Día del padre

—Estamos acá, papá.

La voz arrasó como un viento seco, devorando pastos y montañas y dejando un surco negro que se perdía en el horizonte. Los pájaros volaron aterrorizados de las copas de los árboles turquesa en dirección al sol. Varios cayeron envueltos en llamas. Pero no olía a quemado, sino a perfume infantil. Esta vez era cierto.

Un leve calor en su palma izquierda le advirtió de la presencia del sapito. Era rosado y parpadeaba con ternura, pero lo mismo daba. Lo arrojó con desdén al mendigo del parche en el ojo, quien lo tragó sin masticar y lanzó un sonoro eructo. De sus labios amoratados surgieron burbujas con pequeños ojos que se explotaban al cerrarse.

Él volaba siguiendo el rastro. Cuando éste desapareció, siguió el eco. Atravesó bosques frondosos y pateó serpientes que se enroscaban en sus piernas para hacerlo caer. No les temía; había pasado horas envuelto en ellas sin que nada ocurriese, salvo un leve mareo. Finalmente llegó al peñasco. Era tan alto que apenas se divisaba el fondo, pero enfocó la mirada y se encontró con la escena familiar.

Al lado del mar había una gran cama celeste, en la que él yacía dormido. Las olas golpeaban con suavidad las patas de madera y empapaban una parte de la sábana que se hallaba caída a un lado. La enfermera con cola de dinosaurio ajustaba el suero mientras que un niño y una niña, perfectos, reales, carnosos, pero más que nada, suyos, le hablaban con cariño.

—Estamos acá, papá.

Quiso gritarles que lo sabía, pero ya había fallado esa técnica. Sabía que se quedaría sin voz. “Voy a saltar“, pensó. Tomó carrera y, como en un sueño, cayó: volando, girando como un trompo, en picada, rebotando, y finalmente, en cámara lenta. Abrió los ojos mareado. Olía a hospital.

—¡Papi! Sus brazos se llenaron de suaves mejillas y cabellos con aroma a miel. Tomó sus rostros entre sus manos y se alegró al ver que no había pasado tanto tiempo. La pequeña aún tenía el huequito del último diente que había perdido. El niño, algo mayor que la hermana, contenía con esfuerzo las lágrimas. La enfermera salió corriendo, como ocurría en las películas, probablemente en busca del doctor.

Horas después se hallaba incorporado en la cama, recuperándose de una pequeña siesta. Los niños dormían a su lado, a pesar de haber pasado el horario de visita. Se preguntó dónde estaría su mujer. Una señora de mediana edad con delantal y cofia le acercó una bandeja con la cena. No sentía hambre, pero debía empezar a utilizar su estómago de a poco.

—Intente comer de a pequeñas porciones, señor. A ver cómo le cae.

Levantó la tapa de metal deseando encontrarse con algo sabroso, pero sólo vio al sapito. Se había tornado plateado y se veía furioso sin sus ojos. Arrojó la bandeja al suelo y gritó y lloró sin lágrimas y abrazó a los muñecos de felpa que dormían a su lado. Ni siquiera se parecían a sus hijos; tenían pelo de lana y botones en lugar de ojos. Por debajo de la puerta de la habitación, se empezó a filtrar el agua del mar.

Jamás saldría de ese maldito mundo. Algún día, su vida se apagaría sin aviso, en ese paisaje de sinsentidos, donde nadie lo escucharía gritar. Sólo le quedaba desear que fuese pronto.

En la entrada de un sanatorio especializado en cuidados paliativos, un hombre y una mujer se despedían. Había sido una visita estándar sin expectativas. No lo desconectaron porque aún tenía ese leve temblor en la muñeca cuando escuchaba sus voces, aunque los médicos insistían en que era pura casualidad. Por otro lado, hubiese sido de mal gusto hacerlo justo el día del padre.

—¿Ya no nos vemos hasta Navidad, no? —preguntó él.

