Lágrimas en el té

            Agua salada goteaba de sus ojos y, una vez endulzada en el té, hacía el recorrido de regreso a su cuerpo, ingresando por la boca.

— Te estás tomando tus propias lágrimas —observó su padre.

Ella rió, pero permaneció en silencio.

Esa tarde había tomado un taxi hasta el barrio de su infancia y observado cómo se ponía el sol en la autopista. Sabía que ése había sido, irrevocablemente, el último día en que él había existido sobre la faz de la tierra y sentía que, con la luz del atardecer, otra más pequeña y querida se apagaba. Una que no regresaría al día siguiente.

Ahora, bebiendo el reconfortante “té a la lágrima” en el comedor de la que había sido la casa de sus padres, entendió que aún le quedaba algo de tiempo. Que así como en ocasiones habían compartido bromas, peleas, juegos o empanadas un domingo aburrido, en ese momento estaban unidos por la tristeza.

Llegaría el día en que el dolor de su ausencia sería lejano y podría sonreír ante un tablero de ajedrez, un Volvo color plata, o un buzo con capucha. Era inevitable; conocía la sensación porque no era la primera vez que perdía a un ser querido. Pero él merecía algo mejor. Por eso, extendería lo más que pudiera la sensación de pérdida reciente; el mate sin vaciar sobre la mesada de la cocina, las migas en la mesa, el placard lleno de ropa.

Lloró toda la noche. En algún momento apoyó la cabeza sobre la mesa y reanudó su llanto en sueños.

Los rayos de un sol nuevo le hicieron abrir los ojos. Sobresaltada levantó la cabeza. Él permanecía frente a ella, leyendo el diario.

— Te queda linda la mesa marcada en la mejilla —observó.

Agradecida, supo que no la abandonaría hasta que estuviese lista.

NATALIA DOÑATE

Empatía

            Las inundaciones eran frecuentes en la zona, pero jamás habían provocado tantos destrozos como en aquella ocasión. Su pequeña familia de tres integrantes había despertado en medio de la noche con borbotones de agua marrón entrando por debajo de las puertas y las rejillas de los baños. No había manera de frenarla.

El acto reflejo de su marido fue cortar la corriente; después, no hubo nada por hacer más que subirse a la mesa del comedor a esperar a que llegara el día. La humedad, el frío y la oscuridad eran desoladores para todos, menos para el bebé, que dormía plácidamente en brazos de su madre, inocentemente feliz de no estar en la cuna.

De a poco el agua fue cediendo terreno. El barrio se convirtió en una peculiar feria de muebles. Los vecinos, puertas abiertas, lavaban y secaban sus pertenencias en la calle: sillones, alfombras y muebles de madera. Los colchones, irrecuperables, yacían apilados en las esquinas. Nadie se escandalizaba por ver gente en pijama o con los ruleros puestos, desayunando en plena vereda. Algunos dormían al sol.

Los afortunados que tenían casa de dos plantas rogaban que al secarse los cables volviera a funcionar la heladera. El resto permanecía atento a las camionetas de las distintas ONG que repartían frazadas, alimentos no perecederos, ropa y pañales.

El pequeño Tomi empezó a protestar por falta de atención, pero al ver que su madre se largaba a llorar, se detuvo confundido. Ella ni se enteró. Arrodillada ante una caja empastada de barro, pensaba en los fragmentos de su vida que serían irrecuperables: las fotos, las cartas de su abuela, su primera ecografía donde su hijo era apenas un frijol.

En su casa el agua había alcanzado el medio metro de altura, marcando una línea divisoria en la pared. De ese punto para abajo, todo era perdición. No podrían volver a encender la luz hasta asegurarse de que los cables estuvieran secos, por lo cual decidieron pasar la noche en un hotel. Entre sábanas impolutas soñó que toda su casa se hallaba cubierta de agua, pero ésta era bella y cristalina, y ella buceaba entre naipes españoles sin necesidad de salir a respirar.

