Llenando huecos

Los recuerdos de la infancia suelen tener rasgos oníricos; rostros desdibujados, lugares que ignoramos dónde quedan o cómo hemos llegado a hasta ellos, personas que ya no pertenecen al mundo de los vivos e incontables espacios en blanco.

Me hallaba en el cuartito de herramientas de la casa de mi abuelo. No sé por qué razón -o falta de ella- estaba sola; era un lugar moderadamente peligroso, con elementos cortantes, aplastantes, perforantes; todos al alcance de mi mano. Una tabla de madera blanca cubría gran parte de la pared. En ella, negros contornos de herramientas, cual sombras independientes de su objeto, delimitaban dónde debía colgarse cada cosa. Al borde de una gran mesa de madera rústica se encontraba un instrumento que se giraba para apretar piezas. Hoy sé que se llama “morsa de banco”, pero en ese entonces era el aprieta-dedos.

Tampoco comprendo por qué hallé la revista. No parece el lugar lógico donde guardar una. De todos modos me senté a hojearla en el suelo. Short de jean y medias blancas en piernas cruzadas. Y recuerdo claramente lo que vi. De no ser por esa imagen, probablemente todo lo demás habría abandonado mi memoria mucho tiempo atrás, como personajes secundarios en una obra en la que muere el protagonista.

Dos avestruces -o tal vez ñandúes- habían quedado clavados en un cerco de púas, probablemente invisible a sus ojos, mientras corrían a campo traviesa. Allí quedaron; los cuellos estirados, la mirada en el horizonte, los cuerpos descarnados y desplumados por el tiempo y los carroñeros. Si la foto estaba acompañada de algún tipo de información, no lo sé. Calculo que era mi época de analfabeta.

Hoy en día me arrepiento de no haber conservado esa revista. No es porque quiera leer la nota, ni mucho menos regodearme con esa escena morbosa. Sólo me gustaría compartirla con alguien más para poder quitarme de encima esa sensación de irrealidad, de vivencia solitaria que se padece cuando se intenta contar un sueño.

NATALIA DOÑATE

El chiflete

            Recostado en su pequeño lecho de soltero procuraba conciliar el sueño, pero los dientes le rechinaban. Finalmente se incorporó y encendió el velador. Con ojos encandilados notó que la ventana de su habitación estaba abierta de par en par. “Qué locura, habría jurado que la cerré“, pensó, pero aún saboreaba el resabio de vino en la lengua pastosa y no había nadie más en esos cuarenta y cinco metros cuadrados a quien culpar. La chica de la risa contagiosa era apenas un recuerdo.

Subió la calefacción a tope y volvió a la cama. Fue como aterrizar en una montaña de nieve. Le ardía la garganta y un chiflete soplaba sin piedad en sus oídos. Se puso la bata azul, que poco mejoró la situación y recorrió el departamento en busca de ventanas abiertas. Cerró la del baño y la de la cocina. Temblando de pies a cabeza giró la perilla de la hornalla para prepararse un té. No había gas. Otra vez le habían cortado por falta de pago. Empezaba a desesperarse. Debía entrar en calor pronto o se enfermaría. Recordó que tenía unos burletes de goma. Era algo.

Totalmente despabilado y malhumorado, chequeó abertura por abertura con la precisión de un cirujano. Los dedos helados apenas le respondían, pero logró sellar cada espacio para que no entrase ni una gota de aire y volvió a acostarse, envuelto en las cuatro frazadas que poseía y sin quitarse la bata. Pero el frío había hecho metástasis en sus huesos.

Encendió nuevamente la luz y se encontró atónito ante las ventanas abiertas de par en par. El pánico le hizo olvidar el frío. Había alguien en la casa. ¿O había sido el viento? Las cerró nuevamente y por las dudas se quedó sentado, envuelto en la manta. Lloró desconsolado cuando descubrió que ya no podía moverse, pero al rato dejó de sentir frío.

Era ya media mañana cuando un runner corajudo se encontró al mendigo congelado debajo de un puente. Sin demasiado apuro llamó a una ambulancia, consciente de que ya no había nada por hacer. El pobre había pasado de un sueño al otro.