—Sí, pero no cuentes conmigo para Año Nuevo. Lo pasamos con la familia de Javier.

—Ajá. ¿Te pasa algo?

—Estoy un poco preocupada, nomás. En una semana me voy de viaje a Europa y aún no consigo quién me venga a regar las plantas.

NATALIA DOÑATE

En el limbo

Una cortina invisible y hedionda frenaba en seco a los progenitores -en su mayoría, madres- que se acercaban apresurados con los pequeños. Un problema con las cloacas, aparentemente. Ante la noticia, los menos pegaron la media vuelta a casa, o se fueron a matar la mañana a la plaza, que lucía su primera mano de ocres hojas, pero muchos debían ir a trabajar y el capricho de la materia fecal de salir por las cañerías equivocadas no encajaba en sus apretados horarios. Caminaban furiosos de un extremo al otro de la cuadra.

En la esquina opuesta, también conocida como “la casona del olvido”, el tiempo transcurría más pausadamente. Pocos dominaban el arte de inventar razones para despertar a la mañana, pero el olor a medialunas calentitas era un incentivo aceptable.

El problema venía después; las horas muertas entre el desayuno y la novela de la tarde. A las diecisiete en punto las coquetas señoras fantasearían con ser mucamas de uniforme en la mansión donde un hombre rico y buen mozo se enamoraría perdidamente de ellas, y a las diecinueve el segmento deportivo suscitaría animadas charlas y discusiones. La hora anterior a la cena sería, como siempre, un suplicio: tenía una capacidad extraordinaria de estirarse y los viejos se pondrían malhumorados. Finalmente, recibirían con impaciencia la comida y la medicina que les daría largas horas de descanso sin sueños.

Pero en ese momento; ocho y media de la mañana, con estómagos llenos y todo un día vacío de expectativas por delante, los ancianos permanecían en silencio en pequeños grupos. Los que se encontraban de espaldas a la puerta giraron los torsos con dificultad ante el extraño anuncio de Betty, la cuidadora de voz chillona, pero ésta se retiró tan rápido que no dio lugar a preguntas.

Los pocos que llegaron a entender el mensaje creyeron haber oído mal, pero una bulliciosa columna de ángeles de enormes ojos se abrió camino por los pasillos del asilo hasta el salón. Las criaturas se detuvieron un pequeño instante para medir con timidez a esos seres decrépitos que no emitían señales de vida, pero pronto optaron por treparse a sus doloridas rodillas. Al poco rato repartían besos como bendiciones y a cambio, demandaban explicaciones sobre los temas más simples.

— ¿Dónde están tus dientes?

— ¿Por qué tu silla tiene ruedas?

— ¿Sos Papá Noel?

Los ancianos reían y hacían cosquillas. Compartían historias, recibían rodillazos, caricias pegajosas, tirones de pelo. Una niña se hizo pis sobre el regazo de una señora, y por un momento dudaron a quién pertenecía. Las dos debieron cambiarse.

Después del mediodía los pequeños querubines regresaron a su mundo, dejando manchas de marcadores en los muebles, juegos de mesa -otrora polvorientos- desparramados por el suelo, útiles escolares olvidados, decenas de alegres dibujos y anécdotas flotando en el aire, que serían capturadas, compartidas, amplificadas y coloreadas durante semanas.

NATALIA DOÑATE

Tabla rasa

Alejada temporalmente de los asuntos mundanos, una criatura ancestral urdía ambiciosos planes. Era un ser sabio e inteligente, íntimamente familiarizado con los deseos y debilidades humanas. Resguardada en las penumbras se preguntaba cómo había llegado a una comprensión tan profunda del universo. Era omnipresente. Hacía tiempo que no salía, pero no albergaba ninguna duda: allá afuera existía un planeta hermoso, tan naturalmente salvaje como poético; con sus límites y fronteras, accidentes, climas y habitantes, que conocía a la perfección. Su hogar. Podía verlo con sólo cerrar los ojos.