Al día siguiente se enteró por el noticiero: la vecina de la esquina, una señora mayor que vivía sola, ya no formaba parte de este mundo. Se creía que había tropezado en medio de la oscuridad y allí se había quedado. Imaginó los gritos ahogados en barro. Una muerte terrible.

Abrazó con adoración a su criatura, que se encontraba jugando con el único oso de felpa que habían podido rescatar. Encontró consuelo en pensar que su familia seguía entera, que lo más importante de su vida se hallaba en esa habitación de hotel.

Pero pronto pensó en su caja de recuerdos, en el sommier empapado en lodo que aún estaban pagando en cuotas, en la escritura de la casa que deberían volver a tramitar, en el acta de matrimonio, en las suaves mantitas con olor a bebé que ya no servirían ni de trapo de piso. Hongos trepando por paredes y muebles. Rompió en llanto y, esta vez, Tomi se sumó.

Que a esa pobre mujer la llorara su familia; ellos tenían sus propios problemas.

NATALIA DOÑATE

Desencanto

            —Nunca es tarde para aprender —decía con altura la señora de la sombrilla verde ante las burlas de su marido, mientras giraba el libro electrónico en busca del botón de encendido. Los ojos del hombre regresaron al periódico. Ninguno de los dos se dignó a mirarlo. Estaba acostumbrado. Tomó las estampitas y continuó su trayecto. La arena le quemaba las plantas de los pies, pero prefería pedir en la playa, donde la gente era amable y relajada. A sus hermanos pequeños se les daban mejor los semáforos.

Distraído, golpeó su dedo meñique con algo amarillo a medio enterrar. Un balde. Miró con disimulo por sobre el hombro. Nadie parecía echarlo en falta. Lo consideró una señal. Tímidamente lo sacudió y se alejó unos cuantos metros.

Cargó agua en el mar y de a poco le fue agregando arena. Cuando estuvo bien pesado, pero no demasiado seco, lo volteó. Era un comienzo. Con cuidado cavó una puerta que atravesaba el montículo de punta a punta y la decoró con caracoles. Finalmente hizo el típico foso que solía ver en las obras de otros niños. Sumó un puente y un anexo donde guardar tesoros.

Tomó una foto mental y saltó encima del castillo, reduciéndolo a un cúmulo de arena y caracoles en forma de hormiguero.

Decidió subir la apuesta. Entre aspavientos, como si estuviese siendo atacado por insectos invisibles, corrió hacia el mar. Empapado volvió a la arena, donde se revolcó hasta quedar apanado como una milanesa. Nadie notó el contraste entre sus movimientos infantiles y la expresión vacía de sus ojos. Regresó a lavarse al mar y se sentó en el muelle a secarse. La arena lo fastidiaría el resto del día.

De regreso se cruzó con la mujer de la sombrilla verde, quien se remojaba los pies en el agua sin una preocupación en el mundo. Le lanzó una mirada de odio que rebotó en sus anteojos importados y arrojó a sus pies las estampitas arruinadas por el mar.

Ella lo miró con pena, ignorando que sus palabras le habían generado una falsa ilusión.

Ya era demasiado tarde para aprender a ser niño.

NATALIA DOÑATE

El octavo Santa

            Enfundadas en holgadas prendas de segunda mano, dos niñas aguardaban su turno con impaciencia. Papá Noel, micrófono en mano, leía los nombres de un listado alfabético y los emparejaba con un paquete. Una algarabía digna y ordenada conducida por un Santa peculiar: alto, bronceado, de mirada joven y con unos cuantos kilos de menos. Perfectamente saludable. Totalmente inadecuado para el rol.

“Éste sí que no puede ser el de verdad” pensaba Milagros, pero se guardó de transmitir el recelo a su pequeña hermana, quien, en puntillas de pie, procuraba acortar unos centímetros de distancia con aquel ente mágico. Año a año habían desfilado por el centro comunitario los más diversos hombres disfrazados, algunos de tupidas barbas, otros acompañados de simpáticos elfos. Cambiaban voces, color de ojos, altura… pero los regalos eran más o menos los mismos y podían dividirse en dos simples categorías: “estándar” y “usados”.