NATALIA DOÑATE

El Chicho

            A falta de rasgos innatos de una raza en particular, los integrantes del grupo afirmaban su pertenencia por medio de características forjadas por la mala vida y el desamor: orejas caídas, ojos expresivos y húmedos, costillas marcadas y alguna que otra herida o enfermedad que se habría podido mejorar con un poco de cariño. Era una manada de almas que penaban por la zona balnearia en temporada baja. Entre ellos se encontraba “El Chicho”, una mezcla de mezclas, de tamaño mediano y pelaje marrón.

A dos cuadras de la peatonal había un almacén que abría todo el año y donde se podía encontrar a este perro en cuestión de lunes a lunes. Allí le habían dado su nombre y una que otra palmadita en el lomo. Algunos clientes le lanzaban cada tanto una patada, pero eran los menos y él sabía identificarlos, pues la vida en la calle le había dado una visión especial del alma humana. El único que aún le resultaba impredecible era su vecino, el del aliento a vino, que podía abrazarlo un día y pegarle con el puño cerrado al siguiente. Le tenía paciencia sólo porque se veía más desdichado que él.

La cuadra del almacén era el hogar de ambos. Siempre había agua en un tacho sin nombre y sobras sobre un pedazo de cartón, cortesía del chico de los repartos. La bebida la compartía con gusto; sentía la compañía de los otros perros cuando aspiraba sus olores al beberla, pero no podía darse el lujo de ser generoso con la comida; ésta escaseaba y él no era ya ni joven ni agraciado. Sus chances de conseguir familia disminuían drásticamente con los años.

Los domingos el almacén no hacía delivery, por ende, era el día en que no comía. Se recostaba a unos metros de la entrada y esperaba a que su benefactor volviese del franco. Lo apreciaba tanto que era capaz de caminar varias cuadras en plena lluvia en invierno para hacer sus necesidades lejos y no traerle problemas con los dueños.

Su cerebro de perro se perdía en los menesteres del día a día y olvidaba las épocas de calor en las que la pasaba mejor. Afortunadamente éstas regresaban cada año aún sin ser extrañadas, trayendo aromas de nuevos humanos y manos de distintas formas y tamaños que acariciaban su pelaje y lo llamaban por distintos nombres. A todos les respondía y todo lo aceptaba con ganas: los fondos de los vasitos de helado, los dedos pegoteados de algodón de azúcar, unas papas fritas frías rebosantes de aceite. El sol fortalecía sus huesos, el calor secaba los hongos de su piel y la vida era buena.

Con los primeros calores de diciembre llegó un niño especial. Grandote y torpe, pero buenazo. Pasaba remontando un avioncito de telgopor cuando se tropezó con su pata y casi lo aplasta. A modo de disculpas le obsequió su sándwich de jamón y queso, que ya se había estropeado con arena y lo bautizó “Pulgoso”. Le acarició el lomo mientras esperaba pacientemente a que terminase de comer y lo invitó a dar un paseo. Prometió volver al día siguiente.

Pronto establecieron una rutina en la que no había domingos; sólo comida, mimos y paseos. El niño siempre estaba solo y le hablaba por lo bajo en un tono monocorde. El aire fresco de la costa le traía su aroma, el más dulce de todos, junto al sonido de su voz llamándolo en un susurro:

—Pulgoso, ¿estás ahí?

Él siempre estaba, ¿dónde más iba a ir?

Una tarde calurosa, justo el día siguiente a la temible noche de los fuegos de artificio -otro suceso que ocurría todos los años pero que él olvidaba- el niño le trajo el festín de su vida. Peceto, pollo, arroz, budines salados. Comió hasta reventar y luego lo llenó de lengüetazos en el rostro, más salado y delicioso que nunca.

Al día siguiente el rastro del niño era tenue. Salió en su búsqueda y regresó, sólo para encontrarse con un aire cada vez más vacío de su olor. Era una sensación familiar. Abandono. Las tripas le rugieron que regresara al almacén.

Volvía a ser el Chicho.