Lo que más extrañaba era el sol. Le había tomado un buen tiempo deshacerse de aquel cuerpo decrépito y dolorido, pero pronto podría sentir sus rayos nuevamente en la piel. Sería imparable. Puro potencial. Sólo necesitaba alimentarse bien y juntar fuerzas. Esta vez no se distraería con pequeños placeres. Iría a por todo.

Al principio tendría que disimular, por supuesto; entremezclarse como un agente encubierto. Entre tanto, de forma paralela, iría acumulando grandes sumas de dinero. Sabía cómo hacerlo, tenía los números de lotería que habían salido a lo largo de la historia y los que seguirían a continuación. También manejaba un extenso conocimiento sobre los mercados financieros y el futuro. Todo era tan simple que hasta parecía injusto.

Eventualmente reclutaría adeptos. Sería interesante hallar a otros como ella, pero también peligroso: mejor conformarse con unos cuantos humanos aceptablemente inteligentes. Un ejército fiel, armas, medicina y tecnología eran todo lo que necesitaba. Tomaría el mundo de manera pacífica, preferentemente, y enseñaría a esa especie a comportarse, a respetar a la naturaleza, a trabajar arduamente. Llevaría a la humanidad hacia un nuevo Iluminismo, pero esta vez bajo sus reglas.

De pronto, la tierra se sacudió. Era la señal para dejar la guarida. Lo hizo lentamente y con cautela. Al principio se sintió encandilada, pero poco a poco sus ojos se acostumbraron. Allí estaba su viejo mundo.

Quiso dar un grito de triunfo, pero una bocanada de oxígeno se abrió paso hasta sus pulmones en una descarga tan fuerte que la sacudió de pies a cabeza.

Aturdida, intentó pensar y no pudo. No conocía ninguna palabra en ninguna lengua. Sólo veía luces y colores carentes de significado. Una sensación dolorosa que no supo explicar comenzó a trepar por su estómago.

Frustrada e impotente, se largó a llorar.

— ¡Felicidades! —dijo el doctor. —Es una niña.

NATALIA DOÑATE

La vida misma

            El hombre se hallaba a gusto. Había invertido los ahorros de su modesta jubilación en una escapada de vacaciones a la costa y ya llevaba tres días dedicados a deambular entre el bosque y la playa. Sentía los pulmones limpios y las piernas tostadas. Su horario preferido para caminar era por la mañana temprano, pues acostumbraba madrugar, pero tras un encuentro desagradable con un grupo de borrachos se había decantado por la media mañana; horario de deportistas y familias con niños. Llevaba consigo un palo de escoba a modo de bastón, que no cumplía otra función que recordarle los paseos por las montañas que hacía en su juventud, donde era menester llevar un arma para defenderse de los perros salvajes y los pumas.

Calzaba una gorra visera blanca que lucía un bordado de anclas y nudos, regalo de su hijo el marino, y llevaba las viejas sandalias marrones en la mano. No necesitaba nada más; su piel seca y escamosa renegaba del protector solar y los lentes de sol opacaban el paisaje. En su muñeca izquierda, un reloj pulsera de grandes números calculaba los minutos de recorrido, de modo que se tomaba media hora para la ida y media para la vuelta. Esa mañana saldría en dirección opuesta, hacia rumbos desconocidos.

Caminó unos veinte minutos bordeando el mar. Era una sensación maravillosa; de no ver las uñas de sus pies creciendo como ramas amarillentas a causa de los hongos y el dorso de sus manos cubiertos de manchas, creería que tenía treinta años. El agua era igual de fresca, la arena le hacía el mismo masaje exfoliante en las plantas de los pies que cuando joven y sus fosas nasales captaban el mismo olor a mar. Su vista nunca había sido buena, con lo cual no había nada que extrañar en ese aspecto. Se encontraba recitando una poesía en su mente, cuando una voz antipática lo detuvo.