Los primeros eran juguetes nuevos pero poco atractivos; se rompían fácilmente y estaban divididos por sexo y rango de edad, de modo que todos los niños que compartían ciertas características tenían exactamente el mismo regalo. Hubo un año en que todos los varones recibieron pelotas y, sabiendo que para jugar al fútbol basta y sobra con una, intercambiaron obsequios con algunas nenas y se dedicaron a realizar cirugías estéticas a las desafortunadas muñecas.

Los segundos eran de lo más diversos. Venían envueltos en papel, sin paquete. Solían tener partes rotas o piezas faltantes, aunque se notaba el esmero de manos anónimas en acicalarlos. Eran los que más la entristecían. No comprendía por qué el verdadero Papá Noel visitaba a los demás niños de la escuela, pero no a los que vivían con ella en el hogar. Tenían chimenea y árbol como cualquier otro.

La semana de clases entre Navidad y Año Nuevo era fatal; sus compañeros de colegio aparecían con relucientes juguetes y ella tenía que simular haberse olvidado el suyo en casa. Unos años atrás, Marta había recibido una perrita Chichi, que ladraba y respondía órdenes. Le habría encantado tener algo así propio, aunque su amiga se la prestara sin problema. Dos navidades más tarde, su deseo se hizo realidad. Sin paquete, con una mancha de marcador en la oreja que ella misma le había hecho sin querer y lo peor, con el mecanismo roto. No se sorprendió, sabía que Victoria, la hermanita menor de Marta, la había sumergido en agua. Desde entonces evitó llevar sus regalos de segunda mano al colegio; temía que sus antiguos dueños los reconocieran.

Un sacudón de su hermana la quitó de su ensimismamiento. La estaban llamando.

Con ardientes mejillas subió al escenario. Para su indignación, el joven con barba blanca le dijo: “qué hacés, che”. Un impresentable. Tomó su regalo y se ocultó en un rincón a abrirlo con desgano.

Una muñeca Juanita, la más popular de la temporada, le sonreía desde su estuche transparente. Nuevísima, con sus tres mudas de ropa. Impecable y hermosa. Suya, toda suya. A su lado su hermana abrazaba a una perrita Chichi, también a estrenar.

Desde entonces y para siempre, el verdadero Santa sería para ellas un adolescente desgarbado con una barba mal puesta.

NATALIA DOÑATE

Siete vidas

            Años de terapia y degustaciones de drogas -legales y de las otras- para una conclusión desoladora: daño irreversible. El recuerdo había echado raíces putrefactas y no se iría sin arrancar un buen pedazo de su cabeza. Poco tentada a ser una versión mal arreglada de sí misma, optó por asesinarse. Un acto de eutanasia, en nada comparable a un suicidio. Se desharía del “yo” que sufría y utilizaría ese cuerpo joven de corazón bombeante para alguien más, con quien sólo tendría en común el documento de identidad y el registro de conducir.

Como ceremonia fúnebre se arrancó un cabello de la nuca y lo sepultó en el jardín. Bajo una pequeña cruz de madera con sus iniciales apoyó con delicadeza una rosa, su flor preferida. Desde entonces, compraría jazmines. Cambió vestimenta, modos y amistades. Adoptó un gato, que su antiguo yo habría odiado.

Ocasionalmente, la imagen de un cuarto oscuro con olor a alcohol se colaba en su mente, pero ella la devolvía a su tumba junto a una nueva rosa, aliviada de que ese recuerdo no fuese suyo. Pobre difunta.

Fue novedosamente feliz por meses. Una noche regresaba tarde del bar cuando dos hombres la sorprendieron en una esquina. Humillada y escupiendo sangre sepultó otro cabello arrancado de su nuca. Rosas y jazmines en el jardín, lilas en el florero de la cocina.

