Convivencia

El agente inmobiliario tenía un defecto irremediable. Era honesto. Temía que alguien sufriera un accidente y cargar con la culpa por el resto de su vida. Así que se dedicó a advertir a cada posible comprador sobre la casa, hasta que estuvo a punto de perder el empleo. Para su fortuna, aparecí yo.

—No se ofusque, no creo en fantasmas.

Me observó como quien analiza a su oponente en el póker y decidió que su conciencia estaría a salvo. O bien que mi vida no valía la pena. De cualquier modo, me extendió los papeles y las llaves y se despidió con solemnidad, como si en lugar de un boleto de compraventa me hubiese dado una orden de “no resucitar”. Ironías de la vida, a los pocos meses me enteré de que, mientras yo cruzaba el umbral de mi nuevo hogar, él pasaba a mejor vida por culpa de un extraño accidente doméstico. Pero esa historia no viene al caso.

Yo estaba razonablemente satisfecha con mi nueva adquisición. La cocina era amplia, lo que me permitió atestarla de todo tipo de electrodomésticos que me di el lujo de usar una sola vez. Luego juré fidelidad a la cafetera y al microondas; la juguera, la pochoclera y la panificadora quedaron relegadas a bellos adornos. Compré un juego de cuchillos, de esos que se dejan a la vista y son tan populares en las películas de terror. La habitación principal era amplia y tenía el cielorraso decorado con molduras antiguas. Había un pequeño altillo con objetos pertenecientes a los dueños anteriores. Deprimente. Me limité a cerrarlo y perder la llave.

El barrio, silencioso y tranquilo, se llenaba de algarabía por las mañanas y las tardes, cuando los niños hacían su trayecto de la casa al colegio y viceversa. Nadie ponía música fuerte, ni se comunicaba a los gritos. Pronto noté -típico de casa embrujada- que los problemas eran por las noches. Rasguños y ruidos de cadenas arrastrándose por el techo (nada demasiado fuerte como para afectar mi descanso), sombras que se deslizaban detrás de mi imagen en el espejo, mensajes crípticos en computadoras y blocks de hojas. Sucesos tan standard que me aburre enumerarlos.

Una noche empezó a fallar el televisor. Yo miraba mi serie favorita sobre una enfermera que viajaba al pasado a través de unas piedras antiguas, y justo en los momentos más candentes se cambiaba el canal solo, a uno de deportes. El control remoto no me respondía hasta que los protagonistas de mi programa estaban ya vestidos. Yo no me había divorciado justamente para andar peleando por estos temas, así que fastidiada exclamé:

—Si este televisor vuelve a fallar una vez más, lo voy a tirar en el contenedor de la esquina y voy a llenar la casa de romances de Steel.

Sentí un quejido, como un grito ahogado. Yemas de dedos helados rozaron mi nuca y me volteé rápidamente para encontrarme cara a cara con un hombre bastante buen mozo y de mirada transparente. Literalmente transparente. Pero no se me movió un pelo, porque, como ya expliqué, no creo en fantasmas. Seguramente mi mente cansada me estaba jugando una mala pasada.

—Esta casa es mía —dijo la aparición.

—En eso diferimos, señor. Tengo documentación que prueba que me pertenece.

Por el rabillo del ojo vi cómo se enfurecía. Pareció crecer de tamaño y sentí que volaban pequeños objetos por la casa. Pero yo no iba a ceder al berrinche de un ser inexistente. Estuvo un buen rato desordenando todo mientras yo seguía viendo televisión, hasta que murmuré:

—Qué desarreglada dejé la casa. Menos mal que mañana viene la chica de limpieza y esto no me afecta en nada.

Y me fui a dormir, dejándolo agotado y frustrado. A medianoche lo oí llorar.

Tuvimos una semana pesada, el no-ser y yo. Pero al final le gané por cansancio porque una tarde, a plena luz del día, sentí que se me erizaban los pelitos del cuello y una voz masculina, casi sensual, me susurró al oído:

—Te lo advierto por última vez. Soy el amo de esta casa y vos te vas a ir.

Respondí con lozanía: —acordemos desacordar, querido amigo. Esta casa la pagué con mi dinero y, por otro lado, usted no existe, por ende, no puede ser dueño de nada.

Azorado respondió: — ¡Pero si me estás hablando!

—En eso está en lo cierto. Calculo que tengo alucinaciones y, como soy algo ermitaña, no me molesta hablar sola.