—Señor, no puede ingresar a esta zona.

Detrás de un matorral surgió un hombre con un gorro panameño y una tabla de surf en la mano. Recostada sobre una lona a unos metros, una despreocupada mujer leía un libro. Ambos estaban completamente desnudos.

—Como verá, ésta es una playa nudista —dijo el joven señalando sus partes privadas, que para ser justos, pasaban bastante desapercibidas.

El anciano se ruborizó.

—Mil disculpas, caballero, señora. No tenía idea.

Acto seguido, se bajó la malla y siguió su camino como dios lo trajo al mundo, sólo que mucho más arrugado. Ante sus ojos desfilaron cuerpos de todas formas y tamaños, pero él solo tenía ojos para un muelle que divisaba en el horizonte, al que sabía que no llegaría pero quería ver con mayor precisión.

Unos minutos después, sonó su alarma. Tiempo de volver. Le habría gustado seguir un poco más, pero sabía que, si lo hacía, al día siguiente sus rodillas le pasarían factura. A esa edad era más conveniente dosificar la felicidad. Se refrescó la nuca y los brazos con agua salada y emprendió el regreso.

Al rato, un grito interrumpió sus pensamientos:

— ¡Señor! ¿pero qué hace?

Se giró con paciencia para explicar a quien correspondiera que el hecho de ser viejo no era un impedimento para estar ahí. Cada cual a lo suyo. Pero quien lo observaba era una señora de su edad, vestida con una malla enteriza de flores. Tenía en sus brazos un caniche diminuto que se puso a ladrar con histeria, más escandalizado que la dueña, que sólo parecía preocupada por su salud mental.

Comprendió que ya no estaba en la playa nudista y se apresuró a ponerse la malla, que ondeaba como bandera en su palo de escoba. Tuvo una idea; desde entonces, programaría tres alarmas en el reloj: una a los veinte minutos para quitarse la malla, otra a los treinta para emprender el regreso, y otra a los cuarenta para vestirse. Eso sí, era importante salir en la dirección correcta.

El incidente no pasó a mayores; la mujer había visto cosas peores y pensó que se trataba de un loquillo amable. Él pasó el resto del camino pensando en lo difícil que era andar complaciendo a todo el mundo.

NATALIA DOÑATE

Aquellas pequeñas cosas

            Su tigre miniatura la miraba con reproche a través de la ventana. Era descortés sacarlo a esa hora, pero más lo sería dejarlo adentro. Encendió el gas y se recostó en la cama. No debería tardar demasiado, después de todo, vivía en un monoambiente. Cerró por última vez sus ojos de largas pestañas e imaginó la escena en el noticiero.

—Tragedia en el barrio de Palermo. Presunto suicidio de mujer de treinta años que fue hallada… con el cabello grasoso y apestando a sudor. No, no. Debía mejorar eso.

Se apresuró a apagar el gas, abrió la única ventana que tenía mosquitero para que no se metiera el michi y corrió al supermercado. Se trataba de su último baño, debía hacerlo bien. Después de todo, era una perfeccionista.

Ya de regreso, equipada con sales minerales de grato aroma y un set de velas, se relajó en el agua caliente mientras se rasuraba las piernas. Luego se perfumó, se dio un toque de rubor ligero para verse naturalmente bella y se dirigió a la cocina. Estaba por encender nuevamente el gas, cuando sintió el olor a sopa de los vecinos. Pensó que, si los culpables de los crímenes más atroces tenían derecho a una última cena, también lo merecía ella. Encargó pizza y helado y encendió el televisor.

Para cuando llegó el pedido estaba enganchada con una serie. Le dio una propina ridículamente generosa al repartidor y se divirtió al advertir admiración en sus ojos. Siempre había sido bonita, pero el baño relajante y la falta de preocupaciones le habían rejuvenecido el rostro con mayor efectividad que cualquier crema.