Una y otra vez valió la pena. Tirón de cabello y cuenta nueva. Para su vigésimo noveno cumpleaños estaba radiante. Decidió autoagasajarse con una clase de salsa, ya que el rock yacía con su “yo” número cuatro. Entre pasos y giros conoció a Diego, de quien se enamoró perdidamente. Sorpresivo, pero ¿cómo evitarlo? Era bueno, fuerte, alto. Olía a madera mojada.

Fueron inseparables hasta que surgió el tema del pasado. En vano explicaba ella que no tenía uno. Él se enfurecía. Sólo intentaba conocerla mejor.

Una tarde amena preguntó por las seis pequeñas tumbas en el jardín.

— ¿Tuviste muchas mascotas?—

Permaneció muda. Él se fue dando un portazo. Dos días después llegó el ultimátum: o se abría, o lo perdía.

Pala en mano partió a golpes las cruces y arrojó los pedazos a lo lejos. Luego, se desnudó y removió la tierra para untársela por el cuerpo. Funcionó. Entre lombrices y gusanos resucitaron sus malos recuerdos, pero también había de los buenos. Tardes con amigas, mascotas de la infancia, caricias de mamá. Pequeñas monedas de oro.

Entendió que el remedio era el amor. Le contaría todo.

Apoyaba ambas manos en la tierra para incorporarse cuando sintió un tirón en la nuca.

Esta vez, recibiría claveles.

NATALIA DOÑATE

La vida misma

            El hombre se hallaba a gusto. Había invertido los ahorros de su modesta jubilación en una escapada de vacaciones a la costa y ya llevaba tres días dedicados a deambular entre el bosque y la playa. Sentía los pulmones limpios y las piernas tostadas. Su horario preferido para caminar era por la mañana temprano, pues acostumbraba madrugar, pero tras un encuentro desagradable con un grupo de borrachos se había decantado por la media mañana; horario de deportistas y familias con niños. Llevaba consigo un palo de escoba a modo de bastón, que no cumplía otra función que recordarle los paseos por las montañas que hacía en su juventud, donde era menester llevar un arma para defenderse de los perros salvajes y los pumas.

Calzaba una gorra visera blanca que lucía un bordado de anclas y nudos, regalo de su hijo el marino, y llevaba las viejas sandalias marrones en la mano. No necesitaba nada más; su piel seca y escamosa renegaba del protector solar y los lentes de sol opacaban el paisaje. En su muñeca izquierda, un reloj pulsera de grandes números calculaba los minutos de recorrido, de modo que se tomaba media hora para la ida y media para la vuelta. Esa mañana saldría en dirección opuesta, hacia rumbos desconocidos.

Caminó unos veinte minutos bordeando el mar. Era una sensación maravillosa; de no ver las uñas de sus pies creciendo como ramas amarillentas a causa de los hongos y el dorso de sus manos cubiertos de manchas, creería que tenía treinta años. El agua era igual de fresca, la arena le hacía el mismo masaje exfoliante en las plantas de los pies que cuando joven y sus fosas nasales captaban el mismo olor a mar. Su vista nunca había sido buena, con lo cual no había nada que extrañar en ese aspecto. Se encontraba recitando una poesía en su mente, cuando una voz antipática lo detuvo.

—Señor, no puede ingresar a esta zona.

Detrás de un matorral surgió un hombre con un gorro panameño y una tabla de surf en la mano. Recostada sobre una lona a unos metros, una despreocupada mujer leía un libro. Ambos estaban completamente desnudos.

—Como verá, ésta es una playa nudista —dijo el joven señalando sus partes privadas, que para ser justos, pasaban bastante desapercibidas.

El anciano se ruborizó.

—Mil disculpas, caballero, señora. No tenía idea.

Acto seguido, se bajó la malla y siguió su camino como dios lo trajo al mundo, sólo que mucho más arrugado. Ante sus ojos desfilaron cuerpos de todas formas y tamaños, pero él solo tenía ojos para un muelle que divisaba en el horizonte, al que sabía que no llegaría pero quería ver con mayor precisión.

