A mi manera

            Desde mi cómodo sofá aterciopelado observaba las gotas de lluvia en la ventana. Cada tanto quedaba una atorada, pero otras acudían en su ayuda y la arrastraban por un tobogán de agua invisible hasta el suelo. Enfrascada en sus peripecias me hallaba cuando, allende el pequeño lago artificial que se aprecia desde mi jardín, un gran foco de luz surgió del cielo y tiñó de brillantes tonos de verde los árboles vecinos.

Intuí un arcoíris. Salí a buscarlo despreocupada, ignorando que estaba por encontrarme ante algo alucinante. No podría describir la luz que irradiaban sus colores. Era perfecto, íntegro de principio a fin y escudado por otro más tenue de colores invertidos. El cielo permanecía tras bambalinas, luciendo lo más oscuro que era capaz durante el día en un intento de no robarle la atención.

Dudé en salir a caminar. Llovía poco y la brisa fresca traía el petricor -un nombre horrible para un aroma tan hermoso-, pero hordas de mosquitos me aguardaban rebotando contras las ventanas.

Zzzzzzzal a jugar con nosotros– parecían decir.

Decidí que no debía desperdiciar semejante tarde y que podría pasar un buen rato si tomaba precauciones. Me calcé un pantalón largo fresco al que rocié en repelente, mi buzo con capucha y tomé el paraguas.

Una lluvia torrencial me empapó de la cintura para abajo no bien salí a la puerta. No me rendí, resuelta a apreciar toda la belleza que cupiera en mis ojos. Recorrí unos pocos metros bordeando la casa buscando divisar el fenómeno de refracción desde otro ángulo, pero ya no estaba. Todo el cielo se asemejaba ahora a una hoja de papel llena de borrones.

Volví a entrar, aliviada de no tener que salir a pasear. A veces, disfrutar de la vida es un incordio.

Superé el desencanto de no haberme desilusionado con mate y tostadas con manteca, que saboreé en pijama en mi sillón, más cómodo y mullido que nunca.

NATALIA DOÑATE