Se arrojó al sillón a deglutir el pan con mozzarella con un inmenso placer, sólo opacado por la ausencia del gato. Abrió la ventana y lo hizo ingresar. Dos horas después los ojos le ardían por tanta pantalla y aún estaba lejos de terminar la serie, que resultó tener siete temporadas. Sintió lástima por los protagonistas; tenían muchísimos problemas. Tal vez sería mejor idea continuarla al día siguiente, después de todo, se había largado a llover y sería cruel sacar al minino, que dormía hecho un bollito en la almohada. Era hermosa, la lluvia. Un día se despediría de ella saliendo a caminar sin paraguas. Pero en verano; ahora se congelaría.

Lavó los platos, puso la alarma del despertador, que había desprogramado para no importunar a los vecinos, y miró de reojo a la hornalla de la cocina, fastidiada de tener que vivir unos meses más.

NATALIA DOÑATE

Prioridades

No llegaba.

El gerente iba a estar furioso. Parte de él se alegró de fallarle; saboreó la imagen de su inutilidad evidenciada ante el cliente: gritos, mejillas encendidas y un corazón bobo atragantado en la garganta. Bien merecido.

Sintió que la gente se aproximaba horrorizada. No prestó atención. Se preguntó en cambio si había pagado el gas. No. En este mundo sin humanos detrás de las líneas, con algoritmos a quienes poco le importan los imprevistos, te cortan el servicio. Y eso que su excusa era jodidamente buena. “Critón, le debemos un gallo a los del gas”. Tampoco iba a poder recibir al técnico de la heladera. Ya lo había plantado una vez, ahora iba a dejarlo con la idea de que era un narcisista a quien no le importaba el tiempo ajeno. Él, que tan respetuoso era.

Un señor mayor con visera azul marino y chaleco beige vomitó y cayó desvanecido. La mujer policía lo atajó justo antes de que tocara el suelo. Pobre hombre. Seguro iba a ir preso. Escuchó a alguien decir que se había dormido al volante. Una desgracia, parecía buen tipo. Habría querido consolarlo, pero ya se lo llevaban. “Uno a veces está en otra, somos humanos, joder”.

Sintió el pantalón húmedo. ¿Pis? No, más sangre. Menos mal, habría sido un papelón. Era curioso cómo todo eso que iba adentro, ahora estaba afuera. Se preguntó quién se encargaría de limpiar el desastre. Él se quejaba de su trabajo, pero hoy le había arruinado el día a alguien más. A lo lejos escuchó la sirena de la ambulancia. “Qué extraña prioridad, la de esta gente” pensó. Era claro que no iban a poder hacer nada allí.

De pronto vio todo negro. Ojos abiertos. “Todo negro aunque ojos abiertos”. ¿De qué se estaba olvidando? Pero ¡claro!

Él. Le dolía en el alma, pero había llegado la hora de pensar en él. En su cabello grueso de tres tonos de rubio diferentes, en sus pies enormes que auguraban un joven alto y corpulento, en sus ojos de miel, su cuerpito flaco y musculoso de tanto trepar árboles. Su corazón estalló de amor sin palabras. Quiso dedicarle un último pensamiento de despedida, mandarle su amor a donde sea que estuviese.

No llegó.

NATALIA DOÑATE

Paradoja

            Los cientos de turistas que gozaban del sol en cierta playa de Bahía no imaginaban que entre ellos se gestaba un filósofo. Torso al descubierto, toalla cruzada en la cintura y mirada perdida en el mar, se hallaba Pablo. Un termo humeante a su lado delimitaba su origen: argentino o uruguayo. Entre sorbo y sorbo se tragaba su propio aburrimiento. Era lamentable cómo se había depreciado en su interior ese paisaje paradisíaco que, una semana atrás, le había hecho replantearse su residencia. Nada dura para siempre, pero si algo estaba por lograrlo era el gasto que había acumulado en la tarjeta de crédito para hacer ese viaje.