Unos minutos después, sonó su alarma. Tiempo de volver. Le habría gustado seguir un poco más, pero sabía que, si lo hacía, al día siguiente sus rodillas le pasarían factura. A esa edad era más conveniente dosificar la felicidad. Se refrescó la nuca y los brazos con agua salada y emprendió el regreso.

Al rato, un grito interrumpió sus pensamientos:

— ¡Señor! ¿pero qué hace?

Se giró con paciencia para explicar a quien correspondiera que el hecho de ser viejo no era un impedimento para estar ahí. Cada cual a lo suyo. Pero quien lo observaba era una señora de su edad, vestida con una malla enteriza de flores. Tenía en sus brazos un caniche diminuto que se puso a ladrar con histeria, más escandalizado que la dueña, que sólo parecía preocupada por su salud mental.

Comprendió que ya no estaba en la playa nudista y se apresuró a ponerse la malla, que ondeaba como bandera en su palo de escoba. Tuvo una idea; desde entonces, programaría tres alarmas en el reloj: una a los veinte minutos para quitarse la malla, otra a los treinta para emprender el regreso, y otra a los cuarenta para vestirse. Eso sí, era importante salir en la dirección correcta.

El incidente no pasó a mayores; la mujer había visto cosas peores y pensó que se trataba de un loquillo amable. Él pasó el resto del camino pensando en lo difícil que era andar complaciendo a todo el mundo.

NATALIA DOÑATE

La canilla mágica

            La niña era la típica afortunada cuyo hogar quedaba a pasos del colegio. Su madre estaba siempre en casa y podía invitar amigos con frecuencia, a puertas y brazos abiertos. La mesa los esperaba cubierta de sándwiches, facturas y vasos de chocolatada. Esas meriendas legendarias conservarían su fama a lo largo de todos los ciclos educativos de su vida, incluidos los primeros años de universidad.

En aquella casa de su primera infancia había un televisor de gran tamaño para la época y un patio con tobogán, hamacas y sogas anudadas para trepar. En el living, las luces tenían una perilla de dimmer, que poco sumaría a la diversión de los niños, de no ser porque se usaba para hacer un truco de magia: la madre ubicaba a las visitas en medio de la sala frente un gran espejo que cubría toda la pared y les pedía que soplaran muy lentamente, mientras ella giraba disimuladamente una perilla oculta y las luces bajaban gradualmente la intensidad hasta apagarse. Luego, les indicaba que gritaran “que se haga la luz” y vuelvan a soplar, y así, con un poco de imaginación y mucha tecnología, las luces se volvían a encender.

Un domingo de verano se encontraba en el jardín con sus hermanos, haciendo pases con una pelota de goma, cuando cayeron sobre su cabeza las primeras gotas de lluvia. Instintivamente frenaron el juego y miraron al padre, que permanecía leyendo el diario, inmutable.

Cuando ya era una obviedad que se estaban mojando, la niña sintió curiosidad. Mamá ya los habría hecho entrar hace rato. ¿Será que papá no sabía qué hacer?

De pronto, éste se inclinó hacia adelante y preguntó:

— ¿Quieren que llueva más fuerte?

Al unísono pronunciaron un largo y entusiasta “¡Sí!”

Él dobló sus dedos como rodeando una canilla y giró la muñeca. Cayó más agua. Los hermanos gritaron con alegría.

— ¿Quieren más?

— ¡Síííííííííí!

Empezó a caer tanta agua que apenas podían abrir los ojos. De pronto, una silueta familiar apareció por detrás.

— ¡Miguel! ¿Qué hacen? ¡Todos adentro, ya mismo!

Al día siguiente la tierra estaba húmeda y blanda y las desafortunadas lombrices que habían huido de la inundación se retorcían al sol en agonía. La niña discutía ofendida con la amiga de turno, que no le creía que el padre controlaba la lluvia. Se sintió triste, pues sabía que su mamá no les dejaría repetir el truco, y, por más que revisó exhaustivamente el patio una y otra vez, no logró dar con la canilla invisible.