—Pero yo… soy. Muevo objetos, produzco sonido. Además pienso, sé que pienso, entonces existo.

Entonces perdí la paciencia. —Mire, “Descartes”, usted puede sentirse como se le dé la gana, pero no me va a venir a decir a mí cómo lo tengo que percibir. Ése es mi derecho.

Mi razonamiento era irrefutable. Se alejó pensativo y volando bajito y desde entonces vivimos en perfecta armonía. Aparentemente decidió que alguien como yo no podía ser real.

NATALIA DOÑATE

Uno de miedo

ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para escritores impresionables.

En un paraje húmedo de dudoso acceso, bajo una estaca a modo de cruz y sepultado bajo toneladas de experiencia terrenal y excremento de críticos literarios, yace mi “escritor ideal”; ese desgraciado ser prodigioso que, sweater a cuadros y taza en mano, narraba con ojos ciegos a este mundo lo que veía en el otro, el de los iluminados. Unos cuantos sorbos de café y voilá, masterpiece.

Todavía recuerdo la última vez que lo imaginé, tipeando verdades paralelas en su Royal Underwood tras una ventana empañada, en uno de esos edificios industriales con ladrillos a la vista. Ahora que lo pienso, tal vez lo confundí con un filósofo -no sería el primero en ser engañado por uno. En cualquier caso, mi relación con la escritura no es lo que esperaba. Es dependiente. Ingrata. Enferma.

Muchos lo ignoran, pero escribir duele. Tanto como entrenar para una maratón, o como mantener un romance incipiente con una mujer más joven. Duelen otras partes, claro está. La espalda, el cuello, detrás de los ojos, y últimamente, la mandíbula. Me hace bruxar por las noches mientras calculo cuántas horas me quedan de sueño, o mejor dicho, de insomnio, si es que tengo suerte. Lo peor son las pesadillas repetitivas, que exigen un gran esfuerzo mental. Paso gran parte de mis noches intentando resolver paradojas. Una mañana desperté tan afectado que quise sumar un número “x” al “concepto de medialunas”. Mi cerebro tiene todos los cables pelados.

Peligro – Alta tensión. No tocar.

Soy un paria. Soy esa presencia obtusa que nadie nota en las reuniones. Como una sombra, pero menos abnegado, porque encima tengo el tupé de ocupar un asiento, de tomar una copa de vino, de probar un canapé. El único indicio de pertenencia a este plano de la realidad es que tengo apodo: “Elido”. El-Ido. Algo es algo.

Como no-podía-dejar-de-pensar, decidí tomarme un descanso forzado. Nada extraordinario, sólo un día entero sin escribir. No fue fácil. Desperté temprano, pues no tolero el ocio ni siquiera en vacaciones -qué va; especialmente en vacaciones- y opté por limpiar a fondo la casa. Entorno ordenado, mente ordenada. Dos bolsas de consorcio rebosantes y la mesa del comedor aumentó de tamaño. Tomé una mopa, ilusionado con descubrir de qué color era realmente el piso del living. Ahí empezaron los problemas. Voces.

“Esa chica que siempre pelea con todos, siempre conflictiva. Hay que elegir las batallas. ¿Que cuál elegí yo? ¡Todavía ninguna! Ah, pero cuando lo haga… ya van a ver”.

¿Locura? Para nada. Mi cerebro, extenuado pero diligente corcel de metal, había reanudado sus tareas, metódico, ajeno al hecho de que no había ningún jinete en la calesita. Un autómata. Interesante, pero mi fuerza de voluntad es fuerte y no me iba a rendir así nomás. Puse un viejo rock a buen volumen y canté como un poseso un tema de Bon Jovi.

Funcionó. El carrousel del infierno se detuvo con un chirrido. Chispas. Había logrado hacer eso que los mortales llaman “distraerse”. Thanks, Johnny.

Casa limpia. Hora de almorzar. Nada de emparedados improvisados. Toda mi energía se centró en un lomo con verduras al horno. Mientras cortaba las papas al estilo rústico, como me gustan, pensaba:

Sin tan sólo hubiese sabido, que luego de años de trabajo arduo en el campo podría haber estado preparando una comida, en el horno de mi propio hogar“.

Pero… ¿qué campo? ¡Si yo nací en Capital! ¡Fuera, idea, FUSH, FUSH! Vete a buscar a otro escritor que te aprecie. Sacudí con fuerza un repasador y abrí la ventana de la cocina para dejarla huir. La vi rebotar atontada contra el vidrio para luego perderse en el horizonte sin mirar atrás. Espero que algún escritor le haya dado un buen hogar.