Decidió doblar la apuesta y reservar una excursión a otra playa. A todo o nada. La misma, resultó ser un fiasco. Cuatro horas en un micro sin aire acondicionado, mala comida (bebidas aparte) en una lanchería de mala muerte y un guía grosero que olvidaba el español cuando le convenía. Fue una desgracia con suerte, porque al día siguiente era el mortal más feliz del hotel. Ni Platón habría podido explicar tan bien el principio del “placer-dolor”.

Ya de regreso en su hogar puso en práctica lo aprendido en vacaciones. Autogenerarse momentos y sensaciones desagradables para apreciar más sus opuestos. Descubrió que funcionaba de maravillas en todos los aspectos de la vida, desde los más inherentes a la naturaleza humana, como la autorrealización, hasta en los más mundanos, como disfrutar de algo dulce. Ambas situaciones producen acostumbramiento, que se supera cuando se sufre un mal trago.

Empezó con tareas simples, como visitar a parientes indeseables o pasar una noche durmiendo en el suelo de la cocina. Ante los buenos resultados obtenidos se embarcó en tareas más pesadas y agobiantes, que podían durar días. Pero pronto notó que el tiempo no le rendía, así que optó por realizar pequeñas descargas, como engancharse el dedo chiquito del pie con la pata del sillón, o morderse la lengua. Una vez se quemó con el café, pero encontró que la relación costo-beneficio no era óptima.

Con el tiempo el experimento le trajo un plus: al invocar conscientemente malos momentos, le ocurrían menos imprevistos. Había aprendido a controlar el equilibrio cósmico, o al menos eso creyó, hasta que se encontró en una encrucijada.

Le había tomado poco a poco el gustito al dolor y de pronto todo era placer. Insostenible. Al poco tiempo se convirtió en un ser adormecido incapaz de sentir nada.

NATALIA DOÑATE

Mensaje en la heladera

Habían consumido medio almanaque desde su regreso de Europa, pero no lo asumían. La luna de miel se había colado en las maletas junto a los jaboncitos de los hoteles y ronroneaba por todos los rincones de la casa. Picnics con queso y vino en el jardín, apodos cariñosos, bailes de medianoche. Pero su sitio preferido era la cocina.

Habían comprado en Grecia un juego de imanes de letras y cada mañana él le dejaba mensajes de amor en la puerta de la heladera. Frases célebres cuya auditoría se adjudicaba y ella fingía no conocer.

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos”

“El amor es la alegría de los buenos, la reflexión de los sabios, el asombro de los incrédulos”

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor”

Una mañana ella se encontró con un verso alevosamente conocido de Shakespeare y decidió jugarle una broma, dejándole la letra de una canción famosa.

Se fue a dormir risueña, anticipando cosquillas y corridas por la casa.

Desayunó al día siguiente frente a una heladera desnuda de imanes, deseando haber sido un poco menos graciosa.

NATALIA DOÑATE

Vida de perros

Disfrutando de una silenciosa mañana me encontraba cuando, distraída, alargué el brazo en busca de una tostada. En su lugar, mis dedos rozaron una fotografía. La tomé. Una versión alternativa de mi hija de seis años pero con ropa de los ‘80 y una gran cola de lana. Innegablemente yo. El pasado volvía para morderme los talones. Al borde de la mesa, un par de ojos de largas pestañas aguardaban una confesión.

—Sí, hija. A los seis años fui perro.

Me veía feliz en cuatro patas ante la cámara, ostentando la cola de ocho colores tejida por mis abuelas. Le conté la historia y la vi partir, foto en mano y alta resolución en la mirada. Creo que la oí gruñir. Para el mediodía, ya era perro. A falta de lana se había hecho una colita de papel higiénico. Andaba en cuatro patas y olía todo. Le acaricié la cabeza y se sentó a mis pies. Luego ladró.

