiquito del pie con la pata del sillón, o morderse la lengua. Una vez se quemó con el café, pero encontró que la relación costo-beneficio no era óptima.

Con el tiempo el experimento le trajo un plus: al invocar conscientemente malos momentos, le ocurrían menos imprevistos. Había aprendido a controlar el equilibrio cósmico, o al menos eso creyó, hasta que se encontró en una encrucijada.

Le había tomado poco a poco el gustito al dolor y de pronto todo era placer. Insostenible. Al poco tiempo se convirtió en un ser adormecido incapaz de sentir nada.

NATALIA DOÑATE

Las noticias de la tarde

Unos valores de azúcar en sangre algo traviesos determinaron la suerte de Don Carlos. No se trataba de una enfermedad importante. Para ser justos, ni siquiera era una enfermedad aún, pero él lo tomó como una señal para quitarse el peso de encima ante su mujer. La culpa lo había acechado por años; se agazapaba con su cerbatana en la rutina y esperaba los momentos especiales para escupirle dardos en la nuca. Quedaba poco tiempo, ella se adentraba de a poco en la demencia y la necesitaba consciente para absolverlo.

La pobre Amalia, quien aún lo tapaba por las noches cuando refrescaba y le acercaba un whisky con dos hielos si lo veía leyendo junto al fuego. Esa alma de niña que endulzaba sus mañanas con cosquillas y lo llamaba “viejito guapo”. Su mujer. Habían tenido una buena vida. Qué mejor broche de oro que cerrarla en orden y en paz. Tal vez ella también tenía algo que confesar, aunque parecía poco probable. Era un ángel.

Le compró un collar de perlas reales que de tan costoso se veía ordinario y preparó una cena romántica a la luz de las velas. La trató como a una reina. Ella estaba encantada. Después del postre sintió que se le cerraba la garganta. Pero vamos, sólo fue una vez, hace décadas. Ni recuerdo a esa mujer. Carraspeó y con voz ronca, comenzó a hablar.

Qué ocurrió después, nadie lo sabe. El resultado final, un tsunami en la cocina: el suelo cubierto de trozos de vajilla fina que al pisar crujían como caracoles -postal de Shell Beach-, familias enteras de porcelana de Lladró desmembradas, portarretratos desesperados buscando su foto. Cincuenta y dos años de matrimonio hechos trizas.

Yo no los conocía. Lo vi en las noticias de la tarde mientras lavaba los platos. Los ojos muertos de la anciana, sus manos surcadas de venas azules consolándose entre sí, un sendero de sal atravesando las mejillas secas. Labios mal pintados que preguntaban una y otra vez por su marido. El marido, metros atrás en una bolsa de consorcio. Desolador. Los policías iban y venían con la cabeza gacha, sin animarse a mirarla a la cara. Pobre mujer. Los periodistas ávidos de carroña se turnaban para darle picotazos:

— ¿Cómo se siente?

— ¿Lo quería mucho a su marido?

— ¿Se va a sentir segura viviendo en esta casa?

En la pantalla del televisor, una franja roja rezaba:

“URGENTE. ROBO SEGUIDO DE ASESINATO. VIUDA EN SHOCK. CULPABLES EN FUGA”.

Alguien se apiadó de la santa y echó a los reporteros a volar.

—No más preguntas. ¡Respeto por favor!

Cambié de canal desilusionada. Unas treinta personas en escena, entre las que se encontraban los mejores peritos y especialistas en criminalística. A ninguno se le ocurrió preguntar por qué no le habían robado el collar.

NATALIA DOÑATE

Reverberaciones de amistad

A la temprana edad de los cinco años conocí a quien, hoy con cuarenta y dos, continúa siendo mi mejor amigo. En esos días muchos compañeros de Salita Celeste tenían la costumbre de hablar solos. Especialmente Mariana, la nena de trencitas castañas y pecas en la nariz que olía a cerezas. Cada vez que me acercaba a hablarle, ella estaba ocupada secreteando con Carlitos. Si había un asiento vacío a su lado, Carlitos ya estaba sentado ahí. Como Carlitos era invisible, yo arrojaba patadas al aire, con la esperanza de cruzarlo. Más de una vez le debo haber embocado. Hubo un tiempo feliz (que justo coincidió con la época en la que trabé amistad con Romina) en el que Carlitos sufrió una fuerte gripe y faltó a clase, pero se recuperó abruptamente el día que retomé mi relación con Mariana. Como verán, no era muy afortunado en el amor y esta situación no ha mejorado al día de hoy.