NATALIA DOÑATE

Guía espiritual

            Lunes y miércoles tocaba el 43 “Vista”. Suena extraño, pero los departamentos de los rascacielos se sienten insultados si se los denomina como “A”, “B” o “C”. En este edificio en particular las opciones eran “Hori” (por horizonte), “City” y el ya mencionado “Vista“. Había otros que ocupaban un piso entero, pero afortunadamente no tenía clientes allí. Se rumoreaba que eran habitados por rockstars que destrozaban todo, menos sus billeteras a la hora de pagar.

El Gurú estaba bien. La mayor parte del tiempo viajaba fuera del país y ella se limitaba a quitar el polvo superficial, lavar sábanas y toallas, peinar pelucas y planchar alguna que otra túnica. Las había de todos los colores, pero su preferida era la blanca. En apariencia insípida, se transformaba en un show de luces cuando se presionaba el botón oculto en una de las mangas. Tenía que manipularla con extremo cuidado y recargarle semanalmente las baterías, o el señor sufriría el oprobio ante miles de fieles.

Los días que lo cruzaba eran un poco más pesados. Narcisista incorregible, la perseguía por todo el departamento mostrándole sus trucos y alardeando de su cantidad de fans. Ella fingía no saber muy bien a qué se dedicaba, aunque había visto sus videos online, donde hordas de fieles caían desmayadas en éxtasis ante un movimiento de su mano.

Sin toda la parafernalia era un hombre corriente: algo excedido de peso, calvo, ávido de atención. Hasta el color de sus ojos era falso. Los lentes de contacto celestes cielo con un toque de verde agua miraban sin ver desde el mármol de la mesada del baño. Pero a rasgos generales era un cliente bastante llevadero y tenía el plus de que podía jugar con sus disfraces cuando él no estaba. Sólo debía tener la precaución de no usar perfume para no delatarse.

Un día se encontraba limpiando cuidadosamente unos adornos que se veían costosos en el living, cuando él apareció, cerveza en mano y en pantuflas. Se sentó en su lugar del sillón habitual y empezó a suspirar con alevosía. El show de ese fin de semana se había cancelado por lluvia y su abstinencia de atención comenzaba a aflorar. Lo oyó decir con voz paternal:

—Te observo, María. Pareces muy ocupada limpiando, pero yo sé que tu cerebro está más ocupado aún. Te oigo pensar y tus pensamientos interfieren con los míos, no me permites concentrarme.

Ella apeló a su estrategia habitual de abrir los ojos y simular adoración. Pero esta vez el hombre estaba aburrido y no iba a ser suficiente.

—Ven, siéntate a mi lado. Te haré una limpieza de alma.

No sintió miedo. No era un pervertido, sólo una persona infantil que no soportaba estar sola. Pero ella tenía cosas que hacer y la estaba fastidiando.

—No debo, Maestro. Tengo otro departamento que limpiar en dos horas y no llegaré a tiempo.

El hombre pareció turbado. ¿Qué departamento podría ser más importante que el suyo? Había gente que viajaba miles de kilómetros sólo para divisarlo a la distancia y esta mujer ignorante tenía el tupé de rechazarlo. Le iba a mostrar lo que se estaba perdiendo, quiera o no.

—Te propongo un trato, hija mía. Te ayudaré a terminar con la limpieza y luego nos tomaremos veinte minutos para que yo te purifique a ti.

María se sintió terriblemente incómoda, pero no vio una opción mejor que aceptar. Le extendió un trapo y le explicó lo que tenía que hacer. Él, desesperado por terminar y hacer el rito, siguió las instrucciones al pie de la letra.

Había mucho más por hacer. Como sólo tenían una mopa, él trapeó el suelo mientras ella limpiaba los baños. Luego le enseñó a cargar el lavavajillas. Entre los dos pasaron la gamuza por los muebles y tendieron la cama, uno de cada punta para que quedase bien tirante. Pronto el Gurú se sintió más confiado y proactivo. Ordenó la ropa del placard, vació los cestos de basura y llamó a la empleada para mostrarle lo bien que le había quedado. Ella lo felicitó y lo desafió a responder un examen oral sobre el uso de los productos de limpieza, el cual aceptó gustoso. Acertó en casi todo; sólo confundió el polvo del lavavajillas con el del lavarropas, pero ella minimizó la situación diciendo que a veces también le pasaba (desde ya no era cierto).

Se despidieron en el pasillo de la entrada de servicio, donde le mostró el gran cesto gris donde se arrojaba la basura. Ella tomó el ascensor al 25 “Hori”, más cansada que nunca y con el tiempo justo, a pesar de haber recibido ayuda. Él regresó al departamento, pensando en cómo idear un sistema para clasificar sus piedras mágicas.

Estaba tan satisfecho por la mañana de trabajo que ni notó que había olvidado purificar a María.

NATALIA DOÑATE

Domingo

            Habitación por habitación se habían retirado los colores. Luego, se apagaron los sonidos. La casa, instantes atrás bulliciosa y alegre, le daba la espalda al día.

Sentada en el suelo fresco de la cocina, una pequeña niña encarcelada suspiraba por su jardín, más brillante que nunca tras las rejas horizontales de la persiana.

El viejo ventilador de chapa traqueteaba con fuerza procurando entretenerla, pero las rendijas de sus aspas sólo proyectaban una diapositiva insulsa: la pared de azulejos amarillos deslucida por la ausencia del sol. Nada para ver o hacer. El reloj permanecía impasible, casi inmóvil, a excepción de su aguja más larga, que con crueldad fingía tomar envión para luego dar un sólo paso contenido.

Decidió huir de ese mundo gris y e insípido, donde reinaba el ruido blanco del paso del aire, e imaginó que estaba en el mar. La cocina era el único lugar donde había tierra firme, y en cada puerta de la alacena ella llevaba lo necesario para subsistir.

“¿Qué sería eso? Veamos:

  • Puerta 1: Cajas y cajas de chocolatada.
  • Puerta 2: Sus ponis, su libro sobre la luna que sacaba a pasear a un bebé, su gato Félix de peluche.
  • Puerta 3: Arroz. Kilos y kilos.
  • Puerta 4: Papeles y lapiceras para dibujar y escribir cartas.
  • Puerta 5: Botellas vacías para enviar esas cartas.
  • Puerta 6: Un aparato que transforma el agua de mar en gaseosa.
  • Puerta 7: La videocasetera para…”

Un ruido de engranajes casi imperceptible la sacó de su ensimismamiento. Las puertas del reloj se abrieron de par en par y un simpático pajarito dio la hora: cuatro cu-cús. Pronto la vida, que esperaba pacientemente afuera, volvería a entrar, y una voz familiar daría el ansiado grito de “¡pónganse la malla!”.

La hora de la siesta por fin había terminado.

NATALIA DOÑATE

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece.

Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones -qué va; especialmente en vacaciones- y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio rebosantes y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso un tema de Bon Jovi.

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba:

Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: 

“Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

— ¡NO! —Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo -que al final resultó ser beige- y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior -de hecho ya estaba bastante aburrido-, sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita.

El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

— BASTA.

Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado.

Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE

Para Ángel

Otra vez pasé por tu casa que ya no es tu casa y como se me hizo costumbre últimamente, aminoré la marcha y abarqué con la mirada lo más que pude, pero sin frenar. Repasé velozmente la galería y sus macetas de piedra gris hasta llegar al fondo, donde divisé la parrilla y algunas hojas verde brillante (esas que rodean el marco de la ventana del lavadero).

Sin esfuerzo alguno me hice una composición mental del lugar. Pensé en el limonero (rebosante de limones que pronto serán arrancados por manos extrañas) ubicado cerca del tender giratorio que de chica usaba de calesita. E inmediatamente se me vino a la mente la biblioteca y su puerta de chapa blanca que se traba (y sí, recuerdo el punto exacto en donde eso ocurre y la cantidad de fuerza que hay que emplear para abrirla, y el llavero redondo de madera con tachas que me regalaste el día que me dijiste que esa biblioteca era mía). Los nuevos propietarios nunca lo sabrán, pero al pie de la misma hay otro punto de interés, el escalón donde me saqué la foto del enterito azul en la que parezco un varoncito, y donde me sentaba siempre de chica –y no tan chica- por las tardes de verano a mirar hacia las ventanas de tu cocina, o a la esterlicia cuya flor naranja y azul parecía un pajarito. Y hasta pude reconstruir algunas tardes de verano mirando pasar a las hormigas con sus hojitas, armando esculturas de barro, jugando con los primos a no decir “ni sí, ni no, ni blanco ni negro”, mezclando flores con alcohol para hacer perfume, coleccionando bichitos bolita, hurgando con respeto la biblioteca (¡ay el olor de la biblioteca!) o simplemente tomando sol y meditando, espontáneamente, sobre quién sabe qué cosas meditan los niños, y también alguna noche navideña (de esas que no hacía falta extrañar a nadie, porque estábamos todos) buscando chasquibunes perdidos entre las plantas. “Ausencia de ausencias”, diría mi padre.

Desde afuera, la casa no ha cambiado nada y un alma piadosa tuvo la delicadeza de cortar el pasto. Siempre paso cuando está soleado, y curiosamente no tengo ningún recuerdo de ese jardín en días de lluvia. El único indicio de que algo anda mal son esas malditas persianas, siempre cerradas.

A veces, en duermevela, imagino que toco el timbre. Pero me freno. ¿Qué sentido tendría? Los cuadros que hacían tus amigos bohemios, el mueble de la cocina donde guardabas con llave (siempre a mano) los caramelos y las cartas y la toalla para jugar solitario, los kilos y kilos de pan en remojo para los gorriones sobre el mármol de la cocina, la reposera amarilla, nuestras fotos de jardín, el reloj que daba campanadas al cambiar de hora, nada de eso debe estar allí. En su lugar, numerosos espacios blancos, limpios del polvo acumulado de años y años que contrastan con el resto de la casa. La repisa de la chimenea desnuda de adornos. Objetos exiliados.

El otro día –oh sorpresa-  me encontré  un cuadro con tu perfil hecho en madera en la oficina de papá, y sé de buena fuente que mamá tiene tu porta mazo de cartas de madera, con el que todas las tardes jugaba solitarios para entretenerte. Por mi parte, debo confesar que rapté a Burli Burli, pero estoy segura que me lo habrías dado de todos modos. Lo puse en la cocina (ya que tu cocina era su hábitat), donde puede verme desayunar con los nenes todas las mañanas. Es difícil de saber, por su cara de piedra, pero calculo que debe extrañar escucharte contar una y otra vez la anécdota de cómo pasó de ser un fragmento de un jarrón roto, a una escultura con nombre propio. Sé que cuando yo lo hago, no es lo mismo. 

Y así andarán de desorientadas todas tu cosas. Dejaron su huella, su hueco de pintura limpia en la pared. ¿En qué momento dejaron de tener sentido? ¿Eras vos el que le daba vida a todos esos objetos, ahora huérfanos? ¿Qué pasó con tu persona, entonces, y con el lugar que ocupabas? ¿Tuviste, al menos, la delicadeza de dejar algo perceptible, como soneto amarillento perdido en una guía telefónica, o un cabello blanco en el suelo, o siquiera  la forma de tu cuerpo en un sillón?  ¿Me estarás esperando allí, tras las persianas bajas, en caso de que algún día me anime a volver a entrar a tu casa? 

R.I.P.

El niño de la gorra roja estaba desilusionado. Todo sentimiento es difícil de ocultar a los siete años, pero afortunadamente los adultos creyeron que se trataba de tristeza. Una emoción tan acorde a la ocasión como el traje negro de su tío Horacio, pero más llevadera con treinta y ocho grados de sensación térmica. El cementerio de la Chacarita no tenía zombies, ni gatos negros, ni murciélagos. Era un lugar despojado, inmenso y silencioso semejante a una plaza sin juegos. En definitiva, una estafa. Su esperanza de asustarse un poco se terminó de esfumar cuando escuchó a los pájaros cantar dulcemente, al parecer ajenos a toda noción de muerte.

Sus padres y su tío avanzaban por delante charlando en voz baja, mientras él se distraía mirando las estatuas y acariciando fugazmente los ornamentos de piedra y mármol. Entre tantos ángeles y cruces, una tumba en particular llamó su atención.

—Mirá, papá, a este reloj de arena le falta la mitad.

Eduardo medía casi un metro noventa, pero su delgadez lo hacía verse mucho más alto y cuando se inclinaba parecía que se iba a quebrar. Si fuese un dinosaurio, sería sin duda el Diplodocus.