— ¡Guau!

Afortunadamente no había olvidado el español y me hizo de traductora:

—El perrito dijo que quiere comer en el piso.

Me pareció lógico. Le puse un plato con agua, otro con pollo cortadito y un almohadón por si quería descansar. Debe haber un factor hereditario en el tema, porque pronto su hermano mayor -la criatura más paciente y empática que conozco- apareció con una colita también. Mi esposo y yo nos miramos acorralados y nos dirigimos al baño en busca de papel higiénico.

Creímos que sería cosa de un día, pero transcurrió el fin de semana y llegó el momento de volver al colegio. No hubo manera de hacerle entrar en razón; es muy difícil decirle que no a un ser que te mira con las orejas gachas, así que le presté una hebilla para que enrolle su colita y no la reten en clase. Volvió a casa contenta. Había contagiado a varios amigos de la sala.

Esa noche, sin notarlo, saqué la basura como perro, y sufrí las burlas de un grupo de adolescentes que tomaban cerveza en la esquina. Me limité a tirarles un “¡guau!”, que devolvieron con alegres aullidos. Me acerqué para explicarles la situación y, aunque son mayorcitos, se sumaron al juego. De a poco el resto del barrio se volvió perro también. Los adultos vivíamos las mismas vidas de siempre, pero había complicidad en nuestras sonrisas. Nos saludábamos por la calle y hacíamos pequeños chistes inocentes, como ponernos dos colas los días que estábamos más contentos. Nuestra transformación había sido doble: éramos perro-niños.

Pequeños trozos de papel higiénico daban volteretas en el aire, se enganchaban en las ramas de los árboles y en las ruedas de las bicicletas. No nos molestaba.

Una mañana fatídica mi cachorra despertó humana. Le pregunté por su colita y se encogió de hombros.

— ¿Qué colita? Ya soy grande, mamá.

Me quedé helada. El barrio entero nos vio caminar hasta el colegio descoladas. A nuestro paso, los vecinos bajaban la cabeza y se quitaban el rabo. Dejamos de encontrar restos de papel en las zanjas, en las alcantarillas, en las entradas de las casas. La vida nos había cortado las colas.

Una tarde me dirigía al supermercado cuando la modista del barrio -una anciana encantadora- me susurró con fingida resignación que debíamos plantar más flores. A lo lejos los vecinos cuchicheaban. Sentí risas infantiles. La nena de los López -Anita, cinco años- tiras de papeles coloridos en los brazos, pasó corriendo a mi lado agitando las alas.

Se había vuelto mariposa.

NATALIA DOÑATE

Otro cuento de Juanito

Madera, paja, barro. Unidos, formaban la choza menos estética que habían contemplado mis jóvenes ojos. En torno a la misma, numerosas piedras de diversas formas hacían a su vez de mesas, asientos, montañas y hasta un pequeño sistema solar. La más imponente era “el trono”. Quien se sentara en él podría elegir el cuento del día. Ese jueves era mi turno.

Del interior de la vivienda surgió la voz de un anciano.

— ¡Bienvenidos, aventureros! ¿Qué historia desean escuchar hoy?

Exigí con la autoridad propia de un rey:

— ¡Quiero un cuento de Juanito! Algo de… ¡de Juanito y su perro!

Mis amigos protestaron fastidiados. ¡Siempre lo mismo! ¡Queremos guerreros y caballos!

Pero reglas son reglas y el viejo arrancó su relato: “Érase una vez un niño llamado Juanito”…

Al poco tiempo, los demás perdieron el interés. Yo seguí yendo por mi cuenta, para pedir una y otra vez un cuento de Juanito. De tanto en tanto me encontraba a Carla, la vecinita de al lado, con quien compartíamos el trono y comentábamos las historias. En el camino de vuelta comíamos semillas de girasol y escupíamos las cáscaras. Ella quería viajar, al igual que nuestro querido personaje, y codearse con piratas, sirenas y ladrones.