NATALIA DOÑATE

La semilla

            Faltaban todavía dos semanas para recibir la paga, pero si Juanita le había dicho la verdad, se trataba de un asunto urgente. Iba a tener que caminar. Con ojos expertos tomó los seis mejores ejemplares del naranjo de su patio, se pintó los labios y dobló en cuatro el escrito borroneado del niño. Era la única carta que tenía a su favor.

El ímpetu de su alma alcanzó para acallar al dolor de la artritis por unas quince cuadras, pero cuando sus rodillas dijeron “basta” se empacaron con mayor determinación que su fallecida yegua “Rosilla“. El bolso se sentía lleno de bolas de cemento que el desnivel de los adoquines hacía oscilar, golpeando intermitentemente contra sus piernas varicosas, en las que empezaban a divisarse amplios moretones. Miró el reloj. Las seis y cuarto. El colegio quedaba en dirección opuesta y aún debía regresar a su casa a buscar los libros de clase.

Se hallaba analizando si debía dejar atrás algo de peso, cuando la sombra de un mozo a caballo tiñó provisoriamente sus alpargatas blancas de gris.

— ¿Maestra García? ¡Es usted!

El joven se quitó el sombrero y la miró con sincera alegría. Era alto y vigoroso, pero ella sólo veía a un niño.

—Paquito, ¡qué grande estás! Me enteré de que fuiste papá, ¡enhorabuena! Yo sabía que ibas a terminar con Amelita, ¡cómo la hacías llorar, a la pobre!

—Sí maestra… estamos muy felices, con la doña. Ya va a tener oportunidad de conocer a Josecito y le prometo que se va a portar mucho mejor que yo. Ya la conoce, a la Amelita, nos tiene cortitos a los dos.

La maestra elevó las manos al cielo simulando terror, ignorando con alevosía el hecho de que, para cuando ese bebé llegara a la edad escolar, ella llevaría años retirada. Con el paso del tiempo, nuestras vivencias se encuentran tan alteradas por la memoria, que poco queda de la anécdota original. Con eso en mente, le pareció justo otorgar la misma validez a un recuerdo real que a uno que nunca llegaría a ser, siempre y cuando le trajera felicidad.

—Ese bolso se ve pesado, déjeme que la ayudo. ¿Hacia dónde, maestra?

Aliviada subió al caballo y descansó por el resto del camino, dejando que su ex alumno la llevara tironeando suavemente de las riendas, mientras recordaban con humor las mil y una macanas que se había mandado de joven.

Finalmente llegaron a la calle Castellón, donde el olor a pan caliente los devolvió a sus respectivas vidas. Él, a ser un hombre de familia ejemplar y ella, una maestra apurada con un plan en mente. Se acomodó el cabello y y se secó el sudor del rostro. Carraspeó nerviosa.

En el interior, un señor mayor recibía su vuelto y se retiraba con una bolsa de facturas. Tras el mostrador, luciendo un delantal rosado ceñido en la esbelta cintura, se hallaba la dueña. Intuyó el recelo en su voz. Mala señal.

—Maestra García, no sabía que frecuentaba esta zona.

—Oh, sí —mintió ella. Tengo parientes sobre la avenida España y aproveché el viaje para traer estas naranjas de mi huerto. ¿Cómo se encuentra el pequeño Ángel? Como viene faltando desde hace una semana supuse que estaría enfermo y le traje un poco de vitamina C, que seguramente le hará muy bien, en caso de que se trate de un resfriado.

La mujer le indicó con un gesto que apoyara la bolsa en el mostrador.

—El niño no está enfermo, maestra, es el más sano de la familia y por ese motivo es que lo necesitamos acá, trabajando. En este momento se encuentra en el fondo mezclando la crema pastelera.

Juanita tenía razón. No se le pasaba una, a esa nena.

—En ese caso, señora Rodríguez, permítame entregarle su última tarea —dijo amablemente mientras tomaba el papel de su bolsillo. —Verá, su hijo es extremadamente talentoso. Muchos niños de su edad apenas saben escribir una oración gramaticalmente correcta, pero él, sin previo conocimiento, ha escrito un poema sobre las aves que es digno de un alumno de ciclo superior.