–No es de arena, Rafa, es de agua. Se llama “clepsidra”. ¿Sabes por qué hay una en este lugar?

El pequeño se encogió de hombros.

—Es para recordarnos que el tiempo pasa y la vida fluye, como un río.

—No le hables de esas cosas, Edu, es muy chico.

María tenía el don de escuchar conversaciones ajenas mientras simulaba que hacía otra cosa. Y el de simular escuchar cuando le hablaban, mientras pensaba en hacer otra cosa. Un perfecto ying yang de déficit de atención. Sus ojos, eternamente fijos en un punto distante, eran la única evidencia de que nunca estaba donde debía.

—No le estoy hablando de la muerte, María, le estoy hablando de la vida. Y la vida hay que disfrutarla, ¿no? Así que tratemos de terminar con esto lo antes posible.

El niño dudó. Irse sonaba tentador. E incorrecto. Después de todo, sólo se muere una vez -a menos que te muerda un zombie, claro está, pero ya había abandonado toda ilusión de ver a uno.

El ataúd de roble barnizado yacía al lado de la fosa abierta y se veía pequeño para albergar a la inmensa mujer que había sido su tía. La imaginó intentando encoger su talle y moviendo el trasero hacia un lado y el otro, como hacía las contadas veces que la llevaban a pasear en auto y él tenía que viajar en el medio entre ella y su tío Horacio. Por un momento se alegró al pensar que eso ya no ocurriría, pero enseguida sintió culpa.

Al parecer no habría una gran despedida para Marina del Prado. Su tumba era la más austera del perímetro y se encontraba alejada de las imponentes bóvedas familiares. Rafael pensó que la frase “un hueco donde caerse muerto” no podría aplicarse mejor. Sintió pena por aquella mujer que casi no había conocido y que pasaría el resto de la eternidad sola, como había pasado la mayor parte de su vida.

—“Qué solos se quedan los muertos”… comenzó a recitar su padre.

Un anciano de ojos grises y piel casi translúcida les pidió que se acercasen para despedir a María.

— ¿Cómo María? ¿No es Marina, papá? —señaló el niño, pero su padre se limitó a llevarse el dedo índice a la boca, en una expresión que a la distancia se vería solemne.

—Deberíamos corregirlo— susurró María.

—Me parece que es un poco tarde. Mirá, ¡Hasta en la lápida dice María!

Ella leyó la inscripción horrorizada. — ¡Eduardo, esto no es gracioso!

—No es gracioso, pero tampoco es trágico. Recibimos nuestro nombre al nacer, y es lógico que al morir lo devolvamos.

— ¡Pero por qué tiene que ser justo el mío! ¿Estabas pensando en matarme a mí cuando encargaste el servicio?

—Claro que no, ¡mujer! Pero no me des ideas. Se encogió de hombros. —El tipo al que se la encargué era medio sordo, o medio estúpido.

—Sólo espero que a mi funeral vaya más gente —contestó ella tímidamente.

—Si a vos todos te adoran. Pero podrías dejar hechos unos brownies, para asegurarte.

Rafael notó que sus padres sonreían. Al parecer hablar de la muerte los ponía de buen humor. El tío Horacio se acercó con un papel tissue en la mano y se secó la frente.

–Esta tal María parece simpática, me habría gustado conocerla.

—Sí, suena mucho más agradable que la tía— contestó Eduardo y ambos soltaron una risotada.

El cura los observó con la imperturbable expresión de quien ya lo ha visto todo, y en castigo prosiguió con una minuciosa e interminable descripción del Cielo, mientras el sol teñía los árboles de anaranjado y hacía brillar las lápidas como espejos. Un excremento de torcaza aterrizó sobre el traje del tío Horacio.

A María -perdón, Marina- le habría encantado.

NATALIA DOÑATE

Congelado

Al final, te congelaste. Ahora nunca vas a tener una foto con Tati. Y no vas a conocer al personaje tan peculiar que se volvió el nene de los “ojazos”. Tal vez ya no lo recuerdes, no más de lo que él te recuerda. Pero sabe. Sabe y habla con Burli Burli sobre vos. A veces, Burli Burli sos vos.

