Guía espiritual

            Lunes y miércoles tocaba el 43 “Vista”. Suena extraño, pero los departamentos de los rascacielos se sienten insultados si se los denomina como “A”, “B” o “C”. En este edificio en particular las opciones eran “Hori” (por horizonte), “City” y el ya mencionado “Vista“. Había otros que ocupaban un piso entero, pero afortunadamente no tenía clientes allí. Se rumoreaba que eran habitados por rockstars que destrozaban todo, menos sus billeteras a la hora de pagar.

El Gurú estaba bien. La mayor parte del tiempo viajaba fuera del país y ella se limitaba a quitar el polvo superficial, lavar sábanas y toallas, peinar pelucas y planchar alguna que otra túnica. Las había de todos los colores, pero su preferida era la blanca. En apariencia insípida, se transformaba en un show de luces cuando se presionaba el botón oculto en una de las mangas. Tenía que manipularla con extremo cuidado y recargarle semanalmente las baterías, o el señor sufriría el oprobio ante miles de fieles.

Los días que lo cruzaba eran un poco más pesados. Narcisista incorregible, la perseguía por todo el departamento mostrándole sus trucos y alardeando de su cantidad de fans. Ella fingía no saber muy bien a qué se dedicaba, aunque había visto sus videos online, donde hordas de fieles caían desmayadas en éxtasis ante un movimiento de su mano.

Sin toda la parafernalia era un hombre corriente: algo excedido de peso, calvo, ávido de atención. Hasta el color de sus ojos era falso. Los lentes de contacto celestes cielo con un toque de verde agua miraban sin ver desde el mármol de la mesada del baño. Pero a rasgos generales era un cliente bastante llevadero y tenía el plus de que podía jugar con sus disfraces cuando él no estaba. Sólo debía tener la precaución de no usar perfume para no delatarse.

Un día se encontraba limpiando cuidadosamente unos adornos que se veían costosos en el living, cuando él apareció, cerveza en mano y en pantuflas. Se sentó en su lugar del sillón habitual y empezó a suspirar con alevosía. El show de ese fin de semana se había cancelado por lluvia y su abstinencia de atención comenzaba a aflorar. Lo oyó decir con voz paternal:

—Te observo, María. Pareces muy ocupada limpiando, pero yo sé que tu cerebro está más ocupado aún. Te oigo pensar y tus pensamientos interfieren con los míos, no me permites concentrarme.

Ella apeló a su estrategia habitual de abrir los ojos y simular adoración. Pero esta vez el hombre estaba aburrido y no iba a ser suficiente.

—Ven, siéntate a mi lado. Te haré una limpieza de alma.

No sintió miedo. No era un pervertido, sólo una persona infantil que no soportaba estar sola. Pero ella tenía cosas que hacer y la estaba fastidiando.

—No debo, Maestro. Tengo otro departamento que limpiar en dos horas y no llegaré a tiempo.

El hombre pareció turbado. ¿Qué departamento podría ser más importante que el suyo? Había gente que viajaba miles de kilómetros sólo para divisarlo a la distancia y esta mujer ignorante tenía el tupé de rechazarlo. Le iba a mostrar lo que se estaba perdiendo, quiera o no.

—Te propongo un trato, hija mía. Te ayudaré a terminar con la limpieza y luego nos tomaremos veinte minutos para que yo te purifique a ti.

María se sintió terriblemente incómoda, pero no vio una opción mejor que aceptar. Le extendió un trapo y le explicó lo que tenía que hacer. Él, desesperado por terminar y hacer el rito, siguió las instrucciones al pie de la letra.

Había mucho más por hacer. Como sólo tenían una mopa, él trapeó el suelo mientras ella limpiaba los baños. Luego le enseñó a cargar el lavavajillas. Entre los dos pasaron la gamuza por los muebles y tendieron la cama, uno de cada punta para que quedase bien tirante. Pronto el Gurú se sintió más confiado y proactivo. Ordenó la ropa del placard, vació los cestos de basura y llamó a la empleada para mostrarle lo bien que le había quedado. Ella lo felicitó y lo desafió a responder un examen oral sobre el uso de los productos de limpieza, el cual aceptó gustoso. Acertó en casi todo; sólo confundió el polvo del lavavajillas con el del lavarropas, pero ella minimizó la situación diciendo que a veces también le pasaba (desde ya no era cierto).

Se despidieron en el pasillo de la entrada de servicio, donde le mostró el gran cesto gris donde se arrojaba la basura. Ella tomó el ascensor al 25 “Hori”, más cansada que nunca y con el tiempo justo, a pesar de haber recibido ayuda. Él regresó al departamento, pensando en cómo idear un sistema para clasificar sus piedras mágicas.

Estaba tan satisfecho por la mañana de trabajo que ni notó que había olvidado purificar a María.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE