El Chicho

            A falta de rasgos innatos de una raza en particular, los integrantes del grupo afirmaban su pertenencia por medio de características forjadas por la mala vida y el desamor: orejas caídas, ojos expresivos y húmedos, costillas marcadas y alguna que otra herida o enfermedad que se habría podido mejorar con un poco de cariño. Era una manada de almas que penaban por la zona balnearia en temporada baja. Entre ellos se encontraba “El Chicho”, una mezcla de mezclas, de tamaño mediano y pelaje marrón.

A dos cuadras de la peatonal había un almacén que abría todo el año y donde se podía encontrar a este perro en cuestión de lunes a lunes. Allí le habían dado su nombre y una que otra palmadita en el lomo. Algunos clientes le lanzaban cada tanto una patada, pero eran los menos y él sabía identificarlos, pues la vida en la calle le había dado una visión especial del alma humana. El único que aún le resultaba impredecible era su vecino, el del aliento a vino, que podía abrazarlo un día y pegarle con el puño cerrado al siguiente. Le tenía paciencia sólo porque se veía más desdichado que él.

La cuadra del almacén era el hogar de ambos. Siempre había agua en un tacho sin nombre y sobras sobre un pedazo de cartón, cortesía del chico de los repartos. La bebida la compartía con gusto; sentía la compañía de los otros perros cuando aspiraba sus olores al beberla, pero no podía darse el lujo de ser generoso con la comida; ésta escaseaba y él no era ya ni joven ni agraciado. Sus chances de conseguir familia disminuían drásticamente con los años.

Los domingos el almacén no hacía delivery, por ende, era el día en que no comía. Se recostaba a unos metros de la entrada y esperaba a que su benefactor volviese del franco. Lo apreciaba tanto que era capaz de caminar varias cuadras en plena lluvia en invierno para hacer sus necesidades lejos y no traerle problemas con los dueños.

Su cerebro de perro se perdía en los menesteres del día a día y olvidaba las épocas de calor en las que la pasaba mejor. Afortunadamente éstas regresaban cada año aún sin ser extrañadas, trayendo aromas de nuevos humanos y manos de distintas formas y tamaños que acariciaban su pelaje y lo llamaban por distintos nombres. A todos les respondía y todo lo aceptaba con ganas: los fondos de los vasitos de helado, los dedos pegoteados de algodón de azúcar, unas papas fritas frías rebosantes de aceite. El sol fortalecía sus huesos, el calor secaba los hongos de su piel y la vida era buena.

Con los primeros calores de diciembre llegó un niño especial. Grandote y torpe, pero buenazo. Pasaba remontando un avioncito de telgopor cuando se tropezó con su pata y casi lo aplasta. A modo de disculpas le obsequió su sándwich de jamón y queso, que ya se había estropeado con arena y lo bautizó “Pulgoso”. Le acarició el lomo mientras esperaba pacientemente a que terminase de comer y lo invitó a dar un paseo. Prometió volver al día siguiente.

Pronto establecieron una rutina en la que no había domingos; sólo comida, mimos y paseos. El niño siempre estaba solo y le hablaba por lo bajo en un tono monocorde. El aire fresco de la costa le traía su aroma, el más dulce de todos, junto al sonido de su voz llamándolo en un susurro:

—Pulgoso, ¿estás ahí?

Él siempre estaba, ¿dónde más iba a ir?

Una tarde calurosa, justo el día siguiente a la temible noche de los fuegos de artificio -otro suceso que ocurría todos los años pero que él olvidaba- el niño le trajo el festín de su vida. Peceto, pollo, arroz, budines salados. Comió hasta reventar y luego lo llenó de lengüetazos en el rostro, más salado y delicioso que nunca.

Al día siguiente el rastro del niño era tenue. Salió en su búsqueda y regresó, sólo para encontrarse con un aire cada vez más vacío de su olor. Era una sensación familiar. Abandono. Las tripas le rugieron que regresara al almacén.

Volvía a ser el Chicho.

NATALIA DOÑATE

Esperanza

            Era un mundo postapocalíptico. Cada atrocidad narrada en las novelas distópicas se había vuelto realidad, a excepción del infame escuadrón anti libros. Es cierto que la gente quemaba ejemplares en cantidad, pero lo hacía con pena y por la imperiosa necesidad de calor. La ciudad estaba en ruinas y el humano era el más desdichado de los seres.

Pasábamos las horas procurando abastecernos de productos básicos, muchas veces sin conseguirlo. Todo día nuevo traía dos viejas certezas: “mañana va a ser peor” y “alguien que conocemos va a morir hoy”.

Frente a lo que había sido la plaza, hoy utilizada como baño público, resistía en pie una antigua iglesia, donde vivían aglomeradas cientos de personas. De lunes a lunes y, según mis cálculos, sin demasiada precisión horaria, sonaban doce campanadas. Nadie les prestaba atención, pero abundaban las opiniones al respecto.

Muchos se quejaba del ruido. Otros, los menos, tomaban la señal como un mensaje de esperanza y amor. Yo simplemente lo veía como un indicio, junto con la llegada de la noche y los cambios de estación, de que el mundo no se había detenido del todo. “Aferrarse a lo que sea” era mi mantra. Quien no lo implementaba quedaba indefectiblemente en el camino: muerto o muerto en vida, lo mismo daba.

Se decía que la encargada del campanario era una ciega anciana a la que todos respetaban. Nadie la golpeaba al robarle y siempre tenía permitido entrar a la iglesia en invierno, aunque estuviese atestada.

Me encontraba una noche cazando ratas, cuando escuché que la mujer había muerto. No se estilaba preguntar la causa y no lo hice, y me habría olvidado de ella al día siguiente de no ser por las campanadas del mediodía. Sonaron completas las doce. Me pareció morboso.

Sin mucho que hacer y para acallar un poco el dolor de tripas, me dirigí al lugar. Pasé la noche a la intemperie, pues era verano y el tufo era intolerable en cualquier sitio y al día siguiente me planté en la entrada del campanario. No fue una guardia fácil; el suelo cargaba con capa sobre capa de orina, tanto fresca como seca y había heces repartidas por doquier. Deseé ser mosca, para estar de fiesta ante tal banquete.

Cambié asco por furia en el momento en que vi a una niña de unos once años esquivarme con gracia y tocar animosamente la campana.

— ¿Pero qué te pensás que estás haciendo, maleducada? —pregunté indignada. —Esto no es tuyo ¿por qué no vas a jugar a otro lado?

Para mi sorpresa, confesó que siempre había sido la campanera. Que engañaba a la anciana contándole que los fieles asistían a misa cuando oían el llamado del mediodía. Le había regalado un final piadoso en un mundo imaginario donde aún existía la fe.

La miré incrédula. Su historia no cuadraba.

—Si ya sabés que falleció, ¿para qué seguís viniendo?

Se encogió de hombros y se alejó despreocupada, dejándome sumida en la más profunda desesperación.

NATALIA DOÑATE