Yo prefiero buscarte por la calle. Lo más difícil de conseguir es esa forma rara hacia afuera que tenían tus orejas. Muy esporádicamente aparecen, pero sus dueños no me saludan con un “hola pequeña”. Hace nueve años que no me dicen “hola pequeña”. Es comprensible. “Pequeña” está llegando a los cuarenta. Ya sé los colores del arcoíris, cuántos días tiene cada mes, y que el viento del este es lluvia como peste. Ya no te necesito, pero esa vez que vi a alguien con tu campera me faltó el aire. Y ni siquiera era del mismo color.

Y sueño con vos, mucho. Bueno, ya lo sabés, estás ahí. Tenemos ese acuerdo tácito de que no podés hablar (es sabido que la gente congelada no tiene permiso de hablar) y siempre fuiste respetuoso de las ciencias. Por suerte escuchás. Escuchás “te quiero y te extraño” y sonreís. Sonreís aunque sea triste. Aunque no te guste estar congelado.

La mañana en la que te perdimos justo estaba soñando con vos. Una pesadilla horrible: había “olvidado” a Rafa y volvía a casa desesperada, pensando que había pasado lo peor. Pero estaba a salvo. Lo tenías dormido en brazos, y sonreías con cara de cansado. Y ya en ese momento no dijiste nada (lo que prueba mi teoría). El alivio en el sueño fue interrumpido por la llamada telefónica, pero igual fue una buena despedida. Rafa soñaba a salvo en la pieza de al lado y tu primer visita como congelado había sido para mí (confieso que me habría ofendido si hubiese sido de otro modo). 

No tenemos asuntos pendientes. Es lo que pasa cuando llegas a los noventa y siete. Cada despedida era por las dudas “la” despedida. Y cada foto podía ser la última -al final ganó una en la que estás con un sorbete en la boca haciendo monerías a Rafa, con mamá detrás. No está nada mal y mamá merecía el honor.

Pero quería pedirte, si se puede, que rompamos las reglas un día de estos. Podría preguntarte por la época de Franco (nadie supo contarme qué te pasó ahí) y de paso grabar en mi memoria el “hola pequeña”, pues me temo que después de tanto tiempo se le infiltró mi propia voz. Pero, por sobre todo, ando buscando una excusa para verte. Para contarte que yo no me congelé. Para que me conozcas otra vez.

NATALIA DOÑATE

Solitario

Ella desdobla la toalla bordó sobre la mesa y la plancha simétricamente de adentro hacia afuera, con ambas palmas.

Luego toma el porta mazos de madera y acomoda las cartas españolas boca abajo, una al lado de la otra, en una fila de cinco. Repite el paso dos veces más, pero en la última instancia las coloca boca arriba. Apoya las sobrantes en una pila.

El protocolo indica que el momento de charlar ha terminado.

El viejo se inclina levemente hacia adelante y espera. Las cartas se van descubriendo de a una. Un cinco de bastos, un As de oros. Reyes y caballos no son apreciados en este reino.

Él ve con impotencia que una sota está libre y decide intervenir con miradas, sonrisas y pequeños sonidos. Ella capta la pista, mueve el siete y destapa un tres de copas. Vuelve la calma. Ella suele ganar, pero el juego es sólo divertido en la medida en que a veces, se pierde.

Entre sesión y sesión se conversa.

Tras unas cuantas partidas, llega el momento de guardar el mazo. Pero no de cualquier modo.

Él toma ahora el control de la toalla y coloca con parsimonia las cartas boca arriba, en dos filas de seis pilones. De tanto en tanto humedece el pulgar en una pequeña esponja, dispuesta a tal fin. Cada rey encabeza sus tropas iniciando posición sobre el siete del palo anterior. Primero los oros, luego las espadas, las cartas se van despidiendo de escena. Una buena mezcla posterior y el azar tendrá garantizado su tributo. Mazo y toalla -dúo inverosímil- vuelven juntos al placard. Pax vobis

Esta escena de mi madre entreteniendo a mi abuelo es, vista desde mi silla apartada, la más sagrada de todas las tradiciones humanas.

NATALIA DOÑATE