La mujer tomó el papel y lo hizo a un lado con desdén, pero la maestra no se iba a dejar amilanar.

—Creo que con educación podría tener un futuro brillante. Yo podría acercarle las tareas y ser comprensiva con las llegadas tarde. Sería un gusto para mí ayudar a un niño tan inteligente y sé que él disfruta mucho de venir a clase.

El rostro de la panadera era de piedra.

—Se lo agradezco, maestra, pero hoy en día al hijo de mi marido lo necesitamos acá. Tiene tendencia a divagar y que escriba poesía no es una prioridad para nuestra familia en este momento. Es una época difícil, como comprenderá. Gracias por las naranjas, se las haré llegar.

No había nada más que hacer. Lo había perdido.

—Me retiro entonces, ¿le molesta si conservo el escrito?

—Sírvase usted.

Regresó sin prisa, decidida a redoblar esfuerzos en las treinta y dos pequeñas mentes que la esperaban en el colegio. Conservaría el papel hasta el día de su muerte y, en su imaginación, lo acompañaría con hermosos poemas que el niño seguiría escribiendo a lo largo de los años.

Se jubiló al poco tiempo, ignorando el hecho de que junto a las naranjas, había dejado una semilla de otra especie; una tan fuerte, que ninguna mujer desalmada podría destruir.

Ochenta años después, alguien que para ella sería eternamente un niño, me contaría en su biblioteca atestada de libros sobre la vez que escuchó a hurtadillas a su malvada madrastra hablando con la maestra García.

NATALIA DOÑATE

El chiflete

            Recostado en su pequeño lecho de soltero procuraba conciliar el sueño, pero los dientes le rechinaban. Finalmente se incorporó y encendió el velador. Con ojos encandilados notó que la ventana de su habitación estaba abierta de par en par. “Qué locura, habría jurado que la cerré“, pensó, pero aún saboreaba el resabio de vino en la lengua pastosa y no había nadie más en esos cuarenta y cinco metros cuadrados a quien culpar. La chica de la risa contagiosa era apenas un recuerdo.

Subió la calefacción a tope y volvió a la cama. Fue como aterrizar en una montaña de nieve. Le ardía la garganta y un chiflete soplaba sin piedad en sus oídos. Se puso la bata azul, que poco mejoró la situación y recorrió el departamento en busca de ventanas abiertas. Cerró la del baño y la de la cocina. Temblando de pies a cabeza giró la perilla de la hornalla para prepararse un té. No había gas. Otra vez le habían cortado por falta de pago. Empezaba a desesperarse. Debía entrar en calor pronto o se enfermaría. Recordó que tenía unos burletes de goma. Era algo.

Totalmente despabilado y malhumorado, chequeó abertura por abertura con la precisión de un cirujano. Los dedos helados apenas le respondían, pero logró sellar cada espacio para que no entrase ni una gota de aire y volvió a acostarse, envuelto en las cuatro frazadas que poseía y sin quitarse la bata. Pero el frío había hecho metástasis en sus huesos.

Encendió nuevamente la luz y se encontró atónito ante las ventanas abiertas de par en par. El pánico le hizo olvidar el frío. Había alguien en la casa. ¿O había sido el viento? Las cerró nuevamente y por las dudas se quedó sentado, envuelto en la manta. Lloró desconsolado cuando descubrió que ya no podía moverse, pero al rato dejó de sentir frío.

Era ya media mañana cuando un runner corajudo se encontró al mendigo congelado debajo de un puente. Sin demasiado apuro llamó a una ambulancia, consciente de que ya no había nada por hacer. El pobre había pasado de un sueño al otro.

NATALIA DOÑATE

Los inocentes

            Una polvareda amarronada se abría camino en dirección al este. Ladridos de los más variados tonos e intensidades convergieron en la tranquera otrora desierta. Juan hizo a un lado el tractor, que manejaba a la perfección a pesar de ser menor de edad y corrió a lavarse las manos y la cara.

