Llenando huecos

Los recuerdos de la infancia suelen tener rasgos oníricos; rostros desdibujados, lugares que ignoramos dónde quedan o cómo hemos llegado a hasta ellos, personas que ya no pertenecen al mundo de los vivos e incontables espacios en blanco.

Me hallaba en el cuartito de herramientas de la casa de mi abuelo. No sé por qué razón -o falta de ella- estaba sola; era un lugar moderadamente peligroso, con elementos cortantes, aplastantes, perforantes; todos al alcance de mi mano. Una tabla de madera blanca cubría gran parte de la pared. En ella, negros contornos de herramientas, cual sombras independientes de su objeto, delimitaban dónde debía colgarse cada cosa. Al borde de una gran mesa de madera rústica se encontraba un instrumento que se giraba para apretar piezas. Hoy sé que se llama “morsa de banco”, pero en ese entonces era el aprieta-dedos.

Tampoco comprendo por qué hallé la revista. No parece el lugar lógico donde guardar una. De todos modos me senté a hojearla en el suelo. Short de jean y medias blancas en piernas cruzadas. Y recuerdo claramente lo que vi. De no ser por esa imagen, probablemente todo lo demás habría abandonado mi memoria mucho tiempo atrás, como personajes secundarios en una obra en la que muere el protagonista.

Dos avestruces -o tal vez ñandúes- habían quedado clavados en un cerco de púas, probablemente invisible a sus ojos, mientras corrían a campo traviesa. Allí quedaron; los cuellos estirados, la mirada en el horizonte, los cuerpos descarnados y desplumados por el tiempo y los carroñeros. Si la foto estaba acompañada de algún tipo de información, no lo sé. Calculo que era mi época de analfabeta.

Hoy en día me arrepiento de no haber conservado esa revista. No es porque quiera leer la nota, ni mucho menos regodearme con esa escena morbosa. Sólo me gustaría compartirla con alguien más para poder quitarme de encima esa sensación de irrealidad, de vivencia solitaria que se padece cuando se intenta contar un sueño.

NATALIA DOÑATE

El chiflete

            Recostado en su pequeño lecho de soltero procuraba conciliar el sueño, pero los dientes le rechinaban. Finalmente se incorporó y encendió el velador. Con ojos encandilados notó que la ventana de su habitación estaba abierta de par en par. “Qué locura, habría jurado que la cerré“, pensó, pero aún saboreaba el resabio de vino en la lengua pastosa y no había nadie más en esos cuarenta y cinco metros cuadrados a quien culpar. La chica de la risa contagiosa era apenas un recuerdo.

Subió la calefacción a tope y volvió a la cama. Fue como aterrizar en una montaña de nieve. Le ardía la garganta y un chiflete soplaba sin piedad en sus oídos. Se puso la bata azul, que poco mejoró la situación y recorrió el departamento en busca de ventanas abiertas. Cerró la del baño y la de la cocina. Temblando de pies a cabeza giró la perilla de la hornalla para prepararse un té. No había gas. Otra vez le habían cortado por falta de pago. Empezaba a desesperarse. Debía entrar en calor pronto o se enfermaría. Recordó que tenía unos burletes de goma. Era algo.

Totalmente despabilado y malhumorado, chequeó abertura por abertura con la precisión de un cirujano. Los dedos helados apenas le respondían, pero logró sellar cada espacio para que no entrase ni una gota de aire y volvió a acostarse, envuelto en las cuatro frazadas que poseía y sin quitarse la bata. Pero el frío había hecho metástasis en sus huesos.

Encendió nuevamente la luz y se encontró atónito ante las ventanas abiertas de par en par. El pánico le hizo olvidar el frío. Había alguien en la casa. ¿O había sido el viento? Las cerró nuevamente y por las dudas se quedó sentado, envuelto en la manta. Lloró desconsolado cuando descubrió que ya no podía moverse, pero al rato dejó de sentir frío.

Era ya media mañana cuando un runner corajudo se encontró al mendigo congelado debajo de un puente. Sin demasiado apuro llamó a una ambulancia, consciente de que ya no había nada por hacer. El pobre había pasado de un sueño al otro.

NATALIA DOÑATE