A menudo encontrábamos restos fósiles de otros peregrinos: gafas, una cantimplora, juguetes varios y hasta una brújula dorada. Recuerdo el dolor de no poder llevarme esa última. Intuía que su dueño volvería por ella. Otras veces me cruzaba con una mujer del barrio, una viuda de largos cabellos enrulados que siempre dejaba una manzana o alguna otra fruta a la entrada de la choza. Esperaba a que se fuera desde una distancia prudencial, pues siempre estaba llorando y sonriendo, lo que me incomodaba. En una ocasión encontré a un niño de ojos rasgados sentado en mi trono. El viejo le hablaba en un idioma extranjero mientras él jugaba con su balero.

Los años pasaron velozmente y me encontré con dieciocho años, algo rezagado, aun acudiendo a mis citas ante la choza. Hacía rato que había descubierto cierto paralelismo entre Juanito y Simbad el marino, pero guardaba el secreto, incluso ante Carla. Ahora  prefería recopilar información sobre el mundo, sus paisajes y costumbres. El viejo lo sabía todo, incluso que yo preparaba mi partida. Una tarde fui recibido con silencio y una manzana podrida. No regresé.

Para mi cumpleaños número veintiuno, preso de la nostalgia, pedí a mis amigos que me acompañasen una vez más. Héctor había seguido la tradición familiar y se dedicaba a la pesca. Mario, en cambio, se había empeñado en conquistar a Laura, la hermana de Héctor y formaban una hermosa familia. Preparé sándwiches, cervezas y nos dirigimos al lugar. El viejo llevaba alrededor de un año desaparecido, lo que había coincidido con la muerte de un mendigo del barrio. Nadie había osado establecer conexiones ni entrar a la choza, pero algunos niños del barrio lloraban preguntando por Juanito, ante la mirada atónita de los padres. Brindamos en su memoria y desde mi trono (derecho de cumpleañero) compartí las noticias de mi inminente viaje con Carla. No era ningún secreto que ya no éramos solo amigos.

Y atrás quedó el pueblo. Europa fue el primer destino de muchos y viajar se volvió nuestro modo de vida. Aprendimos idiomas y nos perdimos entre las gentes y culturas. En algún momento entre los treinta y uno y los treinta y dos, entre Escocia e Irlanda, nuestros caminos se bifurcaron. Me encontré tiempo después volviendo solo, a los cuarenta y cinco años, para cuidar de mis padres, que poco a poco se desvanecían.

Instalado provisoriamente en mi antigua habitación, me incorporé una mañana cual sonámbulo y tomé el camino hacia la nostalgia.

Me recibieron los mismos sonidos, los mismos olores. El canto de pájaros, tataranietos de los de aquella época, era alegre y gozoso. La choza seguía en pie, igual de tosca, pero más pequeña, como es natural que ocurra. Me acerqué con cariño y por primera vez sentí el impulso de entrar. Adentro, un colchón sucio, restos de envases cuyo olor había expirado hacía tiempo y un gran banco rústico de madera atestiguaban que allí había habitado una persona de carne y hueso. Sobre el desvencijado mueble, acomodada con cuidado y cubierta de polvo, estaba la brújula. Comprobé que aún funcionaba y ésta vez la sentí mía. Lloré entre sonrisas, hasta que sentí una presencia afuera.

De pronto, golpes y gritos. Espié por una rendija. Unos niños juntaban cascotes y se divertían arrojándolos a la choza. Me sentí enfurecido ante tal falta de respeto. Alcé la voz para reprender a los maleducados, tal vez incluso asustarlos, pero sólo atiné a decir:

— ¡Bienvenidos, aventureros!

A mi abuelo Ángel y a Juanito, nuestro compañero de aventuras.

NATALIA DOÑATE