Pero con la amistad fue diferente. Ese verano conocí a Tomás. Me encontraba con mis padres de vacaciones en Pirámides, Chubut. Se trata de un golfo ubicado en la península Valdés. Una zona turística de aguas frías cristalinas y avistaje de ballenas y lobos marinos. Rodeando la playa se encuentran unas cavernas rocosas características de la zona, capaces de hacer sentir pequeño al más engreído de los sujetos. A Carlitos, por ejemplo. Y se hacen respetar. De día ofrecen protección, pero cuando la marea sube se transforman en una trampa mortal. Algo así como una planta carnívora de piedra.

Ese año no vimos ballenas, sí algún que otro lobo marino, pero la gruta, oscura y fría en medio de esa playa llena de vida, era un agujero negro que chupaba toda mi atención. Una tarde en la que mi padre dormía la siesta, me asomé a su boca abierta.

Algo resonaba en su interior. Llamé.

“Hola ¿hay alguien ahí?”

Se escuchaba una voz alejada, pero no comprendí lo que decía, así que insistí:

“Soy Esteban. ¿Cómo te llamás?

(Muy a lo lejos, entendí) “¡Tomás!”

“¿Tomás?”

“¡Tomás!”

Tomás era de pocas palabras. La mayoría de las veces yo hablaba y él escuchaba. Le gustaban mis historias: le contaba de mi perro Bobby -que había quedado al cuidado de una tía- y de mis amigos del colegio. Pero sobre todo de Mariana. Cada tanto, me entusiasmaba y e inventaba anécdotas, como la vez que me enfrenté a dos chicos de sexto por el honor de Mariana. Era inocente, Tomás. O tal vez un buen amigo, y el inocente era yo.

Una tarde mi padre me encontró en la entrada de la cueva hablando solo y me explicó lo que era el eco, cómo las ondas se reflejan en la superficie y regresan al emisor. En conclusión, mi mejor amigo, era yo mismo.

Al principio estaba desolado. Nunca me había sentido tan escuchado y admirado. Ya de regreso en casa, hice una prueba y lo llamé con la mente.

“Tomi, ¿estás ahí?” Esta vez lo escuché fuerte y claro.

“¡Acá estoy, amigo! ¡Sí que lo engañamos a tu padre!”

Desde ese día, fue Mariana la celosa. Tomás era más inteligente y divertido que Carlitos. Me soplaba en los exámenes, me contaba chistes. Pero eso fue hace muchos años. La gente cambia.

Hoy en día es un adulto muy intuitivo que me dice en quién confiar y en quién no. A veces me da órdenes y, si bien no estoy siempre de acuerdo, yo le hago caso. Tiene un carácter podrido cuando se enoja.

La casa de las arenas

Barlovento parecía tan sorprendida como ellos. Era una casa de estilo mediterráneo y de una sola planta, en la que se repartían el living, la cocina, el lavadero y dos dormitorios. Se encontraba situada literalmente en medio de la arena, a una cuadra del mar y algo alejada de la ciudad. Su fachada blanco tiza estaba maltratada por el viento y las viejas persianas de madera se apoyaban vencidas sobre los marcos de las ventanas. Alguna vez habían sido verdes.

No había jardín, pero sí varios arbustos, que de lejos parecían motas de pelo. Un sendero de arena compacta señalizado con pequeños postes de madera servía de entrada, tanto para los peatones como para el auto. El viento sabía a sal y hacía volar la arena proveniente de las dunas, que rebotaba como aguijones en las piernas de los nuevos propietarios.