Por la tarde salí a pasear por el barrio. Descubrí un nuevo restaurante encantador. Tenía un balcón en el segundo piso que pedía ser el escenario de un encuentro romántico. Tal vez un día, superada la obsesión por escribir, yo podría ser el protagonista. Conocería a una bella señorita a la que le explicaría que Romeo era un cobarde que buscaba una excusa para suicidarse desde el comienzo de la obra. Ella tendría un vestido rojo con flores, cabello ondeado y ojos llenos de admiración: 

“Se encontraron en el icónico balcón y reescribieron la historia. Dos almas viejas que se llamaban a través de los siglos”.

— ¡NO! —Grité con autoridad suficiente para ahuyentar a la idea. Y a la gente del bar. Y a una anciana que cruzaba la calle en mi dirección y cambió de opinión repentinamente. Casi pasa al otro lado sin haber llegado a la otra esquina, la pobre.

Volví a la privacidad de mi departamento. Agotado. Apoyé un almohadón en el suelo -que al final resultó ser beige- y, cruzado de piernas me puse a meditar. Me encontraba en la exhalación número veintitrés cuando una luz anaranjada iluminó mis párpados cerrados. No era mi alma en éxtasis que pujaba por salir de mi interior -de hecho ya estaba bastante aburrido-, sino el mismo atardecer de cada día, que, curioso ante el sujeto al que no lograba conmover jamás, pasó a hacerme una visita.

El sol, “redondo y pleno como una yema de huevo, se había pinchado y derramaba sus entrañas sobre el horizonte…”

— BASTA.

Cerré las cortinas. El día era lo suficientemente mayorcito para irse a acostar sin mí. Encendí el televisor. No entiendo por qué dicen que hace mal mirar pantallas antes de acostarse. Esa noche dormí de maravillas.

Desperté renovado, sudoroso pero libre de los temblores de la abstinencia. Tras una breve ducha purificadora en mi baño, ahora impoluto, salí al balcón. Café y notebook en mano, mente fresca y despejada como la mañana. La ciudad despertaba poco a poco, a excepción del puestito de diarios de la esquina, que, extrañamente permanecía cerrado.

Las hojas de los árboles se habían teñido de ocre ante un otoño inminente. Una rubia arrebatadora con una maleta antigua corría apurada el colectivo. El verde fosforescente del césped de la plaza le ganaba una vez más la batalla al gris pálido del rocío. El cielo, azul radiante.

La pantalla de mi ordenador, blanca.

Nada.

NATALIA DOÑATE

Conflicto resuelto

La vi.

Una tras otra habían desfilado las mañanas de enero en las que, deslumbrada por un sol narcisista que eclipsaba mi atención, me llevaba por delante la telaraña, y, ya una vez apartada esa suerte de tul con un asco indiferente (si es que asco e indiferencia son compatibles) continuaba con mi día. No recordaba el episodio hasta la mañana siguiente, cuando volvía a posarse en mi frente el mismo velo de novia. 

Pero esa noche de febrero abrí la puerta bajo el modesto foco del farol. Y la vi a contraluz. Hipnotizante, fascinante. Delicada y sutil. Un poco sobrenatural. Quién sabe cuántas tardes tuvo esa araña que trabajar en vano, cuántas moscas u hormigas fueron sacrificadas para que yo estuviera abierta a apreciar su arte en seda. La obra tenía un mensaje claro: “jamás te rindas”.

Con ojos acuosos y alma agradecida ante tal revelación, comprendí que había llegado el momento de enderezar mi vida. Libre al fin de excusas y culpas mal encauzadas, saldría de las redes de la mediocridad. Esfuerzo y perseverancia contra apatía y flojedad. El premio: la autorrealización de la araña.

Sólo restaba decidir el aspecto de mi vida a mejorar. Había mucho por hacer. Lo primordial sería dejar el alcohol y otras sustancias y conseguir un empleo. Luego, con algunos ahorros, mudarme del hogar de mis padres y retomar la carrera. Un poco de amor tampoco estaría mal. Tal vez un novio.

Pasé incontables noches en vela y días de arduo labor. Pero esta mañana desperté inspirada, con la frente en alto. Me dirigí a la tienda. Dos horas después destrocé la telaraña con un plumero y le vacié un tarro de veneno a la engreída esa.

Ya me siento mucho mejor.

NATALIA DOÑATE