Las visitas descendieron de un Mercedes Benz que parecía diseñado por la NASA. La estrella plateada de tres puntas estaba por primera vez al alcance de sus dedos, pero se frenó al recordar que los dueños de los vehículos de alta gama no invertían una fortuna para ver a sus joyas mancilladas por huellas digitales campesinas.

Una pequeña niña rubia descendió de la nave. Llevaba un vestido rosa claro y una gorra visera haciendo juego. El hermano vestía una remera negra con el logo de una banda de rock y un par de jeans oscuros que sostenía por debajo del ombligo con un cinturón de tachas. Una pequeña argolla plateada brillaba en su oreja izquierda. El tío apenas interrumpió su llamado por celular para despedirse de los hijos y alcanzarle una caja muy coqueta con una pequeñísima torta en su interior. Explicó que estaba con problemas en el trabajo pero que regresaría para la hora de la merienda y, si se animaba, le permitiría manejar el coche nuevo.

Tras ver cómo se alejaba su padre, dos rostros desamparados giraron al unísono y lo encararon en silencio, sacándolo del trance de madera y cuero en el que se hallaba. Su madre solía recibir visitas, pero éstas habían llegado temprano y ella estaba aún en la ducha.

—Bienvenidos al campo —dijo con una leve reverencia —yo soy Juan.

Ana y Matías se encogieron de hombros.

—Ya sabíamos eso, somos parientes.

Se sintió un imbécil. Por suerte Bob y Terry rompieron el hielo a fuerza de lengüetazos y empujones y para cuando terminaron de darles la bienvenida, los forasteros ya tenían un look más campestre y una sonrisa relajada. Los invitó a conocer su cuarto y pronto los adultos acudieron al rescate.

Después de un asado cuyas sobras comería gustosamente por varios días, se sintió confiado y llevó a los niños de ciudad a un recorrido por la granja. Apenas miraron de reojo la huerta y las maquinarias, pero quedaron fascinados al ver a los animales. Les enseño a alimentar a los cerdos y a ordeñar a Jacinta, aunque ninguno quiso probar la leche, a pesar de que les aseguró que era un manjar comparada con el agua sucia que vendían en el supermercado.

Luego, con seriedad, les explicó que se adentrarían en el corral de una cabrita bebé, que apenas dos días atrás no formaba parte de este mundo. Debían ser cuidadosos. Con el pecho henchido de orgullo les detalló cómo él mismo la había ayudado a salir y disfrutó al ver la admiración agrandar sus ojos. La acariciaron con ternura y Ana la cubrió de besos en la frente. Matías tomaba fotos con un smartphone enorme.

— ¡Última parada, las gallinas!— anunció entusiasmado.

Pensó en enseñarles a recolectar huevos y como broche de oro, cocinarlos para la merienda. Era un buen anfitrión, después de todo. Les señaló la entrada al corral y los invitó a pasar mientras iba en busca de una canasta.

Los hermanos miraron con desagrado el suelo alfombrado de excrementos, pero pronto descubrieron un espacio anexo donde se encontraban los pollitos. Decenas de bebés amarillos cubiertos de pelusa que se acercaban a sus manos en busca de calor. Eran adorables.

Cuando Juan regresó se encontró con una masacre. Ana arrastraba un pollito como si se tratase de un auto de juguete, su panza pelada de plumas por el brusco roce contra el suelo. Matías filmaba a otro con una mano mientras lo arrojaba en un intento estúpido de enseñarle a volar. En derredor, pequeños padecientes se tambaleaban como ebrios, algunos con las alas rotas, otros desplumados. Muchos no vivirían. Apenas atinó a decirle a sus confundidos primos que emprendiesen el regreso por su cuenta. No podía ni mirarlos.

Los ladridos de los perros y la columna de polvo le indicaron que ya era seguro regresar a la casa. Quería probar la torta.

NATALIA DOÑATE