El living era agradable, con ventanales amplios que miraban hacia el mar, un hogar de leños de piedra ennegrecida (réplica de la casa de mi abuelo Ángel) y dos sillones floreados, aparentemente confortables, que olían a humedad. La cocina era larga y estrecha y sus paredes lucían (o deslucían) pequeños azulejos color jade. Ambos dormitorios, uno en suite y el otro no, tenían cruces sobre los respaldos de las camas. Los pocos muebles que había se las ingeniaban para desentonar entre sí. En esta morada desértica convivían sin luz ni agua varios ramilletes de plantas secas con forma de plumeritos que se quebraban al tocarlos, caracoles de diferentes tamaños y cuadros fantasiosos, típicos de los lugares de vacaciones. Conociendo a su madre –mi madre-, pronto terminarían en el cesto de basura.”

Hoy, a diciembre 2020, tengo tres casas. A ésta primera, “Barlovento”, la llamo “La casa de las Arenas”. Se ubica en la Costa Atlántica entre 1986 y 1997 y es el lugar donde me siento a escribir mis cuentos. Admito que con los años me volví más práctica y ya no encuentro “arte” en el olor a humedad, pero por alguna extraña razón no consigo quitarlo. Y eso que hago todo tipo de arreglos: las edades de mi abuelo (oscilan entre los 70 y 80 años), la mascota (a veces es Tomy, el dálmata, y otras Tom, el ovejero alemán que me mordió cuando jugaba a la mancha con mi hermano), la estación del año (cada tanto es menester quitar el verano para prender la chimenea y que no se tape), y la música en mi walkman (últimamente es un diskman), pero se ve que es cierto eso que dicen de que la humedad es todo un tema. Las cruces de las camas también las quito, pero cada tanto vuelven. Igual sacarlas es una tarea simple. 

El que no deja de sorprenderme es Dami, el vecinito. A pesar de todos estos años, sigue siendo un niño, regordete, rubio y blanquísimo. Su hermano Erns (¿alemán?) me enseñó a jugar ping pong, pero Dami logra que el tren de la alegría pase especialmente todas las noches por la puerta de su casa. Una casa que ya no existe, claro está, pero el árbol en forma de “L” sigue ahí, y eso es todo lo que necesita el Hombre Araña para ubicarse. Tal vez por eso dicen que algunos niños son especiales. Éste ciertamente lo es, y por eso le perdono por la vez que me arrinconó para robarme un beso.

Veinte años atrás, todavía me iba de vacaciones con mis padres. Es un rasgo de familia que no nos gusta la playa, así que salíamos a buscar la casa. A veces en Mar del Plata, a veces en Villa Gesell, subíamos al Volvo de turno, prendíamos la radio y paseábamos hasta que aparecía. Como dije, es fácil de encontrar. Hay que aminorar la marcha y bajar las ventanillas. Pero por nada del mundo se debe frenar.

Hace poco mi hermano estuvo por la costa y, siguiendo nuestra tradición, buscó la casa e intentó mandarnos una foto. Ese día estaba grande, moderna, como en ese verano que fuimos con uno de mis noviecitos y que el perro era un labrador llamado Wendy que no quería salir con el paseador porque el asfalto le quemaba las patas. Lamentablemente -típica distracción suya- la foto correspondía a la casa número dos. A la verdadera “Casa de las Arenas” no se le pueden tomar fotos desde 1997. A veces, desde antes.

Y aquí estoy yo, dejando mi impronta en el sillón azul de mi casa número tres. Es algo rígida. Cada vez que quiero hacer un cambio tengo que llamar a un especialista (plomero, electricista, arquitecto, paisajista) y todo ese asunto cuesta dinero. A menudo se rompen cosas. Sólo admite una ubicación espacio-temporal (aunque la vista al lago es hermosa) y nadie viene a despertarme por las mañanas para caminar hasta las dunas (lo que la gente erróneamente llama médanos) y buscar relojes rotos y billeteras vacías. Las personas sólo pueden tener una edad a la vez, que siempre va en número ascendente. De todos modos -nobleza obliga- debo admitir que es mi morada favorita. Es la única que contiene voces, risas y abrazos de niños y, lo más importante, sueños de niños. Tal vez algún día, si todo sale bien, la situación se invierta y sus sueños pasen a contener a esta casa. Me pregunto qué nombre le pondrán.